| Espantap�jaros Cuando los cuervos ven�an y com�an de mis brazos, �ramos hermosos rufianes, alados confidentes. Cuando los cuervos ven�an a reposar en mi cabeza, hurgaban tiernos en mi sombrero de paja, besando mi pensamiento. Cuando los cuervos se trataban conmigo, sol�amos chismear a espaldas del labriego. Grandes opiniones, en el tiempo de la cosecha, ten�amos mis hermanos cuervos y yo. Acostumbr�bamos gastarle bromas a la luna y el arado, al perro del labriego que era ciego y torpe. El animal una vez mordi� mi pata de palo y los cuervos enardecidos le picotearon el hocico y las orejas. Cuidaban de m� los amigos cuervos. Pero un jueves que bien recuerdo, pues esa ma�ana me cambiaron el traje y me hicieron calzar nuevos zapatos, ya que los m�os estaban deshechos; sobrevino en aqu�l campo la est�ril sequ�a que extinguir�a el ma�z. Y las lluvias que de vez en vez me aplacaban la sed, desaparecidas, dibujaron arrugas en mi boca de trapo. Una semana pas� y los cuervos no ven�an. Las rocas no dec�an una sola palabra. Vi al labriego y su familia abandonar el campo, subiendo a un autom�vil repleto de semillas. Era aburrida, a decir verdad, aquella crucifixi�n eterna, aquel silencio silvestre y las bofetadas del viento. Transcurr�a el tiempo y los gusanos que otrora me hac�an cosquillas al escalar mis patas, ahora eran tan s�lo gusanos escalando mis patas. Un ave de rapi�a sobrevolaba en c�rculos como una ofensa distante, hasta que se precipitaba en picada y arrancaba los ojos del perro. Sus ojos ciegos engullidos por un pico depredador, mientras su torpeza yac�a sobre el pasto sin poder ladrar ni hacer trucos. Han emigrado los cuervos, pens�, en medio de aquella inmensidad callada. La ausencia y el ocaso parec�an rumiarme. Moribundas flores gem�an dobladas. Pronto el invierno cay� sobre m� como un planeta feroz, y una tormenta de enero rompi� el palo que me sosten�a erguido. Y ahora aqu� estoy, rostro aplastado en la tierra, y los gusanos que caminan mi nuca no quieren hablarme. |
| Manifiesto Escucho un ruido insoportable que me impide sentir, y se clava en mis o�dos como dos pu�ales asesinos. Es un grito sostenido, invisible hilo colgando del techo, y roza el suelo cada tanto acariciando el silencio que no acaba de llegar. Oigo un bullicio implacable de verdugo sonriente esperando la se�al. Una avalancha de gemidos y miembros precipit�ndose hacia m� en un galope de mil caballos. �Oh tiemblan los objetos acomodados en mi alcoba, y la pared n�mero tres se sacude, temerosa!. La mesa es una mujer arrodillada de espanto, y mi reloj no avanza de la hora en que se iniciaba este canto agud�simo. Mis orejas escupen sangre de ambos lados de la cabeza, y vanamente se manchan mis manos intentando detener rojas cascadas. Las copas de la mesa se rompen una tras otra, la cortina se enrolla y desenrolla, angustiada. Las gentes en la calle temen un terremoto y se detienen, orando, en los umbrales de las casas. Escucho un estruendoso esc�ndalo salvaje, un ronco do que estremece a toda la ciudad. Un sordo y pesado desgarramiento sufrido, un reclamo inmenso como un tornado de furia. �Ya calla, cerebro inmundo!. |
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