| Regreso A Javier Luzardo, venido del exilio. �Oh alt�simo camarada!, indecible heraldo de mis m�s mendigos afectos!. �Oh compa�ero de estr�pito y carcajada, en t� los c�nticos y las formas fugaces de ayer hicieron una torre magn�fica de tolerancia y entrega!. Tu pobre alma exiliada que otrora amaba la m�a de loco espl�ndido, que otrora, trovadoresca, se elevaba m�s arriba del polvo y la angustia en las ruinas infinitas de aqu�l pacto de entra�as que hubimos de amar!. Arrugada y brillante, abatida de todo cuanto a un hombre severo puede gritar y ser, besar y da�ar, morder y escupir; regresa ahora a la casa de siempre, al hogar de los hombres, �ce�ida desde hoy a la sombra de los mil todav�as!. �Ay tu voz g�tica y dolorosa me clava en los ojos aqu�l llanto miserable!. Y no soy yo, �oh hermano de tierra!, quien puede cantarte a�n los anchos afectos, hoy desempolvados, de cuanto te he tocado y sufrido. T� intangible, t� estremecido de verg�enzas como agujas, de abandonos como cuchillas, de una soledad universal y nadas raqu�ticas en negros derredores. Vienes, camarada, vienes gigante y diminuto, hu�rfano y ensimismado. Acentuado y taciturno, s�laba de sangre. Vienes a la hora fecunda del castigo, mancillado de vida, colmado de espanto. Pero yo que te amo, pero yo que te siento tan m�o y fabuloso que en tus venas he escrito tantos y tan perfectos arrebatos; �te recibo de nuevo, hermano!, te atajo como una cr�a al borde del suicidio, y henchido de orgullo por tus obras soberbias, por tu rostro s�lido e innombrable de tenaces deshoras; beso tu boca de pipa y gemido, y alz�ndote por encima de ti mismo, por encima de cuanto te hace y descalifica, para que todos te sepan, �quiero gritar tu nombre hasta desmayar de a�oranza, y podamos entonces ser de nuevo!. |
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| A los buitres Yo quiero ser, infelices, desde la g�nesis despreciables, desde el primer llanto entregados a la farsa del pellejo. Quiero ser, repito, auditores genitales, historiadores del veneno, el heraldo miserable que irrevocable y severo os anuncie, malditos, la porquer�a que �ntegramente sois, la masa fecal que represent�is ante el espejo. Y quiero burlarme entonces de toda su estirpe y vociferar ante el mundo su sentencia, desalmados. Quemar� sus arrogantes frentes alzadas y danzar�, �oh infelices!, sobre sus cenizas de oro. Y para que los ni�os recuerden sus adentros podridos, �me escuch�is, gusanos?, dibujar� sus asquerosos retratos en las paredes de escuela para que estudiosos y alegres escupitajos les afrenten el semblante en el recreo. Y cuando casi nadie les recuerde, y est�n trillados los chistes acerca de vosotros, me reunir� con los viejos en la plaza p�blica y lloraremos el m�s hondo arrepentimiento. |