JESÚS PÉREZ TIERRA


Mis Relatos Cortos

Don Simeon
La última Sirena
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DON SIME�N
(Las tribulaciones de un prost�tico)

Sime�n hab�a llegado con poco tiempo. A pesar de sus muchos a�os se        
pon�a nervioso como un ni�o pensando que se le iba a escapar el tren.       
Entr� en la cafeter�a de la estaci�n y pidi� un "cortado"; lo bebi�        
de golpe y pag� r�pidamente pues era casi la hora.                         
    Justo entonces, tuvo que ir al servicio. Cuando lleg� a la puerta    
e intent� abrirla, no pudo; en su frontal, hab�a un antip�tico letrero     
que le ped�a una moneda de cincoduros (0,15 Euros), y la correspon-         
diente ranura para introducirla. Busc� afanosamente en sus bolsillos        
y no pudo encontrarla. Iba a acercarse a la caja para solicitar el           
cambio necesario, cuando la megafon�a le advirti� que su tren, situado       
en el and�n cuatro, v�a n�mero siete, hac�a su salida en breves momen-       
tos y que, para m�s liarla al ser un r�pido, el tiempo de espera ser�a           
muy corto.                                                                   
    Tuvo que coger su equipaje y correr hasta el and�n. Subi� de un                     
salto pensando que lo tomaba por los pelos, pero el vag�n segu�a                   
quieto. No lo estaba su vejiga, que reclamaba imperiosamente sus de-              
rechos. Por muy prost�tico que fuera, y por muy enfadado que estuviese                  
con la Compa��a de Ferrocarriles, que exig�a un pago previo al uso del         
mingitorio, no dejaba de ser un ciudadano respetuoso con las normas.               
Sab�a que mientras el tren estuviese parado en la estaci�n no deb�a                    
hacer uso del servicio; su "meadita" quedar�a entre las v�as, moles-            
tando a las personas que la vieran tras partir su tren.                       
    Intent� recostarse c�modamente en su asiento y cerr� los ojos.                
Quer�a pensar en otra cosa, pero no pudo hacer m�s que concentrar todo                  
su esfuerzo en dominar su esf�nter vesical.                                    
    Ten�a que ir al servicio con mucha frecuencia, y su m�dico le                     
hab�a dicho que padec�a una hipertrofia de pr�stata. Con los ojos              
cerrados, mientras dominaba su esf�nter, se recre� en el in�til ejer-            
cicio de denostar a la Compa��a por su fea acci�n de cobro por adelan-      
tado.                                                                     
    Iba a iniciar una nueva retah�la de sabrosos insultos, cuando not�     
un leve tir�n; el tren se pon�a en marcha y pronto iba a abandonar la      
estaci�n. Suspir� aliviado: su problema estaba en v�as, -nunca  mejor             
dicho-, de soluci�n.                                                       
    Tan pronto estuvo fuera de la ciudad, busc� el servicio. El tren                     
era muy moderno, el vag�n muy nuevo y era la primera vez que viajaba en              
un coche de estas caracter�sticas, pero el servicio estaba en el lugar              
acostumbrado. Volvi� a suspirar, mas... le esperaba un nuevo sobresalto.              
En la puerta, met�lica y con aspecto de blindada, no hab�a cerradura              
ni manija para abrirla. En su urgencia la busc� desesperadamente.              
Cuando ya ten�a en la boca un nuevo taco, vio un brillante botoncito                      
con una leyenda que dec�a:                                                         
    "Pulsar para abrir".                                                      
    Lo puls�, el efecto fue inmediato: la puerta suavemente, sin emitir                 
el m�s leve sonido, se abri�. Ya, dispuesto a calmar su necesidad, se                      
dio cuenta de que la puerta permanec�a abierta; intent� cerrarla.                    
Imposible: no hab�a manera.                                                       
    -�C�mo la cierro? -se pregunt� desesperado, pues su necesidad era                      
ya apremiante. Encontr� una soluci�n de emergencia: sac� la mano al                        
pasillo hasta encontrar el maldito bot�n con el que abri� la maldita              
puerta y lo puls�. El efecto tambi�n esta vez fue inmediato: la                       
puerta se cerr� tan silenciosa y r�pida que tuvo que retirar la mano             
precipitadamente.                                                          
    Justo a tiempo, aunque en el �ltimo instante, satisfizo su                    
necesidad. Una sonrisa de placer se dibuj� en su rostro; pronto se                    
borr�. La puerta met�lica, brillante, moderna, tampoco ten�a manija                   
en su interior. Intent� meter los dedos por la invisible ranura.                    
Imposible, no hab�a manera. Busc�, en las jambas de bru�ido acero,                        
el dispositivo, -seguro que un botoncito-, necesario para abrirla.              
    Nada.                                                                 
    Volvi� a accionar el que descargaba el agua; vio uno rojo para                   
pulsarlo en caso de emergencia; un magn�fico enchufe que se pod�a              
utilizar para quien sabe qu� artilugio...                                   
    Cuando, ya desesperado, estaba dispuesto a accionar el rojo,                      
con el que gritar a todos los vientos su emergencia, lo vio.                    
Estaba arteramente escondido al lado del lavabo, eso s�, con un                   
letrero que dec�a, m�s o menos:                                           
    "Pulsar para abrir".                                                           
    Volvi� a su asiento realmente aliviado. Algunos pasajeros                
dorm�an, otros, con los auriculares puestos, contemplaban el pro-               
grama de televisi�n. Varios, �demasiados?, hablaban por sus                     
tel�fonos m�viles.                                                    
    Hab�a tenido la suerte de estar solo, ya que el asiento de su                  
lado se hallaba desocupado, por lo que sent�, �ahora s�!, c�modamente.               
    Mir� la pantalla del televisor y pens� que no le apetec�a,                     
era m�s interesante la otra pantalla: la ventanilla. El d�a era                  
radiante y los campos, con todo el verdor de la primavera, brillaban                 
como esmeraldas; se retrep� en su asiento bien relajado y cerr�                     
los ojos.                                                               
    No pudo evitar una sonrisa al rememorar la que se dibuj� en su               
rostro, unos momentos antes, tras el placer de aliviar su apurada              
situaci�n. Pens� que si alguien le ve�a sonre�r de esa forma lo                
tomar�a por loco.                                                       
    No le import�.                                                         
    Tampoco le import� una sonrisa todav�a m�s amplia, casi una risa,       
que no pudo reprimir aquella vez en Barcelona...                       
    Hab�a comido muy bien y bebido mejor. Tras el caf� y la tertulia,             
bajaba feliz desde la Ronda por la calle Pelayo, camino de las               
Ramblas, cuando sinti� la necesidad que su pr�stata hac�a siempre         
urgente. Se recrimin� por no haber tenido la precauci�n de "hacerlo"        
en el restaurante, pero, �claro!, entonces no ten�a "ganas". Ahora, s�.   
    �Y muchas!                                                               
    Era un d�a de finales del oto�o. La temperatura en Barcelona en          
esas fechas es siempre agradable, pero ese d�a, no. Hac�a un tiempo          
desapacible, fr�o y �l iba solamente con una ligera gabardina. Ca�a         
una fina lluvia, tan fr�a como el d�a, que no mojaba, pero que influ�a 
en su vejiga de forma imperiosa.                                             
    Para hacerlo m�s dif�cil era domingo y, a esas horas ese lugar,         
tan animado durante la semana, estaba pr�cticamente desierto, tanto             
que sus pisadas resonaban en la vac�a acera. Como consecuencia, todos             
los bares estaban cerrados. Mir� desesperadamente en busca de un               
local abierto, al fin, ya en la esquina de la calle Balmes, vio uno.        
Se precipit� en su interior que estaba vac�o. Un camarero miraba dis-       
tra�damente la lluvia. Con prisa le pidi� un caf� y le pregunt� por        
el servicio.                                                                  
    -Al fondo a la izquierda- fue la contestaci�n.                            
    �Claro, no pod�a ser otra!                                              
    El servicio estaba en obras; sobre la fila de mingitorios, hab�an                  
colocado de forma provisional, procedente de otro sitio, un gran espejo.   
    En un primer momento no repar� en ello, pues toda su atenci�n estaba         
puesta en su acto liberador. Al terminar alz� la cabeza y se vio              
reflejado en el enorme espejo. A un palmo escaso de su nariz, su cara                
se distend�a en un gesto de inmensa felicidad.                                  
   �Esa cara, esa expresi�n, la hab�a visto antes! �D�nde?                  
   Record� a un gran actor: a Peter Sellers, en una graciosa pel�cula.             
   Transcurr�a gran parte de la misma en un jard�n de una enorme mansi�n 
con piscina, estanques, surtidores y agua, mucho agua, muchos chorritos 
de agua. El protagonista ten�a la misma necesidad que tanto le hab�a 
martirizado antes y como �l, no pod�a satisfacerla. Cuando al fin lo 
consigui�, el gran actor puso esa misma expresi�n que ahora ve�a              
reflejada en el espejo.                                                 
    �Bueno!, la expresi�n de su cara no era rid�cula, era graciosa, como            
gracioso era su pensamiento posterior. No sab�a muy bien si se re�a               
de s� mismo o de lo que hab�a pensado, pero tuvo que reprimir una carcajada 
para que el camarero no lo tomase por loco.                                     
    El paisaje se deslizaba en su ventanilla velozmente; algunas personas,
que continuaban pegados a sus auriculares viendo la pel�cula en el 
televisor, empezaron a re�r, pues la pel�cula deb�a ser divertida. Le hizo 
gracia el espect�culo pues, de alguna manera, se vio reflejado en ellos 
cuando re�a �l solo de sus propios pensamientos. 
    Algunos asientos estaban ahora vac�os, esto le record� que su tren 
dispon�a de bar. Dio mentalmente gracias a la Compa��a de Ferrocarriles 
por ello, y fue a tomar un caf�; al pasar por delante del pens� que 
pod�a beber todos los l�quidos del mundo sin molestar a su exigente 
pr�stata, pues ahora sab�a como usarlo y, al menos en el tren, no era 
necesario el pago previo. 
    Volvi� a ocupar su asiento. Ten�a sue�o y pens� que cerrando 
los ojos echar�a una cabezadita, pero su pr�stata se hab�a adue�ado 
de sus pensamientos casi de forma obsesiva desde su reciente visita 
al ur�logo.  
    Es una gran lata esto de ser prost�tico -pens�.  
    A pesar de que la inmensa mayor�a de los varones adultos sufrimos 
su hipertrofia, la sociedad no quiere enterarse. 
    �Por qu�, si no, la mayor�a de los servicios est�n alumbrados con 
tubos fluorescentes? 
    Vas con tu necesidad, modesta necesidad, pero imperiosa al fin, 
llegas al servicio -que dicho de paso, siempre est� al fondo a la 
izquierda-, das al interruptor y pin, pin, plas, el nefasto tubo da 
unos chasquidos, unos fogonacitos, pero tarda en encenderse de 
verdad un tiempo que al prost�tico se le hace infinito y, al fin, 
decides "empezar" casi al buen tun, tun. 
    Y nos suceden m�s cosas -record� ahora.  
    Una vez en Madrid estaba en una esquina de la plaza del Sol 
sentado apaciblemente en la terraza de un bar degustando un refresco, 
cuando, casi consumido �ste, su inquieta vejiga le pidi� con la 
urgencia de siempre que fuese liberada de su presi�n.  
    El bar, tambi�n restaurante, era muy grande. No era hora de 
comidas y, en ese momento, con el calor reinante, estaba casi vac�o. 
Al fondo, a la izquierda, hab�a unas escaleras y un letrero con su 
correspondiente flechita, que dec�a: 
   "Restaurante". "Servicios".  
   Subi� deprisa. El piso superior estaba escasamente iluminado, 
una mujer limpiaba las mesas. Sin tiempo para pensar, pues  su 
necesidad hab�a crecido con la espera, pregunt� por el servicio.   
    La respuesta no se hizo esperar: 
    "�Al fondo, a la izquierda!"
    Estaba seguro de que se le hab�a puesto cara de gilipollas.
Alcanz� el servicio; busc� afanosamente el interruptor. En esta 
ocasi�n se trataba de un moderno botoncito que se ilumin� al 
accionarlo a la vez que la estancia. Localiz� el ansiado  urinario 
un tanto alejado del maldito bot�n y, con la felicidad de 
siempre, inici� el acto..., pero lo hizo con la lentitud de 
siempre, tanta, que la luz se extingui� antes de terminar 
dej�ndolo en la oscuridad m�s absoluta.
Seguro que se trataba de un modern�simo aparato temporizador al que su inventor, seguramente joven y con una pr�stata casi sin usar, no lo hab�a dotado del tiempo que una pr�stata ya deteriorada necesita para alcanzar su bienestar. Y... �El botoncito, en contra de lo que la m�s pura l�gica indica, tambi�n se hab�a apagado! Se encontr� a mitad de la evacuaci�n, con la terrible disyuntiva de terminar en la m�s completa oscuridad o intentar una peligros�sima operaci�n, es decir: continuar necesariamente de lejos y amenazado por el h�medo peligro de desviarse del lugar adecuado, y... "dar" la luz con la otra mano, tentando la pared contraria hasta hallar el maldito y apagado bot�n. Lo logr� en un alarde de facultades, sin deterioro de sus ropas y del suelo del local, pero le entr� un sudor fr�o al considerar qu� habr�a pensado cualquier persona que hubiese entrado en ese rid�culo momento. Esta vez no sali� del servicio riendo. El incidente, que s� termin� en risas,ocurri� un d�a que estaba con las mujeres de su familia pasando una tarde lluviosa y gris en el cuarto de estar de un apartamento nuevo, en la playa. Se hab�a desencadenado una tormenta muy intensa; tras un tremendo trueno, se produjo un apag�n. No ten�an luz alguna, ni linternas ni velas. �Nada! En ese inoportuno momento su hipertrofia prost�tica le jug� una nueva pasada. -Es el caso -dijo, cuando no pudo m�s, que tengo que ir al servicio... y sin luz... -Espera a que venga -le dijo una de ellas, tan tranquila. -�Claro, t� no tienes pr�stata! -Entonces, si no puedes esperar, lo tienes muy f�cil. Siempre ha sido f�cil cumplir esa misi�n. -Pero... sin luz... -No me querr�s decir que precisas luz para encontrarte lo que necesitas -ri�, divertida otra de las mujeres. -No, claro, pero ya sabes lo limpio que soy y lo que me molestar�a no apuntar bien a oscuras, y ponerlo todo perdido. Tras mis palabras, todas se echaron a re�r de buena gana. Yo, un poco amostazado, dije: -No s� qu� os puede hacer tanta gracia. Las risas fueron en aumento y una de ellas me dijo, entre risa y risa: -Chico, pareces tonto. �Es que no lo sabes hacer sentado? �No creo que desde que el mundo es mundo, se le haya ocurrido a un solo hombre! Casi no tuvo tiempo de sonre�r con este �ltimo recuerdo, pues se durmi� apaciblemente. Sime�n despert� cuando su tren entraba en la estaci�n de destino. Su viaje, pese a su hipertrofia prost�tica, hab�a sido feliz, pero al llegar a la estaci�n tuvo que cambiar en la cafeter�a una moneda de cien pesetas, para obtener la necesaria de cinco duros (0,15 Euros).


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LA �LTIMA SIRENA

La barca se mec�a suavemente en las tranquilas aguas. Vicente, desde las primeras horas de la ma�ana, aterido de fr�o, hab�a sacado una y otra vez su peque�a red, sin lograr una sola captura. Ahora, yac�a en el fondo de la embarcaci�n, desilusionado, dormido. Los dos remos tambi�n dorm�an a cada lado de su cuerpo. El sopor que le invad�a era extra�o.
La lancha empez� a derivar, suavemente al principio, m�s r�pido despu�s, a impulso de la brisa que iba creciendo y de una corriente de fondo que parec�a tirar de ella como el cabrestante de un remolcador. Las aguas, antes azules, transparentes, lisas, empezaron a rizarse en m�ltiples y peque��simas olas; iban perdiendo color y brillo, se tornaban lechosas y de su superficie, se desprend�a una niebla opaca, blanca que fue invadiendo todo. Muy lejos al principio, de forma m�s n�tida despu�s, lo oy�. Era un canto, casi s�lo una melod�a que crec�a y se apagaba como el rumor de las olas del mar; no era intensa a esa distancia, pero, desde sus o�dos, invad�a todos sus sentidos. �Era alegre? �Era triste? No sabr�a decirlo; la melod�a era atractiva, insinuante, irresistible. Sin tener plena conciencia de sus actos, Vicente se incorpor�, tom� los remos y empez� a bogar en la direcci�n de la que ven�a el obsesionante sonido. La barca, impulsada por las fuertes remadas, por la creciente brisa y la intensa corriente, empez� a deslizarse muy deprisa, levantando nubes de espuma y dejando una larga estela blanca en aquel mar blanco y lechoso. O�a el canto cada vez m�s intenso y la mayor proximidad le impulsaba a remar con m�s fuerza. Empez� a percibir sonidos articulados que, a la distancia a la que se hallaba, parec�an decir: Ena, ena, ena... Se asust�. Pens� que hab�a un ballenero cerca y que su vig�a anunciaba la presencia de una ballena. Temeroso, se puso en pie y tom� su arp�n. De pronto, la barca se detuvo y no avanz� m�s. Volvi� a sentarse e intent� remar con fuerza, sin resultado. La niebla se disip� en un gran c�rculo; en su interior el mar era de nuevo azul, el sol lo ba�aba todo, las aguas, en calma, como cristal. En la distancia, esa niebla lo rodeaba todo, formando una blanca pared que lo aislaba del resto del mundo. De ella, nadando r�pidamente a impulso de su fuerte cola, apareci�. De sus labios emerg�a la bell�sima canci�n, ahora perfectamente audible, palabra por palabra. Vicente se qued� embelesado oy�ndola. Dec�a as�: Yo soy la sirena de la mar brav�a que canta y que canta de noche y de d�a. Yo soy la sirena de la mar salada que de tanto canto, est� ya cansada. Yo soy la sirena, tralara larala, de la mar serena, tralara lar�. De la mar serena, tralara larala yo soy la sirena, tralara lar�. Yo soy la sirena, sirena del mar, que busca afanosa su ramo de azahar. Yo soy la sirena de la mar azul, que quiere vestir blanqu�simo tul. Vicente se asi� fuertemente a la borda y dijo, temblando: -�Qu� susto me has dado! Cre� que me atacaba un cachalote. -�Exagerado!- contest� ella, halagada. -�Qui�n eres? -�No has o�do mi canci�n? Soy la sirena de la mar brav�a, que canta y que canta de noche y de d�a. -Eso ya lo he o�do- interrumpi� impaciente-. �Es que, acaso, existen las sirenas? -�M�rame, tonto!- dio una voltereta en el agua, sacando su plateada cola. De nuevo,mostrando su hermosa cara iluminada por su alegre sonrisa, pregunt�: -Y t�, �qui�n eres? -Yo soy Vicente. -As� que t�, �eres Vicente? �El que vive entre la gente? -�Mujer, digo, sirena! M�s bien, soy Vicente el pescador. -�No me digas! �Vicente el pescador, de los peces el terror? -As� es. Aunque... ahora eres t� quien me halaga. -�Me alegro de conocerte! �Estoy contenta de verte! -Yo tambi�n me alegro... pero... �No hablas un poco raro? -�Perdona, chico! Como no hago otra cosa que cantar; rimo sin querer, a mi pesar. -�Eres muy hermosa! -Entonces... �te gusto? �Te agrada mi cara? �Admiras mi busto? -lo dijo con coqueter�a, sacando medio cuerpo fuera del agua y estirando sus largos y rubios cabellos hacia la nuca con ambas manos, en universal y femenino gesto. -Tras darme un susto, hablando contigo, me siento a gusto. �Ya no s� lo que digo! �Qu� me pasa? �Yo tambi�n rimo y no quiero rimar! Lo m�o es, �remar! La sirena mir� extasiada unos momentos al pescador y empez� a cantar de nuevo: -Boga, boga marinero, s�beme a tu embarcaci�n, m�teme en tu coraz�n. �mame, porque te quiero. Era una melod�a dulce, insinuante, enloquecedora. El mir� sus ojos azules, esos labios que cantaban y dese� besarlos. La subi� a la barca. Al principio fue f�cil, pero despu�s... la cola... Ella segu�a cantando y ese sonido le daba nueva fuerza, le estimulaba. No supo c�mo, pero logr� izarla. Una vez la tuvo en la barca, la abraz� y sello sus labios con un apasionado beso. Pese a ello, la melod�a segu�a sonando en sus o�dos, en su coraz�n.
Perdi� el sentido del tiempo y del espacio. No supo m�s. La ten�a en sus brazos. Por primera vez en su vida no ten�a fr�o. Por primera vez en su vida, era feliz, pero... la cola...
* * *
A la ma�ana siguiente, estaba profundamente dormido, pero, aun en su sue�o, sab�a que era "casi" feliz. Le despert� el contacto, contra su pecho, de algo fr�o y h�medo que le daba peque�os golpes. Otra vez, otro y otro y otro... Se despert�. �Fen�meno extra�o! �Llov�a, pero... peces!
Nunca hab�a o�do que ocurriese nada parecido. �Llov�a con sol y llov�a... peces! Una risa cantarina, como el sonido de mil campanillas de plata, termin� de despertarle. Ella estaba ah�, de nuevo, con la cabeza fuera del agua y re�a, re�a, re�a, llena de gozo. Con su gran cola, us�ndola en forma de pala, recog�a los pececillos y los enviaba sobre la barca. Vicente estuvo, pronto, cubierto de pececillos, de peces... de pezones. El se hab�a incorporado y ella le oprim�a, dulcemente, el pecho con su opulento busto. -�Buenos d�as, hermosa sirena! -�Buenos d�as, bello pescador! -Para un hombre que vive de la mar, ha sido el mejor despertar -dijo Vicente, con una gran sonrisa, se�alando la barca cubierta de la tr�mula e irisada plata. -He querido, pescador, despertarte con un presente, besar con cari�o tu frente y darte una muestra de amor. -Agradezco el regalo, deferente. Pero... odio los ripios y t� eres ripiosa y es una pena, porque eres hermosa. �Lo ves? �Que lata! Eres, �contagiosa! -�Perd�name, bello pescador! No volver� a hacerlo. Desde que te conozco soy inmensamente feliz. Estoy muy contenta. Estoy alegre y esa alegr�a me hace hablar cantando. -Yo tambi�n soy muy feliz contigo. Como no lo hab�a sido en mi vida. Te agradezco los peces. -Es tu desayuno. Elige el que m�s te guste y c�melo. -�Comerlo? �Lo siento! Yo no puedo comer pescado crudo -al ver que un gesto de desencanto borraba la alegre sonrisa de la sirena, a�adi�-: �Muchas gracias, sirena! Son unos peces maravillosos, los vender� en el mercado. -Y, �qu� consigues con ello? -Dinero. -�Dinero? �Para qu� sirve? -Para comprar alimentos. -�Para comer? -S�. -�Tantas vueltas para terminar comiendo? No lo entiendo. -Yo tampoco te entiendo. �No traicionas a los habitantes del mar, d�ndome esta pesca? -Mi parte superior es de mujer. En ella est�n mi cabeza y mi coraz�n, por lo tanto pienso y, sobre todo, siento como mujer. De vez en cuando, dada mi doble naturaleza, se contraponen mis sentimientos. En esa lucha vence, siempre, mi naturaleza femenina. Es esa parte la que te ama y en aras de ese amor, sacrifica a la otra. El pescador, al o�r esto, se sinti� emocionado, se dio cuenta de que la amaba todav�a m�s y la abraz� tiernamente. Acarici� sus cabellos mientras la besaba, apasionado. Acarici� su espalda con suavidad. Baj� m�s la mano y toc�... las escamas. Ante su �spero y fr�o contacto, sinti� un estremecimiento, un escalofr�o, un impulso irresistible que le oblig� a retirar la mano. No pudo evitar que la sirena se diese cuenta. Ella lo comprendi� todo. Se desasi� del abrazo y con los ojos nublados por las l�grimas se zambull� en las aguas. -�Sirena! �Sirena! Ven. No te vayas. Te amo. Regresa. Vuelve a cantar. Ya no podr�a vivir sin tu alegr�a y sin tu canto. La sirena se alejaba pero, al o�r los gritos del pescador, elev� su cabeza sobre las olas y volvi� a emitir su dulce, su apasionante canci�n. -Yo soy la sirena de la mar salada que de un pescador est� enamorada. Yo soy la sirena de la mar brav�a que, mujer completa, volver� alg�n d�a. �Esp�rame! �Volver�! �Te amo!... �Siempre te amar�!... Dio un fuerte coletazo y desapareci� entre las brumas que los envolv�an.
* * *

-�No, no y no! No me irrites, sirena. Lo que me pides va contra la naturaleza y ni quiero ni puedo complacerte- dijo, salt�ndole chispas de los ojos. -Amado Padre del Mar -insist�a, angustiada-. Amado Neptuno: quiero a un bello pescador. -�Insensata! Los tritones son m�s bellos. -Yo quiero a mi bello pescador, amado Neptuno. Convi�rteme en mujer. En mujer completa. �l me ama. -�Vete! -A Neptuno se le pon�an de punta los largos pelos de su barba-. Has llenado mi paternal pecho de ira. Como me has enfadado, una terrible tempestad azotar� las aguas del oc�ano. �Vete!- cort�, se�alando con su tridente la puerta-. No abandones el Palacio de Coral del fondo del mar, pues, si subes a la superficie correr�s un grave peligro y ni yo mismo podr� salvarte. Podr�as morir y cuando las sirenas mueren, como todo el mundo sabe, se convierten en firmes, fr�as y duras rocas. �Vete! La sirena, sali� del sal�n del trono con los ojos anegados en l�grimas. Se adentr� en los bellos jardines y se recost� en una suave pradera de verdes algas, salpicada de parterres de an�monas de hermosura sin igual. Los sollozos ahogaban su garganta. Sab�a que no volver�a a cantar. Multitud de pececillos de caprichosas formas y de variados colores, compadecidos, danzaban junto a los caballitos de mar, en derredor de la sirena intentando mitigar su pena, pero ella no los ve�a. Llor� y llor� y llor�. De repente, se le secaron las l�grimas. Sinti� que su coraz�n dejaba de latir. �Su pescador estar�a en peligro, ya que, si acud�a a su cita, estar�a amenazado por la tempestad! A impulsos de su poderosa cola, nad� enloquecida hacia la superficie. Conforme sub�a, las aguas se agitaban y su rubia cabellera le tapaba los ojos. Cada vez, era m�s dif�cil nadar. Hizo un �ltimo esfuerzo y emergi� de las aguas. Un cegador rel�mpago, seguido de un horr�sono trueno, pareci� saludar su presencia, advirti�ndole del peligro. Apagado el resplandor, la envolvi� la oscuridad de un cielo cubierto de negr�simas nubes. Nad� en un agitado mar de tinta china. Las grandes olas, coronadas de espuma, le golpeaban el rostro, dici�ndole:
"�Vuelve, vuelve!".
Apenas pod�a ver. No quer�a o�r a las olas. Intent� nadar entre dos aguas, pero la corriente la arrastraba de un lado a otro. Hizo un gran esfuerzo para sacar la cabeza. Apenas lo hizo, oy� un lejano lamento: "�Socorro!... �Socorro!..." Reconoci� la voz del pescador. Intent� emitir su canto para atraerle hacia ella, pero el sonido muri� en su garganta agarrotada por la angustia. Desesperada, nad� con m�s fuerza en la direcci�n de la que ven�a el aterrador sonido. Poco a poco, se fue acercando. Las olas inmisericordes le hac�an retroceder. Un nuevo y desesperado esfuerzo la acerc� m�s. Con cada rel�mpago, pod�a ver la barca, cabalgando sobre el lomo de las olas o desapareciendo en el profundo seno de las mismas. Nad� con un tit�nico vigor. Mientras, Vicente pugnaba por mantenerse en la embarcaci�n, asido desesperadamente a ambas bordas. Una gran ola, mucho mayor que las anteriores, negra y siniestra, elev� la barca a gran altura y la empuj�, a velocidad vertiginosa, hacia los acantilados que destacaban su horrible dentadura contra la escasa claridad del cielo. La sirena dio un grito de angustia y con las �ltimas fuerzas que le restaban, ya casi agotadas, nad� contra la ola hasta alcanzar el barquichuelo. Un golpe m�s rudo de la ola lanz� al pescador al agua que, casi ahogado, apenas pod�a mantenerse a flote. Ella lleg�, justo a tiempo de sujetarlo e interponer su cuerpo entre su amado, que desesperado se as�a a ella, y las hiriente rocas. Sinti� un gran dolor al chocar contra ellas. Perdi� sus fuerzas, pero, pronto, a la vez que su mente se nublaba, la invadi� una gran dulzura. Vio el rostro de su amado desfallecido, pero a salvo. Le dio un �ltimo beso. No supo m�s.
* * *

Amaneci� un d�a esplendoroso, con el mar en calma, como un gran lago. Los pescadores preparaban precipitadamente una embarcaci�n para salir a rescatar a Vicente. Ten�an poca esperanza, pero deb�an intentar la salvaci�n del compa�ero. El siempre arisco y peligroso puertecillo, hoy, invitaba a la navegaci�n pues sus aguas estaban inusitadamente tranquilas. Navegaron con fuerza y ya, fuera del abrigo, vieron con estupor que el arrecife que hab�a costado tantas vidas, era ahora una sucesi�n de suaves rocas que proteg�an la entrada de la antes peligrosa bah�a. Se aproximaron sin miedo. Vicente yac�a, inm�vil, fuertemente asido a una roca. Cuando se acercaron lo suficiente, pudieron comprobar que estaba con vida. Aun inconsciente se as�a, se abrazaba a esa roca y los m�s pr�ximos creyeron o�rle decir con voz queda y ahogada por los sollozos: -�Sirena! �Sirena! �Mi sirena de la mar brav�a!...
* * *

En alg�n punto del espacio y del tiempo infinitos, el esp�ritu de la �ltima sirena contempla el peque�o puerto, antes peligroso y ahora seguro gracias a su cuerpo petrificado. Se siente feliz. Su sacrificio no ha sido en vano. Una suave, dulce, et�rea, melod�a surge de su inmaterial garganta. Y cuenta la leyenda que, en las noches de luna llena, su luz azul juega con las sombras y las rocas dibujando curvas m�rbidas de mujer y la espuma que las rodea simula una larga y rizada cabellera. En los d�as de tempestad, por encima del rugido de las olas, se oye un dulce canto procedente de las rocas que protegen el puertecillo. Este canto orienta y dirige a los pescadores para encontrar su refugio. Nadie sabe de qu� se trata. Los m�s esc�pticos dicen que este sonido lo producen las olas al golpear las rocas. Vicente conoc�a la verdad. Abrazado a la roca durante muchas horas, escuchaba la melod�a: -Yo soy la sirena de la mar brav�a... Desde entonces, en los mares, no se ha vuelto a ver sirenas.

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