| Espera
de Marcelo
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Dos amplias
avenidas, mucho tráfico en ambas.
Enclavado
en una esquina, un bar con varios salones.
De construcción
antigua, los arreglos y modificaciones han desvirtuado su fachada original.
De todas
maneras por la amplitud de sus interiores, bien delimitados, podríamos
calificarlo como un lugar de reserva, para leer y pensar.
Con un
detalle de buen gusto, no tener TV.
Abrí
una hoja de la puerta de entrada, al ingresar sentí el calor que
necesitaba para normalizar mi cuerpo.
La noche
de Buenos Aires estaba helada.
Como acostumbro,
me senté en la misma mesa. La misma que me permite por su ubicación
encontrar el clima que busco.
Abrí
el libro en la página suspendida.
La lapicera
lista para subrayar algo Pero... no me concentraba... Me ajusté
los lentes varias veces.
Cerré
el libro y lo acomodé haciendo fuerza con la palma de mi mano, para
que la encuadernación quede prolija y lo corrí a un costado.
Revolví
mecánicamente el café.
En el salón
de al lado una pareja de jóvenes jugaba al billar. Confieso mi extrañeza,
nunca ví a una mujer intentando carambolas.
Vestido
negro ceñido. Su cuerpo tomaba las formas de la mesa al apostarse
buscando el ángulo de tiro.
Las bolas
bien esféricas eran seguidas por mí.
Me atrae
el brillo de sus colores.
El esperaba,
apostado con las piernas abiertas, con el taco en una mano y con la otra
girando la tiza, su turno para lucirse.
Cuántas
confidencias entre carambolas.
Reminiscencias
de mesas porteñas de billar clásicas, donde predominaba el
humo de los cigarrillos y la muchachada volcaba sus sueños en el
paño verde.
El participar
era un poco como sacar patente de grande.
Recuerdo
a los Navarra cuando iban a clubes y cafés de barrio a dar exhibiciones.
Con smoking
negro y un clavel blanco en el ojal.
Serenidad
y destreza en el silencio.
Y las bolas
mansamente obedecían.
Corrían
por la periferia de la mesa.
Se acariciaban
al conjuro del efecto mágico del tiro.
Jugaban
alegremente con los Navarra y con nosotros espectadores que conteníamos
el aliento.
Salíamos
encandilados por la triple, con la promesa de intentar imitarlos.
El color
sepia de las paredes del salón con su pobre luz, eran acompañados
por la desapacible tarde.
Las gotas
-se me ocurren de frío- salpicaban delicadamente los vidrios de
la ventana.
Las mesas
geométricamente colocadas y vacías, marcaban una prolija
soledad.
Enfrente
de mí, mesa por medio, estaba sentado un hombre.
Pelo entrecano,
pantalón y saco gris, camisa y corbata al tono.
Solo, con
los gestos de quien espera a alguien. Se acomodó el nudo de la corbata
varias veces.
Miraba
un libro, giraba las hojas y se detenía en algunas.
Fue tal
mi curiosidad, que me acerqué a su mesa con un pretexto cualquiera
para ver el título: "Letras de Tango Tomo 1".
Esperaba
unos pasos que vendrían detrás de él, ya que estaba
de espaldas a la puerta de entrada.
Miró
por la ventana y vio al igual que yo como la tarde languidecía,
con una languidez lenta, cargada de nubes de frío.
Los pasos
se oyeron en la quietud.
El fingió
sorpresa.
Un beso
cruzó el ambiente.
Ella dejó
la cartera y su abrigo como al descuido en una silla.
De facciones
delicadas y armónicas, azabache el pelo, ojos árabes, llegó
con el misterio de su belleza.
Estiró
su mano con calidez para acariciarlo, el hombre respondió con una
sonrisa.
Un café
poetizó las miradas.
Mientras
hablaba ella recomponía su rostro y movía el pelo con plasticidad.
En la conversación
de tono intimista vi brillar esos ojos de árabe.
Tomaron
sus cosas y se fueron a caminar la noche.