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El Gordito Pérez 

                      de
       Crystal Blanco

Presagiando un día espectacular, septiembre se anunciaba más verde que nunca. El sol jovial y tibio iba iluminando las calles solitarias y limpias bajo un cielo diáfano y celeste. Adornando el firmamento danzaban, en su blancura extraordinaria, algunas nubes escasas. Eran los mismos colores de la bandera del colegio que por casualidad alguna vez me tocaba izar a mí, el Gordito Pérez, como me llamaban los compañeros. Era la bandera que usábamos solamente los días de fiesta, igual que los alfajores de dulce de leche con el vaso de chocolate que nos daban al terminar la celebración, cuando ya los nervios y tensiones habían desaparecido. Esos días todo era alegría, entre maestros orgullosos del comportamiento de sus alumnos ante las autoridades que pudiesen visitar el establecimiento; padres ufanos por la interpretación de sus hijos al verlos actuar por primera vez; abuelos chochos de poder disfrutar la continuidad de sus vidas y el gallego Don Juan con su esposa, las almas protectoras, salvaguardando siempre nuestras vidas y la de la misma escuela, su hogar, su familia, su patria, su portería.
Recuerdo que uno de esos días, aniversario del 17 de agosto, habíamos preparado una obra de teatro, donde actuábamos Marita como Remeditos, el anteojudo Pedro, como San Martín y yo, "el gordito Pérez" como Sargento Cabral. Al finalizar, la gente aplaudió a rabiar. Me acuerdo que entre abrazos y felicitaciones, sentí que algo se caía, haciendo mucho ruido debajo de los pisotones. La Srta. Esther, emocionada hasta la médula, se acercó a cada uno de nosotros. Hasta ahí todo había funcionado bien; pero, no se por qué, más tarde, me empezaron a temblar las piernas. Ni que hablar, cuando la Directora con voz chillona de vieja solterona, nos hizo volver a subir al escenario y delante de todo el mundo, acartonadamente preguntó: "Haber, alumnos, ahora podríais decirnos qué futuro veis, en el horizonte de vuestras vidas".

Marita, como siempre la reina de las chupamedias, saltó primero y dijo: Yo estudiaré mucho y seré profesora de Historia y después Directora como Ud.

Pedro, sin movérsele un pelo de la cabeza, corajudamente le contestó: "Mire señorita, vea, como se me acaban de romper los cristales de las gafas, no veo nada en el horizonte, vea, vea. ¿Por qué no le pregunta mejor al gordito?? La gente al unísono estalló en una carcajada.

La Directora, respiró profundamente y enfurecida se dirigió a mí, por supuesto, yo era el único gordito y el único de los tres, que faltaba responder:

- Haber Ud., supongo que tendrá algo mejor que decir, o contestará con la misma irreverente astucia de su compañero, alumnooooo. A usted Pérez, le hablo, ¿me escuchóoo????? Sus padres desde el salón están esperando la respuesta.

A decir verdad, mi cuerpo temblaba de angustia y la garganta estrangulada no dejaba hilvanar palabra alguna. Lo único que sentía era una tibia humedad que poco a poco iba deslizándose entre mis piernas hasta llegar a los zapatos, era como si estuviera chapoteando en el agua, pisando las baldosas flojas de la calle de enfrente de mi casa en un día de lluvia.

Sin embargo, las carcajadas de la directora y los gritos mezclados entre los susurros de la gente me hicieron volver a la realidad y volver a escuchar sus chillidos espeluznantes.

- Ejem, esteee, sabe, sabe una cosa, yo sí veo mi horizonte, ¿sabe cómo, dónde?? Viajando, viajando, lejos muy lejos de aquí, con un montón de gente, magos, payasos, malabaristas, domadores, títeres, globos, elefantes, Tigres, caballos, monitos, todos juntos trabajando. Y yo desde lo alto, muy alto en un trapecio balanceándome en las alturas, haciendo pruebas dificilísimas, que nadie es capaz de realizar. Y usted allí abajo, muy vieja, chiquita, llorando y pensando sólo en lo que no se debe hacer, justo en el mismo momento que los tambores hacen redoblar la angustia previa al salto mortal. Ese salto que nos hace vibrar porque decimos gracias Dios, hoy estoy vivo.

Los aplausos del auditorio se hicieron escuchar desde la calle, las evasiones de los otros alumnos tapaban los gritos de la Directora, quien ofendida gritaba hasta que terminó por retirarse del lugar. Yo, el gordito Pérez, bajé corriendo a darle un beso a mis padres, que de pie al lado de la a Srta. Esther se abrazaban emocionados.

Me pregunto qué habrá sido de la Directora. Nunca más la volví a ver.

Hoy, siempre que viene un circo al barrio, no dejo de ir. Adoro ver a los acróbatas y trapecistas: ellos bien arriba, allí en lo alto y yo bien abajo, sentado en una butaca.
 
 
 
 
 
 
 




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