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Ayer me llamó la Maga. Sabía que yo estaría en
Pereira cumpliendo una cita con una mujer misteriosa que podría llegar a
ser mi amante. En su voz se percibía el nerviosismo de saber que yo, su
amante, le fuera infiel de la misma manera que con ella le soy infiel a mi
mujer de siempre. finalmente, cuando nos despedimos dijo, con voz sincera,
que me deseaba mucha felicidad. ¡Bello desinterés que hace más sutil el
arte tradicional de los cuernos!
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Pero no quiero escudriñar ahora los sentimientos
de la Maga. A su debido tiempo ella me dejará conocerlos en la más
profunda intimidad. Lo que quiero es contar mi experiencia con esa mujer
misteriosa de 31 años que aceptó tener una cita con un desconocido 22 años
mayor que ella.
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Me estaba esperando en la puerta del edificio de
la Gobernación. Nos saludamos como las personas que tienen negocios
similares; nada que dejara ver el interés erótico (hasta aquí, tranquila
puede estar la maga) que nos convocaba. Subimos a mi carro, nos miramos, y
percibí en ella un gesto de nerviosismo. Su sonrisa, asimétrica y fugaz,
me dio a entender que algo no andaba bien. Entonces la miré a los ojos,
volví a sonreir y le dije: -Bueno, aquí estamos; ¿no es mejor que la
pasemos bien?- y le mostré mi risa cálida, relajada y cordial. Al
instante entendió. No se trataba de una cita formal sino de una situación
en la que ambos buscábamos bienestar.
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Después fuimos a comer. Ella escogió una pizzería
sobre la Circunvalar; parecía nerviosa por la posibilidad de que alguien
la viera con un hombre dos décadas mayor. Entonces empecé a comportarme
como tal, no como un posible amante: le hablé de mi profesión, de mi
familia y de mi vida, y le pregunté por su hijo y su trabajo. Parece que
eso la relajó, pues cuando habló de su retoño nada dijo de su ex-marido.
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Cuando llegó la pizza, ya estaba tranquila. Me
dijo que la de carnes era la de su predilección; mordió la punta de una de
las porciones y me dió a probar. Entonces acerqué mi muslo al suyo; ella
lo aceptó sin ningún signo de tensión. Su disposición al amor ya estaba
clara.
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Ya en el parqueadero volví a mirarla. Me sonrió,
otra vez con asimetría en los labios; entendí que todavía no era el
momento. Entonces cogí su menton, acerqué su boca a la mía, y le di un
beso en la mejilla. La llevé a su casa, y quedamos en que volveríamos a
vernos. Debo decir que no siento ninguna frustración; como quedaron las
cosas, parece que gané la primera batalla.
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