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Cuando entró,
ya estaban sentados en torno a una mesa redonda: la abuela, la tía
abuela, la hermana y los dos sobrinos adolescentes. El mayor junto a su
novia, una chica filiforme de aspecto anémico, con quien se prodigaba
incesantes mimos y toqueteos.
Tras los saludos
de rigor, se encontró con un triple de jamón y queso en una
mano y una copa de cerveza en la otra. La abuela hablaba de su futura e
imprescindible adquisición: un audífono. La hermana se refería
a una colita de cuadril al horno que le había quedado para chuparse
los dedos. La sobrina extrajo un cigarrillo y procedió a fumarlo.
La parejita
seguía con sus mimos hasta que, movida por un resorte común,
se levantó rumbo al balcón, a mirar la vida que no solía
pasar por los atardeceres de aquella cortada solitaria.
Pero la tía
abuela guardaba silencio, parecía no escuchar, se iba hundiendo
en la silla, emanaba ondas de auxilio sobre el constante parloteo de la
colita al horno... hasta que alguien se fijó en ella y ella proclamó
con un hilo de voz que se mareaba, que se sentía mal.
Se la condujo
al sillón más cercano donde, sin dejar de asegurar un malestar
pasajero, se desmayó. Mientras la hermana llamaba por teléfono
a la ambulancia de urgencia, presa de terror ante el rostro anciano que
se ponía verdoso, pudo comprobarse que la parejita se había
marchado instantes previos a la descompostura. Seguramente habría
salido por la puerta, ya que era imposible suponer un salto mortal, entre
tantas mieles y arrumacos, desde el estrecho balcón.
La tía
abuela se recobró poco a poco. Lo primero que dijo es que no le
pasaba nada, que todo había sido una simple bajada de presión.
Luego, protestando por la llamada de urgencia, se dirigió al baño
y vomitó un líquido rosado, en apariencia compuesto de sandwiches
de miga y vino tinto común.
Al regresar,
los colores fueron reapareciendo en sus mejillas fláccidas. Seguía
protestando cuando sonó el timbre y los novios entraron seguidos
por los enfermeros del servicio de urgencia. Los hombres de blanco hicieron
las preguntas necesarias, le tomaron la presión (estaba baja), verificaron
los latidos del corazón y anunciaron que, debido a la también
baja frecuencia, era preferible sacarle un electrocardiograma en el hospital
más próximo.
La enferma
se fue con ellos protestando aún. Lucía una blusa chillona
color fuxia, con una inesperada quemadura de cigarrillo en la espalda.
Ella también, a pesar de sus achaques y sus años, fumaba
como el que más.
El grupo bullicioso
se alejó con la promesa de volver a la brevedad y consumar por fin
el cumpleaños número 78 de la abuela, que se mostraba pasmosamente
serena, junto a la única velita que tendría que soplar.
II
Quedó
en silencio, sentada frente a la adolescente envuelta en humo, de cola
de caballo bicolor, jeans ajustados y remera de pronunciado escote.
- ¡Cuánto
hace que no te veía tía! – exclamó la chica con una
sonrisita.
Y procedió
a narrar su insoportable existencia en la escuela secundaria, colmada de
profesores espantosos, materias inútiles y aburridas compañeras
de curso. Rescató a los varones, con quienes formaba un grupo mal
mirado por las otras, que no parecían creer en “la amistad entre
el hombre y la mujer”. En un horrendo vocabulario de albañal, desechó
a la boluda de su cuñadita, al forro de su hermano y a la conchuda
de su vieja, antes de encender el tercer cigarrillo de la tarde y confesar
que su único consuelo era escribir poemas, que publicaba con regularidad
en el diario escolar.
- Algo positivo
-dijo la tía por decir. La joven asiintió. También
había escrito y pronunciado un discurso el día del maestro,
siendo calurosamente aplaudida.
El teléfono
interrumpió su amena disertación. La abuela atendió
sin mayor apuro. Existía la propuesta de dejar internada a la tía
abuela, en observación. “No, por supuesto que no”, sentenció
la cumpleañera. Si ella vivía en Berazategui y tenía
su propia médica de Pami, si dentro de pocos días iban a
hacerle un chequeo general. ¿¡Cómo iba a internarse
en la Capital y sólo por una bajada de presión!?
Colgó
el teléfono con suavidad.
- Ya vuelven
–anunció- ... los médicos están locos.
III
Quince minutos
más tarde, el grupo retornó.
- Yo ya sabía
–dijo triunfante la tía abuela- que tenía una arritmia, no
me informaron nada nuevo...
- Pero mañana
mismo te hacés revisar por tu médica –insistió la
hermana-, me dijeron que hay problemas circulatorios y la sangre no irriga
bien el cerebro.
- Pamplinas
–concluyó la dueña de la lipotimia-, fue apenas una bajada
de presión.
De pronto,
una enorme torta de chocolate con una sola velita rosa ocupó el
centro de la mesa. Se descorchó una botella de champagne y se llenaron
las copas. Apagadas las luces, se encendió la velita. La abuela
pensó tres deseos y la sopló. Tras el brindis, se cantó
el cumpleaños feliz.
La recuperada
tía abuela atacó un trozo de torta con cereza y todo, bebió
una copa rebosante de champagne y, al unísono con la adolescente
ahora silenciosa, sacó su propio paquete de cigarrillos, encendió
uno, lo aspiró y se relajó en paz.
IV
Entonces fue
fácil pensar que estaban sentados en torno a una mesa redonda como
si quisieran convocar a un espíritu, como si todos los hechos vividos
hasta ese momento hubieran tenido un objetivo preciso, una no enunciada
meta final.
En el modular
se exhibían viejas fotografías, cuatro o cinco ositos de
peluche miraban con curiosidad, estatuillas de cerámica y floreritos
de porcelana con jazmines artificiales engalanaban ciertas esquinas.
Una inadvertida
penumbra inundó a los festejantes. Para confirmar la hora de las
sorpresas, repicaron las campanas de un templo cercano.
Y en un ángulo
de la habitación, sonriendo como era habitual en él, el abuelo
muerto hacía ya más de diez años levantó su
copa de niebla y brindó con ellos una vez más