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por Omar Silva |
Corrían
los años 70 y, en Lanús, para los varones existían
tres grandes pecados providenciales: no ser peronista, no jugar al futból
y por último todavía ser virgen a los 15 años.
Esta historia
trata sobre el pecado que, como una cruz, cargaba Eusebio Romero
y más o menos me encargaré de relatarla según sucedieron
los hechos.
El Negro Eusebio
como todos le decía, vivía en la calle Remedios de Escalada
e Itapirú frente a los galpones de fábrica Firesstone, y
en esa misma esquina su padre el Celestino Romero tenía una fonda
de mala suerte, pero muy frecuentada por obreros, jugadores de naipes,
levantadores de quiniela y personajes de distinta calaña.
Uno de estos
personajes fue el que me contó la historia en los billares del club
Turconi, una noche de carambolas y ginebras. Era este buen señor
un tal Francisco Silva, más conocido como Pancho, hombre conocedor
de todos los boliches de Valentín Alsina, donde a cualquier hora
se podía tomar una copa gratis. Nadie sabía bien su ocupación,
pero era muy popular en los suburbios, y más de uno se le acercaba
en busca de alguna ayuda o consejo, previo pago de alguna bebida espirituosa.
Aunque para muchos no era más que un borrachín, vividor y
mentiroso, me arriesgaré a tomar como cierto su relato, más
teniendo en cuenta que conocí al Negro Eusebio en la escuela primaria
cuando él había llegado al barrio procedente de Chajarí.
La historia
comenzó una noche de invierno, estando Pancho sentado en la fonda
de los Romero, mirando un poco hacia la calle y otro poco hacia la mesa
del centro donde había una partida brava de siete y medio, donde
los billetes y las botellas de vino abundaban entre las cartas y el humo
de los cigarros. De pronto, sin esperarlo, se acercó Celestino Romero
que mientras luchaba por ocultar su prominente abdomen debajo del delantal
dijo:
- ¿Puedo
hablar un asuntito con usted?
- Mirá,
Romero -se atajó el Pancho- yo sé que te debo algunas copas,
pero en cuanto me salga alguna changuita lo arreglamos.
- No venía
por eso, Pancho, pero ya que lo nombrás, me podés hacer una
gauchada y con eso lo arreglamos.
Francisco
Silva volvió a encender el cigarrillo que hacía tiempo tenía
apagado entre labios y, como quien pasa de punto a banca, contestó:
- Bué.
Si vos creés que te puedo servir para algo, te escucho. Pero ¿por
qué primero no te servís unas grapitas, porque con este frío
me cuesta prestar atención.
Celestino,
tragándose una puteada, levantó su enorme trasero y volvió
a la barra con una Valle Viejo y dos medidas de un vidrio tan sucio y grueso
como la uña del dedo gordo del pie que asomaba indecente por la
punta de su alpargata. Pancho Silva, después de tomar dos grapas
seguidas, le dijo:
- Bué,
Celestino, desembuchá.
- Mirá,
Pancho, es por mi pibe el Eusebio, que ya cumplió los quince y todavía,
bué, no sé cómo decirte.
- No me digas
más -se anticipó Silva-. El pibe todavía no le dio
de tomar agua al pato -soltando una carcajada mientras se servía
otra copita de grapa.
Lo que pasa
que yo no tengo tiempo -se excusó con vergüenza el Celestino-,
entre la fonda y los chicos estoy todo el día acá encerrado
y al Eusebio lo noto medio opa, todo el día acá metido. Ni
a jugar a la pelota en el potrero va; amigos ya casi no tiene; la mayoría
estudia o trabaja y, los fines de semana, salen con alguna piba. Y esto
me preocupa, Pancho. Se la pasa acá metido y vos sabés bien
que lo que menos entran acá son mujeres, salvo alguna que otra vieja
que viene a putear al marido porque se empedó se perdió el
sueldo timbeando. Además me parece que se me está haciendo
pajero, se mete en el baño y un poco más se queda a vivir
ahí. ¿qué querés que te diga?, si yo tuviera
tiempo me lo llevo pa'l Bacará, pero si se entera Filomena me mata
a escobazos.
- Quedate
tranquilo Romero -le dijo el Franciso mientras se tomaba la octaba medida
de grapa-, yo te arreglo el asunto y hasta si querés te consigo
algo para vos también. No es bueno que el hombre ande siempre comiendo
del mismo guiso.
- T'as loco
vos. Si yo con lo cansado que termino el día apenas si puedo atender
cada tanto a Filomena, mirá si a mi edad voy a andar de putas por
ahí.
Francisco
Silva preparó todo con esmero. Sabía que si todo salía
bien tendría unas cuantas copas por cuenta de la casa y, por qué
no, algún resarcimiento gastronómico por parte del agradecido
Celestino. La dama que consiguió para el debut del Eusebio era una
vieja conocida suya que más de una vez le sirvió de palenque
pa' rascarse. Esta buena señora era la Celia, viuda de Oscar Carroza,
más conocido como el fierrero, porque siempre andaba calzado menos
el día en que lo bajaron en uno de los callejones de Villa Fiorito
a pocas cuadras del Riachuelo. Pero para no ahondar en detalles que distraigan
al lector, retomaré la historia con Celia, a quien le gustaban los
primerizos tanto o más que el moscato dulzón.
A los pocos
días, el Pancho, luego de comerse un suculento plato de puchero,
arregló con Celestino los pormenores del debut del Eusebio, que
sin estar enterado de nada hacía como media hora que estaba metido
en el baño.
- bueno, Celestino,
¿entendiste bien cómo tenés que hacer?
- Sí
Pancho, mañana lo mando pa' fiorito con una botella de moscato a
eso de las diez de la noche.
- Macanudo,
amigazo. Y no se olvide de prepararle el tecito con esos yuyos de quirquincho
que me preparó doña María. Dicen que son capaces de
levantársele a un muerto.
- ¿Te
parece que hará falta?, yo a la edad de Eusebio me calentaba hasta
con las chanchas.
- Mejor dáselo,
hacéme caso. Ahora estos pendejos son muy tiernos, no como éramos
nosotros. Además, conviene que la primera vez ande derecho así
le toma el gusto y agarra confianza.
- Tenés
razón Pancho, andá a saber cuántas pajas se hace este
guanaco -dijo el Celestino, que ahí nomás se levantó
y lo sacó al hijo a patadas del baño.
Llegó
el momento y el Eusebio, muy a su pesar, peinado con Glostora con una botella
de moscato envuelta en papel de diario y un ardor en el estómago
producido por el menjunge que le obligó a tomar su padre, partió
hacia Villa Fiorito, donde se iba a hacer hombre de una buena vez.
Empujó
el Eusebio la puerta herrumbada por el tiempo y, con la voz más
varonil que pudo, gritó:
- Señora
Celia, vengo de parte del Pancho.
De adentro
una voz, que para el Eusebio transpiraba fiebre y a quien el ardor le había
bajado hasta los huevos le pareció la voz de la parca, le contestó:
- Pasá,
bichi, pasá nomás que quiero ver lo lindo que sos.
Al entrar,
se encontró con un cuarto mugriento, lleno de botellas vacías,
bombachas sucias, y una lámpara a querosene cuyo humo dibujaba espirales
en las chapas del techo, y en el medio, recostada sobre un catre hediondo
de transpiraciones y orines de borrachos, la mujer más fea y asquerosa
que había visto en su vida. La vieja le arrebató la botella
de moscato y, mientras lo destapaba, con la otra mano se levantaba la enagua
dejando a la vista sus virtudes, mientras se acariciaba su enmarañado
sexo como si fuera el lomo de un perro. Silenciosamente, después
de empinarse la botella de moscato, comenzó con delicadeza asombrosa
para sus grandes manos a bajarle los pantalones al Eusebio que se hallaba
paralizado de pánico.
Si bien en
este encuentro a solas de la Celia y el Eusebio no hay un testigo, me ajustaré
a lo que el Francisco dice que le contaron los protagonistas de esta historia.
Al bajarle
el pantalón sintió que un fuego quinceañero le recorría
las entrañas. Ante sus ojos y a centímetros de su cara apareció
el animal erguido y furioso de Romero que frente a la lámpara brillaba
humedecido como una espada desenvainada para la batalla.
Cuando el
Eusebio miró los ojos desorbitados de la vieja y vio su boca sin
dientes queriendo tragárselo, le aplicó un rodillazo sobre
la frente haciéndola caer inconciente sobre el catre. Aterrorizado,
el muchacho huyó por los fondos del chaperío como Dios lo
había traído al mundo, corrió un par de cuadras y
se escondió llorando en una obra en construcción. Así
lo encontró el sereno Camilo Campos, un chaqueño recién
llegado de Resistencia que durante el día trabajaba en el cementerio
y por las noches hacía de sereno en el obraje.
Escuchó
por horas el Camilo contar sus penas a Eusebio y luego le prestó
un pantalón gastado por la cal para que regrese a su casa.
Lo acontecido
después y sobre el destino del Eusebio no lo tengo del todo claro.
Algunas cosas que no son muchas han sido confirmadas por varias personas
que lo conocieron, pero lo demás son elaboraciones de la charla
del Turconi, donde las ginebras superaron ampliamente a las carambolas.
Se dice que
Francisco Silva recibió unas cuantas vueltas gratis por parte del
agradecido Celestino y también de su muchacho que compraba así
el silencio del borrachín. Celestino andaba orgulloso de su hijo
que noche por medio se iba muy alegre con una botella de moscato bajo el
brazo. Dicen también que cuando se enteró que esas botellas
no eran para Celia sino que eran para el Camilo, lo echó a patadas
de su casa y al año más o menos vendió la fonda y
se volvió a Chajarí, y del Eusebio poco se sabe. Sólo
que se comenta en los bodegones que todavía quedan en Alsina que
está viviendo por Palermo. Otros, en cambio, dicen que volvió
para Entre Ríos. En lo que sí coinciden es que nunca más
se los volvió a ver por el barrio.