| Alicia
en el pais de los espejos
por Leandro Negri
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La cámara
está quieta, inmóvil. El paisaje es una foto sepia de la
calles de una ciudad gris, sin colores. Desde el fondo algo se mueve, pasa
a transformarse de un punto difuso a un colectivo que se acerca, que está
por llegar. La cámara quieta, inmóvil, indiferente... De
repente entra en la escena un brazo, un brazo decidido a parar con todas
sus fuerzas a ese colectivo que se acerca, que cada vez esta más
en foco. Ese brazo solitario, de un hombre solitario, no tiene ningún
detalle que lo delate pero no tiene ninguna forma de ocultarlo. La cámara
tiembla, esa maza de fierros rumiantes ya está ahí, ya es
presente... El brazo ya sabe que ha detenido esa máquina que ruge
sin parar. La mano se relaja, mira con los ojos que tiene en la punta de
los dedos a las monedas, las cuenta y las describe, cierra el puño
y espera. La cámara descubre que tiene que moverse, no sabe por
qué, con un movimiento lento está detrás de la espalda
del hombre solitario. La cámara observa cuando llega el colectivo
y se detiene, cómo abre su puerta - boca y devora al hombre solitario.
La cámara siente que algo inevitable la empuja, la lleva, ya está
adentro de esa panza de metal... El cuadro está movido, fuera de
foco, ha perdido al hombre solitario. Desde atrás se escucha al
hombre sacando boleto, la cámara con un movimiento brusco se da
vuelta. La cámara de nuevo quieta, inmóvil por primera vez
ve el rostro del hombre solitario. Los ojos de él no miran la cámara,
están fijos en un punto de ese colectivo, están emitiendo
un mensaje indescifrable. Los ojos de él se llenan de luces, de
colores. La cámara comprende, mira en el fondo del colectivo y la
descubre. Jamás la había visto pero sabe que es Alicia. Ella
lo mira apenas y se sonroja y esconde la mirada. El se sienta en la fila
simple del colectivo. La cámara temerosa de que la descubran espiando,
corre, se mueve y se oculta detrás de la oreja del hombre solitario...
El hombre solitario por un momento la ha olvidado, mira hacia adelante
y ve como la calle salta, corre y transpira. Mira al chofer que con sus
brazos gira el volante, gira el camino. El hombre descubre el parabrisas,
y los espejos fileteados y un montón de mensajes que no se detiene
a leer. La mirada se detiene en un espejo, la ve a ella, a Alicia. Ella
lo esta mirando desde adentro del espejo, le sonríe, con la mirada
que le cuenta cuentos y le canta canciones. El se da vuelta, la cámara
se agarra de la oreja con uñas y dientes y vuelve a hacer foco...
El la busca a Alicia y encuentra un rostro frío que huye de mirarlo.
El hombre solitario mira hacia el frente, la reencuentra otra vez en el
espejo, ve su cara, lo enamoran los dientes que muestran su sonrisa, se
voltea y otra vez la pierde. La escena se repite varias veces. Siente que
Alicia cierra los ojos cada vez que la está por mirar, descubre
que ese amor sólo está en ese mundo fantástico del
espejo. El hombre solitario traga saliva, agria como todos los rechazos,
y comprende que su destino ya está ahí, en la próxima
parada. Se para y camina hacia la salida, hacia Alicia... Pasa por al lado
de ella y llega hasta la puerta y toca el timbre... La cámara impaciente
ve como el colectivo frena y está a punto de abrir la puerta. La
cámara descubre a Alicia dándose vuelta y mirando al hombre
que ya esta bajando. La cámara enfoca los labios de ella diciendo
“Chau” a un hombre que ya está demasiado lejos para escucharla.
La cámara ve como el hombre baja del colectivo y empieza a caminar.
La cámara ve a través de la ventanilla los ojos de Alicia
mirándolo a él. La cámara quieta, inmóvil,
el paisaje una foto sepia de una ciudad sin colores. En el centro del cuadro
un hombre caminando hacia adelante, hacia ella. En el centro un hombre
que poco a poco se transforma en punto y se pierde en el horizonte.