
En los montes de la isla de Hokkaido los inviernos son largos y fríos. Los nativos ainos que se atreven a adentrarse en los bosques nevados de coníferas pueden contemplar un espectáculo curioso en el mundo natural. Ateridas, pero imperturbables, grandes manadas de grullas de cuello rojo soportan las largas horas de oscuridad durante meses, sin levantar el vuelo durante días. ¿Por qué no emigran como el resto de sus parientes los, gansos o los cisnes, buscando lugares más cálidos hacia el trópico? Este extraño comportamiento es una de las raíces del mundo mítico que la cultura japonesa ha asociado desde siempre a estas aves: son portadores de buenas influencias y felicidad para los afortunados que las contemplen. Con estos buenos deseos en mente, se bautizó con el nombre de Shokaku a uno de los portaaviones japoneses construidos antes de la Segunda Guerra Mundial. Junto a su gemelo Zuikaku (grulla del buen augurio) y el resto de la Flota Imperial del Mikado, recorrió el Océano Pacífico desde Pearl Harbor hasta las proximidades de Australia, en una carrera llena de victorias hasta una fatal tarde de julio de 1944. Oculto entre dos aguas, el submarino USS Cavalla colocó varios torpedos bajo su obra viva mientras navegaba hacia las islas Marianas en un último intento de detener la inexorable ofensiva norteamericana. Nunca derrotado en batalla contra portaaviones enemigos, llegó de este modo a su fin la carrera de este hidalgo de los mares, orgulloso y elegante como el ave de la que tomó su nombre.
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