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de Alcira Saldaña
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Los hermanos mayores habían dejado la casa. Uno se casó
y el otro desde que había muerto la madre, se fue a vivir con un
tío.
Los dos más pequeños se las arreglaban solos gran parte
del día mientras el padre trabajaba. Jugaban a la tarde al fútbol
con otros chicos del barrio en el descampado o hacían la guerra
entre las montañas de basura.
Al lado de la casa, había un baldío donde guardaban sus
tesoros entre los matorrales, aunque los objetos más valiosos los
escondían en el “Refugio”, un galpón olvidado que estaba
al fondo. Su padre tenía en ese terreno, dos o tres autos destartalados,
que pacientemente iba reparando los fines de semana.
Desde hacía dos meses todo se les había complicado. Llegó
gente nueva al baldío y empezó a desmontar el pastizal y
a limpiar sus escondites.
A través de un boquete que había en la medianera, veían
con desesperación, como se iban levantando la casa sobre los restos
del “Refugio”.
- Son extranjeros –dijo el más pequeño.
- No, Damián –le contestó el hermano– vienen del centro,
de más allá de la vía.
- ¡Por eso, ¿no te digo que son de otro país?!
- Bueno, puede ser.. ¿y con eso que?
- Que no me gustan. ¡Son unos hijos de puta!
Una tarde, llamó a la puerta el vecino nuevo para hablar con
su padre.
- Mire, buen hombre, va tener que sacarme esos vehículos de
allí.
- Jefe, por ahora no tengo donde meterlos –contestó el padre.
- Bueno, va a tener que encontrarles un lugar, ese ahora es mi terreno.
- Deme unos días y yo se los voy a sacar.
- ¡Por favor, que sea cuanto antes!
El padre fue sacando los vehículos a regañadientes.
- ¡Que hincha que es esta gentuza! –decía- Recién
llegan y ya están jodiendo. ¡Mirá si no pueden esperar
un poquito más a que me acomode!
Damián y su hermano sentían el orgullo quebrado.
Cuando llegó el verano la gente nueva cargó su auto con
cosas y se fue. Durante varios días no hubo nadie. Los chicos estaban
furiosos por eso.
- Te das cuenta, nos sacaron el Refugio y ahora se van –le decía
Damián a su hermano.
- ¿Y si vamos a ver?
- ¿Qué vamos a ir a ver?
- No sé
Treparon a la medianera, que no era más alta que una persona
y se metieron en el terreno. Buscaron entre los troncos que había
en un rincón y entre algunos escombros que todavía quedaban
detrás de la casa, a ver si encontraban alguno de sus recuerdos.
No dieron más que con el “fierro”, que en otras épocas les
había servido de ametralladora.
Pasó todo volando. Con la barra de hierro hicieron palanca en
la puerta del fondo y se metieron en la casa.
- ¡Mirá, podemos llevarnos la tele!
- A mí me gusta el walkman
- ¡Y agarrateló!
Pusieron las cosas sobre una frazada y cuando ya estaban dispuestos
a salir, Damián se detuvo, quedó impresionado con una llave
enorme que colgaba de la pared. Estaba labrada en madera y tenía
ribetes dorados.
- ¡¿Qué te pasa, rajemos?! ¿Qué es
eso? –preguntó el hermano.
- ¡¡Es la llave del Mundo!! –contestó Damián
y subiéndose a una silla, la descolgó y la acomodó
con delicadeza junto con las otras cosas.
- ¡Vamos, boludo!
Tomaron el botín y salieron. Estaban cruzando el parque cuando
sintieron la voz de alto. Era la patrulla. Tuvieron miedo y siguieron corriendo
hacia la medianera. Sin querer soltaron el paquete y todo cayó.
Damián pudo ver la sombra de sus cuerpos proyectada sobre la
pared. Oyó un ruido agudo y vio la sangre que nacía de sus
espaldas empañando los contornos dorados de la llave.
- ¡¡No!! –llegó a gritar, estirando sus brazos hacia
ella, mientras su cuerpo caía sobre el césped.