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La vida sigue
    de
Crystal Blanco 

Me molesta este calor pegajoso que ensucia la ropa y no me deja respirar. Allí afuera todo es vida. Sin embargo, yo aquí sentada quisiera detener el tiempo, si pudiese. Remolinos de agua y viento elevan los papeles sueltos y los aplastan contra la vereda. La gente corre esquivando las gotas, unas gotas gordas y transparentes que se deslizan lentamente sobre el lomo sucio de los paraguas. Un colectivo hace del agua un carnaval molestando a los pobres y atónitos peatones que se reconocen enteros al esquivar el frenazo del conductor. Una pareja de ancianos que a duras penas se arrastran de la mano, no pudiendo acelerar el paso a pesar del azote de la lluvia sobre sus cuerpos desvencijados. Cierro el libro cuando el mozo repite el café, quiero encender un cigarrillo, se me acabaron los fósforos, digo gracias por el fuego, sigo mirando hacia la calle. Varios coches y un patrullero, después nada. Allá arriba el televisor sólo hace ruido: impuestazo, pobreza, inseguridad, muerte. Basta. Basta. Miro el reloj. Si no fuera por mis hijos, seguiría aquí sentada.
Esta mañana, no supe qué decir cuando preguntaron quién llamaba tan de madrugada, les contesté que no había tiempo que perder, que se estaba haciendo tarde y que los pasaría a recoger. ¿Qué les voy a decir? Que no sé por qué se ha ido, que nada le importó abandonarnos, que se olviden de su nombre y que nunca más pregunten por él. No mejor, les digo “todo está bien hijitos”, papá salió de viaje y nos llamará uno de estos días para decirnos cuánto nos quiere. No, no debo mentirles, tienen que saber la verdad, de todas formas tarde o temprano se enterarán. Si no fuera por esa bendita llamada, sería mucho más fácil todo.
Sigue lloviendo y ya sólo faltan 10 minutos para que salgan. El mozo me pregunta si me siento bien, secamente contesto que no se preocupe. Me levanto y me voy.
- Mami, mami, hoy la señorita preguntó si papá se llama Humberto. Le dije que sí, parece que lo conoce. Se lo voy a contar, ¿no es cierto que la señorita es muy amable, mami?
- Sí mi amor, ¿y a vos Sebastián cómo te fue?
- Bien, me estuvieron preguntando por papá, no supe qué contestarles.
- ¡¿Qué les parece si vamos a tomar un helado?! Agustina, ¿vos de qué lo querés, de chocolate y sambayón?
- ¡Yuppi! Sí, sí. Vamos.
Otra noche sin dormir. Las imágenes se repiten constantemente, día tras día. A quién podré pedir ayuda. Por lo pronto, llevaré los niños a lo de mi madre hasta tanto no encuentre un trabajo. Después veré cómo hago. Hablaré con el dueño del departamento para que me espere unos días más. Siempre fue amable con nosotros.
- Mami, mami, suena el teléfono. Es papi, seguro que es papi -dice Agustina.
- Papá no es, tonta. No te das cuenta que mamá no quiere decirnos la verdad -replica Sebastián.
Sostengo en brazos a Agustina, me siento y le pregunto qué es lo que está diciendo.
Sebastián, señalándome de forma acusadora con el cepillo de dientes comenta que sabe todo, que se enteró en el colegio cuando unos compañeros le mostraron la noticia. Trae corriendo de su habitación un diario y mirándome fijo agrega: - ¿no es cierto que vos lo sabés y que fue la policía que te llamó aquella mañana para avisarte? Tomá, mirá.
Me falta el aire, siento que mis sienes van a estallar en cualquier momento, Agustina me empieza a besar y Sebastián me abraza con toda su fuerza diciendo: no llores, mamá que papá desde el cielo nos está ayudando a los tres. No pudo soportar perder el trabajo, mamá, no estás sola. Don Juan, el dueño del quiosquito, me prometió darme el reparto de diarios todas las mañanas; y Pedro el almacenero me preguntó si quería entregar los pedidos por la tarde al volver de la escuela. Soy el hombre de la casa, ahora. Yo te voy a ayudar mamá.
 
 




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