Sor Juana Inés de la Cruz ...
La arquitectura colonial, enriquecida con los varios estilos del arte barroco, tiene su paralelo en la poesía, deudora no sólo de la escuela gongorina, sino también de Quevedo, Calderón, Lope, Jáuregui y Jacinto Polo. Este elocuente marco que forma la poesía de la segunda mitad del siglo XVII explica la aparición de una figura de valor universal: Sor Juana Inés de la Cruz. Juana de Asbaje y Ramírez de Santillana nació el 12 de noviembre de 1648 en la Hacienda de San Miguel Nepantla, Estado de México, de padre vascongado y madre criolla. Se crió al lado de su abuelo materno en la Hacienda de Panoayan. Pronto dio muestras de inteligencia poco común, aprendió a leer a los tres años, mientrs acompañaba a su hermana mayor a la Amiga; compuso una loa eucarística a los ocho y se empeñaba en que la enviaran a estudiar a la Universidad, aunque para ello fuese necesario vestir ropas masculinas; leyó con insaciable curiosidad los libros de la biblioteca familiar y tomó lecciones de latín con el Br. Marín de Olivas. En 1665 estaba en Palacio, hasta donde había llegado la fama de su talento y belleza, como dama de honor de la Virreina, marquesa de Mancera. El Virrey quiso probar la habilidad de la joven y la enfrentó a cuarenta letrados de todas las Facultades, quienes la sometieron a su examen del cual salió victoriosa. En los dos años de permanencia en la Corte debe de haber probado el amor y la decepción; sin duda, la vanidad del halago y quizás el dolor de no poder ostentar el linaje sin mancha, ya que era hija natural. Decidió, según su propia confesión, entrar en un convento por la "total negación que tenía al matrimonio", ya que no podía elegir por los convencionalismos del tiempo, vivir sola y dedicar su vida, como lo huibera preferido, a la libertad de su estudio. En 1667 entró en el convento de San José, de las Carmelitas descalzas, cuya extrema rigidez en las reglas quebrantó su salud. En 1669 profesa, finalmente, en San Jerónimo, donde permaneció hasta su muerte. Exacta en el cumplimiento de sus deberes religiosos, desempeñó con celo y obediencia las tareas que se le encomendaron como contadora y archivista, aunque declinó el cargo de priora en dos ocasiones. Fue el convento, como la monja lo advirtió, el refugio que, pese a los deberes de la Orden y los incovenientes de la vida en comunidad, le brindó la paz necesaria para calmar su sed de saber y realizar una obra vasta y variada que le ha valido la inmortalidad.
Los intereses intelectuales de Sor Juana no llevaban sólo un camino. Se interesaba lomismo por la teología que por la filosofía, la astronomía, la pintura, las humanidades o la música, y era sabiduría nada común se advierte en sus obras más maduras. Llegó a poeseer una biblioteca de cuatro mil volúmenes y algunos instrumentos científicos y musicales. Sus relaciones con la vida secular eran cordiales y frecuentes. A ella se le encomendó el Arco Triunfal a la entrada del conde de Paredes (1680) descrito en el Neptuno alegórico. Ganó dos premios en el certamen del Triunfo Parténico; contribuía con versos a festejos civiles y eclesiásticos. Contó entres sus amigos a virreyes, altos dignatarios de la Iglesia, sabios de su tiempo, como Sigüenza y Góngora, y sostuvo correspondencia con ilustres personajes nacionales y extranjeros.
Su fama rebasó las fronteras de la Nueva España y se hizo, en 1689, en Madrid, la primera edición de sus poesías, con el nombre de Inundación castálida, en tanto que la autora era consagrada como "la única poetisa, Musa Décima". El obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, editó la Crísis de un sermón (1690) intitulándola Carta Athenagórica. En este documento Sor Juana impugna la tesis teológica, sostenida en 1650 por el célebre jesuita portugués Antonio Vieyra, con razonamientos fundamentados que le acarrearon la admiración de sus contemporáneos, pero también la exhortación de Fernández de Santa Cruz en el sentido de que se empeñase con mayor celo a los asuntos sagrados. Quizá la frecuencia de desastres en la Colonia: tormentas, inundaciones, hambres, epidemias, tumultos, por los años 1690 y 1691, hicieron reflexionar a Sor Juana sobre la inminencia de la muerte y la caducidad de las glorias terrenas, encaminándola por la senda de la santidad, como afirmaba su confesor el P. Núñez. Decidió entonces sacrificar su biblioteca y todas sus pertenencias en beneficio de los pobres; vivió una vida de mortificación y ascetismo, y murió contagiada por la peste que asoló el convento, tratando de ayudar a sus hermanas enfermas, el 17 de abril de 1695.
Para entender la personalidad de Sor Juana, ningún camino más directo que el de su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, carta que dirige al obispo Fernández de Santa Cruz. Este documento, escrito en "la mejor prosa mexicana de la época", es un aexposición de las manifestaciones de su vocación desde sus primeros años: su forma de aprender, los castigos que se imponía como medios disciplinarios, su facilidad de asimilación y su inclinación natural a la rima; sus descubrimientos acerca de los puntos de contacto que tienen las ciencias entre sí, "abriendo camino las unas para las otras"; sus conclusiones en cuanto a que no son únicamente los libros fuente de enseñanza, sino la naturaleza entera, ya que en el juego, en la cocina o en la simple contemplación puede estudiarse algo. Llegó advertir la armonía universal y el conocimiento de Dios como coronamiento de las disciplinas del espíritu. Habla también Sor Juana de su decisión de tomar el hábito en busca de un refugio para dedicarse al estudio y de las luchas que tuvo que librar para evitar que la asediaran la impertinencia de sus hermanas o la admiración de sus amigos en demanda de su colaboración para todo festejo. Considerando que la mujer en el siglo XVII no tenía oportunidades de cultivarse, es admirable la actutud de Sor Juana, que no solamente hace la defensa del derecho de la mujer su propia libertad, sino muestra, al mismo tiempo, que en ella puede existir una verdadera vocación intelectual y dar frutos cumplidos aun dentro de las duras limitaciones del autodidacta.
Sor Juana escribió para el teatro tres actos sacramentales: El cetro de José, El mártir del sacramento (San Hermenegildo) y el Divino Narciso, y dos comedias al gusto calderoniano: Los empeños de una casa, de amor y enredo, y Amor es más llaberinto, de tema mitológico-galante, en colaboración con el Br. Juan de Guevara. Escribió también dos sainetes, entremeses, loas y villancicos.
La abundancia y variedad de su poesía lírica dice a las claras cuáles fueron sus predilecciones. Sonetos, liras, silvas, redondillas, romances, villancicos, loas, forman el amplio caudal de su producción y muestran el hábil manejo de formas y recursos poéticos a que había llegado el barroquismo. Si fue una buena discípula de Góngora y ella misma declara sus preferencias por el poeta cordobés, se advierte fácilmente su inclinación conceptista y, en general, todas las influencias de la poesía del Siglo de Oro, desde las más diáfanas hasta las más complejas. Buena parte de su poesía es de circunstancias, pero aun en ella hay finura, ingenio, humorismo, como en sus redondillas contras los "hombres necios...". Evidencia de acendrada calidad lírica son sus poemas amorosos (sonetos, liras y endechas), "los más suaves y delicados que han salido de pluma de mujer". La autentecidad del sentimiento, con sus matices de celos, despecho, quejas, ausencia o muerte del amado, es tan justa y feliz, la expresión tan límpida, que no en vano permanecen como insuperables sonetos Detente, sombra... y Esta tarde, mi bien..., o la lira Amado dueño mío...
Su poema más ambicioso es el titulado: Primer sueño, que escribe por propio gusto en cerca de mil versos y a la manera gongorina, en el que intenta describir la aventura del conocimiento en un viaje sin fronteras, en un ejercicio de puro y libre goce intelectual. Para dar la sensación de lo que es el sueño se entretejen "la descripción artística, la mitología, la erudición, la historia, la ciencia y la filosofía", integrando ese deseo de conocimiento característico de Sor Juana, y expresado también en su famosa Respuesta.
La extraordinaria personalidad de Sor Juana, objeto de innumerables estudios dentro y fuera de México, no puede reducirse a una clasificación. Es tan auténtica en sus fáciles villancicos de amor divino y en los versos en que imita el habla de los indios y de los negros, como en aquéllos de arrebatado lirismo amoroso o en los de grave profundidad filosófica. Poetisa única, musa décima, la realización más completa del barroquismo novohispano, preludia también el afán enciclopédico que habría de caracterizar al siglo XVIII.
