Muerte a Buenos Aires (la provincia).
Contra lo que se
esperaba,
el estado de California logró llegar a un acuerdo para enfrentar su
crisis fiscal. La mayor recesión desde la Segunda Guerra no es,
seguramente, el momento más adecuado para hacer un ajuste. Si hasta el
New Yorker dice que
hay cincuenta motivos por los cuales la recuperación económica puede ser
abortada: uno por cada estado que está tratando de poner sus cuentas
en orden.
Las dificultades
californianas volvieron a derivarme hacia una pregunta que vengo
haciéndome desde hace tiempo, que es el sentido de las Mega Provincias.
El federalismo tiene diversos motivos; uno de ellos era, para los Padres
Fundadores de Estados Unidos, un control sobre el poder central
adicional al ya ejercido con el sistema de pesos y contrapesos esencial
a una república. Pero sin duda otro motivo del federalismo, de índole
más práctica, es que ciertos asuntos estén manejados por autoridades más
cercanas a la población, elegidas por los lugareños y no por el resto
del país.
Consdierando los
grandes países federales de las tres Américas (México, Brasil, Canadá,
Estados Unidos, la Argentina), el nuestro es aquel en que la provincia
más grande tiene una mayor proporción de la población: la PBA tiene el
38.1% de la población argentina, el Estado de México (que limita
con, pero no es el DF),
13,5% del país azteca, Sao Paulo -con sus 40 millones- el 23% de
Brasil, California el
12% de Iu Es Ei. Sólo Ontario, que
contiene el 38% de la población canadiense, se compara a Buenos
Aires. Aunque en valor absoluto Buenos Aires tiene un par de millones
más.
Mi impresión es que
es demasiado, y que la única manera de lidiar con ese problema es hacer
un par de tajos y partir en tres La Provincia. Nos sobran los motivos:
Primero: ¿puede
administrarse tamaño monstruo? Buenos Aires es una de las pocas
provincias en las que nadie recuerda, de la democracia para acá, un buen
gobierno. En parte tiene que ver con la discriminación que sufre en el
reparto de fondos federales. Aunque no es de las provincias más ricas en
términos per capita (concentra más o menos la mitad de los pobres del
país), es uno de los estados que recibe menos transferencias nacionales
por persona. Pero el tamaño, hipotetizo, también importa. ¿Es
verdaderamente democrático que, por ejemplo, el par de millones de
habitantes que vive en Buenos Aires al sur del Salado sepa que su
gobernador será elegido por ciudadanos de la gran urbe cuyos intereses
no tienen nada que ver con los propios, y residirá en la distante La
Plata?
Segundo: ¿tiene
sentido que la situación política del país dependa tanto de si el
Colorado le saca 2 puntos a Néstor o viceversa en una provincia? ¿Tiene
sentido que buena parte de la sensación política de un país se defina en
algunos partidos del Gran Buenos Aires, que deciden la elección de la
provincia? ¿No sería más natural que no existiera una provincia tan
decisiva?
Tercero, y algo
paradójico: a pesar de su exorbitante influencia política, la
representación parlamentaria de la provincia deja a sus habitantes con
voz débil en el parlamento nacional. Los “bonaerenses” juntan un senador
cada 5 millones de personas; los fueguinos, uno cada cuarenta mil. En la
Cámara de Diputados también están subrepresentados los “bonaerenses”,
aunque la disparidad no es tan abismal. ¿Cómo queda parado el principio
de “una persona, un voto” si ciertos votos votos tienen más peso que
otros?
Cuarto: nadie puede
acusarme de atentar contra una identidad cultural. ¿Hay alguien que sea
“bonaerense”? Conozco entrerrianos, tucumanos, santafesinos y jujeños
orgullosos de serlo; también marplatenses, quilmeños, necochenses y
linqueños. Pero nadie que yo conozca se reconoce como “bonaerense”.
Buenos Aires era una ciudad; después era una ciudad y una “campaña”; a
partir de la federelización en 1880 fue sólo “la campaña” y una ciudad
futurista, La Plata; y hoy es, ante todo, el GBA –el grueso cuello a lo
Tyson de esa cabeza que es la Capital– más todas esas ciudades de
algunas decenas de miles con su plaza, su municipalidad, y su Banco
Nación. Nadie más que los dueños de la provincia sufriría por la
partición.
Por último: ¿no
sería lindo que para poner en un formulario que uno vive en esta ciudad
pudiera ponerse sencillamente “Buenos Aires” y no “C.A.B.A.”, “Cap. Fed.”
o cosas por el estilo? Para las tres provincias de la ex-PBA habría que
buscar otros nombres de fantasía.
En fin, se hizo un
poco largo pero es una vieja obsesión de la casa. No sólo mía, sino
también de
Mr Botana. Él opina que tiene que haber un
conurbano dividido en dos. Yo prefiero mi mapa en el que hay dos
provincias que se reparten el conurbano, y una que ocupa las tierras
otrora de frontera al sur del Salado. Algo así:

Fuente:
La Nacion / Blog.
Fecha:
Jueves 23 de Julio de 2009.
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