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Valle de la Cabra, marzo de 2005
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Maga:
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Me preguntaste cuáles son las razones por las que un hombre es infiel. Mi respuesta es una pregunta: ¿Cuáles son las razones por las que una mujer acepta un amante? Y estoy seguro de que la respuesta no es tan obvia como tú quisieras. Visto exclusivamente desde lo sexual, el amor no es lógico; es solamente biológico; y la biología es como es aunque no queramos aceptar la explicación.
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Tal vez si planteamos tu pregunta al revés lleguemos a una conclusión más clara. Veamos: ¿cuáles son las razones por las que una pareja decide comprometerse con la fidelidad sexual? Las respuestas, creo, no son muchas.
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La primera que se me ocurre es que, conocedores del dolor (un dolor visceral, totalmente irracional, como el de un perro que siente celos cuando el amo acaricia a otro animal o el de un niño que llora cuando ve que sus padres le sonríen a otro de su edad) que nos causa el imaginar a quien amamos ofreciéndole placer a un extraño, nosotros, supuestamente adultos racionales, preferimos renunciar a nuestros impulsos sexuales más profundos con el fin de evitar esa sensación desagradable. Es un negocio que, a la postre, resulta desventajoso (para ambos) porque al participar en él estamos comprando estabilidad a costa de nuestras posibilidades de felicidad.
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La segunda es que para las sociedades anteriores al siglo XX (realmente, nuestro mundo, el mundo en que vivimos tú y yo, empezó hace muy pocos años; el de nuestros padres ya alcanza a formar parte de la historia) era deseable la estabilidad de la pareja. Como todavía no se había alcanzado un dominio de la naturaleza que garantizara la seguridad de los hijos pequeños, se aceptaba como obvia la necesidad, para la crianza de los menores, de la presencia del padre y de la madre. Pero nuestro tiempo demostró la futilidad de ese razonamiento; tus hijos, adultos que crecieron sin la presencia del padre, te lo demuestran: son perfectamente competentes en nuestro medio cultural.
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La tercera ya te la mencioné en alguna ocasión. Es el argumento de la monogamia religiosa. Por imitación de un pueblo de pastores de la antigüedad, en nuestra cultura se sembró la idea de “no desear la mujer de tu prójimo”. La monogamia era conveniente en una época en la que se le tenía pavor al contagio de la impureza sexual; pero hoy, aunque el riesgo de contraer enfermedades es real, existen muchísimos medios para evitarlo.
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Hay una cuarta: el paradigma de perfección en que crecimos. Desde niños nos enseñaron que lo sexual es sucio y que el mundo de la perfección está en un cielo en donde los ángeles ejecutan un tedioso concierto interminable de adoración al Eterno; en ese estado de beatitud desaparecen todos los riesgos de condenación que nos agobian.
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Estas son razones que pueden inducirnos a la fidelidad. Y, como puedes ver, no son las mejores. Tal vez por eso es que, a la postre, resultamos inclinándonos por los cuernos.
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Con todo mi deseo,
El Brujo
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