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TEOLOGÍA
DE LA LIBERACIÓN, REVELACIÓN E
INTERPRETACIÓN BÍBLICA.
| 1. RELEVANCIA LIBERADORA DE LA REVELACIÓN |
| 2. PROYECTOS DE LIBERACIÓN A COSTA DE LA REVELACIÓN: EMANUEL KANT: LA RELIGIÓN DENTRO DE LOS LÍMITES DE LA RAZÓN (DE ESTADO) |
| 3. PROYECTOS DE LIBERACIÓN A COSTA DE LA REVELACIÓN: DAVID FRIEDRICH STRAUSS: EL SACRIFICIO DE LA REVELACIÓN EN ARAS DE LA IDEA Y DE LA RAZÓN (POLÍTICA) |
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SINTESIS:
Una
teología católica de la liberación no puede hacerse de espaldas a la revelación
cristiana y al magisterio.
La
hermenéutica bíblica que practican algunos autores de la Teología de la
Liberación no se ajusta a las normas de la constitución Dei Verbum. Este
documento conciliar es el gran ausente en sus obras. Esta prescindencia es
significativa.
En
las actitudes ante la Escritura y en la hermenéutica que se practica, se
proyectan y reflejan, ya sea en forma de instrumentalizaciones ya sea en forma
de desinterés o indiferencia, actitudes teológicas y religiosas fundamentales.
Ellas
permiten ubicar el tronco o familia ideológica a la que pertenece el discurso
de estos teólogos de la liberación. Ubicarlos dentro de esa corriente de la
historia del pensamiento, será el objeto de la segunda parte de este estudio:
“Proyectos de Liberación a costa de la Revelación”
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CONTENIDO
1.
Teología de la liberación del
Concilio Vaticano II
1.1
Dei
Verbum: Clave hermenéutica de la
Teología Conciliar.
1.1.1
Relevancia
de la Revelación según Juan
XXIII.
1.1.2
Relevancia
de la Revelación según Pablo
VI.
1.1.3
Relevancia
de la Revelación según Medellín.
1.3.1
Los
órganos de la Revelación.
1.3.2
La
Iglesia concreta como órgano de la Revelación.
2.
Hermenéutica y exégesis
bíblica del Concilio Vaticano II: La Escritura en el contexto de la Revelación
y de la Iglesia.
2.1
La
Escritura en su estructura.
2.2
Una
hermenéutica libre y liberadora
para una teología de la liberación.
2.3
La
Escritura: ni un rayo ni un
zapallo.
2.4.1
Biblia
o Sagrada Escritura: Un texto y dos autores.
2.4.2
El
hagiógrafo es un hombre.
2.4.3 Con
el mismo Espíritu
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1.
Teología de la liberación del Concilio Vaticano II
Una
teología católica de la liberación no puede hacerse de espaldas al Concilio
Vaticano II. Ignorar ese hecho histórico eclesial, denotaría que se está
ignorando la densidad histórica de la Iglesia no sólo en su diálogo con el
mundo, sino en su acción sobre él, desde dentro de él y como parte del mismo.
No basta ornar el discurso con algunas frases entresacadas de la Lumen Gentium
o, con mayor frecuencia, de la Gaudium es Spes.
Hay
que notar en muchos escritos de TL la ausencia significativa de referencias a la
Constitución Dei Verbum. Ya el Mensaje de los Padre Conciliares a todos los
hombres (21 oct. 1962) – también muy poco citado – establece en forma
programática el sentido de la
proclamación del Mensaje de la Revelación, hecho por la Iglesia en forma
positiva y no condenatoria, ante dos problemas muy reales y concretos: la paz
entre los pueblos y la justicia social.
Este
Mensaje constituye una solemne confesión de fe en la eficacia del Mensaje de
Revelación que la Iglesia detenta – y de su proclamación por el Concilio –
para que “la vida del hombre llegue a ser más humana”.
1.1
Dei
Verbum: Clave hermenéutica de
la Teología Conciliar.
La Constitución Dei Verbum sobre la Divina Revelación, es el documento que ocupó más largamente a los Padres Conciliares (3 años), de modo que en su gestación se refleja fielmente el proceso histórico del Concilio. Pero es además en la intención de los Padres Conciliares como Proemio y clave interpretativa de todo el Concilio: “haec Constitutio quodammodo est prima omnium Constitutionum huius Concilii, ita ut eius Proemium omnia quodammodo introducat”. (1)
Los
demás documentos conciliares no se entienden sin referirlos a esta situación
prioritaria de la Revelación, punto de partida y clave de bóveda de toda la
teología conciliar en su doble pero inseparable vertiente dogmático-pastoral,
o teórico-práctica, y ortodoxo-práctica.
Lo que el Vaticano II nos dice sobre la Revelación “deja intacto lo que enseñó
el Concilio Vaticano I, agregando una explicitación acerca de la revelación
activa en toda la economía de la salvación”.
(2)
Explicitando
mejor la interrelación entre doctrina y pastoral, de la cual ha logrado una
conciencia más aguda y refleja. El Vaticano II formula mejor lo que todos los
concilios hacían aunque no lo dijeran tan claro. No sería por lo tanto exacto
oponer este concilio a sus antecesores, como si éste fuera pastoral y los
anteriores dogmáticos.
(3)
Si hay algo característico del
Vaticano II, en su aguda conciencia del valor eminentemente práctico del dogma:
no hay mejor praxis que una buena doctrina. Su aguda conciencia de la relevancia
de la Revelación. Concebida ésta –eso si – no como un corpus doctrinal
aerolítico, sino como una fuente viva abierta en el costado de Cristo y de la
Iglesia, cuyas aguas dispensa la Iglesia a todas y cada una de las edades de la
historia.
Esta
convicción acerca de la relevancia perenne de la Revelación objetiva y activa,
que tan bien expresa el Concilio, se encuentra también claramente expresada: 1)
por Juan XXIII en el acto de convocar e inaugurar el Concilio; 2) por Pablo VI
en los actos de proseguirlo y clausurarlo; 3) por Medellín en su intento de
aplicarlo – maduro y laborioso esfuerzo de la Iglesia en Latinoamérica en un
pionero gesto de fidelidad y docilidad – a la situación concreta del
continente.
1.1.1
Relevancia
de la Revelación según Juan
XXIII.
A
lo largo de todo su discurso inaugural del Concilio,(4)
Juan XXIII insiste en el doble
aspecto de la Revelación objetiva
y activa: depósito y ministerio; custodia y enseñanza; recuerdo de la doctrina
y mirada lúcida al tiempo presente; búsqueda del Reino y aprecio de la añadidura
sin conceder nada a la reinversión de este orden; reconocimiento de los avances
del ingenio humano y de la necesidad de la adoración.
“Lo
que principalmente atañe al Concilio ecuménico es esto: que el sagrado depósito
de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más
eficaz”. A esta feliz formulación volverá a referirse citándola Pablo VI en
sus discursos.
“Tal
doctrina comprende al hombre entero, compuesto de alma y cuerpo, al cual, como
peregrino que es sobre la tierra, le enseña que debe aspirar al cielo. Esto
demuestra que se debe ordenar nuestra vida mortal de modo que, cumpliendo
nuestros deberes de ciudadanos de la tierra y del cielo, consigamos el fin
establecido por Dios. Lo cual quiere decir que todos los hombres,
particularmente considerados o socialmente reunidos, tienen el deber de tender
sin tregua, durante toda su vida, a conseguir los bienes celestiales y a usar,
llevados de este solo fin, los bienes terrenos, sin que el empleo de los mismos
comprometa la felicidad eterna”. La doctrina de la Revelación orienta la vida
humana fijando sus metas últimas y por lo tanto orientadoras de todas las
finalidades inmediatas, por urgentes y perentorias que puedan presentarse.
Del
Concilio se espera, por cuanto a doctrina se refiere: “trasmitir la doctrina
pura e íntegra, sin atenuaciones, que durante veinte siglos, a pesar de
dificultades y luchas, se ha convertido en patrimonio común de los hombres;
patrimonio que aunque no haya sido recibido gratamente por todos, constituye una
riqueza para todos los hombres de buena voluntad”. Ese patrimonio que la
Iglesia con su paciencia y sus luchas ha conquistado y conservado para la
humanidad, convierte en test de la buena voluntad de los hombres, según lo
reciban o lo rechacen.
Juan
XXIII insiste en que el modo que tiene la Iglesia de custodiar
ese depósito revelado no es la tenencia pasiva, sino su administración
adaptada y eficaz a cada época y a cada tiempo: “en la adhesión renovada,
serena y tranquila, a todas las enseñanzas de la Iglesia, en su integridad y
precisión, como todavía aparecen en las actas conciliares de Trento y sobre
todo del Vaticano I, el espíritu cristiano, católico y apostólico, de todos
espera que se dé un paso adelante hacia una penetración doctrinal y una
formación a las conciencias que esté en correspondencia más perfecta con la
fidelidad a la auténtica doctrina, estudiando ésta y poniéndola en
conformidad con los métodos de la investigación y con la expresión literaria
que exigen los métodos actuales. Una cosa es la
sustancia del “depositum fidei”, es decir, de las verdades que
contiene nuestra venerada doctrina, y otra la manera como se expresa”.
La
distinción que establece y subraya Juan XXIII en esta última frase más que
separar ambas cosas, ilustra su relación recíproca indestructible: la
fidelidad en la custodia del depósito no puede separar-se de la fidelidad en
dispensarlo eficazmente. La Iglesia lo detenta entregándolo y para entregarlo.
De ahí el énfasis en la manera cómo se expresa: “En nuestro tiempo, la
Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia más que de la
severidad”...”piensa – notemos la intrepidez con que Juan XXIII se hace
intérprete del pensamiento íntimo de la Iglesia – que hay que remediar a los
necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada (“suae doctrinae
vim uberius explicando”)”. La Doctrina y su Fuerza son inseparables, pero el
énfasis eclesial debe caer en el Vaticano II en la demostración de la fuerza
de la doctrina. En otras palabras: en la relevancia de la Revelación.
La
exposición positiva de la misma, más que la condenación de actitudes y
doctrinas. He ahí el método propugnado por Juan XXIII. El Pontífice ha
husmeado en nuestra época una disposición que inclina a los hombres a advertir
y condenar por sí mismos los amargos deletéreos frutos de esos errores.
Proclividad a condenar que juega en favor de la Iglesia cuando delata a los
verdaderos males y sus efectos. Pero de la cual la Iglesia cree oportuno
distanciarse en su práctica para combatir las desviaciones de la misma: una
inclinación a la acusación amarga e indiscriminada, a la crítica despiadada,
que no perdona a la Iglesia y que parecen necesita afirmarse en la oposición y
el hostigamiento, siendo capaz de crear divisiones donde no las hay. Por eso la
Iglesia quiere mostrarse como ejemplo de “madre amable de todos, benigna,
paciente, llena de misericordia y bondad”. Medio tanto más luminosos cuanto
ausente de la enrarecida atmósfera del mundo al que la Iglesia se dirige.
Pero
esa bondad de la Iglesia no puede soslayar su deber de presentar
positivamente la Revelación, arrastrada por la debilidad de condescender con
las preocupaciones exclusivas y miopes por los solos bienes terrenos, como si
estos fueran alcanzables y se pudieran consolidar o conservar prescindiendo o
desentendiéndose de la Verdad de la Revelación, como Pilatos.
Al
proponer esta Revelación, insiste Juan XXIII al encuentro de tenaces
acusaciones, la Iglesia no busca sus propios fines, sino
el bien de la Humanidad: “la solicitud de la Iglesia en promover y
defender la Verdad, deriva del hecho de que, según el designio de Dios, el cual
quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad,
no pueden los hombres, sin ayuda de toda la doctrina revelada, conseguir una
completa y firme unidad de ánimo a la que
están ligadas la verdadera paz y la salvación eterna”. La
Revelación es por lo tanto, no sólo relevante, sino imprescindible para
el íntegro bien del hombre. No lo esclaviza con impedimentos, lo libera de
ellos para alcanzar las metas ultimas y también las intermedias.
El
discurso de Juan XXIII trasunta además ubicuamente, su convicción de que los
males que padece la Humanidad vienen de la ignorancia o del rechazo de la
Revelación, que lo llevan a hacerse una falsa idea – por lo incompleta –
del bien del hombre y de los medios conducentes al mismo. El verdadero bien del
hombre y de la sociedad, no se conoce al margen de la Revelación (objetiva) ni
se alcanza prescindiendo de la Iglesia que la trasmite (Revelación activa).
Poner al alcance del mundo la Revelación de manera accesible y adaptada, pero a
la vez sin mutilación ni disimulo demagógico de su escandalosa totalidad, es
el sagrado deber y la ardua tarea que Juan XXIII puso por delante a los pastores
que convocó el Concilio.
1.1.2
Relevancia
de la Revelación según Pablo
VI.
En
el discurso de apertura de la Segunda Sesión (5)
“preludio no solamente de este
Concilio, sino también de nuestro Pontificado”, Pablo VI coloca su programa
en continuidad con la doctrina de Juan XXIII que acabamos de analizar y la
califica de “voz profética
para nuestro siglo” que traza al Concilio “el camino que ha de recorrer”.
Punto
de partida, recorrido y meta de este camino es Cristo: “nuestro
principio...nuestra vida y nuestra guía...nuestra esperanza y nuestro término”.
Y es a partir de este principio que Pablo VI explica los fines del Concilio,
reduciéndolos a cuatro puntos: 1) el conocimiento propio o conciencia de la
Iglesia; 2) su reforma; 3) la unidad de los cristianos; 4) el diálogo
Iglesia-Mundo.
Pablo
enfatiza el tema de la Revelación en su contexto eclesial. La Iglesia es una
realidad penetrada por la divina presencia. Ello le permite progresar con nuevas
y más profundas investigaciones la Verdad vehicula: “la conciencia de la
Iglesia se aclarara con la adhesión fidelísima a las palabras y al pensamiento
de Cristo, con el recuerdo sagrado de la enseñanza autorizada de la tradición
eclesiástica y con la docilidad a la iluminación interior del Espíritu Santo,
que parece precisamente querer hoy de la Iglesia que haga todo lo posible para
ser reconocida verdaderamente tal cual es”.
En
esta perspectiva, la Reforma de la Iglesia está al servicio de la credibilidad
del Mensaje que aporta: “no es que ...reconozcamos que la Iglesia católica de
hoy pueda ser acusada de infidelidad sustancial al pensamiento de su divino
Fundador”. El Papa que no vacila en confesar las debilidades de la Iglesia,
previene aquí contra una inflación de las acusaciones y la autodenigración,
que redundan en calumnia de la Iglesia como obra divina. Invita al
“reconocimiento profundo de su fidelidad sustancial que la llena de gratitud y
humildad y le infunde el valor de corregirse de las imperfecciones que son
propias de la humana debilidad”. La Reforma que procura el Concilio no es un
cambio radical de la vida presente de la Iglesia, o bien una ruptura con la
tradición en lo que ésta tiene de esencial y venerable”.
La
misma reafirmación de la Relevancia de la Revelación se desprende del discurso
de clausura del Concilio.(6)
Pablo
VI plantea en él una pregunta que pasa después a responder y termina
orientando el postconcilio eclesial por el camino que transitará Medellín.
La
pregunta inicial es precisamente acerca de la relevancia religiosa del Concilio:
“cuál es el valor religioso de nuestro Concilio”. El Papa explica el
sentido del término religioso: “la relación directa con Dios vivo, que es la
razón de ser de la Iglesia y de cuanto ella cree, espera y ama, es y hace”.
La
respuesta es afirmativa: el Concilio ha cumplido con su misión inicial tal como
se la propusiera Juan XXIII y la reconfirmara el mismo Pablo. “Lo más
importante en el Concilio ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina
se guarde y se proponga de una manera eficaz”.
Esta
reafirmación de la validez de la doctrina perenne de la Iglesia provocará –
no se le escapa el hecho a Pablo VI – una reacción de rechazo: “La concepción
teocéntrica y teológica del hombre y del universo, como desafiando la acusación
de anacronismo y de extrañeza, se ha erguido en este Concilio en medio de la
Humanidad, con pretensiones que el juicio del mundo calificará primero de
insensatez”.
Pablo
VI comprueba el choque inevitable de “religión del Dios que se ha hecho
Hombre, con la religión del hombre que se hace Dios”. Pero no ha sido la
Iglesia la que ha chocado, sino que se ha inclinado como el Samaritano sobre el
hombre herido, también sobre el herido de hostilidad hacia la Iglesia, y
reclama para sí el mérito y el reconocimiento de un hecho: “también
nosotros – y más que nadie – somos promotores del hombre. Toda la riqueza
doctrinal de la Iglesia se vuelca en una única dirección: servir al hombre”.
En este servicio la Iglesia no ha desviado su atención hacia la dirección
antropocentrista de la cultura moderna.
Volviéndose al hombre, no se ha desviado de Dios.
Todo
este pasaje del discurso es un ardiente alegato a favor de la relevancia de la
Iglesia y de su Mensaje para el Hombre: “la
religión católica se manifiesta como la vida de la Humanidad”. Lo es
“por la interpretación, finalmente exacta y sublime que nuestra religión da
del hombre, al hombre verdadero, al hombre integral, es necesario conocer a
Dios”.
Un
alegato que se completa con una exhortación a la Iglesia: “volverse con amor
hacia el hombre”, para conocer a Dios es necesario conocer al hombre”. Se
trata de ese conocimiento que viene de guardar el mandamiento de Cristo en el
que Dios se revela como vuelto y volcado hacia los hombres con apasionado y
celoso amor. Si la Iglesia no descubriera y reprodujera en sí misma este rasgo
divino, en vano proclamaría conocer a Dios.
Si
en algún lugar de los documentos conciliares es posible señalar algo parecido
a un círculo hermenéutico, es en este pasaje central del discurso de Pablo VI.
El conocimiento de Dios por la Revelación es para la Iglesia el punto de
partida para conocer al hombre, en su grandeza y miseria, como objeto del amor
divino. Y enviada al hombre para su salvación, la Iglesia ha de ir buscarlo en
su situación real, partiendo de él, para alcanzar a Dios como sólo se puede
alcanzar obedeciéndole. En esta obediencia está la libertad del Hijo y de la
Iglesia.
1.1.3
Relevancia
de la Revelación según Medellín.
Pablo
VI concluía su discurso de Clausura declarando terminado el Concilio pero
inaugurando una etapa: “comienzo de la renovación humana y religiosa que él
se ha propuesto estudiar y promover”. Se cerraba el programa de trabajo
conciliar y se inauguraba un programa de realización.
La
Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Medellín
(7)
se
reconoce a sí misma como ensayado una respuesta al programa inaugurado por Pablo
VI. En su Introducción a todos los Documentos define su programa con frases
tomadas del discurso de clausura que hemos analizado. La Conferencia de Medellín,
a imitación del Concilio, proclama que “sitúa al hombre en el centro de su
atención”. Y como Pablo VI, tomando incluso sus palabras, advierte que haciéndolo,
no se ha “desviado” de la Revelación, sino
que se “ha vuelto” al hombre, recordando que “para conocer a Dios
es necesario conocer al hombre”, pero sin olvidar que “Cristo es aquél a
quien se manifiesta el misterio del hombre”. Frase ésta que equivale al
pensamiento de Pablo VI: “para conocer al hombre es necesario conocer a
Dios”.
Medellín
reproduce los pasos teológicos del Concilio, de Juan XXIII y de Pablo VI:
iluminar el momento histórico con
la Palabra Revelada, ponerse a sí mismo a la luz de la Palabra, para tomara
conciencia más profunda del servicio que le corresponde prestar en este
momento. Para proponer de una manera eficaz al hombre concreto el sagrado depósito
de la doctrina cristiana.
La
Revelación de Dios, clave de bóveda del pensamiento conciliar y del programa
eclesial, ha sido objeto de la Constitución Dogmática Dei Verbum. El Concilio
ha subrayado en este documento el hecho de que la Revelación de Dios pone en
juego la libertad del Hombre:
cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse en la fe, y en esta obediencia
de la fe el hombre se entrega entero y libremente a Dios, ofreciéndole el
homenaje total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que
Dios revela (DV 5), con obras y palabras (DV 2), y plenamente con las palabras y
obras de su Hijo, cuya finalidad es liberarnos del pecado y de la muerte y
resucitarnos a una vida eterna (DV 4).
La
Fe es por lo tanto, en al teología Conciliar, el principio y el analogado
principal de la libertad humana, la cual consiste en obedecer a Dios que se le
revela en Cristo.
La
raigambre netamente bíblica de esta afirmación es peculiarmente clara en las
expresiones juaninas. Para San Juan, la libertad de Jesús consiste en su
dependencia del Padre en cuanto es su Hijo; la libertad del creyente, es la
filiación a la que accede por la fe en Jesús en su palabra, donde dicha
revelación fructifica liberando, o sea trasladándonos de la condición de
siervos a la de Hijos libres.(8)
Por
la Revelación de Dios, es el hombre descubre que su destino y su vocación es
entrar en relación con el Dios que se le manifiesta en Cristo.
Consecuentemente, la libertad del hombre será la posibilidad de alcanzar su
destino. La opresión, por el contrario, consistirá en lo que le impida realizar su destino. La libertad del hombre se revela como
Cristo-referida: libertad para Cristo u opresión para Cristo.
Puesto
que el hombre entra en camino de lograr su destino mediante el acceso a
la fe y la participación en al relación privilegiada del Hijo con su Padre.
Será opresor lo que dificulte, lo que impida el acceso a la fe.
Desde
este principio, usado como parámetro supremo, la Iglesia diagnostica las
situaciones del Mundo y discierne los signos de los tiempos y los signos de
Dios. Como la Iglesia de los Hechos de los Apóstoles, la Iglesia del Vaticano
II no infiere desde conceptos a priori, sino desde los hechos: donde surge la fe
en Jesús, allí ha tenido lugar la obra liberadora del Espíritu Santo. Donde
está la fe en Jesús, allí está el Espíritu y donde está el Espíritu, allí
está la libertad (2 Cor. 3,17)
De
ahí el empeño conciliar en quitar todo impedimento que pueda provenir del modo
eclesial de promulgar el Mensaje. El Concilio Vaticano II es un gigantesco
esfuerzo eclesial hacia formas liberadoras de presentación del Mensaje. Pero
implica la clarísima conciencia y profesión de dos hechos: 1) es cierto que le
Iglesia puede a veces presentar el Mensaje de Revelación en forma menos eficaz
y que por lo tanto su labor debe ser continuamente revisada; 2) pero la Iglesia
refirma su convicción de que el Mensaje de Revelación del cual es portadora es
un Mensaje relevante para la verdadera y efectiva liberación del hombre y la
sociedad.
1.3.1 Los órganos de
la Revelación.
De
la Doctrina contenida en la Constitución Dei Verbum acerca de la liberación
por la obediencia de la fe al Dios que se revela en Jesús, se siguen lógicamente
las otras partes de la Constitución: acerca de la Sagrada Escritura y la
Tradición eclesial como único e inseparable depósito de Revelación,
trasmitido e interpretado fielmente por el Magisterio (DV, cap. II, Nos. 7-10).
Escritura, Tradición e Iglesia: Magisterio-fieles, constituyen una terna
liberadora en cuanto permiten al hombre el acceso a la Revelación mediante la
liberadora obediencia de la fe.
Desde
el capítulo III al VI de la Dei Verbum el Concilio desarrolla una doctrina
hermenéutica acerca de la interpretación,
lectura y uso de la Escritura en el contexto de la Tradición y de la Iglesia.
Es lamentable que los escasos intentos de formular una doctrina hermenéutica al
servicio de la teología de la liberación no hayan prestado la atención
que merecen las pautas interpretativas que ofrece este documento. El núcleo
esencial se encuentra concentrado especialmente en los Nos. 11 y 12. El número
11 pone los fundamentos teológicos
y el número 12 desarrolla sus implicaciones concretas para el proceso exegético.
Se trata de un verdadero programa para liberar el sentido Revelador de los
textos sagrados. Los pasajes de la escritura se liberan, y liberan su sentido
liberador en el amplio contexto Revelacional que describe la Dei Verbum. O son
portadores funcionales de Revelación o pueden convertirse en opresores, por
sufrir una manipulación que los desgaja del contexto total de la Revelación:
Escritura, Tradición e Iglesia concreta. Tanto el documento de la Comisión Bíblica
Sancta Mater Ecclesia – previo a la aprobación de la Dei Verbum, y que ésta
retoma en esencia, – como el Discurso de Pablo VI a la Comisión Bíblica (14
de marzo de 1974), confirman
y explicitan el Mensaje Conciliar, mirando a la labor específica de los
exégetas y los teólogos. Estas pautas Conciliares son la garantía y la
salvaguarda de la libertad del exégeta y del teólogo, impidiendo la
servidumbre en que – testigo la historia – puede caer la interpretación bíblica
desgajada del órgano vivo de la Revelación, sometida al yugo y a la esclavitud
de la Razón (que deriva en razón de estado!), de las filosofías (que terminan
siendo también justificaciones de intereses políticos), o de las ciencias
naturales y humanas (esgrimidas contra el hecho de la Revelación).
Dondequiera que el hombre niega la obediencia a la Revelación y pretende
sujetar la Revelación al Hombre, se invierte el acontecimiento liberador de la
fe y se introduce un estado de esclavitud.
1.3.2
La
Iglesia concreta como órgano de la Revelación.
La
lógica teológica del Concilio Vaticano pasa armoniosamente del Mensaje a todos
los hombres a la Exposición Dogmática de la Divina Revelación. El paso
siguiente es igualmente lógico en su teología: la Iglesia portadora de la
Revelación se proclama Luz de los Pueblos: Lumen Gentium. No con luz propia
sino como trasmisora de la luz de la Revelación manifiesta en Cristo: “Por
ser Cristo luz de los Pueblos... este Concilio aspira vehementemente a iluminar
a todos los hombres con su luz (la de Cristo) que resplandece en el rostro de la
Iglesia” (LG nº 1).
Serena
y digna, mansa pero firme, la Iglesia del Vaticano II, sin ceder a la tentación
de reivindicaciones polémicas sino en la proclamación humilde de su fe, –
obediencia a Dios que debe comandar la actitud ante los hombres, – recupera
para Cristo el título y la dignidad de ser Luz de los hombres. Cristo revelador
es Cristo iluminador. La Iglesia ofrece de este modo su otra mejilla al programa
que significativamente se bautizó a sí mismo como Ilustración, y que más o
menos directamente rechazó la fe, la Iglesia y la Revelación como
oscurantismo, oponiéndole la claridad y la luz que debía buscarse y
encontrarse en la Razón, la Filosofía, las ciencias naturales, históricas y
humanas, como productos de un humanismo autónomo (GS, nº 36) que desconfía de
la Iglesia y rechaza como opresora a la Revelación y como alienante a la
obediencia de la fe.(9)
La
Teología eclesial del Concilio Vaticano II es, por lo tanto un punto de
referencia insoslayable para orientar a la teología de la liberación. “Todo
el bien que el pueblo de Dios puede dar a la familia humana, al tiempo de su
peregrinación en la tierra, deriva del hecho de que la Iglesia es sacramento
universal de salvación (LG nº 15), que manifiesta y al mismo tiempo realiza (=
Revelación objetiva y activa) el
misterio del amor de Dios al hombre” (GS nº 45). El Concilio proclama que la
Iglesia “por medio de cada uno de sus hijos y de la comunidad eclesial entera
– (una sociedad organizada por Cristo como unión visible y social en este
mundo: LG nº 8, 9, 38; GS nº 40/44) –
puede ofrecer una gran ayuda para dar un sentido más humano al hombre y a su
historia” (GS 40). Y ello es así gracias a que la Iglesia, esta Iglesia histórica
y concreta es portadora de la Revelación de Dios, fin último del hombre:
“Como a la Iglesia se ha confiado la manifestación (objetiva y activa!) del
misterio de Dios, que es el fin último del hombre, la Iglesia descubre con ello
al hombre el sentido de la propia existencia, es decir, la verdad más profunda
acerca del ser humano” (GS 41). Por eso, la Iglesia no procede de manera egoísta
al buscar sus propios fines de salvación, sino que al hacerlo sirve a la
humanidad “Al buscar su propio fin de salvación, la Iglesia no sólo comunica
la vida divina al hombre, sino que además difunde sobre el universo mundo el
reflejo de su luz...” (GS 40).
Mirando
la Historia de la Iglesia y del Mundo como hermeneuta autorizado, el Concilio
Vaticano II reivindica para la Iglesia, en cuanto portadora de la Revelación
Divina, no sólo la misión del ilustrar a los hombres, que le fuera tan
ardorosamente disputada (10) sino
también la de liberarlos. La función de iluminación (Lumen Gentium entera) es
tan obvia que excusa el abonarla con citas, aunque no estará demás recordar
algún texto particularmente expresivo como GA 40. La virtualidad liberadora (DV
4 y 5; GS 36, 38, 39, 41, 42 realzada incluso por la confesión de GS 43), tan
íntimamente vinculada a la anterior, desborda los textos en que aparecen las
palabras libertad, liberar, libremente, pues el Concilio es sensible al
contenido liberador de otras categorías teológicas como salvación, redención,
etc., sin dudar ni dar lugar a una reducción de la libertad humana a las
consecuencias políticas o socio-económicas del estado de servidumbre
espiritual.
2.
Hermenéutica
y exégesis bíblica del Concilio
Vaticano II: La Escritura en el contexto de la Revelación y de la Iglesia.
2.1
La
Escritura en su estructura.
La Hermenéutica Bíblica que propone y describe el Concilio Vaticano II es coherente con su Teología de la Revelación y de la Iglesia como depositaria y agente de la misma. Al custodiar fielmente y trasmitir la Revelación que libera al hombre para la respuesta de fe; la Iglesia es liberadora. Toda ella lo es. No sólo como Magisterio (Mater et Magistra) que interpreta la fuente estructuralmente única – aunque biforme – de la Revelación: Escritura y Tradición; sino también en su totalidad de pueblo de Dios, como comunidad social y visible, parte integral de la sociedad humana. Esta Iglesia portadora de esta Revelación, ofrece en la DV una descripción bastante minuciosa de su hermenéutica bíblica. Dicha descripción, más allá de la multiplicidad de orientaciones de detalle, se articula como un programa hermenéutico unitario que se deja sintetizar en un principio rector: el principio de interpretar la parte en el todo, el texto en el contexto. Contexto no sólo literario, sino humano, cultural, histórico, eclesial, de ayer y hoy. (11)
La
Escritura, su totalidad y cada una
des sus aportes en ella, es a su vez un miembro de un organismo total de la
Revelación, que el Concilio pretende describir en su compleja red de
interrelaciones: Dios-Iglesia-Mundo; pasado-presente-futuro; Creación-Revelación-Salvación-Parusía;
Escritura-Tradición-Magisterio-Culto-Oración. Por la función que cumple y por
la situación que ocupa respecto de cada uno de los miembros del organismo de la
Revelación, la Escritura toda (y cada una de sus partes en ella) recibe su
sentido. Arrancarla de esta visión teológica total en que la sitúa el
Concilio es cerrarse el camino a la verdad de la Escritura, equivale a amputarla
de su inserción orgánica haciendo imposible su recta intelección e
interpretación.
2.2
Una
hermenéutica libre y liberadora
para una teología de la liberación.
Si
la teología del Vaticano II es un punto de referencia insoslayable para la
Teología de la Liberación, la hermenéutica que el Concilio describe y
prescribe, es un punto de referencia igualmente ineludible para dicha teología.
Ninguna teología y tampoco la de la liberación, procedería honestamente
cuajando al margen de la Escritura y buscando luego fundamentos escriturísticos
para sus hallazgos. El sano método teológico exige edificar desde el comienzo
sobre la base escriturística y mantener un diálogo perenne, impuesto por la
naturaleza misma de la economía de la Revelación, con la Escritura y la
Tradición y con el Magisterio.
No
se puede “usar” la Escritura a posteriori, ni por un a priori, ni a solas.
Son normas elementales de autenticidad teológica, que sólo se pueden infringir
por falta de competencia o de honestidad metódicas. Y esa infracción,
cualquiera sea su causa, violenta el sentido de la Escritura, la esclaviza y
reduce a la servidumbre de cualquier clase de deformaciones, mutilaciones o
desviaciones. Sobre un texto esclavizado, sólo puede levantarse una teología
cautiva, y de ella sólo puede seguirse una praxis pastoral opresora y la
servidumbre de la Iglesia.
Así
como el hombre obra libremente al obedecer en la fe a la Revelación, así también
la Escritura sólo es libre si permanece unida a la Tradición Eclesial. La
Iglesia es el espacio de su libertad. Y arrancarla de la Iglesia es – lo que
demuestran múltiples intentos, algunos de los cuales recordaremos más adelante
– encerrarla en los límites opresores de las más variadas prisiones.
2.3
La
Escritura: ni un rayo ni un
zapallo.
Por
la exposición renovada de la teología de la inspiración y la Verdad de la
Escritura, el Vaticano II, nos recuerda que el texto sagrado no es un rayo
divino caído del cielo, sin arte ni parte del autor inspirado. Pero también
nos advierte que no es un puro producto humano, explicable por factores
exclusivamente culturales o por los condicionamientos históricos y socio-económicos.
“La
revelación que la Sagrada Escritura contiene y ofrece ha sido puesta por
escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo”. Sus libros que la Iglesia
tiene por sagrados y canónicos, tienen a Dios como Autor. En su composición
Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades, de modo
que obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por
escrito todo y sólo lo que Dios quería. Todo lo que estos autores afirman, lo
afirma el Espíritu Santo. Por lo tanto estos libros enseñan sólidamente,
fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para
salvación nuestra (DV 11).
En
la génesis del texto sagrado hay un caso particular del libre concurso de Dios
y el hombre, de la gracia divina y la libertad humana, del Espíritu Santo y el
hagiógrafo. En mutua compenetración, y dentro del ámbito liberador eclesial,
Dios y hombre son co-autores de un único texto que enseña
sólida y fielmente, sin error, la verdad que Dios quiso revelarnos para
salvación nuestra.
Por
otra parte, la Escritura no está ni el comienzo ni en el fin definitivo de la
obra de Dios. La Dei Verbum la coloca y articula en un lugar de la historia de
la vida de la Revelación y de la Iglesia. La Revelación de Dios consistió en
hechos, antes que en Escritos. Los escritos nos guardan el relato y una
interpretación divinamente autorizada de los Hechos. Pero además, la
Escritura, nacida en y de la Iglesia, ha sido entregada a ella, para que la
custodie e interprete “con el mismo Espíritu con que fue escrita” (DV 12).
La
Dei Verbum parte del Hecho de la Revelación dirigida a los hombres, sigue con
la trasmisión de la misma mediante una tradición llevada por hombres a otros
hombres. Al servicio de esta tradición, surge la Escritura, que ha de ser
interpretada de manera que haga justicia a su doble carácter: divino-humano.
Tradición y Escritura constituyen un único depósito de la Revelación, que ha
sido dado en custodia a la Iglesia, constituida por hombres. En todo este plan
de la Revelación brilla, como reflejo de la Encarnación, la asunción de lo
humano por lo divino. La Inspiración de la Escritura es un caso particular.
Pero el acto eclesial de interpretarla “en el mismo Espíritu” no lo es
menos.
Toda
negación de la Revelación divina y de su modalidad encarnada – en Cristo y
en su Cuerpo Eclesial – conduce inevitablemente a una hermenéutica bíblica
que explica al texto sólo por el hombre, puesto que no acepta que dicho texto
pertenezca a un contexto capaz de explicar al hombre por la Revelación. La exégesis
Ilustrada o Iluminista, a despecho de sus aspiraciones de modernidad, no hace más
que reproducir un viejo esquema gnóstico de hermenéutica bíblica. Y el último
grito de la hermenéutica materialista no hace sino volver a servir fiambre para
la cena lo que la Ilustración pasó caliente en el ardor del mediodía
revolucionario del Siglo XVIII. En esa dieta hay un mismo defecto carencial: el
rechazo del Espíritu Santo como autor del Texto; el rechazo de la Iglesia como
portadora e intérprete, mediante la Tradición y el Magisterio, del mensaje
espiritual de la Escritura.
2.4.1
Biblia
o Sagrada Escritura: Un texto y dos autores.
El
Concilio Vaticano II mantiene la preferencia católica por el nombre de Sagrada
Escritura. El nombre Biblia lo prefieren las Iglesias protestantes. En el uso
católico se refleja precisamente la teología de la inspiración como co-autoría
divino-humana. No se trata de un mero texto escrito por un autor solo, sino de
un texto sagrado, en el que tienen parte por igual lo humano y lo divino
coadunados.
El
programa de hermenéutica-bíblica católica que propone la Dei Verbum en
coherencia con esta teología,
trata de hacer justicia a ambas vertientes del texto. Puesto que “Dios habla
en la Escritura por medio de los hombres y en lenguaje humano; el intérprete de
la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con
atención lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer con
dichas palabras” (DV 12).
Pero
el intérprete no llega a un texto leído y descubierto por primera vez, ni a un
texto aislado. Encuentra esta Escritura esta Escritura en la Iglesia que es
portadora de una tradición viva acerca de los mismos hechos y ha de tener en
cuenta el contexto de toda la
Escritura y cuando se trata de Antiguo y Nuevo Testamento, no podrá olvidar lo
que el Espíritu ha enseñado a la Iglesia acerca de la interpretación del uno
por el otro, a la luz definitiva de Cristo.
En
su texto, el interprete no encuentra sólo la acción puntual en el tiempo de un
hombre y el Espíritu de Dios, sino que encuentra entrecruzadas todas las
dimensiones pasadas y presentes de la acción de Dios revelándose a los hombres
por medio de la Iglesia.
De
esa complejidad de planos que se entrecruzan en el texto y en su interpretación
derivan las normas de interpretación para una lectura en Iglesia y para la
Iglesia.
La
Iglesia podría ir muy lejos en su condescendencia y aceptar (como lo hace con
otros aspectos provenientes del componente humano) una componente ideológica en
la obra del autor humano del texto sagrado. Pero nunca tan lejos como para
explicar la totalidad por esa componente. El texto no se puede reducir a una
ideología y ésta es incapaz de explicar la plusvalía de sentido espiritual de
un texto sagrado. Más aún, así como el texto no se explica ni se interpreta sólo
por los géneros literarios, ni por los modos de decir, ni por las ideas del
tiempo, sino que los desborda muchas veces y los corrige otras al valerse de
ellos, de la misma manera, un análisis verdaderamente científico del
componente ideológico mostraría cómo se iluminan y corrigen las ideologías
por la luz que viene de Cristo y del Espíritu. Decimos análisis verdaderamente
científico, para distinguirlo de aquellos análisis que excluyen de antemano la
dimensión divina por prejuicios filosóficos. Y quedando además a la espera de
que se demuestre la existencia de ese componente ideológico como una realidad
objetiva y no como una proyección hipotética de postulados materialistas.
La
Iglesia estará siempre generosamente dispuesta y religiosamente obligada a
derramar la luz de Cristo sobre todo lo humano, también sobre las ideologías,
tanto las que Marx denuncia como aquella en la que incurre, para que también
ellas sean liberadas por Cristo: al cual todo le fue sometido por el Padre,
también las ideologías. El cual, desde su universal señorío, juzga sobre
todas las potestades – aún la de las ideas y las ideológicas – no siendo
juzgado por ninguna.
Para
esta confesión de fe, sin embargo, es necesario recibir la gracia liberadora
del Espíritu que nos permite decir: Jesús es el Señor, no sólo con los
labios, sino desde la fe del corazón. Sin esa gracia liberadora, el hombre
permanece en el estado de opresión a que somete al espíritu humano el príncipe
de este mundo. Ciertamente no viene del espíritu de Dios ningún anatema contra
Cristo, tampoco el que condena su señorío en nombre de una idea o de una
ideología, ni el que pretende someter a juicio al que es Juez, ni el que
pretende someter su dominación a la dominación de ideas o ideologías,
productos humanos como todo ídolo.
2.4.2
El
hagiógrafo es un hombre.
El
principio de totalidad que rige la hermenéutica teológica y bíblica del
Vaticano II no elude en diversas ocasiones recordar que Cristo fue un hombre,
que la Iglesia está formada de hombres, y – caso particular – que el hagiógrafo
es un hombre. Verdad en apariencia obvia y que parece innecesario recalcar. La
experiencia muestra todo lo contrario. Parecería que por la adhesión a la
Revelación y la fe, los cristianos perdieran derechos humanos fundamentales que
se reconocen a cualquier otro individuo de la raza. Los más encendidos cultores
de la fraternidad universal, los campeones de la filantropía, los sacerdotes de
la religión positivista, los profetas del mesianismo colectivista y
comunitario, han cultivado un recelo sectario y un afecto anticristiano
contradictorio con sus principios. Aún cuando la Iglesia reconoce las faltas de
sus miembros, no puede menos de reconocer que – a semejanza de su Maestro –
sigue siendo objeto de una discriminación injusta y misteriosa, que la envuelve
en una comunidad de destino con el Hombre – Dios y le permite lamentarse
“oderunt me gratis” (“peregrina entre las persecuciones del mundo y los
consuelos de Dios” LG 8).
Solidarios
de la Ley de encarnación, los hagiógrafos inspirados, fueron respetados en su
integridad humana por el Espíritu Santo, y liberados por El de todo lo que en
su tiempo y cultura se oponía a la manifestación de la luz de Cristo. De ahí
la primera vertiente de normas exegéticas, que prescriben tomar en serio la
densidad humana e histórica del hagiógrafo, su intención y su obra, su
lenguaje y modos de decir, su tiempo y su cultura. El Concilio Vaticano II
recoge la experiencia secular que nos muestra cuánta violencia al texto y al
autor es posible hacer en nombre de la crítica histórica y científica, de los
métodos exegéticos y lingüísticos, cuando éstos vehículan prejuicios filosóficos
hostiles, que no respetan los hechos de la Revelación Encarnada en Cristo y
confiada a una Iglesia de hombres, que es parte de la Humanidad.
2.4.3 Con
el mismo Espíritu
En segundo lugar por razón metódica,
pero en el primero de importancia, desarrolla la Constitución Dei Verbum en el
mismo Nº 12, las implicaciones hermenéuticas de la Inspiración divina de la
Sagrada Escritura en cuanto obra del Espíritu Santo.
La clave de bóveda de esta hermenéutica
del Espíritu-Revelador, es la interpretación de toda la Escritura como un
discurso revelador de Cristo. El principio de totalidad, se especifica aquí en
tres niveles: 1º) totalidad y unidad de toda la Escritura que se explicitará
en la DV 14-17; 2º) Escritura y Tradición como depósito único e indivisible
de la Revelación; 3º) Contexto total de la fe eclesial. Extrapolar la Sagrada
Escritura de cualquiera de esos niveles de totalidad es arrancarla a la intención
del Espíritu Santo, autor suyo, violentando su significación.
La historia enseña que cuando se
siente necesidad de arrancar la Escritura de su contexto vital, la violencia que
se hace a su sentido textual y a la intención de
su autor humano va acompañada de un rechazo proporcionalmente violento
del autor divino o de la Iglesia católica como obra suya y portadora de su
Palabra. En las actitudes ante la Escritura se proyectan y reflejan, ya sea en
forma de torvas instrumentalizaciones ya sea en forma de desinterés o
indiferencia, las actitudes religiosas fundamentales.
(1)
DOCUMENTA
CONCILII VATICANI II, DE DIVINA REVELATIONE,
pág. 106. (Se trata de los Documentos editados para uso privado de los Padres
Conciliares).
(2)
Ibid
p. 9
(3)
Para
un estudio comparativo de la relación entre lo doctrinal y lo pastoral en los
tres últimos Concilios véase: Vaticano II ¿Concilio Doctrinal? – Una
reflexión en el Centenario del Vaticano I en: Perspectiva Teológica 2 (1970)
169-182
(4)
Juan XXIII, Discurso en la Sesión Inaugural del Concilio Vaticano II, el 11 de
octubre de 1962, AAS 54 (1962) 786-796.
(5)
Pablo
VI, Discurso de Apertura de la Segunda Sesión, el 29 de setiembre de 1963, AAS
55 (1963) 841-859.
(6)
Pablo
VI, Alocución en la Sesión de Clausura del Concilio, el 7 de diciembre de
1965, AAS 58 (1966) 51-59.
(7)
IIª
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Medellín, Agosto-Septiembre
1968, Introducción a todos los Documentos (Ed. Centro Nal. de Medios de
Comunicación, p. 15)
(8)
José
O. Tuñi Vancells. La Verdad os hará Libres, Jn. 8,32. Liberación y libertad
del creyente en el cuarto evangelio. Ed. Herder, Barcelona 1973. Cfr. en
especial pp. 99-101 y 202-211.
(9)
Cuando
el Vaticano II proclama su conciencia y su deseo de seguir sobre las huellas de
los Concilios Tridentino y Vaticano I, no lo hace por mera fórmula, sino por íntima
y sincera convicción de obrar en continuidad con el pasado eclesial y en diálogo
con un mundo que tampoco comenzó hoy. Su palabra dicha a mitad del s. XX no
podría comprenderse olvidando o negando el pasado eclesial, ni cerrando los
ojos a la continuidad de una misma historia de la Humanidad y de la Iglesia.
(10)
A.
Schwarz, E. Hegel, L. Scheffczyck, Art.: Aufklärung en el Lexicon f. Theol. u.
Kirche, I, 1056-1066.
(11)
Ver:
Nicolás Cotugno S.D.B, El Testimonio en el Concilio Vaticano II, Hermenéutica
y Perspectiva Teológica (Libro Anual del Instituto Teológico del Uruguay Nº
1), Montevideo 1974. Esta tesis detecta en
la teología del Concilio junto al Testimonio divino en el dato revelado, la
atención a un testimonio germinal de Dios presente en el mundo y en la
historia. Es lo que desde Juan XXIII hasta Medellín se ha venido elaborando
como teología de los Signos de los Tiempos, la cual ha sido objeto de un
excelente estudio de conjunto: Miguel A. Fiorito S.J. y Daniel Gil S.J., Signos
de los Tiempos, Signos de Dios publicado en el Libro Anual del Instituto Teológico
del Uruguay Nº2, Montevideo 1975; y con algunas variantes en Stromata (Ciencia
y Fe) 32 (1976) 3-95. En la teología de los Signos de los Tiempos se toca el
corazón del problema hermenéutico y la tensión entre Revelación-histórica e
Historia-reveladora que subyace, con uno u otro acento, en los ensayos de teología
de la liberación, como una divisoria de aguas.
Pablo
VI ha vuelto a proponer y explicitar estos aspectos en su discurso a la Comisión
Bíblica (14 de marzo 1974): “la función hermenéutica que se ha impuesto
desde hace un decenio poco más o menos aunándose a la exégesis histórico-literaria,
¿no invita al exegeta a ir más allá de la investigación del puro texto
primitivo, y a recordar que es la Iglesia, comunidad viviente, quien
“actualiza” su mensaje para el hombre contemporáneo?”