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Cumpleaños
                          de
 Marta Speroni

 

Cuando entró, ya estaban sentados en torno a una mesa redonda: la abuela, la tía abuela, la hermana y los dos sobrinos adolescentes. El mayor junto a su novia, una chica filiforme de aspecto anémico, con quien se prodigaba incesantes mimos y toqueteos.
Tras los saludos de rigor, se encontró con un triple de jamón y queso en una mano y una copa de cerveza en la otra. La abuela hablaba de su futura e imprescindible adquisición: un audífono. La hermana se refería a una colita de cuadril al horno que le había quedado para chuparse los dedos. La sobrina extrajo un cigarrillo y procedió a fumarlo.
La parejita seguía con sus mimos hasta que, movida por un resorte común, se levantó rumbo al balcón, a mirar la vida que no solía pasar por los atardeceres de aquella cortada solitaria.
Pero la tía abuela guardaba silencio, parecía no escuchar, se iba hundiendo en la silla, emanaba ondas de auxilio sobre el constante parloteo de la colita al horno... hasta que alguien se fijó en ella y ella proclamó con un hilo de voz que se mareaba, que se sentía mal.
Se la condujo al sillón más cercano donde, sin dejar de asegurar un malestar pasajero, se desmayó. Mientras la hermana llamaba por teléfono a la ambulancia de urgencia, presa de terror ante el rostro anciano que se ponía verdoso, pudo comprobarse que la parejita se había marchado instantes previos a la descompostura. Seguramente habría salido por la puerta, ya que era imposible suponer un salto mortal, entre tantas mieles y arrumacos, desde el estrecho balcón.
La tía abuela se recobró poco a poco. Lo primero que dijo es que no le pasaba nada, que todo había sido una simple bajada de presión. Luego, protestando por la llamada de urgencia, se dirigió al baño y vomitó un líquido rosado, en apariencia compuesto de sandwiches de miga y vino tinto común.
Al regresar, los colores fueron reapareciendo en sus mejillas fláccidas. Seguía protestando cuando sonó el timbre y los novios entraron seguidos por los enfermeros del servicio de urgencia. Los hombres de blanco hicieron las preguntas necesarias, le tomaron la presión (estaba baja), verificaron los latidos del corazón y anunciaron que, debido a la también baja frecuencia, era preferible sacarle un electrocardiograma en el hospital más próximo.
La enferma se fue con ellos protestando aún. Lucía una blusa chillona color fuxia, con una inesperada quemadura de cigarrillo en la espalda. Ella también, a pesar de sus achaques y sus años, fumaba como el que más.
El grupo bullicioso se alejó con la promesa de volver a la brevedad y consumar por fin el cumpleaños número 78 de la abuela, que se mostraba pasmosamente serena, junto a la única velita que tendría que soplar.

II

Quedó en silencio, sentada frente a la adolescente envuelta en humo, de cola de caballo bicolor, jeans ajustados y remera de pronunciado escote.
- ¡Cuánto hace que no te veía tía! – exclamó la chica con una sonrisita.
Y procedió a narrar su insoportable existencia en la escuela secundaria, colmada de profesores espantosos, materias inútiles y aburridas compañeras de curso. Rescató a los varones, con quienes formaba un grupo mal mirado por las otras, que no parecían creer en “la amistad entre el hombre y la mujer”. En un horrendo vocabulario de albañal, desechó a la boluda de su cuñadita, al forro de su hermano y a la conchuda de su vieja, antes de encender el tercer cigarrillo de la tarde y confesar que su único consuelo era escribir poemas, que publicaba con regularidad en el diario escolar.
- Algo positivo -dijo la tía por decir. La joven asiintió. También había escrito y pronunciado un discurso el día del maestro, siendo calurosamente aplaudida.
El teléfono interrumpió su amena disertación. La abuela atendió sin mayor apuro. Existía la propuesta de dejar internada a la tía abuela, en observación. “No, por supuesto que no”, sentenció la cumpleañera. Si ella vivía en Berazategui y tenía su propia médica de Pami, si dentro de pocos días iban a hacerle un chequeo general. ¿¡Cómo iba a internarse en la Capital y sólo por una bajada de presión!?
Colgó el teléfono con suavidad.
- Ya vuelven –anunció- ... los médicos están locos.

III

Quince minutos más tarde, el grupo retornó.
- Yo ya sabía –dijo triunfante la tía abuela- que tenía una arritmia, no me informaron nada nuevo...
- Pero mañana mismo te hacés revisar por tu médica –insistió la hermana-, me dijeron que hay problemas circulatorios y la sangre no irriga bien el cerebro.
- Pamplinas –concluyó la dueña de la lipotimia-, fue apenas una bajada de presión.
De pronto, una enorme torta de chocolate con una sola velita rosa ocupó el centro de la mesa. Se descorchó una botella de champagne y se llenaron las copas. Apagadas las luces, se encendió la velita. La abuela pensó tres deseos y la sopló. Tras el brindis, se cantó el cumpleaños feliz.
La recuperada tía abuela atacó un trozo de torta con cereza y todo, bebió una copa rebosante de champagne y, al unísono con la adolescente ahora silenciosa, sacó su propio paquete de cigarrillos, encendió uno, lo aspiró y se relajó en paz.

IV

Entonces fue fácil pensar que estaban sentados en torno a una mesa redonda como si quisieran convocar a un espíritu, como si todos los hechos vividos hasta ese momento hubieran tenido un objetivo preciso, una no enunciada meta final.
En el modular se exhibían viejas fotografías, cuatro o cinco ositos de peluche miraban con curiosidad, estatuillas de cerámica y floreritos de porcelana con jazmines artificiales engalanaban ciertas esquinas.
Una inadvertida penumbra inundó a los festejantes. Para confirmar la hora de las sorpresas, repicaron las campanas de un templo cercano.
Y en un ángulo de la habitación, sonriendo como era habitual en él, el abuelo muerto hacía ya más de diez años levantó su copa de niebla y brindó con ellos una vez más
 
 
 




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