La mirada del gato
©Lucía González Lavado
Allí volvía a estar de
nuevo, frente a la pared, mirando el papel. En ocasiones,
Bianca, veía como su gato lo arañaba arrancando trozos de
pliego. No pensó en ello, ni siquiera en la extraña
circunstancia de que Yue no se apartara de aquel lugar.
Los días trascurrieron, la mudanza terminó, y el felino
seguía allí. A veces bufaba, y una noche, lanzó un gemido
asustado. Cuando se disponía a ir en su busca él ya dormía a
su lado. Desde entonces, cuando caminaba por delante, su
pelo se erizaba, e incluso se sentaba a una gran distancia.
¿Qué estaría viendo?, ¿era cierto aquello sobre el poder de
los gatos para ver más allá?
Bianca ignoró sus paranoias, pero una noche su bufido la
despertó. Corrió hacia el pequeño recodo. Sorprendida vio
como una luz atravesaba las pequeñas rasgaduras que Yue
había causado. Tras coger un cuchillo hizo trizas el papel
descubriendo una pequeña compuerta. Cuando tiró del
picaporte, un ocupa que vivía entre ese espacio y el
apartamento colindante, se lanzó contra ella. Le arrebató el
escalpelo con rapidez; el forcejeó fue intenso, pero el
desaliñado hombre golpeó su cabeza contra el suelo. El mareo
se hizo con ella, y entonces un punzante dolor le hizo
gritar. El frío acero atravesó su corazón.
Ahora sabía que Yue observada a ese loco que le estaba
arrebatando la vida.