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| Vagamundo Figura imb�cil, buf�n de pacotilla que s�lo se r�e de s�, miraba risue�o al espejo como reci�n coito adolescente. Y tal era su dicha, que no era dicha pero as� lo cre�a, que por encima de los andamios danzaban sus trajes coloridos. Todo era as�. Tierno l�mpara, escond�a noches en los bolsillos para recordar el camino a casa. Inventaba aceites y posturas, instrumentos y haza�as que desfilaba en los parques para la diminuta comunidad de viejos. La fuente inservible le hac�a llorar a veces. Luego se hac�a el mimo y bailaba con todos. Estrella que volaba colmando encantos y sue�os, as� era el vagamundo del que os hablo, amigos. �Caf� hecho en casa!, dec�a, por las calles y rincones para abultar un tanto el bolsillo, dificultarse el caminar. Pero todos iban, ven�an, brincaban, escup�an, y �l tomaba su caf� impasible, su caf� caliente hecho en casa, llenando el est�mago de sueldo en especias. En la noche tard�a se encaramaba en los �rboles y nombraba de memoria sus estrellas inventadas. Ah� suspendido, de pies en ramas y boca abajo, dejando subir la sangre a la cabeza hasta quererse de veras. �Ah vagamundo, loco errante y desaseado!. T� de la nariz contra el vidrio. Suma tus canciones hasta el �ltimo pelda�o. Sube a tu pueblo, amigo, busca a tu mujer y muere tranquilo. Quijote desordenado, payaso noble y triste. |
| Sin repercusiones Lamento de calles, de papeles que el viento mece. Muros indignados y ofensas venideras. Llorar as� en un todo, sollozar en secreto. Humillaci�n en las mu�ecas al borde de la luz. Sentirse all� lejos, all� lejos donde la gente no puede con sus vocer�os, sus malos afectos. Ser, pues, sin agitarse, ese ni�o bastardo que se mira los pies. Y las gafas del abuelo ausente, aunque miento, no aparecen y va a rega�arme, pues en la �ltima visita que le hice, su l�pida me ve�a con ojos encendidos. Al fondo de la casa la se�orita habla sola y tiene un zapato desamarrado que yo he visto sin decirle, y quiero verle tropezar con sus trenzas sueltas para arrepentirme de veras, hacerme el gracioso y sentir pena. El tel�fono suena, suena, y en la casa solitaria sonar� m�s sin contestaci�n. Por que all� no hay nadie, ni siquiera yo, pero lo escucho claramente y temo responder. Van estos espacios nadando en la sangre y vehementes revisan escondrijos de criaturas viejas y queridas como muertas mascotas. Y como la comida no se toca, pues es comida, ya estoy satisfecho de cuanto me desnutro. Vasos caen al suelo y estallan en mil pedazos. M�s qu� dolor: no hubo mira qu� torpe, no hubo cara severa ni ve a recogerlo. Ni nada. |