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A contra vida

                             de
 Carla Carés

 
 

A contra vida
Carla Carés

Hace 48 años que nací y varios que morí. Desde el 2 de noviembre de 1948, día de mi anticipada muerte, no consigo tranquilidad.
Mi situación, tan particular y cierta, fue la indignación de familiares y amigos durante muchos años. Hubo comentarios de ello hasta en los diarios de la época para tratar de subsanar esa falencia que aún hoy me aflige.
Un acta de defunción como documento al nacer fue el único testimonio en toda mi vida. Poca fue su utilidad, ya que al morir no pude ser enterrado de manera cristiana como hubiera correspondido en mi caso.
Con mis padres fallecidos anteriormente, no pude acreditarme como su hijo ni hacer constar parentesco alguno con mis hermanos.
Perdí herencia, no tuve certificado de matrimonio, tampoco libreta de enrolamiento, ni siquiera una cédula. No figuré en ningún boletín escolar, ni permitieron bautizarme cuando pequeño. En resumen, para ninguna institución civil y religiosa existí.
Me llamaban Jorge Daniel y fui un niño bien educado, aprendí a leer y a escribir. Leí tanto como no creo que alguien haya leído en toda su vida. Pero tuve que instruirme en la escuela de la calle. Solía concurrir a misa y cumplía regularmente con los preceptos de la religión católica sin tener en cuenta ni comprender la diferencia hacia mí.
Siempre tuve una conducta ejemplar. Hice deportes y me destaqué en varias disciplinas, pero sólo un grupo muy reducido de conocidos destacaron mis aptitudes.
También trabajé con y para mi familia, hasta aquel fatídico 25 de diciembre de 1996 -día de nacimiento para la humanidad- en que morí. De verdad, yo me morí, en un accidente automovilístico y en plena calle. Ahora sí estaba enteramente muerto. Y como les vengo contando, desde entonces, estoy buscando un lugar de reposo. Después de mucho andar, supe que en los murallones de los cementerios, por las noches, suelen rondar almas en pena dispuestas a hacer méritos para su salvación.

Tenía que seguir escondiéndome para que ninguno de los que pasaran a mi lado me reconociera. No quería que aquellos con los que compartí aventuras y favores me vieran así: físicamente despojado.
Añosos troncos y frondosas copas de árboles cercanos a Chacarita me sirvieron de refugio innumerables veces. Esa noche, cuando mermó el ajetreo de los pasajeros que viajan en tren y cerraron las bocas del subte, después que comenzaban a silenciarse los bocinazos y apagarse algunas luces me animé.
Con cautela llegué al murallón. “Aquí descansan los que nos precedieron en el camino de la vida, respete y haga respetar...”. Comprobé que podía leer, y, en ese instante intuí que aún sería útil.
- Por favor,  alguien que haga el bien de inhumarme –pedí lastimosamente a quien quisiera oírme.
Un suave roce en la espalda bastó para estremecerme. Despacio miré hacia los costados y atrás. Nada. Retrocedí. El encuentro sería tarde y en ese preciso lugar. Durante horas deambulé esperanzado, pero cuando me cansé, un duro y frío banco de plaza fue mi compañero en la espera. El olor y polvillo que desparramaba la gran chimenea me irritaba los ojos y la garganta, comencé a toser, tosía sin parar hasta que varias contorciones obligaron a ponerme en cuclillas.
Alargándome sus escuálidos dedos que chocaron duramente con los míos anunció su presencia por primera vez. Esqueléticas figuras idénticas comenzaron a aparecer con sigilo. Nos rodearon. Sentados, mudos, en actitud de contemplación permanecimos sin alterar el tiempo.
Las citas se repitieron con continuidad noche tras noche. Al cuarto encuentro estuve a punto de levantarme y modificar el orden, cuando a mis espaldas alguien habló: - Hemos estudiado vuestro caso y podido comprobar vuestros padeceres, sabemos que no has figurado en ningún registro y nada os identifica el haber sido una persona –sentenció.
Recalcaba con énfasis cada palabra, haciendo todavía más penosa mi incierta situación y desamparo.
- Juro que fuí engendrado y sé que tuve un nacimiento llamado normal –me defendí, tratando de explicar lo que para la mayoría era inexplicable.
El 2 de noviembre de 1948 vi la luz... el hombre, imperfecto   por   naturaleza   interpretó   mi   defunción  -continué, primero hacia donde ven&iiacute;a la voz, y luego girando hasta completar el perfecto círculo equidistante de aureolas que nos rodeaban.
- Por eso -interrumpió otra voz que veníe;a del lado opuesto de quien antes hablaba-, mis predecesores, coetáneos y yo mismo hemos resuelto aceptarte para que compartas el tiempo venidero entre nosotros. Os damos la bienvenida.
Bienvenida, nida, nida, repetía el eco celestial que nos envolvía. La luna y las estrellas rodaban en la inmensidad, cuando en el infinitésimo segundo de esa larga noche de los tiempos comenzaba a tener paz.

Anduve etéreamente sin andar. Atravesé angostas calles adoquinadas, me insinué en las alturas de magníficos monumentos y esculturas, emergí de colosales galerías subterráneas y erré muchas veces por helados y largos corredores sin fin. Bajo la influencia de mi antecentral guía conocía otras dimensiones de tiempo y espacio.
A su lado conocí historias de cada destino individual, de los que ahí descansaban y de los que no, penetré en las profundidades de desconocidas almas interpretando sus miserias y regocijos, hasta que olvidé mi tormento existencial y pude dedicarme en plenitud a los demás.
Cierta vez mi estrella-guía me confesó:  - nuestras historias tienen puntos en común: tú sólo has sido un individuo, y a mí, después de haber vivido largos años como una persona, jamás me han reconocido la muerte, mi deceso a pesar de los incontables años que aquí estoy aún no se ha producido largamente –agregó-. Vengo trabajando incansablemente desde tiempos inmemoriales en este lugar, ahora, cuando mis fuerzas flaquean necesito reposo y en tí quisiera confiar esta delicada labor. Recuerda que esto debe mantenerse igual durante siglos y milenios venideros, quizás hasta el infinito -me manifestó con el poco espíritu que le quedaba, en lo que presentí sería nuestra última charla.
- Hagamos un trato -me propuso entonces, extendiendo su pálido rostro hacia un montículo de tierra en el cual nos sentamos. Desde ese instante, sin mediar intención manifiesta alguna, un pacto con la eternidad quedo sellado entre nosotros.
Yo Jorge Daniel Espíndola Torres, con identidad restituida y una sepultura vacía sin inscripción aún, me comprometo a cumplir mi parte del pacto celebrado en la Chacarita de los Colegiales.

Nota: Este manuscrito fue hallado en la tumba del señor Hernando María Soto, fallecido el 25 de diciembre de 1996 según consta en el folio nº 84 del libro de ingresos.
 
 
 
 




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