Capítulo 3

Brújula

 


 

La música retumbaba hasta Avda. Santa María. Ellos salían rápidamente y con cuidado, para evitar cualquier problema a esas horas de la madrugada. La noche santiaguina había caído hace ya varias horas y observaba como ambas sombras se subían a un automóvil. Álex conducía el auto y atrás estaban Eduardo y Cristóbal, tratando de alargar aquellos momentos de felicidad vividos bajo las luces de la “Fausto”. ¿Qué importaba a esa hora el trabajo de Química dejado a medio camino? Llegaron a la casa de Cristóbal, y éste se despidió de Eduardo con un frío y fugaz beso, antes de bajarse, para evitar que este hecho fuese observado por alguien de su familia. Entró a su hogar, mientras la Sra. Marina se despertaba para observar el estado de su hijo. Llegó a su habitación y se lanzó sobre su cama.

 

-Lito, Litito. Despierta. Hay una niña que te está buscando.

-¿Qué?- respondió, aún influído por el profundo sueño del que había sido sacado por su madre.

Ya eran cerca de las 2 de la tarde y Cristóbal aún estaba en cama. Corrió y observó por la ventana la figura que no había podido olvidar desde aquel lluvioso primer día de clases.

Logró lavarse la cara y estar un poco más presentable. Se sacó la polera calipso mezclada con sudor, alcohol y humo, y tomó la gris que tenía a mano. Finalmente, salió y recibió a Naty. Ella era parte del grupo de Química y estaba preocupada porque no habían avanzado nada luego de la reunión en la casa de Ximena, y no quería reprobar de nuevo.

Trabajaron un poco, y decidieron salir a tomar un poco de aire. Caminaron y conversaron de la vida. Primera vez que él se sentía tan a gusto con una mujer; era una sensación nueva. Así, avanzando y avanzando, llegaron a un parque, de esos pocos que quedan en la gran ciudad. Se sentaron y siguieron hablando de sus vidas, de sus pasados y de sus planes de futuro, hasta que el dedo de Nata se posó sobre los labios de Cristóbal

-No hables, sólo deja….- logró susurrar Natalia, antes de besar a Cristóbal.

A pesar de que ya era primavera, ese día de octubre se nubló y pronto las gotas comenzaron a precipitarse sobre los rostros de ambos. Habían estado juntos horas, felices ambos, besándose, amándose el uno al otro. Nunca más podría Cristóbal olvidar aquellos ojos de zafiros, ni su cabello de cobre; menos el calor de sus labios.

 

Pato volvía de Antofagasta. Su madre estaba mejor, pero los problemas familiares aumentaban y aumentaban. Su padre era un coronel en retiro del ejército. Cuando era un niño, el Sr. Rojas era un ejemplo de patriotismo, fortaleza y voluntad. Pero todo había cambiado. Aquel hombre que había ayudado en su juventud a liberar al país de la “invasión marxista”, ahora era enjuiciado por Violación a los Derechos Humanos. En este “proceso” de ayudar a sus compatriotas, había asesinado, mutilado y torturado a esos mismos seres que debía defender. Esto fue un golpe de agua fría para los Rojas. La madre, recién recuperada, debió luchar por mantener a su familia unida. Eran los marxistas que volvían a atacar a sus seres queridos y que querían llevarse a su marido tras las rejas de Punta Peuco o cualquier otra cárcel especial para los militares. Pero Patricio era distinto. La imagen de su padre había desaparecido. Ahora no era más que un asesino; no era distinto  de aquellos seres que gobernaban esos países tercermundistas del África Central y que se confundían con el propio demonio.

 

Sus compañeros de curso organizaron una fiesta de bienvenida, aunque el festejado no estaba de ánimo para celebrar. Así y todo, sus amigos y no tan amigos se reunieron para pasar un momento de diversión, buscando el primer pretexto que se les ocurriese. Cristóbal llegó y buscó a Eduardo, al que no veía desde hace días. No había aparecido por el colegio, no respondía los e-mails ni los mensajes de texto a su móvil. Pronto apareció Nata y se juntó con su amado. A pesar de que no le gustaba el alcohol, Cristóbal aceptó el primer vaso de cerveza. Luego, no rechazó la piscola, ni el ron, ni ningún otro derivado etílico que se le cruzara. Pronto, no pudo sostenerse en sus pies y cayó sobre los brazos de su polola, que tampoco estaba en muy buen estado. Salieron de la casa en la que se estaba organizando la fiesta, tambaleándose ambos. Cayeron y sólo siguieron riendo entre el pasto mojado. Las risas comenzaron a apagarse, siendo transformadas en besos y caricias.

Nunca había hecho el amor con Natalia; le había tenido un cierto respeto que no había tenido con ninguna otra mujer. Las anteriores no habían sido más que objetos de placer y pantallas para ocultar su tendencia homosexual. Ahora, era sólo amor.

 

"-Tómame más firme… Acércate… Más… Un poco más

Los labios de Francisco acariciaron lentamente los de él, en parte, por su timidez y su juventud, en contraposición con la ya experimentada homosexualidad del universitario. Ese momento de calor se interrumpió. Una bestia había salido. Nunca como antes lo había visto así, mientras trataba de recoger a Francisco, tumbado por el golpe recibido…"

 

El año estaba ya terminando, mientras Cristóbal jugaba una doble vida. Un peligroso juego cuyos costos eran dos personas que podrían sufrir. Mientras Cristóbal era el “novio oficial” de Natalia, los viernes salía y se acostaba con a Eduardo. La Nata le daba amor y compresión, pero Eduardo le daba el placer, esa sensación de lujuria que sólo podía sentir desde su interior, incomparable con cualquier otra, y que Natalia nunca le podría dar. Eran ya los últimos exámenes del año. Natalia había logrado eximirse, aunque nadie sabía cómo. Eduardo también tenía ese privilegio, pero Cristóbal, no. Por una pelea con la “Cucaracha”, la decrépita profesora de Castellano, ella, en venganza, le puso dos 1 en el último semestre, lo que impidió que pudiera eximirse, al igual que en el resto de los ramos. Así, él debía permanecer en Santiago hasta mediados de diciembre, mientras la familia de Natalia ya tenía listo los pasajes a Tahiti, donde pasarían las vacaciones. Sin embargo, Eduardo se quedó en Santiago, para acompañar a Cristóbal.

La despedida de Natalia fue muy emocionante para Cristóbal, sin embargo, apenas el avión despegaba rumbo al viejo continente, Cristóbal regresaba al apartamento de Ñuñoa para juntarse con Eduardo.

 

El verano ya estaba en pleno. Unas pequeñas vacaciones de los San Martín en Iquique, y Cristóbal había decidido pasar una semana en los terrenos de los Demichelli junto al Lago Llanquihue. Allí estaban los dos solos, junto al lago, donde podían disfrutar libremente sus “juegos”, al contrario de lo que sucedía entre el asfalto y los vidrios de la gran capital. Esa semana había sido hermosa e intensa. Pero comenzaban a acabarse los días de sol y las nubes de tormenta volvían.

 

-Déjala. Acaba con esa farsa de una vez.

-¡Cállate, imbécil!– dijo Cristóbal– No sería capaz de abandonar a una persona que yo amo sólo por… por…

-¿Sexo, cierto? Eso es lo único que te importa de mí, ¿estoy en lo correcto?

-Siempre fue así. Nunca te prometí algo. Sabes que yo la amo y no la dejaría por nada.

-¿Es que no entiendes?- gritó Eduardo en un ataque de ira que Cristóbal nunca antes había visto- ¿Es que aún no entiendes? Yo te amo. ¡No te voy a perder por esa puta! ¡No…

La frase de Eduardo fue interrumpida por el puño de Cristóbal.

-Nunca. Nunca más te refieras a ella de esa forma ¿Me entendiste?- dijo Cristóbal tomando su camisa mientras salía de la habitación y posteriormente del departamento.

 

Cristóbal se había mantenido alejado de Eduardo luego de esa pelea. Sin embargo, igual le hacía falta. Había cosas que no podía conversar con Naty y en las que Eduardo era su confidente. El último año de clases comenzaba, con la indecisión de Cristóbal.

El reencuentro con Eduardo fue frío. Él pasó por su lado, sin siquiera mirarlo ni dirigirle la palabra. Ese año, Cristóbal se sentó detrás de Pato y junto al Chelo, un compañero bastante pintamonos, pero simpático a pesar de todo. Ximena y Natalia se sentaron un poco más alejadas y Eduardo, como siempre, se sentó solo al fondo de la sala. Pero esta vez había cambiado en algo. Su actitud era diferente. Ahora que, al igual que antes lo atacaban, ya no pasaba directo a su puesto sin ni siquiera mirar al lado, sino que ahora respondía a los insultos.

-Oye maraco, ¿con cuántos minos te acostaste en las vacas?- gritó uno

-No sé, sólo me acuerdo cómo estabas caliente esa noche y gemías de placer- respondió agresivamente Eduardo. Un silencio se produjo en ese momento. Cristóbal sabía que había pasado algo raro. Era casi la “salida del clóset” de Eduardo. Ya no renegaba de su homosexualidad. Había dejado de ser su pasado oscuro y ahora era su característica que lo identificaba con respecto al resto. Después de esa respuesta, nadie se atrevió a decirle algo. Eduardo además se veía distinto. Ya no usaba esa mochila oscura ni su vestón opaco y los había cambiado por colores fuertes. Había cambiado su forma de caminar, que ahora era segura y firme. Se dirigió a los puestos del fondo, mientras Cristóbal lo siguió para conversar.

-Hola, ¿Cómo estás? Te noto cambiado

-Puede ser, pero preocúpate de tu pololita mejor y déjame en paz- dijo Eduardo en un tono agresivo.

Cristóbal comprendió que el haberlo dejado lo había hecho cambiar. Comenzaron las clases, pero Cristóbal aún estaba preocupado por la actitud de Eduardo.

Apenas tocaron el timbre, Cristóbal se dirigió a hablar con Eduardo, pero éste había desaparecido del salón. Cristóbal salió al patio y vio como Eduardo se acercaba a otro tipo, que no había visto nunca antes y que al parecer era nuevo. Observó cómo ambos caminaban conversando, demasiado juntos y se alejaban en dirección de los baños del fondo, el mismo donde había besado y tocado a Eduardo oculto de su propia polola. Cristóbal los siguió, y sólo alcanzó a ver cómo el chico nuevo recorría con sus labios el rostro de Eduardo, antes de retroceder y volver junto a sus amigos.

 

El golpe era con fuerza. Él sabía que estaba dentro de la casa, pero aún así, había tocado a la puerta por varios minutos sin tener respuesta alguna. Ya había desistido de seguir, mas cuando se dirigía al ascensor, la puerta se abrió y desde dentro sólo se oyó un “Pasa”, y que Cristóbal respondió inmediatamente.

El departamento había cambiado levemente, pero estaba muy desordenada. Nicolás había conseguido una beca en Manchester y no la desaprovechó, aunque eso implicara dejar sólo a su hermano menor. Eduardo estaba tomando una cerveza y le ofreció una a Cristóbal. Él nunca lo había visto tomando alcohol, ni tampoco fumando. Las colillas de cigarrillos estaban repartidas por el suelo, junto a envases de condones.

-¿Qué te pasa, Edu?

-Nada, no me pasa nada.

-Pero, mírate. Estás distinto

-Ah, sí. Tal vez cambié mi ropa y un poco mi actitud.

-¿Un poco? Cambiaste demasiado, y sólo han pasado unas semanas desde la última vez que nos vimos…

-¡Ah! Eso sucede. Estás preocupado. Te molesta que ya no sea ese pendejo sumiso que cada vez que querías hacer algo te obedecía- respondió Eduardo con cierta prepotencia y acercándose cada vez más a Cristóbal

-Yo jamás hice eso

-Ah no. ¿Quién se acercaba a mí sólo para pasar una noche por que la Natita había salido con sus papás y no estaría con él? ¿Quién si tenía ganas de sexo, había que tener sexo, por qué él lo decidía?

-Por eso es todo, cierto. Porque no dejé a Natalia por ti. ¿Todavía no puedo entender cómo no comprendes?

-Yo aún no puedo entender cómo eres un maricón y no lo aceptas. No entiendo por qué quieres seguir fingiendo que eres uno más, que eres el “chico popular”. ¡Acéptate, mierda!- gritó Eduardo, mientras estaba separado de Cristóbal sólo por unos centímetros y podía sentir su respiración

-Yo sé qué hago con mi vida…

-Y yo hago lo que se me da la gana a mí con la mía

-¿Entonces por eso te metes con el primer huevón que aparece?

-No me digas que te va a dar un ataque de celos, porque eso sería la guinda de la torta. Eres un maricón, acepta que aún me quieres, que no dejas de pensar en mí, que aunque te acuestas con esa mina, no dejas de pensar un solo minuto de cómo estarías si fuera yo al que penetras- dijo Eduardo, antes de que su pareja le diera un beso profundo, como si nunca se hubiesen conocido antes y se exploraran por primera vez.

-Sólo volvamos como antes. Olvidémonos de todo esto y sigamos- dijo Cristóbal, antes de que Eduardo se separara de él y se dirigiera a otra habitación.

-No soy tu juguete.


 

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