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                      Vas a tener 
               que acostumbrarte
             por Kuky Rodriguez

Cuando venía por el pasillo reventando bajo el peso de la bandeja llena de platos sucios, le pareció oír que Don Manuel se quejaba. Se acercó a mirar por la puerta entreabierta y lo vio: tenía las piernas fuera de la cama, la jarra con el agua se había volcado y se llevaba las manos al pecho. Se apuró todo lo que pudo para llegar a la cocina. Mari estaba leyendo una revista de esas que tanto le gustaban y que trataban de gente famosa. Tomaba mate y había puesto las piernas sobre una silla.
- Don Manuel se está cayendo de la cama -le dijo, mientras ponía la bandeja sobre la mesada.
- ¡Calmate, Zule!.. más del suelo no va a pasar...
- Pero me parece que está mal, digo...
- ¿Y cómo querés que esté un viejo de noventa años? -y se cebó otro mate.- Mal estoy yo -pensó Mari- cinchando diez horas diarias en este lugar de mierda donde todas son tristezas y miserias, para luego llegar a casa y encontrarme con otro cuadro peor: el Lito que desde que lo echaron de la fábrica no da pie con bola y mi pobre corazoncito, con sus ojitos cada día más achinados y su boquita babosa y balbuceante... ¡Pero los mongolitos son tan cariñosos! Diez años cumpliría en dos meses más y aunque sabía que lo del Luquitas no tenía vuelta, quería que tuviera la mejor atención y esa escuela especializada aunque era tan cara, algún adelanto iba logrando...
- ¿No vas a ir a verlo?... Mirá que se cayó la jarra del agua y hay vidrios por todo el suelo... Yo soy sólo una mucama y tengo prohibido asistir a los pacientes...
- Si... Ya voy a ir, en cuanto me entere de lo del régimen de Susana Giménez... ¡Está bárbara!.. ¿viste? -y ahora venía esta novata a recordarle que había un deber que cumplir... Y la vida ¿cuándo iba a cumplir sus obligaciones con ella?... ¿Cuándo iba a obtener su parte de felicidad? ¿Ese cachito que alguna vez se había merecido, cuando era realmente buena y creía que todo era un ida y vuelta y que la vida te devolvía bien por bien?
Zule se puso a lavar los platos pensando en el pobre Don Manuel, ahí solo, medio caído y chupando frío. Pero no sabía qué hacer y la Mari seguía muy tranquila leyendo y tomando mate... Al fin, se levantó de su silla, se alisó el uniforme blanco y se dirigió al cuarto de Don Manuel. El pasillo estaba helado y se arrepintió de no haberse puesto el chaleco.
- ¡Lo único que falta es que me resfríe por este viejo de mierda! -pensó mientras abría de par en par la puerta del cuarto. Encendió la lámpara principal y el anciano trató de llevarse una mano a los ojos para protegerse de la luz, pero no pudo. Había resbalado por completo de la cama y estaba en el suelo, en posición fetal, entre los restos de la jarra de vidrio roto y el agua derramada.
- ¡Mirá el quilombo que te mandaste, pelotudo!... Y, además te ensuciaste. ¡Te cagaste encima!... Pero ahora, el señor va a esperar ahí, donde está a que me busque el chaleco, porque esto hay que ventilarlo...
Abrió la ventana de par en par y salió al pasillo, sintiendo como tantas veces últimamente que había un punto en que no podía detenerse y que tanta rabia y frustración acumuladas se le convertían en impiedad. Cuando llegó a la cocina, se puso el chaleco y se cebó otro mate, pensando en qué haría Luquitas en ese momento, si estaría bien abrigado y si habría conseguido hacer esa figurita en plastilina que lo tenia tan preocupado...
- ¿Cómo está Don Manuel? -preguntó la Zule.
- ¿Cómo va a estar? En el suelo y cagado... ¿Cuándo se morirá éste viejo de mierda?.. Y encima después viene la hija dándose aires de gran señora y protesta. Dice que está mal atendido. Por la miseria de propina que deja pretende que lo cuidemos como si esto fuera un hotel “cinco estrellas”... ¿Por qué no lo tiene en su casa?... Vení, ayudame. Traé la escoba y la pala.
Cuando regresaron a la habitación, Don Manuel temblaba violentamente. Zule se apresuró a cerrar la ventana mientras Mari tomaba al viejo de un brazo y lo tironeaba, obligándolo a sentarse. El pobre hombre tenía un trozo de vidrio clavado en la mejilla y las piernas, flacas y amoratadas, también tenían vidrios adheridos en las partes que el pantalón piyama no cubría. Cuando consiguió sentarlo, lo sacudió por los hombros y le dijo:
- ¡Dejá de temblar, imbécil, que no es para tanto! -después lo tomó por debajo de los brazos esqueléticos y lo arrojó sobre la cama- ¡Mirá lo que hiciste, mogólico!... Por horas se me va a quedar este olor a mierda metido en la nariz...
Zule barría el piso sin atreverse a intervenir. Hubiera querido decirle a Mari que la dejara ocuparse de Don Manuel, pero ella estaba destinada nada más que a la limpieza. Mientras tanto, Mari le había arrancado el pantalón y con una toalla mojada en agua fría, refregaba con saña el cuerpo del anciano, sin respetar escaras ni cortaduras. Después le pasó alcohol por las heridas. El hombre, lívido, trataba inútilmente de detenerla. Su respiración era un silbido entrecortado y miraba a Zule con ojos desorbitados y ella le devolvía la mirada, asustada e impotente.
- ¿Y si llamamos al doctor Ferrer?
- No está, Zule. O estará durmiendo... ¡Mirá si voy a molestarlo por un viejo cagado!.. Cambiale la cama y ponele otro piyama. Voy a buscar una inyección para que le deje de chiflar el pecho.
Zule tendió con destreza la cama de Don Manuel y le puso el piyama más abrigado que encontró en el armario. Luego buscó el agua de colonia, embebió un algodón y se lo pasó por la cabeza, el cuello y las manos. Fue entonces cuando Don Manuel se aferró al brazo de la muchacha, le clavó en la cara sus ojos opacos y tras un estertor que agitó su cuerpo consumido, se quedó completamente quieto. Zule desprendió con delicadeza, uno a uno los dedos del anciano de su brazo moreno y después le cerró los párpados. Mientras murmuraba una oración, las lágrimas le caían por las mejillas y se volvían azules cuando llegaban al cuello almidonado de su uniforme.
- ¡Se murió!- le dijo a Mari, cuando ésta entró con el instrumental.
- ¿Y por eso estás llorando, pajarona?... Vas a tener que acostumbrarte... Casi todas las semanas se muere alguno. Cuando llegan acá, llegan para morirse...
 
 
 




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