El surrealismo en el contexto de las
vanguardias artísticas
Con el término
vanguardias, tomado del francés
avant-garde, se han designado en nuestro siglo aquellos movimientos
artísticos que se oponen, frecuentemente con virulencia, a la estética
anterior y que proponen, con sendos manifiestos, concepciones artísticas
profundamente novedosas, en las que dominan el afán de originalidad y la
obsesión por la experimentación. Estos movimientos triunfan en Europa desde
finales de la primera guerra mundial (1918) hasta la crisis económica de
1929. Aunque algunos pasan como modas efímeras, otros dejan en las artes y
en las letras una huella imborrable.
Las principales corrientes vanguardistas europeas fueron las
siguientes:
El
Expresionismo, único movimiento vanguardista que no
reniega del pasado, surge en Alemania en 1905 y su influencia se extiende
hasta 1933, con su apogeo tras la primera guerra mundial. Exalta el
pacifismo ante el nacionalismo hitleriano, con actitudes revolucionarias.
Tiene una concepción trágica de la vida y del arte y tiende a deformar la
realidad. Destacan los ambientes tensos e inquietantes, personajes extraños
y una visión catastrofista de los hechos.
El
Futurismo fue fundado por el italiano
Filipo
Marinetti, que en 1909 publica su primer manifiesto. Resueltamente
antirromántico ("¡Matemos el claro de luna!"), exalta las sociedades
burguesas y la tecnología moderna ("Un automóvil de carreras es más hermoso
que la Victoria de Samotracia"). Así pues, desprecia el intimismo y
el sentimentalismo y trata temas como las máquinas, la energía eléctrica, el
deporte... Su estilo busca el dinamismo y la rapidez verbal, rompiendo a
veces la sintaxis para dejar las "palabras en libertad". El futurismo dio
frutos más notables en pintura y, sobre todo, en arquitectura que en
literatura; pero abrió las puertas de esta a temas hasta entonces inéditos y
a nuevas posibilidades lingüísticas.
El
Cubismo
nace como escuela pictórica hacia 1907 con el francés
Georges Braque y el español
Pablo Picasso; pero el llamado Cubismo
literario no arranca hasta 1913 gracias a
Guillaume
Apollinaire. Como en pintura, el Cubismo literario se propone descomponer la
realidad para proceder a composiciones libres de conceptos, imágenes o
frases. A ello se añaden especiales disposiciones tipográficas de los versos
(sobre todo los famosos caligramas de Apollinaire) para formar
"imágenes visuales". Este y otros artificios, como el collage, serán
aprovechados por posteriores movimientos de vanguardia.
El
Dadaísmo, encabezado por
Tristan Tzara, surge en
Zurich en el año 1916, en plena guerra europea. Su nombre —elegido al azar
abriendo un diccionario con un cuchillo— es el de un balbuceo infantil:
dada. El movimiento Dada o Dadaísmo es la rebeldía pura: contra la lógica,
contra las convenciones estéticas o sociales, contra el sentido común.
Propugna liberar la fantasía de cada individuo, superar todas las
inhibiciones y recurrir a un lenguaje incoherente. He aquí una definición
del manifiesto de 1918: "Libertad. DADA, DADA, DADA, aullido de los colores
crispados, enlace de los contrarios y de todas las contradicciones, de lo
grotesco, de lo incoherente: LA VIDA." Aunque esta corriente artística
estuvo de moda durante unos escasísimos años, tuvo el gran papel dentro de
las Vanguardias de preparar el camino para la revolución surrealista.
El
Surrealismo (en francés: Surréalisme; sur
[sobre, por encima] más réalisme [realismo]; su
traducción literal sería pues Sobrerrealismo o Superrealismo)
es un movimiento artístico y literario surgido en Francia en los años 20 a
partir del Dadaísmo y en torno a la personalidad del poeta
André Breton,
quien publicó en 1924, junto con
Louis Aragon, el primer Manifiesto
Surrealista, en el que añade a las audacias del Dadaísmo las ideas de
Freud y
Marx.
Para los surrealistas, lo que llamamos vida no es sino la
cara más gris de la realidad; hay que conquistar una verdadera vida ("vraie
vie"), acceder a una realidad más alta, una superrealidad ("surréalité"; de
ahí, su nombre) que se halla amordazada en lo más hondo de las conciencias.
El Surrealismo no se presenta sólo como una revolución artística y
literaria, sino que pretende ser una revolución integral, pretende
transformar la vida ("changer la vie"). Los surrealistas propugnan la
liberación del hombre y de su actividad creadora; liberación de sus impulsos
naturales, reprimidos por el subconsciente (Freud); liberación de las
servidumbres que le impone la sociedad burguesa (Marx); liberación del poder
creador del hombre, constreñido por el sometimiento a reglas artísticas
racionales; liberación incluso del lenguaje con respecto a los límites de la
expresión lógica. En un poema surrealista se entremezclan objetos, conceptos
y sentimientos que la razón mantiene separados; aparecen asociaciones libres
e inesperadas de palabras, metáforas insólitas, imágenes oníricas. Un poema
de este tipo no es comprensible a la luz de la razón, pero despierta en el
lector sentimientos y emociones en muchos casos inconscientes.
El Surrealismo llevó a cabo la revolución artística más
importante del siglo XX: su repercusión, tanto en Europa como en
Hispanoamérica, fue enorme. Fue el último movimiento de vanguardia que
apareció y el que acabó con ella. Su irrupción supuso la crisis del ideal de
"pureza" y "deshumanización" artísticas que había prevalecido durante unos
años. Lo humano, e incluso lo social y lo político penetraron de nuevo en la
literatura por los cauces de la expresión surrealista.
El Surrealismo en España
España
fue posiblemente el país europeo en el que la influencia del Surrealismo fue
mayor. Fue conocido tempranamente: a la traducción del Manifiesto en 1925
hay que añadir las visitas de Breton a Barcelona (1922) y la de Aragon a la
Residencia de Estudiantes de Madrid (1925), donde vivían
Buñuel, Lorca,
Dalí,
etc. Pero la difusión del Surrealismo en España debe mucho al poeta
Juan Larrea.
La obra de
Juan
Larrea (Bilbao, 1895 -
Córdoba, Argentina, 1980) se inicia en el Ultraísmo y el Creacionismo, pero ya
en 1924 conoce a los surrealistas en París, donde residirá desde 1926. Escribe
entonces en francés, pero sus versos, que responden al Surrealismo más puro, son
traducidos en España por Gerardo Diego. Olvidado durante mucho tiempo (vivió en
América desde el 39), Larrea vuelve a suscitar un gran interés al publicarse en
1969 sus poesías completas con el título de Versión celeste.
A Larrea debe atribuirse —según Luis Cernuda— la orientación
surrealista de varios poetas del 27. Para otros es fundamental la
influencia de Dalí o de Buñuel. Lo cierto es que casi todos los componentes del
grupo, en cierto momento de su evolución, quedaron fuertemente marcados por el
Surrealismo. A su influjo se deben poemarios tan fundamentales como Sobre los
ángeles, de Alberti; Poeta en Nueva York, de Lorca; Un río, un
amor y Los placeres prohibidos, de Cernuda; Espadas como labios
y La destrucción o el amor, de Aleixandre.
Sin embargo, nuestros poetas no llegaron a los extremos de la
pura creación inconsciente, ni practicaron la “escritura automática”. En sus
poemas puede percibirse siempre una intencionada idea creadora como hilo
conductor de las mayores audacias. Lo que sí hubo es una liberación de la
imagen, desatada de bases lógicas; y con ello, un enriquecimiento prodigioso del
lenguaje poético.
La Generación del 27
La
Generación del 27 está formado por un grupo de excelentes poetas y amigos
con inquietudes literarias y culturales comunes. Debe su nombre al año del
homenaje a Góngora celebrado en Sevilla el 16 de diciembre de 1927 en
conmemoración del tercer centenario de su muerte; homenaje éste que reunió a
todos los jóvenes poetas del momento, bajo el mecenazgo del torero
Ignacio
Sánchez Mejías. Estos jóvenes de espíritu abierto y liberal, con una sólida
formación cultural y un conocimiento exhaustivo de la tradición literaria,
supieron establecer un equilibrio entre su admiración por los clásicos
(Garcilaso, Góngora) y las novedades vanguardistas.
Sus componentes son Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego,
Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Rafael
Alberti, José Bergamín,
Emilio Prados,
Manuel Altolaguirre y el “genial epígono”
Miguel Hernández; con ellos están vinculados otros poetas, como
Pedro Garfias y
José Moreno Villa, y también algunos autores hispanoamericanos, como
Vicente Huidobro,
César Vallejo y
Pablo Neruda. Sus influencias determinantes fueron las
sucesivas experiencias vanguardistas (Ultraísmo,
Creacionismo...), la nueva
concepción del arte propugnada por
José Ortega y Gasset en La deshumanización
del arte (1925) y el magisterio ejercido por Juan Ramón Jiménez. Entre las
más destacadas revistas poéticas relacionadas con el grupo figuran Litoral
(1926-1928), Carmen (1928-1929) y Caballo Verde para la Poesía
(1935-1936).
La orientación purista de unos (Salinas, Guillén) y folklórica de
otros (Alberti, García Lorca) dio paso con posterioridad, a raíz del influjo
surrealista (Alberti, Cernuda, Aleixandre, García Lorca), a una poesía de
compromiso político y de carácter existencial.
Características generales
(tradición y renovación):
A los componentes de
la Generación del 27 les une una gran amistad y comparten una serie de rasgos:
Nacen en fechas aproximadas.
El mayor de ellos fue Salinas (n. 1892) y el más joven fue Altolaguirre (n.
1906).
Ambiente social y formación semejantes.
Todos pertenecen a la clase media acomodada, son grandes lectores y de algún
modo están relacionados con el ambiente universitario: varios de ellos son
profesores.
Publican sus primeros libros en fechas próximas:
entre 1920 y 1928.
Publican en las mismas revistas:
Litoral, Carmen, La Gaceta Literaria, Mediodía...
Comparten los mismos juicios literarios.
Su estética no se alza contra nada ni nadie: es una estética integradora.
Veneran a los clásicos (Manrique,
Garcilaso, Fray Luis, San Juan, Quevedo...).
Especialmente significativa fue su admiración por Góngora y su búsqueda de un
lenguaje especial para la poesía, alejado del lenguaje usual. Pero, al lado de
este gusto por lo culto, sintieron también pasión por la poesía popular (el
Romancero, los Cancioneros tradicionales...). Entre los poetas del XIX y del XX,
valoran a Bécquer, Rubén, Unamuno, Machado...; aunque, por encima de todos
ellos, reconocen el magisterio de Juan Ramón Jiménez. Por último, recibieron la
influencia de las vanguardias y estuvieron muy atentos a la evolución de las
corrientes extranjeras contemporáneas.
Las innovaciones formales aportadas por la Generación del
27 a la expresión poética fueron muchas e importantes, sobre todo en la búsqueda
de un lenguaje distinto, la renovación de la metáfora y la versificación. Si
comparamos la métrica de estos poetas con el Modernismo, la primera impresión es
que se ha operado una reducción: se renuncia a muchas de las brillantes y
sonoras variedades de versos que usaron los modernistas: se prefieren formas más
sencillas. Pero junto a estas formas tradicionales y clásicas, los poetas del
grupo desarrollaron el verso libre y el versículo. También en esto contaron con
precedentes: Juan Ramón Jiménez y los vanguardistas. Como es sabido, la métrica
tradicional se basa en el cómputo de sílabas, en la distribución de los acentos
y en las rimas, como medios para crear ritmo. El verso libre y el versículo
responden a otra concepción del ritmo: la medida y las pausas son variables; los
acentos no aparecen con regularidad, aunque su distribución puede quedar dentro
de ciertos límites, a diferencia de la prosa ordinaria.
Resumiendo, en la obra de estos poetas hallamos lo culto y lo
popular, lo puro y lo humano, lo minoritario y lo que llega a todos, lo español
y lo universal; todo ello presidido por esa convivencia de tradición y
renovación.
Etapas evolutivas:
Primera etapa:
Hasta 1927. El influjo de la vanguardia europea los lleva hacia la poesía pura,
es decir, al anhelo de la estricta perfección formal. El recurso técnico
fundamental será la metáfora, con audacias muy novedosas. El resultado es una
poesía fría, abstracta, deshumanizada. Sin embargo, es posible rastrear lo
humana en obras de esta época, sobre todo, por el camino de la lírica popular:
Libro de poemas, de Lorca, o Marinero en tierra, de Alberti.
Segunda etapa:
Desde 1927 hasta la Guerra Civil. Su poesía sufre un cambio bajo la influencia
del Surrealismo, volviéndose más humana. En un principio se inclinan hacia los
problemas existenciales y las vivencias personales, y más tarde, tras la
proclamación de la República, hacia los problemas sociales. Dámaso Alonso la
describe como una época de poesía trascendente, humana y apasionada. Los temas
serán los eternos sentimientos humanos: el amor, el ansia de plenitud, la
frustración. La inquietud social y política impresiona profundamente a los
poetas del 27. Lorca escribe ahora: “Con Poeta en Nueva York un
acento social se incorpora a mi obra”.
Tercera etapa:
Lorca ha muerto (1936); los demás marchan al extranjero, excepto Aleixandre,
Dámaso Alonso y Gerardo Diego. El terror vivido dejará honda huella en su obra,
que se hace aún más humana. En el exilio la nota dominante es la nostalgia y el
desarraigo. En España se apreciará un humanismo angustiado, de tonos
existenciales. Recordemos, por ejemplo, Hijos de la ira (1944), de Dámaso
Alonso. La concesión del premio Nobel a Vicente Aleixandre en 1977 constituye el
reconocimiento a la calidad poética de toda la generación.

Homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla en el
tercer centenario de su muerte. Están, de izquierda a derecha, Rafael Alberti,
Federico García Lorca, Juan Chabás, Mauricio Bacarisse, José María Platero,
Manuel Blasco, Jorge Guillén, José Bergamín, Dámaso Alonso y Gerardo Diego.

De izquierda a derecha, Salvador Dalí, José Moreno
Villa, Luis Buñuel, Federico García Lorca y José Antonio Rubio Sacristán, en La
Bombilla (Madrid) en mayo de 1926.

Homenaje a Luis Cernuda (en la cabeza de la mesa)
en Madrid, en abril de 1936. Detrás, de pie, Vicente Aleixandre, Federico García
Lorca, Pedro Salinas, Pablo Neruda, José Bergamín, Manuel Altoaguirre y María
Teresa León.