A esta
altura del partido, no hace falta ser un lince para
discernir ganadores y perdedores entre los protagonistas
del comicio del 28 de junio.
Todos los
observadores coinciden en que Néstor Kirchner y su
señora, la presidenta de la Nación, salieron dañados del
episodio. También dicen que Hermes Binner no consiguió
su objetivo (posicionarse como presidenciable) y algunos
reconocen que la Señora Elisa Carrió, a pesar de todos
los pesares, logró su objetivo de fondo, constituyéndose
en jefa de la primera minoría del país. Gabriela
Michetti, la encantadora candidata del Pro, obtuvo menos
votos de los que podían esperarse. Sacó un 7, no un 10.
Tampoco se lució Juan Schiaretti.
Hay
unanimidad en la nónima de los ganadores: Francisco de
Narváez, joven vencedor del distrito más difícil (la
Provincia) enfrentando al núcleo duro del kirchnerismo,
con Néstor y Scioli a la cabeza. Pero también el propio
Mauricio Macri, Felipe Solá, Eduardo Costa, Julio Cobos,
Luis Juez, Mario Das Neves, Carlos Reutemann, Fernando
"Pino" Solanas.
Sin
entrar en honduras propias de avezados analistas,
quisiéramos observar por un momento la figura de
Francisco de Narváez. Hace sólo 5 años era un
desconocido político, el heredero de la legendaria Casa
Tía, un muchacho de buena familia, casado con una modelo
exquisita: Agustina Ayllón. A Francisco le picó el
bichito de la política y se lanzó de cabeza a un espacio
ubicado entre el peronismo y Mauricio Macri, es decir al
centro.
Tenía
muchos inconvenientes. Primero: no lo conocía la gente,
como sí se conoce a Hugo Moyano o a Ricardo Alfonsín o a
la Sra. Carrió. Era un recién llegado. Y para colmo
nacido en el exterior (Colombia) lo que desde ya lo
excluía de cualquier aspiración presidencial. Su techo
es la gobernación de la provincia de Buenos Aires.
Francisco
arremetió, decidido a ganarse un lugar. Lo hizo con
recursos actuales: Internet, una imagen sonriente,
frases cortas de efecto seguro y afiches de todos los
colores y formatos. Se instaló. Naturalmente, invirtió
en esta misión una millonada de dólares.
Cabe
decir que muchos otros políticos han realizado campañas
carísimas en la Provincia: sin ir más lejos, el propio
Néstor Kirchner. Quien debe ser contabilizado también a
la hora de enumerar a los políticos ricos, ya que tienen
una holgada posición económica es el propio Néstor y
otros hombres como Fernando de la Rúa, Carlos Menem o
los hermanos Rodríguez Saa. Al mismo tiempo, ha habido
siempre políticos sin plata como Alvaro Alsogaray
(supuesto vocero de los "grandes intereses", Raúl
Alfonsín, Arturo Frondizi, Rogelio Frigerio, José
Ignacio Rucci, César Jaroslavsky).
En fin:
la verdad es que no es ningún mérito ser pobre, ni
tampoco una vergüenza ser rico. Hay hombres que tienen
capacidad para los negocios (como si dijéramos Eduardo
Constantini o Marcelo Tinelli) sin que nadie los trate
como a perdularios.
Pero
Francisco de Narváez se pasó de la raya. Primero: en
lugar de usar plata del pueblo para su costosa campaña,
dilapidando dinero que podría servir para hospitales,
patrulleros y escuelas, usó la suya propia y metió la
mano en (su personal) bolsillo. Esto ya cayó gordo en
muchos ambientes autorizados. El político -según los que
saben- debe guardar la platita en sitio seguro (Suiza,
Emiratos o Islas Caimán) proclamar su amor a los pobres
y llorar cada vez que menciona a las villas o los niños
sub-alimentados, pero gastar siempre la plata de los
demás. Donantes que no tienen domicilio cierto.
Benefactores voluntarios o involuntarios, jubilados que
juntan su cuotita sin saber a donde van los fondos, en
fin. Lo que sea, pero que sea de otros.
Un
segundo pecado de Francisco consiste en su aspecto
físico: un Pierce Brosnan, joven. El político debe ser
barrigudo y escupir al hablar, pronunciando las palabras
con errores groseros: "odvio" o "colacsar" son dos
buenos ejemplos. Las camisas de Francisco van demasiado
ceñidas al cuerpo; se nota que hace fierros y bicicleta
fija. Eso no es bueno.
Para
colmo, su señora (esperando el sexto hijo) es preciosa y
no chilla como una cotorra. Comprenderán los lectores
que este es un cuadro grave.
Ya han
comenzado los punzantes hombres de prensa a lanzar sus
dardos contra Francisco: ¿Cómo es esto de que un tipo,
con sólo ser rico, logre ganar la provincia de Buenos
Aires? ¿Así nomás, con plata en la mano? Y se lo dicen a
Felipe Solá para provocarle envidia y un poquito de
odio, ya que Felipe -descendiente de una familia
tradicional- no tiene fortuna, del mismo modo que no la
tiene Patricia Bullrich, Luro Pueyrredón ni "Pino"
Solanas Pacheco, que está emparentado con los Pacheco
Alvear pero vendría a ser el pariente pobre. Los astutos
periodistas omiten mencionar a otros millonarios de
fortuna (en este caso, sí) turbia: sindicalistas con
estancia y avión privado, ministros con helicóptero y
casa de piedra en el country, ex secretarios de estado
que viven en Puerto Madero (donde todo vale 1 millón de
dólares) y son viajeros VIP a Miami, sin que nadie sepa
sus nombres o méritos.
¡Eso no
importa! ¡Hay que caerle con todo a Francisco porque es
rico, es flaco, es atlético, tiene una mujer mona y para
colmo habla en buen castellano! ¿Qué se habrá creído?
¡Ricachón del diablo! ¿Y encima quiere ser peronista?
¿No sabe que los peronistas somos pobres? Bueno, con
algunas excepciones...
El
señorito Francisco de Narváez no ha comprendido que la
política es una manera de redistribuir la riqueza. El
hombre entra a la política pobre como una rata. Luego
del "cursus honorum" se hace rico, pero rico en serio,
merced a sus muchas obras: rico de jet privado y
estancia en el Sur. Y después hace rica también a su
señora esposa, a los hijos, los cuñados, los amigos, los
simpatizantes. De ese modo, paulatinamente, los pobres
se convierten en ricos. ¡Pero qué le importará todo esto
al Sr. De Narváez! Es predicar en el desierto...
Si la
envidia fuera tiña, Francisco ¡Cuantos tiñosos habría!