Capítulo 1

Recuerdos

 


 

“Santiago está con una temperatura aproximada de 10º. Gracias por volar con Lan Chile”

El sonido llegaba a los oídos de Cristóbal, pero no lograba alejar eso de su mente.

-Litito, apague esa cosa, que ya vamos a aterrizar.

-No te preocupes, ya la había apagado hace rato, mamá

Él no estaba escuchando música, estaba pensando en su pasado, en lo que debió dejar atrás. Al igual que años atrás cuando conoció por primera vez el amor, pero fue obligado a viajar, a huir de ese amor maldito, todo por culpa de él. Su papá. El trabajo de él había estado malo. La “crisis asiática” había golpeado a la empresa donde trabajaba Alberto San Martín, que finalmente fue despedido. La única opción de trabajo para él fue en Aysén, por lo que la familia San Martín debió migrar al sur y abandonar la vida de ellos en Santiago. Coyhaique fue un choque para el pequeño Lito, como le decía la familia. Ya no estaba junto a su hermano mayor, Alberto, con el único que compartía. El Kelo estaba por finalizar el cuarto medio y por ingresar a la universidad, por lo que quedó a cargo de la casa en Santiago y a terminar sus estudios. Ya no estaban tampoco sus compañeros de colegio. Todo fue tan rápido. Apenas pudo despedirse de algunos amigos y amigas, de la Ximenita, de la Nata, del Pato, etc. Pero él no estaba. Ese chico tímido, siempre oculto tras esos bancos y que sólo hablaba para responder una pregunta del profesor. Eduardito, él mismo, con el que recién había podido entablar una pequeña amistad, estaba con apendicitis en la clínica. Había faltado toda esa semana. Cristóbal había decidido ir a verlo, junto al Kelo, pero ese día llegó Papá con la noticia. El jueves partía el avión al sur. Alberto tuvo que ir a hacer unos trámites y no lo pudo acompañar. Cristóbal fue al colegio, se despidió de sus amigos, pero no de Eduardo.

Ahora, volvía a Santiago, volvía a su antiguo curso, cinco años después, quizás a reparar el pasado o a comenzar uno nuevo. Pero todo era distinto. Todos habían cambiado. Antes él era un niñito más, flaquito y delgaducho, un Papelucho hecho persona. Ahora no, ya era un hombre. Antes no sabía que sentía, no como ahora. Ahora él lo sabe y no duda de eso. El miedo lo llenaba antes, pero eso había desaparecido. ¿Por qué había desaparecido? Fue lo del otro día, ¿cierto? Se sintió libre, se sintió, quizás realizado, quizás al fin hizo lo que realmente quería hacer, sin miedo a nada.

Era agosto del 2003. Papá había asumido un nuevo rango en la empresa, que lo obligaba a trasladarse. De nuevo, dijo Lito. No, no como antes. Era volver a donde pertenecía. En Coyhaique siempre se sentía todo tan frío, no sólo la temperatura, sino la gente. Siempre se sentía raro, nunca encajó en esa ciudad, en ese barrio, en ese colegio. Es verdad, era el “chico popular”, de eso no se podía quejar. Su alta estatura, su tez blanca como la nieve patagónica, su cabello rubio y sus ojos verdes derretían a cualquier mujer. Fabiola era una niña muy linda. Cualquier hombre estaría feliz junto a ella. Simplemente era genial. Pero no lo llenaba. Había algo que faltaba.

El retorno a Santiago era quizás lo mejor que le podía pasar. Volvía donde su hermano. Ahora estaba en la universidad, estudiando Medicina, mientras él cursaba 3º Medio. Volvería a su antiguo colegio, podría recomenzar todo. La despedida con Eduardo se postergó, tal vez porque no se debían separar, y ese había sido sólo un pequeño paréntesis.

Pero aún le faltaban cosas por hacer, aún no se sentía completo. Le faltaba llevar algo de Coyhaique, no un souvenir, no un recuerdo, sino que madurez, o eso creía. Faltaba quitarse de una vez ese miedo que tenía.

Ahora, mientras el avión se disponía a aterrizar, él recordó. Ya no tenía el miedo de la semana pasada. Fue lo del otro día, ¿cierto?

Su respiración estaba agitada. Nunca antes podía sentir algo como esto. Era cada vez más excitante. Acá en la escuela. Cualquiera puede entrar. No importa. Sigue, sigue así. Otro beso, cada vez más apasionado. Sólo sentía como se desabrochaba su camisa y como esos labios se deslizaban sobre él. Al fin tenía lo que quería, al fin había descubierto que era lo que le faltaba. Pero nadie debe saber. No quiero herir a la Fabiola. Ella ha sido muy buena, no la puedo engañar así. No, para, esto no puede continuar. Porque si, porque yo estoy pololeando, porque ella ha sido buena. Pero yo no la quiero. Quiero esto. Quiero esto cada vez más.

Un pequeño descuido hizo que resbalaran y cayeran. Pero se pararon inmediatamente y siguieron en ese proceso de caricias, besos y sexo. No importaba que la puerta del baño de mujeres estuviera abierta. De todos modos, nadie estaba a esas horas en el colegio. Era demasiado temprano. Las 7 de la mañana, un día de invierno. Nadie pensaría siquiera eso. Todos llegaban pasadas las 7 y media. Pero el acuerdo había sido a esa hora, cuando el colegio estuviera solo. Y ¿si los encontraban qué? Con Fabiola igual debía terminar. Cristóbal no creía en el “amor” a distancia, menos con una relación tan frágil como esa. Pero a esas alturas no pensaba, solo se dejaba llevar.

Sin embargo, lo impensado sucedió. Entró Fabiola al baño. Eran ya las 7:20 y Fabiola…. ¿Qué hacía Fabiola en ese momento? El destino la había puesto ahí para ver ese espectáculo. Su novio, al que tanto quería, ese chico deseado por todas, estaba allí, semidesnudo, frente a sus ojos, con otra persona. No era ella que tanto quería estar así. Él nunca quiso tener sexo con ella, a pesar de las continuas insinuaciones de ella. A pesar de que Cristóbal se había acostado ya con varias de sus amigas y ex-pololas, no lo había hecho con Fabiola. Ahora, todo tenía sentido para ella. Más que le doliera que la engañara, le dolió que nunca la hubiese querido. Sólo le gritó algo, ya no recuerda qué, y luego se fue.

Ahora, ya no tenía nada que ocultar. El miedo que había guardado desde Santiago, cuando sentía eso, que quizás era amor, quizás sólo deseo, había desaparecido. Ahora en la capital, era libre. Podía hacer lo que quería, no tenía nada que ocultar.

Sólo abrazó a Matías, su compañero de curso y, ahora, su amante. Sólo le dijo “No te preocupes. Eso es sólo una rabieta de mujer” y le dio un beso, el más fuerte de todo ese momento. Tomó su camisa, y comenzó a desabrocharla. Su boca comenzó a recorrer el torso desnudo del muchacho y después sus manos se dirigieron más abajo, hacia el pantalón. Con cuidado, comenzó a desabrocharlo lentamente y posteriormente bajó su ropa interior.

El profesor de Química hablaba, pero Cristóbal no entendía nada. No es que fuera un torpe, sino que no estaba preocupado de eso. En ese ínter tanto, con su lápiz jugaba con el pelo ensortijado de Matías, sentado al lado de él, mientras la mano de él acariciaba el muslo de Lito. Ambos sabían que era su primera y única vez. Cristóbal se iba y Matías debía seguir su vida. Sin embargo, Cristóbal recién se percató de ese detalle. El tercer asiento, el de la ventana, estaba vacío. Allí se sentaba Fabiola. Pero ella había venido en la mañana. Además no era tan irresponsable como para hacer la cimarra. Sin duda, lo de la mañana la había dañado mucho.

El choque del avión con la pista de aterrizaje lo volvió a la realidad. Era tarde en Santiago, la noche ya había caído y desde arriba las luces de la capital se veían bellas. La ciudad había cambiado bastante de lo que el recordaba antes. Además, al irse era sólo un niño. En el aeropuerto, estaba él, su hermano Kelo, al que no veía luego de las vacaciones en Punta del Este. Él había organizado todo. Mientras cruzaba la ciudad hasta su casa, Alberto iba contando todo. Había logrado recuperar un cupo en su antiguo colegio, a pesar de que eran mediados de año.

La casa estaba igual como antes, pero su dormitorio había cambiado. Ya no estaban esos colores chillones verdes y azules que la decoraban. Ahora, era blanca, con una cama mejor y una gran televisión. Su fiel computador estaba allí, en el escritorio. A pesar de todo, habían pasado cinco años y no había cambiado mucho a su alrededor. Los cambios estaban dentro de él, y pronto se iban a manifestar.

 


 

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