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| Negaciones Sufrir simplemente. Hermoso, quemante. As� las propias manos se tocan, temerosas, y suceden su amor con desacierto. Castigo de dientes terribles y antiguos, pulpa del cuerpo que se liba amando, rostro torcido y querellas obscuras, a rastras, tienen sitio en la bruma afectuosa del absurdo. �Ah sufrir como un pionero!, como un pionero de aquellos que pisaron por vez primera tierras desconocidas. Un hombre sumergido profundamente, retoz�ndose en la paz de saberse inalcanzable, de saberse tan hondo que nadie le escuche, dej�ndose llevar sosegadamente por la mano de la muerte. Aquellos hombres, se dir�a, esos aborrecibles que sufren sus males adentro; que sienten el dolor contenido de garras empu�adas, o se callan, muy tarde en la noche, en el sill�n del sal�n obscuro de casa, mirando sin moverse el aura del infinito, con el desamparo en el regazo y el casillanto en la garganta. Dura, esquiva, ventana cinco sostiene estoicismo de tormenta que golpea. Hombre adentro palidece y se aflige. Secreto verdadero maltrata y besa. Palabra sufrir, abrac�mosle. Se me pierde, me hace burlas reales, sube los andamios sapientes del espacio, gotea melod�a harapienta y lejana. Pormenores de cuanto me hace. Mi negaci�n. |
| Alba Viene el alba. Viene f�nebre, sonando en conciertos lejanos y grises. Viene arreglado para ir a misa, para velarnos y re�r. Viene el alba, fantasma espeso vestido de obscuro. Tiemblan p�rpados muertos, raz�n acostada que gime, y un cad�ver bajo tierra oye venir algo. Simult�neos labios dilatan dos pupilas enmaderadas. Viene mucho, tanto viene, que Voz acaricia la sangre cautiva en azotes intermitentes a las puertas inexorables del olvido. Trinos r�gidos e hirientes penetran poros de alcoba. Soles extra�os besan cabezas de sucio. El falso Olimpo se agita, se cansa de una temporada corrupta, y Atenea teme a su rostro con inamovible presentimiento. �Ah el amor de ella, profundo y terrible, desenmascara en Zeus una mirada repulsiva!. Mas �l, castigador de castigos, enardecido en sue�os violentos, echa manos a tierra para palpar su reino. Y aqu� el alba fugitiva y clareante, que abre paso a la g�nesis de un abismo arrodillado, empu�a la mano del amontonador de nubes, sostiene su brazo que entre dientes se disputan mil bocas salvajes; y mordi�ndole, �bestia hambrienta de dioses y hados!, de un tir�n le hace bajar al infierno. |
| Mediaciones de oto�o No es a�n la hora de Arturo. Viene a paso lento, aguardando, sin prisa u odio, con un peso de hojas a cumplir su deber. De un espacio intangible el aroma secreto emana rasgos. Una mano sacude el escondrijo de un vago pensamiento de ni�o. Carnes j�venes prometen. Magia reposa en las manos de un ser que se transfigura y desti�e en aparatos y paredes. Objetos guardados en s� mismos de una naturaleza vana, deteriorada, se escurren y desembocan a la ventana subiendo a significados. Besos de madre en mejilla, ojos que se tocan con pesta�as y ternuras. Todo el amor de un instante que empobrece meciendo a la esperanza entre brazos. �Oh soledades y recintos!, �oh voces perdidas y en b�squeda!, �oh familias sentadas en la mesa a trav�s de una ventana!. �Todos mis ni�os acorralados y vac�os!. Reducidas flores a labios, en hablar y saberles para signos individuales, hacen sentir la historia de la piel que regresa como una quinta estaci�n que ha muchos a�os se ha olvidado. |
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