JESÚS PÉREZ TIERRA
Mis Relatos Cortos
LA DUCHA
(De mi novela "PALOMA")
La oficina era amplia y bien iluminada. Hab�a varias mesas
distribuidas en l�neas que dejaban amplios pasillos entre ellas.
Estaban ocupadas por hombres y mujeres que trabajaban inmersos
en sus papeles. La de Juan era m�s amplia y ocupaba el �ngulo de
la derecha, bajo la ventana, algo apartada de las dem�s.
Estaba estudiando un informe dif�cil de entender, sent�a la
cabeza pesada y le escoc�an los ojos. Pensaba en interrumpir el
trabajo y tomar un caf�, cuando vio entrar a Carmen. Le pareci�
una buena ocasi�n para invitarla y descansar un poco. Le agradaba
su compa��a.
Carmen era una rubia, algo entrada en a�os y en carnes, pe-
ro de muy buen ver y que ten�a una conversaci�n agradable. Su
amistad era entra�able, aunque nunca hubo "algo" entre ellos.
Era una mujer inteligente y muy eficaz en su trabajo y �l nunca
pens� en otro tipo de relaci�n. "Donde habites no cohabites".
Aunque la frase era manida, la segu�a a rajatabla. Para �l, la
oficina era una prolongaci�n de su casa y no quer�a l�os en su
trabajo.
-Carmen -le dijo, acerc�ndose a ella- . �Te apetece un caf�?
As� despejaremos un poco la cabeza.
-Encantada, Jefe, yo tambi�n estoy necesitando un descanso.
Se me hace muy larga la ma�ana.
Mientras iban hacia el bar de costumbre, not� a su compa�era
preocupada, por lo que, al entrar, se limit� a saludar de pasada
a los conocidos y, en vez de integrarse con los grupos que tomaban
su consumici�n en la barra, la condujo a una mesa algo apartada.
Pronto tuvieron servidos sus caf�s.
-�Qu� te pasa, Carmen? -le pregunt� de sopet�n-. Te veo preo-
cupada.
-No me pasa nada, Juan -le contest�, sin dejar de dar vueltas
con la cucharilla a su caf� y mir�ndole con sus hermosos ojos azules,
que a �l se le antojaron m�s claros que nunca.
-Mira, Carmen, hace muchos a�os que somos amigos y creo que te
conozco bien. Yo s� que te pasa algo -la miraba intensamente, sin-
tiendo que se estrechaba algo entre ambos-. Si crees que me lo puedes
contar, hazlo, sobre todo si piensas que puedo ayudarte. Si te resulta
violento, hablaremos de otra cosa.
-Ya te digo que no me pasa nada. Mejor dicho... s�, me pasa.
Le lanz� una de sus encantadoras sonrisas.
-Te entiendo- le sonri� �l a su vez-. Como todas las mujeres,
eres muy clara cuando quieres serlo. A ti no te pasa nada, pero te pasa
algo. �Est� clar�simo!
-No seas tonto, cuando digo que no me pasa, es que a m�, no me
pasa; le pasa a otra persona y lo que a ella le sucede, me afecta a m�.
Es como si me pasase. Por eso te he dicho que no me pasa nada, pero
que..., me pasa... �Ay, qu� tonto eres! Has hecho que me arme un taco...
-Bueno, bueno, eso es distinto. Tu problemas con otro es asunto
m�s delicado y yo no quiero meterme en tu vida privada.
-�Eres maravilloso! Como todos los hombres. No has entendido lo
que se dice absolutamente nada.
-Y eso que has estado muy clara. �Un cigarrillo?
-No, gracias. Ya sabes que no fumo.
El encendi� uno. Ella sigui� diciendo:
-Eres un tonto pero te adoro. Te lo voy a contar. Se trata de
Marisa, ya sabes, mi amiga de siempre. Somos de la misma edad, m�s o
menos, y, aunque ella se cas�, no hemos dejado de ser como hermanas.
Ayer me llam�, llorando, para decirme que fuese en seguida, corriendo, a
su casa, pues ten�a que contarme algo muy grave que le hab�a pasado.
Fui sin p�rdida de tiempo. La encontr� destrozada y, como pudo, me lo
cont� todo. Su marido se hab�a separado de ella, as�, de repente, sin
saber por qu�.
-�Caramba!, eso es serio. Yo s� cuanto la quieres y comprendo
que est�s afectada.
-Efectivamente, est� rota. Al parecer, nada hab�a pasado entre
ellos y, como te he dicho, �l le ha comunicado que se va de casa, as�,
sin m�s. Nos pasamos toda la tarde llorando y yo no la pod�a consolar.
No supe que decirle...
-�Llevaban muchos a�os casados?- le interrumpi� Juan.
-S�, unos quince.
-�Y se les ve�a ilusionados y unidos?
-Bueno... Marisa es una mujercita adorable, pero un poco gris.
Muy hacendosa, muy de su casa...
-�Claro! Y poco emocionante. Me parece conocer el tipo.
-No, no se les ve�a muy ilusionados �ltimamente- confirm� Carmen.
Hubo un peque�o silencio. Juan se adelant� un poco en su silla,
acerc�ndose algo m�s a su compa�era.
-El amor es como una hoguera -empez� a explicarle-. El combustible
del que est� hecha es diferente en el hombre y en la mujer. En el hombre
cuando se consume, lo hace sin dejar rescoldo. Solamente quedan cenizas
y es pr�cticamente imposible que arda por s� solo y que se inicie de
nuevo el fuego tras apagarse; por eso, se debe alimentar continuamente,
aunque sea con peque�as ramitas de romero. El fuego de la mujer es di-
ferente; est� hecho como de ra�z de olivo, arde lentamente, pero con
mucho calor y tarda mucho en apagarse. Cuando solamente se ven cenizas,
todav�a, debajo de ellas hay rescoldo suficiente para encenderse de nuevo.
Su calor dura m�s; a pesar de todo, tambi�n necesita que se le alimente.
La rutina de la vida en com�n hace que se olvide con frecuencia alimentar
este fuego y se piense que su llama es "la llama eterna".
-Creo entenderte, Juan. Tambi�n yo pienso que hay mujeres...
y hombres que, una vez casados, se descuidan, y este puede ser el caso.
Ahora ya no tiene remedio.
-Debes consolar a tu amiga y hacerle ver que no lo ha perdido
todo ya que la vida es muy hermosa. En el fondo, se ha librado de un
individuo del que solamente pod�a esperar ya ronquidos, por las noches
y ropa sucia para lavar, de d�a. Yo no estoy muy convencido, de que el
matrimonio sea la panacea para ser feliz. Ya ves, no me he casado, t�
tampoco lo has hecho y te voy a dar un consejo: �Pi�nsalo mucho, antes
de casarte! �Son tan hermosas las relaciones, digamos "irregulares"...
-Depender de las personas y de las circunstancias... -Iba a
a�adir un comentario, pero algo vio en los ojos de Juan, que la miraban
divertidos, por lo que se interrumpi� y con una sonrisa de disculpa,
le dijo-: �Bueno! Est�s pensando alguna tonter�a de las tuyas. Estoy
segura de que no la deber�a de o�r, pero d�mela.
El quer�a divertirla y hacerle perder su aspecto grave y
preocupado por lo que conti-nu�, como si no le hubiera interrumpido:
-Imag�nate que est�s citada con un amigo, un amigo que te gusta
de verdad. El mi�rcoles por la tarde. Est�s contando las horas.
Conforme se acerca el momento de la cita, estas poni�ndote m�s nerviosa
y, sobre todo, m�s emocionada. Cuando llega el d�a, te cepillas meti-
culosamente los dientes, te duchas bien duchada y te pones la mejor de
tus sonrisas, llena de esos dientes que brillan de tan blancos. Tambi�n
te pones tus mejores galas y... �Ah!, por si acaso, te lavas escrupu-
losamente tu culito- la risa saltaba en los ojos de Juan. Al ver el
gesto de Carmen, extendi� las manos pidiendo calma-. �Espera! El, a su
vez, se ha cepillado los dientes, se ha duchado y se ha lavado su
culito- Carmen iniciaba de nuevo una protesta-. �No me interrumpas! Por
supuesto, se ha puesto su mejor sonrisa para la cita. Os encontr�is,
vais a estar solamente unas pocas horas juntos y os dais lo mejor de
vosotros mismos. En con-secuencia: son unas horas maravillosas. Se os
ha hecho corto el encuentro y como ten�is ganas de m�s, decid�s veros
de nuevo el mi�rcoles de la semana siguiente. �Que semana! Cada hora
os acerca m�s. Sab�is por experiencia que va a ser nuevamente mara-
villoso, por lo tanto, cada hora os dese�is m�s. Llegado el d�a, te
cepillas los dientes, te duchas, te lavas el culito, te po-nes tu
mejor sonrisa y �l ...
-Y �l se ducha...-casi grit� Carmen-. �Que burro eres Juan!
-Pero, me has entendido.
-Te he entendido, bruto, y lo que es peor, me has convencido
-dijo ella, soltando una carcajada.
Terminaron su consumici�n y salieron alegremente del bar.
Las peque�as arruguitas que, aquella ma�ana, hab�an aparecido en los
ojos de Carmen, se hab�an disipado como la niebla.
Juan, vuelto a su mesa, intentaba reanudar su trabajo sin
lograr concentrarse en �l. Pr�cticamente, hab�a olvidado su conver-
saci�n con Carmen, cuando �sta entr� en la oficina con un voluminoso
fajo de papeles en sus manos y una radiante sonrisa en sus labios.
-�Yo me he duchado hoy!- dijo en voz alta.
Todos levantaron la cabeza sorprendidos, se miraron y no di-
jeron nada. Nada hab�an comprendido. Juan se hizo el desentendido,
pero se la qued� mirando mientras sal�a. "�Caramba!- se dijo-.
�Qu� guapa est� y que bien se mueve!" La ve�a, ahora, solamente llenita,
deliciosamente llenita.
Pas� un tiempo. Juan hab�a logrado entrar en el meollo del
asunto del informe, cuando fue interrumpido por Carmen que entraba
nuevamente con otra remesa de folios y que, en voz alta y silabeando
ostensiblemente, dec�a:
-�Yo me he duchado esta ma�ana!
La sonrisa le pareci� a Juan m�s radiante e incre�blemente
bonita. Intent� desentenderse de nuevo, pero no pudo dejar de mirarla.
Ella hab�a dado la vuelta y caminaba hacia la puerta. La vio
guap�sima, casi delgada esta vez. De un salto, se puso en pie y casi
le grit�:
-Yo tambi�n me he duchado esta ma�ana y me he lavado los
dientes y me he lavado el...
Ella se volvi� en redondo, llev�ndose un dedo a la boca para
imponerle silencio, colocando los labios de esa forma en que los ponen
las mujeres cuando quieren que las besen.
Al terminar el trabajo, Juan acompa�� a Carmen, por primera
vez, a su casa.
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EXTRA�A SITUACION
(De mi novela PALOMA)
-�Por qu� no subes un momento? -dijo Carmen, cuando Juan
iba a despedirse de ella-. Si no tienes otra cosa que hacer, te
invito a un trago.
-No podr�a hacer nada mejor. �Subo!
Se trataba de una casa nueva con la fachada de ladrillos
"cara vista" de color ocre claro, construida en uno de los barrios
residenciales, en las afueras de la ciudad, rodeada de solares, en
los que todav�a se adivinaba la huerta abandonada.
Tomaron el ascensor y pulsaron el tercer piso. Mientras
sub�an, ella le tom� una mano, apoy�ndose ligeramente en �l
y roz�ndole el brazo con uno de sus pechos.
El apartamento era peque�o; se entraba directamente en un
sal�n-comedor relativamente amplio. En un �ngulo, hab�a una cocina
algo mayor que una alacena, oculta tras una especie de mostrador-bar
y de una mampara de madera y espejos, que se plegaba sobre s� misma.
Una puerta, abierta, daba paso a un peque�o distribuidor en el
que se ve�a un armario empotrado y otras dos puertas cerradas que,
indudablemente, pertenec�an al dormitorio y al cuarto de ba�o
respectivamente. El saloncito estaba amueblado con sencillez y
femenina coqueter�a.
-Est� todo muy limpio- coment� Juan, por decir algo.
-�Gracias! Aunque no he podido limpiar el polvo esta ma�ana.
De todas formas, ponte c�modo -le dijo, con un p�caro gesto-. Sin
cumplidos, qu�tate la chaqueta. �Ah! y la corbata. Yo tambi�n voy
a quitarme esta ropa. Si�ntate.
Le se�al� un sof� colocado bajo la ventana, cuyas cortinas
estaban corridas y la persiana baja. Encendi� un aparato de luz
estrat�gicamente colocado en un rinc�n y apag� la l�mpara del
techo.
Juan dej� sobre una silla la chaqueta y la corbata. La
invitaci�n hab�a sido una sorpresa. Ahora, recostado en el muelle
respaldo del sof�, cruz� las piernas y encendi� un cigarrillo,
pregunt�ndose en qu� terminar�a todo aquello: "�Carmen! �Qui�n
se lo iba a imaginar!. No entender� nunca a las mujeres".
No tuvo que esperar mucho tiempo. La vio reaparecer,
cubierta por una bata de seda blanca y transparente que solamente
velaba su ropa interior y sus formas m�rbidas y sensuales. Le
sonre�a insinuante.
-�Qu� quieres tomar? �Whisky? �Ginebra?
-�Tienes hielo?
-S�.
-Un poco de Whisky, con dos cubitos.
-�Agua?
-No, s�lo el hielo y muy poco alcohol. Un dedo.
De un aparador, tom� dos vasos de cristal grueso y tallado.
Abri� una peque�a nevera y extrajo hielo, poniendo dos cubitos en
cada recipiente. De un lugar bajo el mostrador, sac� una botella
que estaba mediada y sirvi� una generosa raci�n en cada vaso.
-�Est� bien as�?
-Demasiado. Yo bebo poco.
-Tenemos que animar la velada.
-Con una mujer, tan hermosa como t�, no es necesario
el alcohol.
-Quiz� lo necesite yo.
Juan, tras beber un sorbo, deposit� el vaso sobre la
mesita y rode� con el brazo los hombros de Carmen y empez� a
acariciarle un muslo. Ella se acurruc�, mimosamente, contra
el pecho del hombre y le dio un beso en la mejilla. Permane-
cieron un rato en silencio, roto por la muchacha.
-�Bailamos?
-S�.
-Voy a ponerte algo, que te va a gustar.
Le dio un nuevo beso en la otra mejilla, se desasi� de sus
brazos y se levant� del sof�. Fue ligera hacia el tocadiscos.
Al poco tiempo, sonaba una suave melod�a. Carmen se acerc�, dando
unos graciosos pasos de danza que dejaron al descubierto sus
espl�ndidas piernas y, tendi�ndole las dos manos, le incit� a
ir hacia ella. Juan se puso en pie, imit�ndola, y la tom� por el
talle. Juntaron sus caras. Se deslizaban con suavidad, ce�idos
al ritmo de la m�sica y ce�idos sus cuerpos.
Juan pas� una mano por la nuca de ella, atrayendo hacias�
su cara y acarici�ndola suavemente. La bes� en la boca.
-�Qu� bien besas, Juan! De algo estoy segura: cuando
me hubieses dado el beso 4.328, no desear�a que me dieses el
siguiente tanto como ahora. �B�same! �B�same otra vez!
Mientras la complac�a, le quit� la bata, dej�ndola caer
al suelo.
-El amor es un latazo, tienes raz�n -le contest� entre
beso y beso-. Si miras las cosas fr�amente..., �qu� son, en
definitiva, los casados? Yo te lo dir�: profesionales del amor.
-�Qu� cosas tienes!
-Te lo explicar�: Son profesionales, porque ejercen el
amor como una obligaci�n. Tienen que "jugar su partido", de
forma peri�dica y regular.
-Pero, aunque sea as�, es, en definitiva, una obligaci�n
agradable.
-No siempre. Precisamente, porque se hace de ello un
oficio, s�lo puede dejarse de jugar por lesi�n.
-�Por lesi�n?
-S�. "Hoy no, Manolo, me duele la cabeza". "Perd�name,
Pepita, he tenido mucho trabajo en la oficina y estoy muy
cansado".
-Entonces, nosotros, �qu� somos? �Aficionados?
-Exactamente. Nosotros jugamos nuestros partidos porque
nos gusta el juego y sobre todo, cuando nos apetece. Para
nosotros es un "hobby".
Carmen empez� a re�r y a besar locamente a Juan.
-Me gustar�a conocer la opini�n de mi vecina, do�a
Gertrudis, tan �o�a ella y tan buena ama de casa, si le dijera
que era una "profesional del amor".
-Supongo que te dar�a una bofetada. La gente no
entiende estas cosas.
Siguieron bailando y bes�ndose.
Le solt� el sujetador. Ella le desabroch� la camisa y
apret� sus opulentos senos contra el pecho del hombre.
El sujetador fue al suelo y as� las dem�s prendas. Desnudos
y sin dejar de bailar, fueron hacia el dormitorio.
Al trasponer la puerta, Carmen vio las ropas, dispersas
por la habitaci�n y exclam�:
-�C�mo sois los hombres!
Y corri� a acostarse en la cama. Juan lo hizo a su
lado y ambos cuerpos se estrecharon en un abrazo.
-�C�mo somos los hombres? -susurr� Juan al o�do de
Carmen.
-�Adorables! -suspir� ella.
-Las mujeres tambi�n sois adorables.
Sin p�rdida de tiempo y puesto que estaban de acuerdo,
decidieron adorarse mutuamente.
* * *
Todo empez� con un suave cosquilleo, que fue creciendo
hasta convertirse en un picor, cada vez mas intenso. Lo sent�a
en lo m�s profundo. Quiso ignorarlo y respir� hondo, pero el
picor segu�a creciendo, creciendo. Ella not� que la tensi�n de
su amigo disminu�a y mimosamente se apret� m�s y le bes� el
l�bulo de la oreja. Fue peor. Un mech�n de su abundante cabellera
roz� la nariz de Juan en el momento en que �ste respiraba m�s
profundamente. Unos pocos cabellos se le metieron por el
orificio nasal, cosquille�ndole en la aleta derecha.
Sucedi� lo irremediable. Como si saliese desde el fondo
de su cabeza, con la presi�n de una espita de vapor a su m�xima
potencia, se produjo un estornudo formidable, sonoro, h�medo,
monstruoso.
Juan, sin saber c�mo, se encontr� sentado en la cama,
rojo, congestionado, tap�ndose la cara con ambas manos.
-�Jes�s! -dijo Carmen.
-�Gracias! -contest� Juan.
Volvi� a recostarse junto a Carmen e inici� nuevas
caricias, precipitadamente, en un intento de recuperar el "cl�max"
perdido, pero, el cosquilleo, el implacable picor, crec�a y crec�a,
pese a sus esfuerzos por reprimirlo. El mech�n de Carmen tambi�n
quer�a participar y roz� insistentemente la nariz de Juan.
Otro estornudo, mayor que el anterior, si es posible,
sent�, de nuevo, a Juan en la cama.
-�Jes�s! -volvi� a decir Carmen, sin perder la calma.
-�Gracias! -contest� Juan, perdi�ndola- . �No tiene
gracia!
-No tiene importancia. No te preocupes.
Intentaron reanudar el juego amoroso varias veces, pero el
picor, el maldito picor, en lo profundo de las fosas nasales,
pudo m�s. Se sucedieron unas series de estornudos de primera
magnitud, poniendo a Juan en pie al borde de la cama y de la
histeria. Le ven�an por salvas, incontenibles. Se cubri� la cara
con la s�bana.
-Juan - dijo Carmen- , �t� tienes alergia al polvo!
Dicho esto, se fue corriendo a la ducha.
Juan aprovech� la ocasi�n para salir de la casa huyendo
y sin dejar de estornudar.
* * *
-�Jes�s! -le dijo uno que pasaba a su lado, ya en la
calle.
-�Soy un cretino! -se dijo Juan.
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