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Escríbenos !!!
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Hubo una vez un rey a
quien la vanidad había vuelto loco (la vanidad siempre termina por volver
loca a la gente).
Ese rey mandó construir,
en los jardines de su palacio, un templo y dentro del templo hizo poner una
gran estatua de sí mismo en posición de loto.
Todas las mañanas después
del desayuno, el rey iba a su templo y se postraba ante su imagen orándose a
sí mismo.
Un día decidió que una
religión que tuviera un solo seguidor no era una gran religión, así que
pensó que debía tener más adoradores.
Decretó entonces que
todos los soldados de la guardia real se postrasen ante la estatua por lo
menos una vez al día. Lo mismo debían hacer todos los servidores y los
ministros del reino.
Su locura crecía a medida
que pasaba el tiempo y, no conforme con la sumisión de los que lo rodeaban,
dispuso un día que la guardia real fuera al mercado y trajera a las tres
primeras personas con las que se cruzaran.
Con ellas, pensó,
demostraré la fuerza de la fe en mí. Les pediré que se inclinen ante mi
imagen. Si son sabios, lo harán y si no, no merecen vivir.
La guardia fue al mercado
y trajo a un intelectual, a un sacerdote y a un mendigo que eran, en efecto,
las tres primeras personas que encontraron.
Los tres fueron conducidos
al templo y allí el rey les dijo:
- Esta es la imagen del único
y verdadero Dios, postraos ante ella o vuestras vidas serán ofrecidas como
sacrificio ante él.
El intelectual dijo:
- El rey está loco y me
matará si no me inclino. Este es evidentemente un caso de fuerza mayor. Nadie
podría juzgar mal mi actitud a la luz de que fue hecha si convicción, para
salvar mi vida y en función de la sociedad a la cual me debo - y dicho esto
se postró ante la imagen.
El sacerdote dijo:
- El rey ha enloquecido y
cumplirá su amenaza. Yo soy un elegido del verdadero Dios y por lo tanto, mis
actos espirituales santifican el lugar donde esté. No importa cuál sea la
imagen, será el verdadero Dios aquel a quien yo esté honrando.
Y se arrodilló.
Llego el turno del
mendigo, que no hacía ningún movimiento.
- Arrodíllate - dijo el
rey.
- Majestad, yo no me debo
al pueblo, que en realidad la mayor parte de las veces me corre a patadas de
los umbrales de sus casas. Tampoco soy el elegido de nadie, salvo de los pocos
piojos que sobreviven en mi cabeza. Yo no sé juzgar a nadie ni puedo
santificar ninguna imagen; y en cuanto a mi vida, no creo que sea un bien tan
preciado como para hacer ridiculeces para conservarla... Por lo tanto, señor,
no encuentro ninguna razón valedera para arrodillarme aquí...
Dicen que la respuesta del
mendigo conmovió tanto al rey, que este se iluminó y comenzó a revisar sus
propias posturas.
Sólo por ello, cuenta la
leyenda, el rey se curó y mandó reemplazar el templo por una fuente y la
estatua por enormes canteros con flores.
de Jorge Bucay
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