El proscrito
El proscrito

Carente de fuego, enjuto e impasible,
tem�a los objetos y las gentes de su tierra.
Era un digno ermita�o a quien en vano
los amigos obsequiaban compa��a.

Miraba inmutado las calles sudorosas brillar
y las hojas que danzaban, abatidas por el viento.
Crec�a su esperanza como un �rbol formidable
hasta convertirse en el signo de hacedores sombr�os.

Corriendo las cortinas,
cabeza vulgar en la ventana,
supo rincones y aceras
que retozaban, serpientes
de lascivia y metal.

Reflejos narices disponibles,
en su alcoba danzaban espectros
animados por un solo aplauso.
Jugaba consigo mismo a extraviarse,
y muchas horas transcurrieron sin poder hallarse.

L�nguido, tembloroso a�n,
acudi� al destierro, brazos de mujer extra�a.
Su ni�ez agonizaba la hora y el d�a,
y a los pechos de madre Incertidumbre,
magn�ficos y hogare�os,
se ce��a el villano.

Desnudo e irritado sollozaba el mancebo,
y los rostros y las voces
desfilaban en su memoria
en una marcha f�nebre de gentes irreales.

He aqu� el proscrito.
Saludable, t�mido,
cuyos a�os lozanos
prometen a los bastones
y hacen humear las pipas
en la bruma del extrav�o.

Sus ojos caminantes
agitados por la noche
suenan lejanos,
balas penetravidrios.

Sus huesos son dedos
serenos y calmos, frunciendo
un ce�o obscuro de imperceptibles
pasos que se acercan.

Perro moribundo,
aletargado y solo,
retozaba el proscrito
limpi�ndose de reparos.

Un d�a recogi� sus miembros.
Se puso los ojos, el sombrero, la capa.
Humillado y definitivo anduvo los caminos
sin besar la tierra con los pies.

Y he aqu�, besavientres,
que en su desconocido paradero,
embalsamado y vac�o;
reunidas las aves en la fachada,
con garras asesinas,
cari�osamente picotean su cerebro,
acarici�ndole.

Pues bajo las plumas nacientes del proscrito,
gemibundas, �picas, heridas,
all� en su alma errabunda
yace un fr�o espanto
que tose, enfermo,
escarcha por la boca.







Tareas singulares

Ojos despertaban con el alba
y un dolor en el costado oprim�a.
Pies a tierra, trapos a cuestas,
un cigarrillo de prisa que segu�a al desayuno
para salir a ser, como era su costumbre.

La esquina le conoc�a y por ello no le hablaba.
Ni�os invisibles jugaban cerca sin mirarlo.
Extra�os insectos sub�an a sus zapatos,
mordi�ndole las piernas.

Y sin volver la cabeza,
sin saberla en sus hombros,
caminaba la acera
descansando de la respiraci�n.

Todos sus rostros le segu�an, perros fieles,
y no se le adelantaban aunque quer�an.
Algunos susurraban rumores sobre su amo,
a lo que �l se deten�a, haci�ndoles callar y temer.

Ciertos colores da�omudo le pesaban.
El hombre andaba con muchos rostros,
un par de narices y manos mil.
�l engrandec�a los sentidos, �buen doliente!,
y descanzaba en un lecho de lenguas
con un gusto solo suyo.

Es decir, dada�sta.

Y en su parnaso ven�an
a sentarse los ancianos,
arrugados e inclinados,
abrazando cuello
y llorando vidas.

Pero estos trabajos pronto le cansaron
y crey� justo dedicarse un a�o a la luz.
Ahora se le ve comer carro�a bajo un puente
y correr, cuando llueve, a refugiarse
bajo un cobertizo de cielo.

�Qui�n es usted?, le preguntan
los transe�ntes y curiosos.
�Cu�l es su nombre, caballero?, dicen,
y �l contesta:
no s�, aterrorizado,
y huye.
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