
Como un recuerdo de nuestro bautismo, en el que adoptamos una actitud de vida nueva, se nos rocía con el agua bendita. Sobre las aguas, en la infancia del mundo, incubaba el Espíritu de Dios para dar vida. Las aguas del diluvio, al lavar los crímenes de la humanidad pecadora, eran imagen de regeneración. Todas estas figuras nos deben llevar a hacer surgir en nosotros una nueva vida, una vida en el Espíritu.
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