| ...
ella era
un grito , al que yo debía acudir
de
|
La compañía
femenina siempre me resulto más cálida (sino feliz) que el
áspero tono de los cuerpos rudos que no tocaría; todas ellas
eran ajenas y mías, eran el mundo frágil, la fiera escondida,
la alimentación necesaria de mi deseo.
Según
el Dr. Pecala, tenía que trabajar para conocer de fijación.
Todavía no logro entender cómo invertí tiempo en ese
perverso vulgar que seguramente espiaba los movimientos de alguna adolescente
a la que asistía. Mis gustos fueron desde el principio puros. Una
vacilación era para mí la peor traición; ¿existe
acaso algo peor que ser ignorado? Yo las admiraba, y desviar la atención
no era permitido. La ultima vez que salí de ese consultorio mal
decorado fui al bar de siempre, esta vez por un café. Era muy temprano
y me dolía la cabeza. Los lugares se transforman por completo, tienen
expresiones que llegan con un doble filtro de luz; uno siempre pertenece
a la hora del día. Hasta entonces creía conocer todos los
gestos de ése. Como en cualquier tiempo que nos cambia, perdemos
los detalles; es casi como un deslumbramiento que muestra todo y nada.
Así, perdí los detalles de ese día en el que desconocí
el suelo, hasta que ella se acerco a la mesa y dijo: - buenos días,
señor.
Ya, hice mío
ese mentón pálido enmarcado por la polera negra que más
tarde se pondría sólo para complacerme.
Fue necesario
pedir un martini dulce (lo detesto), para que las náuseas me mantengan
en la silla y no contaminarme de impulsos.
De allí
en más perdí hasta la más mínima porción
de dignidad. Eso no importaba, si bien tampoco me favorecía.
Llamé
a la oficina y dije que estaba enfermo -la responsabilidad es la mejor
máscara habilitante- para poder quedarme toda la mañana en
"El Leteo" y ver si temprano ella era igual. Fue la gloria cuando corrí
la silla y dijo: - ¿Es usted imbécil que no pregunta mi nombre?
¡Cómo
iba yo a pretender saberlo! no quería ninguna maravilla que no pudiera
ser mía, y su nombre era ella.