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los basureros urbanos de Jángel
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Las sensaciones del que visita ocasionalmente
un hospital difieren del sentimiento del habitué o del que trabaja
en él; incomparables de cualquier modo con las que sufre o goza
el enfermo.
De estudiante disfrutaba de los jardines de los
Hospitales construidos en el siglo pasado, que articulan con follaje oscuro
y senderos de pedregullo de ladrillo los enormes pabellones, delicia en
primavera según la opinión unánime de pacientes, familiares
y personal, pero que ocultan una sádica tortura en el invierno.
Mi hospital -en realidad me refiero al hospital
donde trabajo-, ha variado su aspecto interior y exterior con innumerables
disfraces y me maravilla su poder de metamorfosis.
Entre otros cambios se ha rodeado de muros, ha
ilusionado a los niños de la guardería con una plaza con
arenero, que se diluyó como el espejismo de un oasis convirtiéndose
en una construcción vidriada que funciona como minishopping. También
en mejores tiempos hubo parido un quirófano experimental, que mal
visto por almas que decían velar por los derechos de los animales,
favorecieron su fagocitosis por parte de la morgue. Supo remodelar las
unidades de cuidados críticos en varias oportunidades en pocos años,
rehizo salas enteras, pero conservando su personalidad de base: incómodo
y poco funcional.
Todos estos cambios trajeron aparejados una producción
creciente de desechos, que se fueron acumulando en predios del nosocomio.
El jardín de los inodoros, fue el primer espacio invadido por material
descartado, en este caso de tipo “sanitario”, del que tuvimos la oportunidad
de gozar.
Como una erupción de setas blancoamarillentas
tras la lluvia, un día vimos la terraza del primer piso plagada
de lavabos, bidets e inodoros, con una neta preponderancia de estos últimos.
Boquiabiertos hacia un cielo pródigo, besando como lampreas famélicas
las baldosas de terraza o ladeados mostrando su perfil de reloj de arena,
esta obra de decoración surrealista, superaba en originalidad y
arte al Obelisco forrado de hamburguesas o al Partenón de pan dulce.
Hubo quienes supieron ver la imagen de bañistas
pálidos, vírgenes de sol, recién llegados a una colmada
playa nudista. A mí me recordaron las almejas brotando de la arena
en aluvión tras la marejada, haciendo equilibrio sobre su cola tractora,
queriendo enterrarse.
El tiempo y la intemperie permitieron que la
loza se fuera cascando y tomara el color del smog citadino, germinando
finalmente en musgo y verdín.
En verano, las lluvias y el calor convirtieron
al predio en una laguna artificialmente parcelada apta para la cría
de mosquitos. Esto motivó respuestas rápidas y drásticas.
Si alguna vez el lector tuvo la oportunidad de
ver el documental de la matanza de focas blancas, por parte de energúmenos
con palos, pues bien, esa es la imagen de la solución hallada ante
el problema. Transformaron ese original paisaje en insulsos cascotes arrumbados.
Pero mientras se extinguía esta reserva
antinatural de especies enlozadas de descarte, muchas otras se multiplicaban
excediendo los límites de los cotos de amontonamiento habituales.
Usando puertas placas y viejos armarios metálicos
de oficina, cercaron un gran lote de forma rectangular donde inicialmente
fueron colocando con pulcritud los remanentes de las camas que fueron recicladas.
Cientos de elásticos con mallas aceradas y resortes oxidados fueron
apiladas formando, lo que desde lejos semejaban mazos de gigantes barajas,
propios del país de las maravillas de Alicia.
Estructuras deformes, que olvidando su geometría
original, se retorcieron, despegaron sus juntas y desanimaron su figura
yaciendo en inestable actitud estática.
Maderas despintadas lucieron su desnudez perpleja
y esqueletos de aluminio ostentaron su brillo opaco y sucio, bajo la sombra
famélica de dos acacias atrapadas en el corral de chatarras.
Canaletas de latón, caños de hierro
y tuberías de todo tipo, aún yacen con sus codos acuclillados
sobre montículos de requechos y las llaves de paso alzadas y enlazadas
en plegaria de penitencia por haber abandonado su compostura.
Dos juegos de luces de quirófano, son
los entornados ocelos de un insecto mecanizado, gigante, desarmado quizás
por algún ingeniero japonés en este jardín metálico,
olvidado sin instrucciones ni piezas suficientes para ser recompuesto.
Pero quizás lo más interesante
sean las historias que se fueron tejiendo en torno a este lugar.
Los pacientes cuya estancia hospitalaria se prolonga,
disminuyen el umbral a los estímulos, resultando en una sensibilidad
especial para ciertas percepciones.
Los familiares en vela por varias jornadas o
angustiados por la incertidumbre encuentran cierto alivio dejando pacer
su mirada hacia el paisaje en horas del amanecer o en el crepúsculo.
Trabajadores de la salud, durante guardias demoledoras
o extremadamente aburridas, despeñan su ansiedad hacia el exterior
anhelando el alivio en la quietud tranquilizadora del mundo ajeno al reto
a duelo enfermizo de la muerte contra la vida.
Todas estas personas aportaron imaginación,
visiones, pálpitos y corazonadas a lo que se fue convirtiendo en
lo que hoy conocemos como mitología del basurero urbano.
Así como los bosques tienen a los gnomos
y elfos, personajes antropomórficos, habitualmente enanos y de una
fealdad llamativa, pero imbuidos de extraños poderes, en las grutas
de las colinas tienen a los trolls, seres enormes, de piel dura y casi
indestructibles durante la noche, que pueden convertirse en piedra o estallar
si se los captura a pleno sol, las ciudades se fueron poblando de criaturas
fantásticas, que en los alrededores del hospital, más precisamente
en el bizarro desarmadero del mismo, tienen su color y estilo particular.
Creo que la primera historia que circuló
con más fuerza que un chisme fue la de angelmalo.
Se dice que sería el alma envilecida de un bebe prematuro que falleció
por excesivo calentamiento de su incubadora. Ese infierno en tinieblas
vivido por el lactante llevó a que su espíritu se corporizara
en instrumental conteniendo mercurio como termómetros, tensiómetros
y barómetros. Al ser poseídos, éstos funcionaban endiabladamente
mal y por tanto eran desechados; fue así que de tanto ir y venir
al basurero, angelmalo hizo de este su hogar. Ahora su espíritu
vive bajo la forma de bacteria termófila que parasita a un gato
atigrado, rabón y cojo, que cada vez que puede se arrima a las incubadoras
de la nursery, para lamerse el resto deforme y engangrenado de su cola,
causando brotes de fiebre y diarreas en los párvulos. Cuando el
gato, bautizado con el mismo nombre que el dañino ente que lo infesta,
no puede ingresar a neonatología hace nido en la maldita cuna vidriada
que causó la tragedia.
El relato que cuenta las desventuras de escuerzoazul
también es parte del folklore hospitalario. Sería un ser
enorme de piel extremadamente fría y húmeda, áspera
y rugosa, ojos saltones, casi desorbitados, el cuello insuflado, los labios
apretados y azules. Disfruta fumar caños de escape, aspirar el aire
de los tubos de ventilación de baños, sótanos e inclusive
los de la cocina del hospital. Si bien su aspecto de sapo evoca la ilusión
de una marcha a los saltos, este monstruo camina lentamente efectuando
varias detenciones en su andar que utiliza para bufar y recuperar el aliento.
Suele verse a diario en los madrugadas frías de invierno, pero puede
sorprendernos es cualquier época del año. Suele dormirse
sobre los restos de las camas de terapia, colocándose a manera de
chupete una manguera de respirador desechada. Al roncar convierte al tubo
en un instrumento de viento que produce un ruido amedrentador con el ritmo
acompasado del croar de los batracios. Se dice que su aliento es pútrido
y capaz de petrificar al más valiente.
La sombra rastrera
sería una criatura humanoide que perdió el don de la palabra.
Vocifera ininteligiblemente y por sus gritos tomó el nombre en dialecto
local de iwannaafa'sica. Camina sobre sus dos pies pero sólo
una de sus piernas, la izquierda, es móvil. La extremidad inferior
derecha sólo la usa para marcar su huella que se puede reconocer
como una seguidilla de números 3 unidos por sus extremos. Por donde
pasa la sombrarastrera, el pasto demora en crecer.
Tampoco mueve el brazo derecho, y lo lleva agarrotado
pegado al pecho, como escondiendo un tesoro irrescatable en su puño
cerrado. Muchos dicen que lo que oculta son las lenguas que les va arrancando
a quienes se quedan dormidos y roncan en su presencia. Aseguran que no
lo haría por maldad sino con la secreta ilusión de recuperar
la palabra.
Recorre el patio de los desechos en búsqueda
de sillas de ruedas abandonadas para poder anidar, pero muchas veces termina
usando restos de una cama ortopédica.
De cualquier manera, los verdaderos seres temibles
no merodean las afueras, sino que se han atrincherado en el primer piso
del hospital y desde ahí ejercen su influjo maligno.
Se dejan ver, paseándose indecorosamente
en cualquier momento del día; los que trabajamos en el hospital
preferimos ignorarlos, pero siempre existen incautos y desprevenidos que
tentados quien sabe por qué demonios, los visitan y luego recorren
el nosocomio desparramando sus maleficios.
Nota del Autor: En el primer piso están
las oficinas de dirección y subdirección.