El
tácito cielo devorado de plomo, ausente en gotas desde su estirpe
eminente, desde su descalzo pueblo de nubes, se reía de lluvia sobre
el, sobre su incierta geografía, sobre su dúctil condición
interna y lamento. Se encontraba en la estación del tren junto a
su amigo Eduardo, que era igualmente enjuto e inconexo como él -aunque
aún más fotogénico y más enfermo del higado-.
Ambos fumaban un mismo cigarrillo discutible; ambos manifestaban un único
y agnóstico silencio en sus voces.
Una
vez sobre el tren -furia horzontal, manos sin máscara-, eligieron
un asiento sin demasiado acierto. Estiraron las piernas descoordinadamente
y tosieron, esta vez si, a dúo.
-
Mañana vuelve Perón al pais, Angel -le comentó Eduardo-.
Tenemos que ir a recibirlo a Ezeiza. Mi hermano me dijo que podíamos
ir con él y su grupo de amigos.
Angel
asintió con la transida cabeza, con extrema lentitud pero decididamente.
Tenia el ceño fruncido. Tenia la arqueada disciplina de la espalda
contra el respaldo verdemente indefinido del asiento. A él no le
interesaba demasiado este suceso. No era un entendido en cuanto a política:
¿Pero dónde quedaría la admiración que le despertaba
a Eduardo si se negaba a ir? ¿Y admitir que desconocía algunas
cosas? Eso ni siquiera pensarlo.
El
nuevo dia presentó su espalda de queda actitud y raíces plomizas.
Un miércoles fehaciente vestido de madrugada, sin dudas otoñales
ni prisa de sobra. Arribaron a la zona aledaña al Puente Barrio
Nro. 1 sobre la autopista Ricchieri muy temprano por la mañana.
Allí ya se encontraba una enorme masa de adherentes aguardando la
presencia de Perón, que regresaba al pais después de residir
en el exilio por casi dieciocho anos. Inmediatamente se unieron a la multitud.
Angel, asombrado por la millonaria cantidad de personas presentes, comenzó
a leer algunas pancartas: "Montoneros", "JUVENTUD SINDICAL PERONISTA",
"SMATA presente", "PERONISTAS DE EZEIZA", rezaban algunas de ellas.
El
mediodia llegó despeinado, plural, con pies fragosos y ojos grises,
entre cánticos en pugna y banderas argentinas. La primera tarde,
se desplegó gradualmente hospedando cruces de estribillos opuestos
y hastío. En ese momento, Angel escuchó el estruendo sordo
de un disparo. Luego otro, y otro después. Se había generado
un enfrentamiento armado. La gente, entre gritos deshojados y ciegos, comenzó
a desbandarse. Él no reaccionó a tiempo. Los labios de la
desesperación, recorrieron su cuerpo sin virtudes ni mañanas
derrotadas; el miedo -donde acaba en ventanas la noche-lo incluyó
en su ya arrodillada perfidia, en su breve naufragio de sombras entre dos
fuegos cansados. De pronto sintió un fuerte golpe en el pecho. Sólo
atinó a llevarse allí la mano derecha; percibió el
caliente y espeso fluir de la sangre, que manaba en exceso como un flébil
y violentísimo crepúsculo horadando el matutino cielo epidérmico,
muscular, óseo y visceral de su torso. Había recibido un
disparo. Un túnel mordido de otoño Diversa tarde de la cicuta.
Se desplomó sobre el suelo inconveniente. Sus ojos percibían
el nebuloso caos que dominaba la escena, y el dolor confuso en el pecho
complementaba la sensación de estar soñando. Abandonado,
con la respiración entrecortada y la sangre que ahora también
le brotaba de la boca aparejada por una espuma leve y blanquecina, esbozó
una sonrisa imperceptible con las fuerzas postreras y alcanzó a
pensar mientras la lágrima marchaba a hacerse una con la sangre
allá abajo: "Mamá, mamá no llores, la vida también
es esto, mama, por favor no llores; esta sucesión finita de momentos
irrepetibles se apaga, y las lágrimas -tuyas o mías-, no
reencenderán su indescifrable camino, su intrincada proliferación
de sombras diurnas."