Espantap�jaros

Cuando los cuervos ven�an
y com�an de mis brazos,
�ramos hermosos rufianes,
alados confidentes.

Cuando los cuervos ven�an
a reposar en mi cabeza,
hurgaban tiernos en mi sombrero de paja,
besando mi pensamiento.

Cuando los cuervos se trataban conmigo,
sol�amos chismear a espaldas del labriego.
Grandes opiniones, en el tiempo de la cosecha,
ten�amos mis hermanos cuervos y yo.

Acostumbr�bamos gastarle bromas
a la luna y el arado,
al perro del labriego
que era ciego y torpe.

El animal una vez mordi� mi pata de palo
y los cuervos enardecidos le picotearon
el hocico y las orejas.
Cuidaban de m� los amigos cuervos.

Pero un jueves que bien recuerdo,
pues esa ma�ana me cambiaron el traje
y me hicieron calzar nuevos zapatos,
ya que los m�os estaban deshechos;

sobrevino en aqu�l campo
la est�ril sequ�a que extinguir�a el ma�z.
Y las lluvias que de vez en vez me aplacaban la sed,
desaparecidas, dibujaron arrugas en mi boca de trapo.

Una semana pas� y los cuervos no ven�an.
Las rocas no dec�an una sola palabra.
Vi al labriego y su familia abandonar el campo,
subiendo a un autom�vil repleto de semillas.

Era aburrida, a decir verdad,
aquella crucifixi�n eterna,
aquel silencio silvestre
y las bofetadas del viento.

Transcurr�a el tiempo y los gusanos
que otrora me hac�an cosquillas
al escalar mis patas, ahora eran tan s�lo
gusanos escalando mis patas.

Un ave de rapi�a sobrevolaba en c�rculos
como una ofensa distante,
hasta que se precipitaba en picada
y arrancaba los ojos del perro.

Sus ojos ciegos engullidos
por un pico depredador,
mientras su torpeza yac�a sobre el pasto
sin poder ladrar ni hacer trucos.

Han emigrado los cuervos, pens�,
en medio de aquella inmensidad callada.
La ausencia y el ocaso parec�an rumiarme.
Moribundas flores gem�an dobladas.

Pronto el invierno cay� sobre m�
como un planeta feroz,
y una tormenta de enero
rompi� el palo que me sosten�a erguido.

Y ahora aqu� estoy,
rostro aplastado en la tierra,
y los gusanos que caminan mi nuca
no quieren hablarme.
Manifiesto

Escucho un ruido insoportable
que me impide sentir,
y se clava en mis o�dos
como dos pu�ales asesinos.

Es un grito sostenido,
invisible hilo colgando del techo,
y roza el suelo cada tanto
acariciando el silencio
que no acaba de llegar.

Oigo un bullicio implacable
de verdugo sonriente esperando la se�al.
Una avalancha de gemidos y miembros
precipit�ndose hacia m�
en un galope de mil caballos.

�Oh tiemblan los objetos
acomodados en mi alcoba,
y la pared n�mero tres
se sacude, temerosa!.

La mesa es una mujer
arrodillada de espanto,
y mi reloj no avanza de la hora
en que se iniciaba este canto agud�simo.

Mis orejas escupen sangre
de ambos lados de la cabeza,
y vanamente se manchan mis manos
intentando detener rojas cascadas.

Las copas de la mesa se rompen una tras otra,
la cortina se enrolla y desenrolla, angustiada.
Las gentes en la calle temen un terremoto
y se detienen, orando, en los umbrales de las casas.

Escucho un estruendoso esc�ndalo salvaje,
un ronco
do que estremece a toda la ciudad.
Un sordo y pesado desgarramiento sufrido,
un reclamo inmenso como un tornado de furia.

�Ya calla, cerebro inmundo!.






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