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RELATOS DE TERROR DE LUCÍA GLEZ. LAVADO
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Muerte a las doce treinta
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Muertos del pasado
© Lucía González Lavado
No parecía ser real, no era posible, se repetía Amanda una y
otra vez. Su compañera de piso, Lauren, le había llamado no
hacía mucho para darle la gran noticia. Habían encontrado un
nuevo hogar para compartir por el resto del año pero en vez
de ser un pequeño piso para estudiantes se encontraban en
una casa con dos plantas.
—Muy bien—añadió Amanda con los brazos en jarras—¿Dónde está
el truco? Esta casa es enorme y no creo que unas estudiantes
puedan pagarla con el salario que les dan sus padres—añadió
ceñuda.
Era una joven que vestía de manera
informal, vaqueros y una camisa blanca de manga corta. Su
cabello negro y largo iba recogido en una coleta. Frente a
ella aguardaba su amiga, que evitaba en todo momento su
mirada. Vestía al igual que ella con pantalones desgastados
y camisa roja aunque a diferencia de su amiga su cabello
castaño no iba recogido sino que caía sobre sus hombros.
—¿Qué te hace pensar que ocurre algo malo? Mira a tu
alrededor, Mandy. Esta casa es perfecta, enorme, tiene dos
pisos y viene completamente amueblada.
—Lo que me preocupa es que no podamos pagarla.
—El precio de su alquiler ha bajado incontables veces debido
a algunos acontecimientos.
Amanda lanzó un gran suspiro y ambas avanzaron por el
pasillo, hasta irrumpir en la primera habitación, el salón.
Tomaron asiento en el sofá y Amanda ignoró el nerviosismo de
su amiga que no dejaba de frotarse las manos.
—Hay una leyenda alrededor de la misma casa, pero Mandy, son
sólo estupideces, niñerías, habladurías de la gente—replicó
nerviosa, aunque pronto comprendió que sus disculpas no
servirían de nada. Su amiga había sido educada de una manera
muy diferente y por desgracia para ella debía decirle toda
la verdad sobre el suelo que pisaban—. La historia que te
cuento se remonta a tres años atrás. Algo terrible le
ocurrió a Karen, la hija de los propietarios. Una noche
celebró una gran fiesta. La gente duda sobre la versión que
se contó pero lo que sí es cierto es que por la mañana la
encontraron muerta en el baño y a su hermano en estado de
shock junto a ella sin soltarle la mano.
—¿Qué fue lo que le pasó?, ¿entró un pirado en casa y la
mató? —preguntó con cierto interés.
Lauren se puso en pie y comenzó a caminar de un lado a otro
hasta que se detuvo y se disculpó un momento.
Su amiga la escuchó subir las escaleras y casi al instante
la tenía frente a ella, sentada en el suelo con varios
recortes de periódicos esparcidos.
—La propietaria me enseñó todo esto; se veía en la necesidad
de advertirnos sobre la historia. Además, a pesar de que ha
tenido muchos inquilinos, la zona es perfecta y la casa
también ninguno de ellos ha durado más de un día pues se
dice que lo ocurrido aquella noche ha quedado grabado en
estas paredes.
—¿Qué fue exactamente lo que sucedió?
—Bueno, aquí verás un poco de todo. Su hermano estuvo con
ella toda la noche y—confesó e hizo una pausa—. La noche
pareció ser perfecta, como cualquier otra fiesta, salvo
porque jugaron a invocar espíritus—Hizo una pausa—. Mandy,
si quieres saber que pasó léete los recortes y lo que el
loco de su hermano contó. Aunque sinceramente, rechazar
vivir nuestro último año de Facultad en un lugar como este
por una leyenda urbana es absurdo.
Mandy no dijo nada; ella había sido educada de otra manera,
de forma tan distinta que el respeto por los muertos o
invocarlos no formaba parte de su diversión y decidida a
saber si la casa estaba maldita o no, tomó los recortes.
Comenzó a leer y al instante fue como si lo ocurrido años
atrás la absorbiera y lo viviera en primera persona.
Todo a su alrededor indicaba la gran fiesta que se había
celebrado, el caos reinaba por doquier.
Karen suspiró y tras despedir a los más rezagados cerró con
llave. Era de madrugada, sus padres no volverían hasta el
día siguiente y estaba sola. O eso creía. Miró el reloj,
eran las cuatro menos cinco y un estremecimiento la
recorrió, aunque lo ignoró y se dijo que era una estúpida
por creer en cuentos de niñas. Dispuesta a dejar todo en
orden recogió su cabello oscuro, abandonó sus ropas por unas
más cómodas y volvió al salón. De repente las luces se
apagaron; la tormenta en el exterior era intensa y había
provocado un corte de luz; ahora su único reflejo era el de
la luna que se filtraba a través de las cristaleras que
quedaban al fondo. Por un instante, el exterior, a pesar de
ser azotado por la lluvia le parecía mucho más seguro que su
oscuro salón aunque reconocía que el vaivén del agua de la
piscina y las sombras que proyectaban resultaban tan
inquietantes como el silencio que reinaba a su alrededor.
Karen no le dio importancia, ni
tampoco al ruido de la puerta, que tras ella, poco a poco se
iba cerrando hasta que una persona se lanzó sobre su espalda
provocando que gritara.
—¡Maldita sea, Noah!—gritó a su hermano adolescente. Un
chico de cabello oscuro y rizado, alto y desgarbado—. No
seas gilipollas ¿Se puede saber qué haces aquí?
—No seas paranoica, Karen. Sólo ha sido un sustillo de nada.
—Hoy no estoy para sustos—replicó y siguió recogiendo en la
oscuridad, seguido
de su hermano—. Unos compañeros tuvieron la brillante idea
de hacer espiritismo.
—¿Qué pasó? La cabeza te dio vueltas, gritaste como una
histérica incoherencias y blasfemias... ¡Ah, espera! Pero si
eso ya lo haces por la mañana—bromeó divertido aunque su
hermana no estaba para bromas.
—Yo estaba presente, el vaso se movió... todos nos reímos y
seguimos con el estúpido juego. No sabes cuanto me
arrepiento, el mensaje final fue...
—Déjame adivinar—volvió a interrumpir Noah divertido—. El
mensaje de la ouija fue que tu novio te los está poniendo
con tu mejor amiga y por eso no ha acudido a la fiesta.
Karen golpeó a su hermano en el hombro y éste le lanzó una
sonrisa divertida.
—Charles no me pone los cuernos con mi amiga. Ninguno de los
dos sería tan ruin como para hacerme eso.
—Niégatelo todo lo que quieras pero yo los he visto no hace
mucho darse el lote, y no sé hermanita, si eso es que no te
ponen los cuernos me pregunto que será.
Karen pensaba replicar pero de repente los dos escucharon
como todas las puertas del piso de arriba se cerraban
bruscamente.
—Lo que iba a decirte antes de que me interrumpieras es que
la ouija profetizó que todos los que jugamos moriríamos a
las cuatro de la mañana.
Noah instintivamente miró a su muñeca donde su reloj digital
marcaba las cuatro en punto.
—No seas ingenua; seguro que algunos de tus amigos está
arriba en este momento deseando gastarte alguna broma pesada
o enrollarse contigo. Harías bien en dejar de ver películas
japonesas, desbordan tu imaginación.
Karen le lanzó una burla a su hermano y emprendieron el
ascenso por las escaleras. Las luces seguían sin funcionar y
sólo las sombras ocupaban el piso superior donde las puertas
cerradas ofrecían un paraje aterrador. Siguieron subiendo
hasta detenerse frente a la primera puerta que abrieron
repentinamente. En la habitación reinaba la oscuridad; no se
apreciaba nada extraño, únicamente la ventana estaba abierta
y la fuerte corriente de aire había provocado que se
sobresaltaran.
Karen avanzó con grandes zancadas, cerró
la ventana bruscamente y cuando se giró un grito
estremecedor rompió el silencio; una figura de pelo largo
aguardaba tras su hermano, no se distinguían los rasgos de
su cara y al instante había desaparecido hacia la derecha.
—¡Maldita sea!—gritó Noah—Me has asustado.
—Te juro que había alguien detrás de ti, una mujer. Te lo
juro, una chica bastante rara.
De pronto escucharon que otra puerta se abría y cerraba,
provocando un escalofrió en la pareja.
Noah lanzó un suspiró y con su hermana pegada a él avanzó
por el pasillo en penumbras, deteniéndose ante la puerta del
baño, donde vieron luces centellear bajo ésta, como sí una
vela iluminara su interior, del que salían débiles
murmullos, risas y de pronto oyeron unos rasguños tras la
puerta.
—¡Esto no es más que una broma!—gritó Noah y abrió la puerta
repentinamente, encontrándose con el baño vació, sin luces,
ni nadie que lo ocupaba.
La pareja dio pasó al interior, esperando
quizá que alguien estuviera escondido tras la bañera, pero
no encontraron a nadie y cuando se giraron contemplaron como
una persona vestida con un largo camisón se detenía frente a
ellos, después se giraba e irrumpía en la habitación de
enfrente.
Karen sollozó pero Noah, dispuesto a saber que sucedía
abandonó a toda prisa el baño para irrumpir en la habitación
de enfrente. Todo estaba a oscuras pero un bulto se removía
bajo las sábanas. Sin dudarlo tiró de ellas con fuerza
descubriendo una chica de pelo lánguido, sonrisa malévola y
rostro tan blanco como el camisón que vestía. Se quedó
paralizado.
La mujer se puso en pie, le sonrió, deslizó sus dedos por el
rostro del joven y al instante desapareció.
Cuando Noah reaccionó se giró a tiempo de advertir a su
hermana.
—¡Detrás tuya!
Era demasiado tarde; la mujer tiró de la joven con fuerza
arrastrándola al interior del baño. La puerta se cerró; se
escucharon gritos, golpes, la risa del engendro y por mucho
que Noah lo intentó la puerta no cedió, hasta que la extraña
luz que a veces veía por la rendija del baño desapareció.
Entonces la puerta se abrió sola y encontró a su hermana
muerta en la bañera, con el rostro ligeramente arañado, sin
ninguna herida aparente pero con los ojos desorbitados
muertos de terror.
Amanda terminó de leer y miró a su amiga.
—Yo no pienso quedarme en una casa donde una chica fue
cruelmente asesinada.
—No seas tonta, Mandy. Además a Karen no la mataron, sufrió
un ataque al corazón.
—¿Un ataque al corazón? ¿Con cuanto?¿Diecisiete años? ¿Y que
ocurrió con sus amigos? ¿Murieron todos?
Lauren no respondió, ansiaba defenderse, intentar convencer
a su amiga pero ésta ya avanzaba hacia la puerta, la intentó
abrir pero fue incapaz
—Dame las llaves, Lauren.
—Te juro que no he cerrado con llave, sólo tienes que girar
el pomo.
—No estoy para bromas ¡Abre de una vez!
Lauren pensaba replicar pero entonces las dos lo escucharon;
unos arañazos que provenían del piso superior y al instante
un fuerte portazo.
—Esto es todo cosa tuya— replicó molesta—. Te has jurado que
hoy me gastarías una broma pesada—añadió Mandy y muy
convencida avanzó a grandes zancadas por las escaleras y
desde el comienzo del pasillo observó la luz que se filtraba
bajo la puerta, las risas que provenían de su interior y los
arañazos.
Decidida cerró la mano sobre el pomo y abrió; el baño estaba
vació pero de pronto alguien se abalanzó sobre ella por
detrás, su grito resonó en toda la estancia y no tardó en
ser interrumpido por fuertes carcajadas. Cuando se giró,
Lauren y su otra amiga Jessica reían a risotadas. Ésta
última llevaba una larga peluca de cabello negro encrespado
y su rostro estaba dibujado de blanco.
—No tiene gracia—replicó ceñuda—. Ninguna... no pienso
quedarme aquí.
—No seas tonta, Mandy— añadió Jessica—. Es sólo una casa y
una leyenda; no seas niña. Además ya hemos pagado la fianza.
Amanda no dijo nada, únicamente se dirigió a la habitación
del fondo, la más alejada del baño y comenzó a deshacer su
equipaje.
—¿Le decimos que hemos hecho una sesión de
espiritismo?—preguntó Jessica inquieta.
—¿Para qué? ¡Mírala! Está histérica y si le confesamos que
hemos jugado al mismo estúpido juego que hace tres años y
que nos ha salido el mismo mensaje que a Karen y a sus
amigos todos fallecidos se pondrá furiosa.
—Nunca debimos invocar a los muertos, es algo con lo que no
debe jugarse. Hemos topado con un alma torturada,
probablemente alguien que se suicidase y además, tú lo has
visto... el baño... alguien había en su interior ¡He oído
risas!
—No seas niña tú también y no eran risas, probablemente
fueran las cañerías. Esta casa es perfecta—volvió a repetir
Lauren.
Jessica se encogió de hombros; aun así decidió compartir
habitación con Amanda.
Por la noche, cuando las sombras
formaban parte de la casa y el silencio únicamente era
irrumpido por la brisa del viento, las campanadas de un
reloj que marcaban las cuatro de la mañana despertaron a las
jóvenes. Lo hicieron desconcertadas y mucho más al saber que
en la casa no había ningún reloj que marcara las horas de
esa manera, ¿De donde provenía? Lo desconocían, pero
pensaban descubrirlo. Las tres se encontraron en el pasillo,
y en silencio, avanzaron hacia las escaleras hasta que al
final de éstas contemplaron la figura de la mujer, que
cabizbaja, avanzaba hacia ellas. Alarmadas comenzaron a
caminar hacia atrás, sin deparar en que la puerta del baño
se iba abriendo poco a poco, hasta que se detuvieron frente
a ella. Cuando se percataron de ello era demasiado tarde; la
figura de la mujer esperaba allí y tiró con fuerza de Lauren
y Jessica. La puerta se cerró bruscamente, en su interior se
escuchaban gritos, risas, golpes hasta que todo cesó.
Cuando Amanda pudo entrar se encontró a sus dos amigas en la
bañera con horribles muecas de terror dibujadas en sus
rostros.
Días más tarde, Mandy, aguardaba sola en una habitación
sentada frente a una silla vacía. Su rostro mostraba
cansancio, angustia y un terror que ni los días, semanas o
años borrarían. De repente la puerta se abrió tras ella y
dio un fuerte brinco, pero únicamente fue ocupada por un
joven: Noah, el hermano de Karen que ahora residía en un
psiquiátrico.
—Siento haberte hecho esperar—se disculpó el joven de
expresión taciturna y mirada perdida—, siento haber ignorado
todas tus peticiones de querer verme, pero creí haber huido
del fantasma de aquella noche. Pensé que ella no volvería.
—Mis... mis amigas... creo que jugaron al mismo juego.
Noah asintió.
—Y no sé porqué, quizá sea lo sucedido en la casa pero
siento una inquietante presencia, alguien que me ronda, que
ocupa mis sueños incluso cuando despierto siento que sus
huesudas manos me estrangulan.
—En realidad, nuestro tiempo ya ha espirado, nadie que la
haya visto vive mucho para contarlo. Mahda se venga por el
silencio que reinó a su alrededor—añadió el joven con voz
gutural.
—¿De qué demonios hablas?, ¿quién es Mahda?
—Busqué las respuestas a lo que sucedió aquella noche
remontándome a los años sesenta donde una familia media
ocupaba ese hogar. Tenían una única hija, Mahda, que acusó a
su tío de violarla pero sus padres la ignoraron. Una de las
noches que los padres de la chica estaban fuera su tío fue a
su habitación pero ella huyó, ocultándose en el baño. Todo
ocurrió una noche de invierno carentes de luz debido a los
estragos que la humedad había causado en la instalación
eléctrica del domicilio, el baño estaba lleno de velas. En
su huida y forcejeó Mahda cayó a la bañera, se golpeó y
murió en el acto, de su tío nunca se volvió a saber nada. Su
espíritu no encontró la paz, vaga entre este mundo y el otro
sedienta de venganza, intentando dar con aquel causante de
su dolor. Algo que no ocurrirá porque puede que ese hombre
ya esté muerto y nosotros condenados por haber molestado su
largo letargo.
Ambos miraron en dirección a la puerta; tras ésta se oían
arañazos, susurros, se abría poco a poco hasta que vieron
asomar una mano blanca y huesuda. Ella requería sus vidas.
Fin |
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