Durante toda la época de las persecuciones oficiales surgieron herejías, la mayoría provenían de los mismos cristianos descontentos y algunas de los paganos. Tampoco faltaron los defensores de la fe verdadera y exponían, al mismo tiempo, la doctrina bíblica enseñada por la Iglesia.
Apenas terminadas las persecuciones a principios del siglo IV, la Iglesia, como institución, gozó oficialmente de plena libertad y fue, entonces, cuando aparecieron las llamadas grandes herejías; las llamaron grandes por la extensión que cubrieron a lo largo y ancho del imperio romano, que paulatinamente iba cristianizándose, y también por el número de sus seguidores que se enrolaban en sus filas, sin excluir sacerdotes y obispos.
El acto de herejía es un juicio erróneo de la inteligencia. Si el juicio erróneo no se refiere a la regla de la fe, sino al objeto material de la fe, no se trata de actos de herejía.
Entre todos los pecados de infidelidad, la herejía es el más grave, porque supone un conocimiento más completo de la regla de la fe y de las verdades que hay que creer. Esta gravedad es probada por la palabra de Jesucristo, mandando a sus apóstoles a predicar el Evangelio: "Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las criaturas; el que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea será condenado" (Marc 16,15).
El hereje ha sido definido así en el código del Derecho Canónico: "Si alguien después de haber recibido el bautismo, aun conservando el nombre de cristiano, niega con obstinación o pone en duda algunas de las verdades de la fe divina que hay que creer, este católico es hereje".
Los castigos que recaen sobre los herejes están expuestos en el mismo Código:
"Todos los que apostatan la fe cristiana, todos los herejes y cismáticos y cada uno de ellos:
1)
Incurren por el hecho mismo en la excomunión.
2) Si no se arrepienten después de una advertencia, serán privados
de todos los beneficios, dignidades, pensiones, oficios u otros cargos que
tuvieran en la Iglesia. Serán declarados infames, y los clérigos,
después de una segunda amonestación canónica, son, por
sólo este hecho, tachados de infamia, etc.; los clérigos, después
de una segunda amonestación canónica sin ningún resultado,
serán degradados".
La absolución a los herejes provoca dificultades por razón del rito. El Código resume brevemente las disposiciones de la disciplina canónica: "La absolución de la excomunión está reservada de una manera especial a la Sede apostólica...El pecador así absuelto puede después recibir el perdón de su pecado de un confesor cualquiera. La abjuración está considerada como jurídicamente hecha cuando tiene lugar ante el ordinario del lugar o su delegado y por lo menos ante dos testigos".
Grande es la diferencia entre herejía, que es una recusación de la doctrina católica, y el cisma, que es una rebelión contra la unidad de la Iglesia.
San Pedro describe ya la herejía con los caracteres que se le atribuyen hoy en día:
"Herejías de perdición por las cuales la voz de la verdad será blasfemada y se pervertirán muchos hombres. Consiste en una perversión de doctrinas; esta perversión de la doctrina implica en el fondo la negación de la divinidad del Salvador.
Toda doctrina opuesta a la verdadera fe constituye en sí una infidelidad, pero toda infidelidad positiva no es una herejía. Santo Tomás explica que la herejía, siendo elección en la doctrina, se refiere no al mismo fin de la fe, sino al medio propuesto para alcanzar este fin.
En el año 320, el Obispo de Alejandría convoca un sínodo que reúne más de cien obispos de Egipto y Libia, y en el se excomulga a Arrio y a sus partidarios, ya numerosos. Las doctrinas de Arrio desembocan en esta conclusión: el Hijo no es igual al Padre y es totalmente desigual en su naturaleza y propiedades.
El 20 de mayo del 325 D.C., se convocó el Concilio de Nicea, el primero de los Ecuménicos, en el que asistió Constantino, el primer emperador cristiano; 318 obispos se reunieron en Nicea, que sirvió de base al Credo que se recita en la Santa Misa. La finalidad de este texto fue concretar el Símbolo de Cesárea: "Creemos en un solo Dios, todopoderoso...y en Jesucristo, Hijo de Dios, el Unico engendrado del Padre, esto es, de la substancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado y no hecho, consubstancial al Padre..." El Concilio de Nicea terminó el año 325 con el destierro de Arrio. También se condenaron sus escritos.
Esta herejía con todas sus ramificaciones se le considera como la que más prosélitos atrajo a su causa en todo el primer milenio, numerosos obispos cayeron en sus redes. Todavía en el Oriente Medio y Norte de Africa se hallan grupos de cristianos-arrianos.
Como vemos en esa argumentación el misterio de la Santísima Trinidad, el más profundo de nuestra fe, quedaba totalmente destruído. Estas afirmaciones ocasionaron muchas graves divisiones.
Los ebionistas se extendieron desde Persia hasta Siria.
Utilizaban un evangelio especial, llamado "evangelio de los hebreos", sobre cuya identidad precisa discuten en la actualidad los estudiosos.
La herejía de los ebionistas (pobres que empobrecían la figura de Cristo), afirmaba que Cristo no es Dios, sino un simple hombre; las corrientes más moderadas, en cambio, admitían también su origen divino.
Característica de esta secta era una antipatía hacia San Pablo, considerado traidor al hebraísmo; cosa natural en ellos pues San Pablo había proclamado la ineficacia de la ley mosaica más abiertamente que todos los demás apóstoles.
La doctrina de los ebionistas sufrió muy pronto, influencias de otras doctrinas heréticas, que confluyeron sobre ella y le aportaron modificaciones substanciales, de modo especial el "gnosticismo".
Así, por ejemplo, el hereje Cerinto (que actuó en Asia Menor a fines del siglo primero y de quien nos habla San Irineo y San Hipólito) era defensor de las prácticas judaicas, pero enseñaba también que el mundo no es obra de Dios, sino de un demiurgo: idea netamente contraria a la concepción de Dios creador y de evidente origen gnóstico.
Además, en su doctrina acerca de Cristo aceptaba también ideas propias de los docetas, término que deriva del verbo griego dokein, que significa parecer, afirmando que Jesús era simple hombre; cuando recibió el bautismo de Juan, había descendido sobre El, según esta teoría, una Virtud Divina, llamada precisamente Cristo, que le confirió la extraordinaria facultad de poder realizar milagros. Esta virtud abandonó a Jesús justamente en el momento de su Pasión y muerte.
Gnosticismo del griego gnosis, o sea, conocimiento, se debe a que los miembros de este movimiento afirmaban la existencia de un tipo de conocimiento especial, superior al de los creyentes ordinarios y, en cierto sentido, superior a la misma fe. Este conocimiento podía conducir a la salvación por sí solo.
El gnosticismo cree en la posibilidad de ascender a una esfera oculta por medio de los conocimientos de verdades filosóficas o religiosas; sólo una minoría selecta puede acceder a ellas. Se trata de una mística secreta acerca de la salvación. Eligieron sistemas de pensamientos en el que unían doctrinas judías o paganas con la revelación y dogmas cristianos. Caen en el dualismo en que identifican el mal con la materia, la carne o las pasiones y el bien con una sustancia pneumática o espíritu.
En el dualismo existen dos principios en lucha: bien y mal, espíritu y materia, alma y cuerpo. Según Manes que nació en Persia hacia el año 217, estos principios son irreductibles.
La doctrina de esta secta es heterogénea en sus elementos y se vale de la fantasía en sus elaboraciones.
Su característica principal es el dualismo: la realidad deriva de dos principios, que se encuentran en el origen de todas las cosas, el dios masculino y el dios femenino.
Su
teoría sobre Cristo, es prácticamente la misma que la de los
gnósticos.
El
paulicianismo conoció dos fases en su evolución doctrinal:
Hasta el siglo IX, los paulicianos mantenían una serie de creencias
propias del cristinanismo adopcionista sirio: gran valoración del bautismo,
recelo del culto a las imágenes y negación de la naturaleza
divina de Cristo (pues este era "adoptado"). Durante esta primera
etapa, el paulicianismo pasó de Armenia al Asia Menor bizantina, gozando
de cierta protección por parte de los emperadores iconoclastas bizantinos
(a causa de su rechazo al culto a las imágenes).
A partir del siglo IX, buena parte de los paulicianos cambiaron la herejía adopcionista por ideas dualistas-maniqueas. Existían para ellos dos seres o principios: el Padre Celestial, creador del Cielo pero sin ningún poder sobre el mundo visible, y Satán, el creador del mundo visible, un ser maligno identificado con Jehovah. En cuanto a Cristo, el Salvador, no podía tener un cuerpo mortal, pues eso le habría hecho ser parte de la creación de Satán; en realidad, era un ángel enviado por el Padre Celestial para combatir el mal. De esta idea se derivaba que, al no haber tenido Cristo un auténtico cuerpo humano, no podría haber sufrido realmente la crucifixión (lo que les llevaba a considerar el crucifijo como una obra del mal), y también que María no podía ser objeto de culto alguno. De hecho, el término griego Theotokos ("Madre de Dios") era reservado por los paulicianos para la Jerusalén Celestial.
Los paulicianos rechazaban los sacramentos que empleaban la materia creada
por Satán, no admitiendo ni el Bautismo ni la Cena. La palabra de Cristo
era el único medio de comunicar con Él y se adherían
al espíritu del Evangelio pero no a su letra. En cuanto al Antiguo
Testamento, se consideraba obra de Satán. Sus templos carecían
de cualquier tipo de santidad, siendo sólo lugares de oración,
y carecían de jerarquías visibles. Pero a diferencia de otras
sectas dualistas, rechazaban los ayunos estrictos y admitían el matrimonio.
A lo largo del siglo VIII, el paulicianismo se extendió por Asia Menor, alcanzando incluso tierras europeas: en 747, el emperador iconoclasta Constantino V estableció un grupo de paulicianos en Tracia, como guarnición frente a los búlgaros, y existen noticias de grupos en la misma Constantinopla. Con el tiempo, también se establecieron en Filipópolis (Tracia), Belyatovo (Bulgaria), Corinto (Grecia) y otras ciudades.
Pero la relativa tolerancia que los emperadores iconoclastas mostraron hacia los paulicianos no duró mucho. A principios del siglo IX, coincidiendo con el período más floreciente del paulicianismo, la jefatura de la secta pasa a Sergio (801-835), también conocido como Tychicus, que reorganizó la comunidad y realizó una amplia campaña proselitista en Asia y Europa. Y también inició una política de clara hostilidad hacia Bizancio, aliándose con los musulmanes en sus incursiones en Asia Menor. La subsiguiente represión se enfrentó con una fuerte resistencia, pues los paulicianos eran numerosos en los themas (distritos militares en los que estaba dividido el territorio bizantino) asiáticos. Pero la persecución que se inició en el reinado del emperador Miguel I (811-813) y se extendió hasta el de Teófilo (821-843)- fue dura y los adeptos de la secta terminaron por refugiarse en territorio musulmán, encontrando la protección del emir de Melitene (ciudad situada en el curso superior del Eúfrates, en la Alta Mesopotamia).
Uno de los afectados por la persecución de 843 fue un antiguo funcionario imperial llamado Karbeas. Bajo su dirección, los paulicianos fundaron un pequeño Estado independiente cerca de la frontera occidental de Armenia, con capital en Tephrik. Desde esta base territorial, y como aliados de los árabes, los paulicianos continuaron hostigando el territorio bizantino. Es bajo la jefatura de Sergio y de Karbeas cuando se produce la transformación de la doctrina paulicianista ya mencionada, dejando a un lado el adopcionismo y asumiendo las ideas maniqueas.
Fue el emperador Basilio I (866-886) quien se decidió a dar una solución definitiva al problema pauliciano. En un primer momento, el emperador trató de buscar la alianza con los paulicianos, para lo que despachó a Tephrik una embajada (869-870) encabezada por Pedro el Siciliano. Pero este intento fracasó ante las demenciales pretensiones territoriales del jefe pauliciano, Crisoqueir, que aspiraba al dominio de toda el Asia Menor. Ante esto, Basilio optó por la solución militar y, en 872, un ejército bizantino al mando de su yerno Cristóforo conquistó Tephrik y destruyó el estado pauliciano. Crisoqueir fue ejecutado, mientras los restos del ejército rebelde se refugiaron en Melitene, ciudad que no pudo ser conquistada por los bizantinos. Tras arrasar diversas localidades paulicianas, los bizantinos se retiraron y Basilio celebró un triunfo en Constantinopla (873). Diversos avatares militares hicieron que Basilio no volviese a ocuparse de Melitene hasta 882, año en el que volvió a sitiar la ciudad, nuevamente sin éxito.
A
lo largo del siglo X, la Alta Mesopotamia y el norte de Siria fueron escenario
de constantes conflictos bélicos entre Bizancio y el Islam. Melitene
cambió de manos en varias ocasiones y fue definitivamente conquistada
por los ejércitos del emperador Juan Zimiscés en 973. Un año
más tarde, 2.500 guerreros maniqueos fueron trasladados a Filipópolis
(Tracia) por orden del emperador, tal como había hecho Constantino
V dos siglos antes. Se preparaba así el terreno para el surgimiento
del bogomilismo
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