Capítulo 2

Sólo Quiero Volver Atrás

 


 

El amanecer no era como en el sur. No había nieve, no había ese frío desgarrador de las pampas coihaiquinas. Sin embargo, su primer día era tan helado como su despedida del sur. La lluvia, al igual que otros años, era el centro noticioso de la mañana. Vicuña Mackenna estaba inundada, las poblaciones del sector poniente, abnegadas

-Pareciera que nada ha cambiado- se dijo para sí mismo, mientras bebía una taza de café.

-Niños, yo me voy, así que apúrense- dijo don Alberto, mientras abría la puerta del auto estacionado al frente de la casa.

La pequeña Macarenita corrió tras su papá, mientras Cristóbal dejaba la taza a medio tomar y se despedía de su madre.

La lluvia se hacía más y más pesada. Cada vez más cerca del colegio, y Cristóbal sentía la angustia de volver a ese pasado lejano, casi idílico. Sin embargo, la sacudida del auto y el posterior bocinazo lo hizo preocuparse de otra cosa. Papá casi chocaba; una niña vestida de escolar, al igual que tantos otros, cruzó la calle, mientras el auto avanzaba. Alcanzó a detenerse, lo que permitió que la chica saliera ilesa y que pudiera ser observada por Cristóbal. Nunca había podido ver a una mujer así. Su pelo colorado, empapado, fue lo último que vio de ella, antes de que se desvaneciese detrás del portón de entrada del colegio. En eso, papá lo bajó de nuevo de las nubes y lo hizo bajar del auto.

Trató de olvidar aquella maravillosa figura, tomó aire y se acercó a la entrada. Nadie sabía nada. No había nadie esperándolo allí. Sólo sabía que debía ingresar al 3º A, la puerta del fondo, junto al patio, donde antes jugaban a la pelota y ahora era una mezcla entre tierra, tabaco y cenizas.

Aún había gente afuera, era temprano todavía. Una cara lo quedó mirando fijo. Esos ojos azules no los podía olvidar. Era la Xime, su mejor amiga, con la que aún mantenía cierto contacto.

Los abrazos no se esperaron y sintieron como si el tiempo no hubiera pasado. Pronto, el resto de sus compañeros fueron llegando y saludando al recién llegado. La mitad eran alumnos nuevos. Ya no estaban ni la Coté, ni el Mono, ni muchos más, cuyos nombres ya habían naufragado dentro de su memoria. Pero aún no lo veía a él, a quién realmente deseaba ver. Intentó entrar a la sala, para verlo. Pero una mano lo detuvo. Sólo alcanzó a verla, a ella, la misma chica del incidente. Sus ojos de gata, casi sacados de esas revistas de la National Geographic que sagradamente leía todas las quincenas, lo miraban con amor y dulzura.

Trataba de recordar dónde había visto esos ojos antes.

-Hola Lito, ¿no te acuerdas de mí?- murmuraron sensualmente esos labios –La Nata, la Natalia. ¿Cómo tan desconsiderado de no acordarte de tu amiga?

La sonrisa de ella contrastó con el rostro de sorpresa de él. La Nata, la niña de la que todos se burlaban, la chiquitita amiga de él y que era tan callada. Ahora, había crecido y madurado, al igual que él, ya era toda una mujer.

La campana sonó y debieron entrar a clases. Debía ahora buscar un puesto en donde sentarse. Sólo quedaba un par de asientos en el fondo. Tuvo que aceptar uno de esos puestos con resignación, pero lo dejo en una inmejorable posición para ver a Natalia.

Si había algo que odiaba, eran esas típicas y ridículas presentaciones ante todo el curso. Gracias a Dios, el profesor de esa hora era todo un inepto. Nadie lo respetaba, todos conversaban y se acercaban a él. El Pato, su mejor amigo, había tenido que ir a Antofagasta, pues su madre había tenido un accidente allá y estaba muy grave.

Entonces la puerta se abrió y entró alguien. Un joven flaco y largo entraba ya pidiendo disculpas por el atraso, mientras todo el curso comenzaba a gritar y a molestarlo. Sólo se veía su cabeza abajo, su pelo negro y se cara colorada, mientras, los típicos “cabrones” le insultaban

-¿Qué te pasa, fleto, ah?... Te quedaste con tu pololo anoche… Tu cara te delata, maraco… Oye, allá atrás hay un hueco para que te sientes….

Las carcajadas eran generales, mientras Cristóbal veía como ese muchacho se acercaba. Pronto, estuvo a su lado. Cristóbal sintió algo, un leve sonido.

-¿Qué dices?

-De… ja….déjame…. por favor

-¿Qué cosa? No te escucho. Podrías hablar más fuerte

-Me podría dejar pasar, para poder sentarme. Por favor.

Esa voz la reconoció. Era él. Eduardo Demichelli, su ex amigo. Al igual que Natalia, él había crecido. Era más guapo que antes, pero era aún más tímido. Lo dejó pasar y lo observó mientras se sentaba. Sólo vio como una lágrima corría en la mejilla del moreno antes de hundir su cabeza y ocultarse en su mochila marrón. Él no quiso entablar una conversación con Eduardo, pues se notaba que estaba muy afectado. Aprovechó que el profesor seguía vegetando como siempre y se acercó al puesto donde estaban Natalia y Ximena.

-¿Qué le pasa a este compadre?

-No sé, que yo recuerde él es así- dijo Natalia

-Sí, siempre es callado. Bueno, quizás influyó mucho la muerte de sus padres

-¿Qué? ¿Murieron sus padres?

-Sí, un año después de tu partida

-Pero él antes siempre fue así- aclaró Ximena

-Tú eras su único amigo. Te fuiste y se puso más callado. Antes, teníamos que hacer trabajos y ni siquiera hablaba

-Igual que la Maritza, ¿te acordai de ella?

-Claro que me acuerdo…..- la voz de ellas se comenzó a esfumar y él sólo comenzó a pensar

Eduardo siempre fue tímido. Era muy apegado a sus papás y conversaba sólo con él. Quizás también con las chicas y con el Pato, cuando se juntaban. Al irse Cristóbal, él quedó abandonado, sin ningún apoyo. Después de cinco años, al parecer, aún seguía solo.

Cristóbal volvió a su puesto, mientras el profesor intentaba detener la guerra de avioncitos de papel que se realizaba sobre las mesas y sillas del salón. Se acercó a su antiguo amigo, aún nervioso por el incidente.

-Hola, Edu… ¿Te acuerdas de mí?- dijo Cristóbal, acercándose al muchacho

-Sí, Cristóbal. Si sabía que eras tú- respondió entrecortado y tragando saliva

-Entonces, ¿por qué no me saludaste cuando llegaste?

-Porque no quería que fueras tú

Esa frase quedó rebotando en el tímpano de Cristóbal. ¿Qué significaba eso? ¿Qué quería decir con que “no quería que fuera tú”?

-¿Por qué dices eso?

-No lo sé. Sólo olvídalo- Eduardo volteó el rostro y volvió a ocultarlo con su bolso.

 

No quería volver a verlo. Ese rostro, esa cara. El que lo dejó y abandonó, mientras era operado en una clínica. Al que nunca pudo decirle lo que sentía, pues simplemente se fue. Cuando se recuperó, el asiento del lado estaba vacío. Se había vaciado sin decir nada, sin siquiera avisar. Tan sólo se fue. Por ahí escuchó que él debió viajar al sur, pues su papá tenía que trabajar allá. Pronto, abrió un atlas y busco esa ciudad con tan extraño nombre. C-O-Y-H-A-I-Q-U-E….Pág. 12. Buscó hasta que la encontró. Era ese punto en medio de la pampa, en la XI Región. Trazó con su dedo la ruta entre Santiago y el nuevo hogar de su amado. La distancia era enorme. Tal vez nunca regresara, y se quedara con esa espina clavada en su garganta.

Ahora estaba él. Más grande, más alto. Al ver sus brazos, pensó en cómo hacer que éstos lo envolvieran y acogieran, que lo confortaran. Había cambiado, no había duda. Quizás ya no se acordaba de él, quizás ya no sentía lo mismo, o aún peor, quizás nunca sintió eso.

Cómo quería volver atrás, a aquellos días en que aún eran, de cierta forma, inocentes. En que pensaban que amar a otro, a un igual, era simple. Ahora, el sufrimiento ya había pasado por su vida, y sabía que todo no era tan fácil.

Esa noche de diciembre, mientras en todo el país sonaban villancicos y campanitas, mientras tantos habrían regalos, él estaba allí. Su única compañía era, al igual que siempre, Nicolás, su hermano. Él era un poco mayor, pero tenía la autoridad de un padre. Sólo podía confiar en su hermano. Cristóbal ya se había marchado hace tiempo, sus “amigos” se habían esfumado junto a él y sus padres no estaban. Sólo un llamado rompió el silencio de esa noche. Nicolás cortó pronto y llamó rápido a otra parte. Él no entendía, sólo escuchaba algunas palabras: “accidente”, “hospital”, “papá”. Nicolás, a pesar de que trataba de hablar claramente, las lágrimas y el estado de shock en que se encontraba, se lo impedían. Pronto, la camioneta de su tío aparecía en la calle. Nicolás tomó a su hermano, una chaqueta y cerró la puerta. Nicolás le explicaba mientras el ascensor del edificio los acercaba hasta el vehículo. Papá y mamá habían salido de una fiesta en la casa de unos amigos. Sólo habían tomado “unos traguitos”. Camino a casa, el auto comenzó a tener problemas, hasta que chocaron con una micro. Ambos estaban graves en el hospital. Sólo llegaron a allá para recibir la terrible noticia. El Sr. Demichelli había fallecido y su mujer también, con sólo horas de diferencia.

Siempre habían estado los dos solos. Nicolás fue el único padre de Eduardo. Debieron crecer solos, cuidándose entre ellos.

Sólo podía recordar algo que, de cierta forma, lo alejó de tanto llanto y dolor. El destino lo junto con Alexander, un chico unos años mayor, compañero de Nicolás. A Nicolás no le gustó la “nueva” compañía de su hermano. Sin embargo, ambos comenzaron a pasar el tiempo juntos. Álex era el típico payaso, el único que podía hacer reír a Eduardo y alejarlo de esta angustia. Un día, mientras ambos reían en una plaza, Álex se acercó a su “marmotita”, como llamaba a Eduardo, y le dio un beso. Un beso suave, no de novios, pero no de amigos. El problema no fue el beso, fue quienes los vieron. El típico cabrón, con complejo de superioridad y que se otorga a si mismo la facultad de arrastrar y basurear a las otras personas.

Ese día, dejó de ser el “tímido” y el “pajarito” del curso. Se convirtió, de la noche a la mañana, en el “fleto”, en la mugre de la sociedad, el pervertido, el sucio, el despreciable. Esos primeros días fueron horribles. Comprobó en carne propia el doblestándar de la sociedad chilena. El progresismo del que todos hablan se derrumbaba cuando están frente a él. Que los homosexuales vivan su vida, que todos tienen derecho a ella. Todo se acaba cuando tu vecino, tu hermano o tu padre sale del clóset.

Todo había sido casi un año atrás. Pero era como si fuera ayer para sus compañeros

Ahora estaba él allí, al que tanto había deseado. Sólo quería volver atrás y decirle todo lo que tenía atragantado. Ya no podía negar su existencia, ahora sólo debía enfrentarla

 

“Me muero por explicarte lo que pasa por mi mente
me muero por intrigarte y seguir siendo capaz de sorprenderte
sentir cada día ese flechazo al verte,

que más dará lo que diga, que más dará lo que piensen

si estoy loco es cosa mía
y ahora vuelvo a mirar el mundo a mi favor
vuelvo a ver brillar la luz del sol.

Me muero por conocerte saber que es lo que piensas
abrir todas tus puertas

y vencer esas tormentas que nos quieran abatir.

Sembrar en tus ojos mi mirada,
cantar contigo al alba,
besarnos hasta desgastarnos nuestros labios
y ver en tu rostro cada día crecer esa semilla
crear, soñar, dejar todo surgir aparcando el miedo a sufrir”
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A la otra hora tocaba Artes. Apareció una gordita, esas típicas con cara de simpática y comenzó a hablar. Ahora sí, Cristóbal se tuvo que presentar ante todos. Por lo menos, ya no tenía la vergüenza de antes, y se paró firme adelante. Aparte de algunos chistes, todo estuvo bien.

En la clase en sí, la profesora organizó distintos grupos para organizar una exposición. Podía ser lo que quisieran, escultura, pintura, audiovisual. Eran grupos de a tres. Cristóbal aprovechó la oportunidad y creó un grupo: él, el Pato (para cuando volviera) y Eduardo.

¿Qué podían hacer? Él amaba la cinematografía. Le preguntó a Eduardo, pero este le dijo que lo vieran el fin de semana en su departamento.

Pronto las cosas comenzaron a mejorar entre ambos. Eran cada vez más amigos, como antes.

El fin de semana, tal como lo habían acordado, decidieron juntarse en el departamento de Eduardo. Eduardo insistía en hacer algo con dibujos, no sabía exactamente qué. Él era un as del bosquejo. Tanto tiempo solo lo llevo a dibujar y perfeccionar su habilidad. Siempre cargaba una croquera y un conjunto de lápices grafitos con los cuales dibujaba.

Cristóbal quiso ver la croquera y sus dibujos, pero Eduardo se lo negó. Esto atrajo la atención de Cristóbal y, rápidamente, le quitó la croquera y la abrió. Su sorpresa fue mayor al ver los dibujos que contenían. Entre árboles, ríos, edificios, algunos abstractos, encontró su rostro. Sus facciones dibujadas perfectamente. Su corta y tenue barba dorada y sus ojos verdes estaban realzados majestuosamente. En la hoja siguiente, estaba él, de nuevo, pero ahora de perfil. Y así, eran cerca de 15 dibujos de él mientras escribía en clases, comía, hasta cuando dormía durante la clase de Biología. El último bosquejo fue distinto. No estaba él sólo. Eran dos rostros. Dos rostros rozando sus labios. Era el deseo de Eduardo hecho realidad. Mientras veía como Cristóbal pasaba de hoja en hoja, observando y sonrojandose cada vez más, él sólo intentó ocultarse. Cuando Cristóbal cerró ese conjunto de dibujos, Eduardo saltó sobre Cristóbal para quitárselo

-Vaya… No pensé que dibujaras tan bien. Me veo muy bien así

-Pásamelo. Pásamelo de una vez

-Sí, no te preocupes te lo devolveré

La mirada de Cristóbal fue de picardía. Lo tenía allí al frente, sobre él, agarrándole la mano, ambos en el suelo. Podía sentir su calor, sus hormonas y su sangre en estado de ebullición. Era el momento. Ahora o nunca.

-Te lo devolveré, con una condición

-¿Cuál?

-Dame un beso

Eduardo estaba allí, sobre su amado, cuando éste le ofrecía la oportunidad de la vida. Cómo perder este momento. Cómo arrepentirse y luego poder volver a vivir, cargando esa culpa, ese deseo frustrado.

-Un beso. ¿Sólo un beso?

Los labios de Eduardo rozaron los de Cristóbal, mientras su mano se deslizaba por el pecho de éste.

-Como quieras.

Finalmente, en un ataque de ferviente locura, Eduardo besó a Cristobal. Ambos no podían detener este momento. Sus mentes dejaron de trabajar y sólo actuaban sus deseos y sus cuerpos.

 

1 Texto corresponde a la canción "Sin Miedo a Nada", de Álex Ubago.


 

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