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El Balcón 
                  de
       Sara Ferro

Hartos ya del ruidoso torbellino de la Avenida Rivadavia, nos mudamos al nuevo departamento, situado a cuatro cuadras nada más. Nos encantó el balcón, que enfrenta a un inesperado y hermoso corazón de manzana que luce con orgullo, recuerdo de alguna vieja casona, seis cipreses verdes, verdísimos, casi negros; dos de ellos, sobrepasan los diez pisos de edificios vecinos, en cuyos balcones sí hay flores y plantas, y para completar el cuadro, los traviesos gorriones, que vuelan y bajan a escarbar la tierra de las macetas. Leyendo o tomando sol sentimos vibrar la vida, a nuestro alrededor, voces de chicos, discusiones de un joven matrimonio, al parecer con efectos afrodisíacos, porque en pocos años tuvieron tres hermosas bebas, los gritos eufóricos de gol cuando juegan River o Boca, música fuerte de rock... Pero la vida, tan cruel a veces, interrumpió esa hermosa monotonía; se oyó una voz de varón joven que clamaba, desesperado, por su madre. Al poco tiempo, resonaron los gritos de "quiero irme de aquí, vengan a buscarme". Por último, escuchamos algo insólito, una voz celestial, femenina entonando una canción de amor... ¡Qué emoción! ¡Qué dolor! Las ventanas del edificio que miran a los cipreses están enrejadas, pertenecen a la Clínica Psiquiátrica de nombre bíblico, sobre la Avenida Juan Bautista Alberdi. Hace años que no se oyen llantos ni lamentos. Indudablemente han cambiado los tratamientos. No hace mucho, al pasar por la clínica, vi que un importante automóvil se detuvo, y un presuroso chofer ayudó a descender a un hombre pequeño, cuyo rostro sin maquillaje parecía de un bebe viejo, que con dignidad, a pesar de su disminución física, caminó hasta la entrada de la clínica. Este hombre diminuto era un famoso pianista argentino, considerado entre los cien mejores del mundo. Iba a visitar a su madre, allí internada. Muchos son los nombres del mundo artístico que por allí desfilan; ese mundo que conoce la fama y la tragedia, así es la vida de cruel... Ahora estoy sola en el balcón. J. A se ha ido para siempre, pero en estos cien metros cuadrados de caballito, siguen ocurriendo cosas.
Desde hace tiempo, muy seguido, se oyen quejas, casi humanas, que se transforman en aullidos de lobo. Duran largo rato y son muy frecuentes. Impresionante. ¿Qué es esto? pregunté. Y me dijeron: "Ah sí, señora, son los perros siberianos del Doctor X de Falcón, que lloran así cuando los dejan solos".
 
 

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