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Aquella muerte                          de junio de1973
     por Javier Romano
 
 
El tácito cielo devorado de plomo, ausente en gotas desde su estirpe eminente, desde su descalzo pueblo de nubes, se reía de lluvia sobre el, sobre su incierta geografía, sobre su dúctil condición interna y lamento. Se encontraba en la estación del tren junto a su amigo Eduardo, que era igualmente enjuto e inconexo como él -aunque aún más fotogénico y más enfermo del higado-. Ambos fumaban un mismo cigarrillo discutible; ambos manifestaban un único y agnóstico silencio en sus voces.
Una vez sobre el tren -furia horzontal, manos sin máscara-, eligieron un asiento sin demasiado acierto. Estiraron las piernas descoordinadamente y tosieron, esta vez si, a dúo.
- Mañana vuelve Perón al pais, Angel -le comentó Eduardo-. Tenemos que ir a recibirlo a Ezeiza. Mi hermano me dijo que podíamos ir con él y su grupo de amigos.
Angel asintió con la transida cabeza, con extrema lentitud pero decididamente. Tenia el ceño fruncido. Tenia la arqueada disciplina de la espalda contra el respaldo verdemente indefinido del asiento. A él no le interesaba demasiado este suceso. No era un entendido en cuanto a política: ¿Pero dónde quedaría la admiración que le despertaba a Eduardo si se negaba a ir? ¿Y admitir que desconocía algunas cosas? Eso ni siquiera pensarlo.
El nuevo dia presentó su espalda de queda actitud y raíces plomizas. Un miércoles fehaciente vestido de madrugada, sin dudas otoñales ni prisa de sobra. Arribaron a la zona aledaña al Puente Barrio Nro. 1 sobre la autopista Ricchieri muy temprano por la mañana. Allí ya se encontraba una enorme masa de adherentes aguardando la presencia de Perón, que regresaba al pais después de residir en el exilio por casi dieciocho anos. Inmediatamente se unieron a la multitud. Angel, asombrado por la millonaria cantidad de personas presentes, comenzó a leer algunas pancartas: "Montoneros", "JUVENTUD SINDICAL PERONISTA", "SMATA presente", "PERONISTAS DE EZEIZA", rezaban algunas de ellas.
El mediodia llegó despeinado, plural, con pies fragosos y ojos grises, entre cánticos en pugna y banderas argentinas. La primera tarde, se desplegó gradualmente hospedando cruces de estribillos opuestos y hastío. En ese momento, Angel escuchó el estruendo sordo de un disparo. Luego otro, y otro después. Se había generado un enfrentamiento armado. La gente, entre gritos deshojados y ciegos, comenzó a desbandarse. Él no reaccionó a tiempo. Los labios de la desesperación, recorrieron su cuerpo sin virtudes ni mañanas derrotadas; el miedo -donde acaba en ventanas la noche-lo incluyó en su ya arrodillada perfidia, en su breve naufragio de sombras entre dos fuegos cansados. De pronto sintió un fuerte golpe en el pecho. Sólo atinó a llevarse allí la mano derecha; percibió el caliente y espeso fluir de la sangre, que manaba en exceso como un flébil y violentísimo crepúsculo horadando el matutino cielo epidérmico, muscular, óseo y visceral de su torso. Había recibido un disparo. Un túnel mordido de otoño Diversa tarde de la cicuta. Se desplomó sobre el suelo inconveniente. Sus ojos percibían el nebuloso caos que dominaba la escena, y el dolor confuso en el pecho complementaba la sensación de estar soñando. Abandonado, con la respiración entrecortada y la sangre que ahora también le brotaba de la boca aparejada por una espuma leve y blanquecina, esbozó una sonrisa imperceptible con las fuerzas postreras y alcanzó a pensar mientras la lágrima marchaba a hacerse una con la sangre allá abajo: "Mamá, mamá no llores, la vida también es esto, mama, por favor no llores; esta sucesión finita de momentos irrepetibles se apaga, y las lágrimas -tuyas o mías-, no reencenderán su indescifrable camino, su intrincada proliferación de sombras diurnas."



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