JESÚS PÉREZ TIERRA


Mis Relatos Cortos

Un encuentro en el tren
La Princesa Dormida
Más RELATOS
Volver a ESCRITOS






















UN ENCUENTRO EN EL TREN

La noche era oscura y fría, completamente cerrada. Luis caminaba 
a buen paso. Miró hacia delante, decepcionado vio la estación. 
Estaba ahí, completamente iluminada por agresivas luces, con su 
fachada de impúdico aluminio y brillante cristal.
    Numerosos automóviles, taxis en su mayoría, paraban ante la
fachada principal y descargaban a los viajeros que, presurosos, 
tomaban sus maletas y eran engullidos por las amplias puertas que 
se abrían y cerraban automáticamente.
    Dejó su maleta un momento en el suelo y se subió un poco más 
el cuello del abrigo. Aunque era muy joven y su paso era rápido, 
sentía frío. Un blanco vaho de vapor salió de su boca. Las farolas 
estaban nimbadas por la niebla y, pese a la cantidad de luz que 
despedían y a la modernidad del edificio, la intensa niebla daba a 
todo un aire irreal que el viajero agradeció.
    Recordaba, con cierta nostalgia, la estación que conoció cuando 
niño. Era un vetusto edificio de gruesas paredes encaladas de blanco, 
ennegrecidas por el humo, con sus altas y estrechas puertas y 
ventanas de medio punto; con sucios y opacos cristales y maderas 
pintadas de marrón. Los andenes estaban cubiertos por una enorme 
estructura de hierro y cristal que encerraba el vapor y el ruido 
de las máquinas. 
    En el centro de la fachada que daba a éstos, sobresalía un gran
reloj luminoso con las horas en números romanos y un detalle 
delicioso: la hora de las cuatro estaba escrita con cuatro palotes, 
as�: "IIII" y no las más habituales "IV". Las grandes saetas 
formaban dibujos. Estaba puesto de canto y tenía dos esferas, 
cada una mirando a cada lado. Debajo, brillaba una campana grande y 
preciosa que siempre deseó tocar.
    Sobre las numerosas puertas, unos letreros de porcelana decían:
"Jefe de Estación", "Cantina", "Sala de espera"...
    Los iluminaban numerosas bombillas con sus tulipas también de 
porcelana que algún día fue blanca.
    �Cómo será ahora el andén? -se preguntó. Seguro que está 
abierto a todos los vientos. Y �el reloj? �Seguro que es digital!
    Suspiró hondo y sintió sus pulmones invadidos por una oleada 
de aire frío. Se dej� tragar por la puerta que, misteriosamente, 
se abrió al acercarse, para cerrarse de golpe tras él. 
Entró en un gran vestíbulo muy iluminado con todo su frente 
lleno de mostradores, como en un aeropuerto. A los lados numerosas 
tiendas bien surtidas y, cómo no, brillantemente iluminadas.
Todo muy moderno, incluso las muchachas viajeras; vestidas con gruesos 
chaquetones, pantalones vaqueros y calzadas con enormes botas; todas 
ellas cargadas con grandes mochilas que algunas hab�an dejado en el 
suelo.
    Se sintió desilusionado, aturdido por el calor, las luces y 
el tintineo de los altavoces que anunciaban, tras su "chin, chin", 
con voz impersonal los movimientos de los trenes.
    En una pared lateral, cubriéndola casi en su totalidad, 
un gran letrero luminoso indicaba las llegadas, salidas, procedencia 
y destino de los distintos trenes. Buscó los datos referentes
al suyo. Venía con retraso. Incomprensiblemente, se alegró. 
Tenía poco retraso, �pero lo tenía!, el suficiente 
para recordarle los trenes de antes. Comprendió que esto le 
iba a ayudar, pues quería soñar un poco.
    No había vuelto a viajar en tren desde hacía años, cuando, 
de niño, lo hacía con sus padres. Entonces soñaba 
durante toda la noche, y su sueño no le dejaba dormir, . 
Hoy era su primer viaje de adulto y de nuevo se habían desencadenado 
todos sus sueños.
    �El tren! �Cuantas historias había engendrado como madre 
prolífica! Desde las poéticas: "El tren expreso" de Campoamor, 
a las polic/iacute;acas: "Asesinato en el Oriente Exprés", de
Agatha Christie, o "Dos extra�os en un tren", de Patricia Highsmith, 
pasando por historias de espías, de guerra... 
    �Por qué no podía vivir una de estas historias en este 
viaje; ser su protagonista?
    Baj� a los andenes. Un tren, de pulcros y modernos vagones 
metálicos, iniciaba su partida. La locomotora, un titán de 
acero movido por la electricidad, arrancó con suavidad, sin ruido, 
�sin humo! �Sin vapor! �Qué distinta de sus antepasadas, negras 
de pintura y de carb�n, resoplando asmáticas, envueltas en su blanco 
aliento! En ese andén, no había más vapor que el
exhalado por los viajeros; y la neblina velando las luces y los 
letreros luminosos, como queriéndole ayudar en su afán de so�ar.
    El frío pudo más que sus deseos. Se encaminó a una cafetería
-�Ya no era "La Cantina"!- abierta en unn extremo. Entró. Ten�a tiempo 
de tomarse un café que le reanimara un poco. Se sentó a una mesa 
junto al amplio ventanal que permitía ver los andenes y los trenes en 
las vías. Se trataba de una cafetería igual a cualquiera otra de las 
que había en las avenidas de la ciudad: pintura clara, muchos cromados y 
mucha luz de neón.
    En todo lo que alcanzaba su vista, no había monjitas de aladas 
tocas, blancas y negras; ni señoras envueltas en pieles, con sombreros 
velándoles los ojos, ocultando el misterio de sus vidas; ni hombres 
altos de mirar huidizo, con innegable aire de espías. Solamente,  
hombres y mujeres que igual podían encontrarse en la ciudad, en el bar 
de la esquina, hablando animadamente de sus asuntos vulgares, o del 
último partido. Y las mismas chicas del vestíbulo, con sus chaquetas, 
sus botas y sus grandes mochilas...
    �Cómo montar con estos ingredientes una bella historia, llena de misterio? 
�Imposible!	
    Fue entrando en calor mientras tomaba, sorbo a sorbo, su café. 
Se encogió de hombros en un último conato de rebeldía. 
Tenía que seguir soñando. Si no tenía una historia de 
misterio, tendría, al menos, "una aventura galante" �Una aventura 
galante! �Qu� tontería! "Eso" no se lleva ahora. Ahora, se "liga"... 
Esas chicas, pese a su atuendo tan poco "romántico", no estaban mal... 
Incluso alguna era muy guapa y bajo su gruesa ropa se adivinaba un 
cuerpo tentador.
    Decididamente; en la estación había chicas estupendas. 
�Por qué no iba a ligar con una de ellas? Se sabía tímido... 
    Le vino a la memoria un chiste tonto que le contaron, hacía mucho 
tiempo. �Le serviría? Era algo así:
    Uno pregunta a su amigo que presume de "ligar" en el tren, 
cómo lo hace.
    -Es muy fácil -responde el amigo-. Cuando estás en un departamento 
a solas con una chica, le dices muy serio: Señorita, la atmósfera de este 
departamento está muy cargada y hace mucho calor. �Quiere usted que 
baje la ventanilla? Ella responde que sí y la bajas. La subes y la 
bajas varias veces... La viajera...
    �Vaya, no sé si es así! �C�mo sigue?�Ah! Terminaba, diciendo:
    -Ahora ya, con cualquier pretextillo te la...
   �Qué tonter�a! �Qué estupidez! Aún había un cuento 
más estúpido acerca de la carbonilla y los kilovatios... 
�Seguro que eso no funciona así! �No sirve ni como chiste!
    Al poco, llegó su tren. Subió a un vagón de los 
antiguos dividido en departamentos y fue mirándolos despacio, todos 
estaban parcialmente ocupados. Al final del vagón, vio uno vacío. 
Crey� que as� daba una oportunidad a la suerte y ocupó el asiento 
junto a la ventanilla, en la dirección de la marcha.
    El tren había iniciado ya su camino, cuando se abrió 
la puerta. �Coincidencia? �Suerte! Entró una mujer joven, no m�s 
de ventidós o ventitrés años, alta, rubia, ojos 
azules. Vestía con elegancia un abrigo ajustado a la cintura 
con un gran cuello de piel. Zapatos de tacón, de fino tafilete.
Luis no podía creerlo. �Qué fortuna! �Era mejor que el 
mejor de sus sueños!
    -�Buenas noches! -dijo la muchacha con bien timbrada voz, 
señalando uno de los asientos-. �No estará ocupado?
    -�No! -contestó Luis, con tono excesivamente alto. Tragó
saliva. Quería decir algo ingenioso, pero se le enredó la 
lengua y sólo pudo decir-: Está vacío.
    La joven, se quitó el abrigo, que plegó cuidadosamente y 
lo depositó en el asiento, a su lado. Tomó su pequeña 
maleta, dio media vuelta y se puso de puntillas para colocarla en la 
red. Al volverse, la parte de su anatomía más voluminosa, posterior 
y esférica, se marcó gloriosamente. Su corta falda se elevó 
unos centímetros, dejando al descubierto ese hueco tan delicioso 
que las mujeres tienen detrás de las rodillas y el inicio de unos 
muslos perfectos.
    Luis se quedó anonadado ante visión tan maravillosa y 
próxima, disfrutándola. Le latían locamente todos sus pulsos. 
Perdi� unos segundos preciosos. Cuando quiso ofrecerse para subir la 
maleta, ella lo había hecho ya. Las palabras murieron en su garganta 
antes de pronunciarlas, no así en su mente en la que se repetía, 
obstinado: "�Me permite que la ayude? �Sí, con mucho gusto!" 
    Nada dijo.
    Ella se sentó, enseñándole ahora sus piernas terminadas 
en unas rodillas redonditas y perfectamente torneadas.
    Luis tragó, de nuevo, saliva, carraspeó un poco e intentó 
hablar, pero la hermosa, tras sonreirle distraídamente, abrió un 
libro y se enfrascó, totalmente absorta, en su lectura. Permaneció 
quieto, mirándola. Pasó un tiempo.... �Cuánto? �Un minuto? 
�Une hora? �Mil a�os? Al fin...
* * *
-Se�orita, la atmósfera de este departamento está muy cargada -logró decir-. �Quiere usted que baje la ventanilla? -�Sí, por favor! Eres muy amable. La sonrisa de la joven era encantadora. Luis intentó sonreír de la misma manera encantadora. Se puso en pie y bajó la ventanilla. -Señorita, está usted sentada de espaldas a la máquina y eso marea mucho. �Prefiere que cambiemos de sitio? -�Sí, claro! �Muchas gracias! Pero, �por qué me tratas de usted? -�Es verdad! �Qu� tonto soy! Se cambiaron de posición. Una vez que ella se hubo sentado, Luis tomó la maleta de la red y la colocó en el otro lado, por encima de la cabeza de la viajera. Para hacerlo, tuvo que ponerse de puntillas con el cuerpo muy arqueado y totalmente fuera de su punto de gravedad, en una postura inestable. En ese momento, el tren traqueteó en una curva. Luis perdió el precario equilibrio y fue a caer, prácticamente, encima de la joven. Quedaron las dos caras muy juntas. -�Perdóname! �Qué torpe soy! -�No te preocupes! �No tiene importancia! No ha sido tu intención y... no ha sido desagradable. -Entonces... Bueno... �Gracias! Se sonrieron. Luis, enfrente. -�Cómo te llamas? -le preguntó con la mejor de sus sonrisas. -Yo, Olga. �Y, tú? -contestó con un acento que a Luis se le antojó exótico. �Ruso, quizá? -�Yo? �Ah..., sí! Luis. -no sabía cómo seguir. Se produjo un silencio embarazoso. -�Qué frío hace! -dijo ella. -Desde luego, tienes razón. Debí darme cuenta. �Quieres que cierre la ventanilla? -Sí. �Claro! -Eso está hecho. Luis volvió a ponerse en pie y cerró la ventanilla. Se sentó de nuevo frente a Olga. Ella le sonreía encantadoramente. La chaquetilla que cubría su busto estaba entreabierta dejando visible la blusa de fina tela que lo cubría, marcando dos pechos perfectos, semiesféricos, tersos. En el centro de cada semiesfera, una pequeña prominencia marcaba ambos pezones. Luis los miraba extasiado. Deseó tocarlos. Se incorporó un poco adelantándose hacia la muchacha y, con suavidad, le acarició el derecho. -�Luis! �Qué haces? -�Yo? �Nada! Cuando teníamos la ventanilla abierta, ha entrado carbonilla. Tenías una muy grande sobre la blusa. La he sacudido para que no se manchase. -�Pero, Luis! �El tren es eléctrico! -protestó ella. -�Es verdad! �Que tonto soy! �Sin duda era un kilovatio! -�Menos mal que te has dado cuenta a tiempo y me lo has quitado! Los kilovatios manchan mucho -su sonrisa era incitante, tras un corto silencio, dijo-: �Por qué no te sientas a mi lado? Ahora estas tú de espaldas a la máquina. Te noto una mirada extraña. �No te estarás mareando? -preguntó Olga, con una nueva y pícara sonrisa. Luis no se lo hizo repetir y se sentó junto a la muchacha, muy cerca. Estaba contento de sí mismo, de su osadía, de su irresistible encanto; y... aquello de la ventanilla... y los kilovatios... �Funcionaba! Sentía el firme muslo de la muchacha apretado junto al suyo. Aumentó un poco la presión. El otro muslo se mantuvo firme. Al poco tiempo, pasó un brazo por detrás de los hombros de Olga y la atrajo hacia sí. Ambas caras se acercaron. Se miraron frente a frente, muy cerca. Se aproximó un poco más y la besó. Fue un primer beso algo tímido. La muchacha le correspondió. Un nuevo beso más decidido que, pronto, fue largo, profundo, apasionado. Terminado, se miraron con deseo y volvieron a besarse, ahora con más fuego. Luis deslizó su mano entre los muslos de Olga y fue ascendiendo mientras los acariciaba delicadamente. Se sentía, cada vez, más excitado. Ella temblaba de deseo...
* * *
El fuerte ruido que hizo la puerta al abrirse, lo despertó; se quedó extrañado. Ella estaba sentada frente a él, de espaldas a la máquina; entre sus manos pendía el libro. Tambi�n se despertó y abrió los ojos somnolientos. A Luis le costó un gran esfuerzo despertarse del todo y volver a la realidad: �No había pasado la noche con Olga, a su lado? -�Son tan amables de darme sus billetes? -dijo el revisor que acababa de entrar. Ambos se los entregaron -�Muchas gracias!. El revisor los tomó en sus manos, los comprobó y se los devolvió con una amable sonrisa. -�Podría indicarme cuando llegamos a Guadalajara? -preguntó Luis, inquieto. -Dése prisa, señor. Hemos llegado ya. Salimos enseguida. -�Menos mal que me ha despertado! Si no... El revisor salió del departamento. Precipitadamente, Luis se puso el abrigo y tomó la maleta. Dirigiéndose a Olga, le dijo: -�Buenos días, Olga! �Que tengas buen viaje! Y, �muchas gracias por esta noche tan deliciosa! La joven, que le sonreía distraídamente, dejó de hacerlo, mientras en su mirada se reflejaba el asombro y la incomprensión. No supo que contestar, pero con voz queda, como hablando consigo misma, musitó: -�Pero... si yo me llamo Petra! -Su acento era claramente andaluz-. Y esta noche... no has hecho otra cosa que dormir... En el momento de salir del departamento, tuvo que ceder el paso a un joven que entraba decidido, arrollador. Se trataba de un individuo alto, fornido. Instintivamente sintió una gran antipatía por él. No contestó a su saludo. Ya en el pasillo, y mientras se encaminaba a la puerta de salida del vagón, tuvo tiempo de oír cómo el recién llegado decía, dirigiéndose a la viajera: -�Buenos días, preciosa! La atmósfera de este departamento está muy cargada. �Quieres que abra la ventanilla?...

Ir al índice de los RELATOS
Ir a ESCRITOS














LA PRINCESA DORMIDA
Ella era una Princesa que estaba dormida. El era un pobre tonto que quería despertarla con un beso. -Pobre tonto -le decían todos-. A las mujeres no se les despierta con un beso. -Yo no despierto a mi mujer con un beso -gritaba uno, dándose palmadas en los muslos y todos se reían. -�Tú? Seguro que cuando la besas se queda dormida... de aburrimiento -decía el más próximo que era coreado con m�s risas. -Pero es que... Ella, además de una hermosa mujer, es una Princesa -explicaba con timidez, ignorando las burlas-. Es una Princesa bella y durmiente y a las Princesas bellas y durmientes, se les despierta con un beso. Eso lo sabe todo el mundo. -Concedido, concedido -le decían todos-. Tu hermosa mujer es una Princesa, pero a las Princesas bellas y durmientes, sólo las despierta, con un beso, el Pr�ncipe Azul y tú eres un pobre tonto. Las risas de los demás hombres apagaban su voz y se marchaba del grupo cabizbajo. Ya no quería escucharles e iba, solo, al bosque para seguir con su intento. Caminaba hasta donde se encontraba la princesa para contemplarla y, al fin, darle un beso. Había descubierto la gruta por casualidad en lo más intrincado de la vegetación. Se entraba por una abertura entre rocas, muy estrecha, que daba paso a un oscuro corredor; enseguida se accedía a una inmensa sala cuya bóveda se perdía en lo alto, sostenida por columnas de cristal. Una dorada claridad, casi una niebla tenue, lo iluminaba todo. No había sombras. En el centro, sobre un lecho de flores, estaba su princesa. No sabía bien si esa claridad la iluminaba o era su belleza la que daba luz a la estancia. Se la quedaba mirando en silencio, arrobado. Disfrutando con su serena belleza. Del fondo de su corazón surgía un doloroso y dulce impulso y tímidamente la besaba. Probó toda clase de besos, pero nunca la despertaba. Ella estaba dormida. Su belleza crecía con los días y él se desesperaba. Algunas veces, la Princesa, parecía menos dormida, pero cuando él se acercaba y la besaba, el sueño se hacía más profundo. Un día, entró de puntillas. El sueño de la Princesa era muy ligero y agitado,parecía que tuviese una pesadilla. Su bello rostro reflejaba ansiedad. Se enterneció más que nunca y con mucho amor, con mucho miedo, le dio un beso. La Princesa se despertó. Él, asombrado, no comprendía que tuvo aquel beso de especial. Ella abrió sus grandes ojos y lo miró; le tendió sus brazos amorosamente y lo estrechó contra su pecho... Se acariciaban, se miraban, volv�an a acariciarse, a besarse... Se amaron intensamente... Después, quedaron juntos, abandonados uno en el otro y, muy despacio, dulcemente, volvieron a la realidad. -Mientras dormía, soñaba -empezó a hablar la Princesa, en un susurro y su voz era como el tintinear de mil pequeñas campanillas de plata-. Mi vida, en ese sueño, tenía momentos alegres, momentos tristes. Había felicidad y monotonía porque todo estaba amortiguado por tres círculos concéntricos que me envolvían, haciendo que nada fuese excesivamente bueno, nada excesivamente malo. Eran como las imágenes concéntricas de tres grandes caleidoscopios mezclando colores, fragmentos de rostros y de cosas en continuo movimiento. En el primer círculo, veía un rostro de hombre, siempre el mismo. En ocasiones, muy cerca, y sentía amor por él. Otras, las más, se alejaba y sentía indiferencia. Cada vez, crecía esa indiferencia, hasta el punto que no deseaba verlo más. Mezclado con él, rostros de niños, en continua mutación; ora pequeños; ora mayores. Cuando estaban muy cerca, sentía una inmensa ternura. A veces, me irritaban pero, si se alejaban, deseaba tenerlos cerca de nuevo, para sentirme otra vez feliz. En el segundo círculo, aparecían fragmentos de cosas, que giraban vertiginosamente. Me desasosegeban. Intentaba pararlos, ordenarlos, para sentirme relajada. El tercer círculo -siguió hablando la Princesa-, estaba formado por muchas caras, siempre gesticulando, generalmente distantes. Algunas se aproximaban, otras desaparecían para siempre. En conjunto, me hacían reír, me resultaba agradable verme rodeada por tantos rostros y si alguno me molestaba, con un pequeño esfuerzo, lo rechazaba para siempre. Un d�a, -la expresión de la Princesa era muy viva, reflejaba una nueva ilusi&o, al decir-, en la parte más lejana de este sueño, apareció uno nuevo, borroso,lejano, pero, en poco tiempo, se fue acercando más y más. Me daba cuenta de su proximidad. En un principio, intenté rechazarlo como a los otros, pero, de forma insistente, se iba acercando. Una vez, me descubrí buscando esa cara y me irrité porque no estaba. Me sentí impaciente, turbada, deseando que apareciese de nuevo. Hoy, repentinamente, mis círculos se rompieron y sólo vi un rostro. Desperté y me encontré en tus brazos y ese rostro era el tuyo. Mientras me rodeaban mis círculos; mis emociones eran distantes, amortiguadas, pero a su vez me sentía protegida; como si la vida, para herirme, tuviese que romper muchas barreras. No quería despertar. La princesa lo dec�a con voz queda, no como un reproche, pero en sus ojos había lágrimas.Él, pobre tonto, solamente sabía acariciarle suavemente el largo cabello, mirarla y escuchar sus palabras. -Ahora, estoy despierta -añadió la princesa tras un suspiro-. He sentido la vida con toda su fuerza y me he sido plenamente feliz, como lo era antes de dormir. Al darme cuenta de mi actual situación, tengo miedo; dormida, estaba protegida por mis círculos. Despierta, me siento desnuda frente a todo. Solamente te tengo a ti y a ti he de recurrir para estar segura en esta nueva vida que tanto me atrae y que tanto me asusta. Él seguía acariciándola amorosamente y, más que escuchar lo que ella decía, lo sentía en el fondo de su corazón. No se atrevía a hablar, pero al final, con una voz que no le pareció suya, le dijo: -Duerme de nuevo, adorada princesa. Seguiré acariciando tu pelo, hasta que tengas sueño y, después, me ir� de puntillas, como he venido. Vuelve a tu mundo, al interior de tus círculos que tanto amas y en los que te sientes tan segura. -Pero, ahora -dijo ella con más firmeza-, he conocido, de nuevo, la vida despierta y me atrae. Me atrae su peligro como un vértigo irresistible. Creo que ahora mis círculos me ahogarían y que pronto querría salir de ellos. -No te preocupes -le respondió él-. Yo velaré tu sueño. Vendré de puntillas otra vez, cada d�a, sin hacer ruido. Si veo que tu sueño es tranquilo, me alejaré, sin despertarte, incluso sin darte un nuevo beso; pero, si estas intranquila, si veo en tu hermoso rostro la huella de una pesadilla, volveré a besarte y te despertaré. -Mas, �si despierto y me encuentro sola? -dijo ella, sobresaltada. -Yo estaré pendiente de ti. Llámame y el sonido de tu voz llegará hasta mí, en cualquier lugar, en cualquier momento y vendré corriendo a estrecharte entre mis brazos. -Y... �si ya no puedo dormir de nuevo? �Qu� será de mí? El pobre tonto intentó encontrar una respuesta, pero sentía su cabeza vacía de palabras y, cuanto más intentaba hallar una respuesta, más encontraba el vac�o. Estaba asustado. Notaba que los ojos de ella se transformaban. Ya había menos amor en su mirada; en el fondo de sus pupilas, brillaba un destello de ironía. Los párpados se le cerraban y su mirada se apagaba. Un torbellino de ideas atormentaba su mente. Él le había dado, con su beso, la libertad y la libertad da miedo. Comprendió que la Princesa sentía un abismo abierto a sus pies. Imposible saber, si ella sería capaz de volar con sus propias fuerzas sobre el abismo, sin vértigo, sin sentirse arrastrada hacia el fondo. Deseaba ayudarle, pero si le ofreciese su compañía, su amor, quizá, le haría perder la libertad recientemente ganada. Volvería a encerrarla en otros nuevos círculos, tan impenetrables como los anteriores y él estar�a también encerrado, atrapado en ellos. Si él, pobre tonto, perd�a también su libertad, no estaría fuera para darle un nuevo beso cuando la Princesa volviera a dormir y tuviese nuevas pesadillas. Intentaba desesperadamente explicarle todo esto, encontrar las palabras necesarias. Pero le huían. Comprendió que, si no daba una respuesta inmediata, su Princesa cerraría los ojos, se dormiría otra vez y ya no habría un nuevo beso suyo, capaz de despertarla. Sintió la cabeza aturdida y vacía. Era un vacío doloroso. Tan doloroso que se despertó. Se despertó sobresaltado. Miró su reloj. Tenía el tiempo justo para ir al encuentro de una hermosa mujer, hermosa como una bella Princesa, con la que, �al fin! estaba citado. Y no quería faltar a la cita. Quería darle un beso, pero...


Ir al índice de los RELATOS
Ir a ESCRITOS

Hosted by www.Geocities.ws

1