Nota:
Dada la extensión del tema se divide en tres jornadas, que están marcadas cono Día 1º, Día 2º y Día 3º
S. Ignacio de Loyola, en sus famosos Exercicios espirituales (EE), coloca una serie de reglas de discernimiento para poder orientar a aquellos que se inician en la vida espiritual o de oración. Hoy veremos el titulo y las cuatro primeras reglas. Comencemos por aquél para conocer de qué estamos hablando:
Reglas para en alguna manera sentir y cognoscer las varias mociones que en la ánima se causan: las buenas para recibir, y las malas para lanzar; y son más propias para la primera semana (EE 313).
En a1guna manera sentir y cognoscer. Es una tarea de reconocimiento de lo que me está pasando en mi afectividad, un saber experiencial. Al estar involucrados mis afectos no es un trabajo fácil, pues se mezclan luces y oscuridades. Y conozco las varias mociones que en el anima se causan, es decir, impulsos que me mueven a algo, que me invitan a algo preciso. Estas mociones no provienen de mi libertad, no puedo ni ignorarlas ni manipularlas. De todas formas, no se imponen a la libertad, sino que se proponen a ella. Nuestro corazón se entiende como un campo de batalla entre tres agentes: mi yo, con mi libertad, que tiene que optar por aliarse con uno u otro señor; el enemigo, como lo llama S. Ignacio y Dios nuestro Creador y único Señor. Por eso no son iguales uno u otro: el enemigo no tiene la misma fuerza de Dios, pues nuestra naturaleza está hecha por Dios y para El (Sólo en Dios descansa mi alma). Esto lo saben los dos, también el enemigo, pero a los hombres nos cuesta aceptarlo. De esto intenta aquel aprovecharse y quiere engañarnos con apariencias, con errores, con miedos, etc.
Las buenas para recibir, y las malas para lanzar. La primera tarea consiste en distinguir el origen y el fin de cada moción, porque unas son buenas y otras son malas. Pero no se detienen en el conocimiento, sino que tiene que haber un compromiso de acción: para recibir... y para lanzar. Esta voluntad de hacer es clave para discernir.
Y son más propias para la primera semana. Son las primeras reglas para aquellas personas que se inician en un proceso de conversión y todavía no tiene muchas cosas claras. Pueden sentir con fuerza los tirones de una vida mundana y la tentación de considerar el seguimiento de Cristo como un rollo. Este aspecto burdo y grosero no significa que estas reglas para los que se están iniciando no sean importantes, al contrario, quizás sean normas básicas que haya que tener presentes siempre.
[314] La primera regla: en las personas que van de peccado mortal en peccado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y peccados; en las cuales personas el buen spiritu usa contrario modo, punzándoles y remordiéndoles las consciencias por la sindérese de la razón.
[315] La segunda: en las personas que van intensamente purgando sus peccados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces proprio es del mal spíritu morder, tristar y poner impedimentos inquietando con falsas razones, para que no pase adelante; y proprio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante.
El discernimiento supera un mero sentimentalismo que identifique el estar a gusto o a disgusto con una buena o mala orientación. Estos han de evaluarse en relación con el proyecto global de vida y funcionan, a la vez, como indicadores de éste.
Una persona fundamentalmente egoísta es movida por el mal espíritu con placeres aparentes para que se enganche en su actitud. Son aparentes porque, aunque se presentan descaradamente como algo valioso, encierran en sí un objetivo destructor y frustrante. Dios, por el contrario, intenta a través del sentimiento de hastío o de vacio mostrar el no-valor de ese camino. En el otro lado, a aquél que intenta seguir el camino de Jesús y su Evangelio, el enemigo le tienta con falsas razones, es decir, con planteamientos aparentemente razonables, pero que quieren impedir el progreso espiritual. Dios, sin embargo, anima haciendo las cosas más llevaderas, atrayentes y suaves.
S. Ignacio simplifica las cosas a través de la descripción de dos experiencias básicas que hay que aprender a reconocer: la consolación y la desolación.
[316] La tercera de consolación spiritual: llamo consolación quando en el ánima se causa alguna moción interior, con la qual viene la ánima a inflamarse en amor de su Criador y Señor... . todo aumento de esperanza, fee y caridad y toda leticia interna que llama y atrae a cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Criador y Señor.
[317] La quarta de desolación spiritual: llamo desolación todo el contario de la tercera regla; así como escuridad del ánima, turbación en ella, moción a las cosas baxas y terrenas; inquietud de varias agitaciones y tentaciones, moviendo a infidencia, sin esperanza, sin amor, hallándose toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Criador y Señor...
La consolación es una alegría espiritual. Alegría cierta, sentida en nuestro corazón, como plenitud, paz, sosiego etc. Pero espiritual, porque proviene de una mayor adhesión a Cristo y su proyecto. La desolación se define como oposición y ausencia de consolación, porque el ser humano está efectivamente hecho para la consolación.
S. Ignacio ofrece cinco reglas para orientarse en la DESOLACIÓN, y sólo dos para la CONSOLACIÓN. El motivo es fácil: en ésta es más fácil orientarse que en aquella, que como vimos se caracteriza por la confusión e inestabilidad. Vamos a conocer el contenido de estas reglas en esta sesión.
En tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme en los propósitos y determinación.., en que estaba en la antecedente consolación. Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen spíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consexos no podemos tomar camino para acertar.
La razón para no cambiar es clara: en la desolación tiene mayor fuerza afectiva el apego a lo malo o al estancamiento. Además en la desolación faltan elementos orientadores, faltan puntos de referencia y de apoyo para tomar una decisión acertada. Para que ésta se dé se ha de fundar sólo en las indicaciones positivas de la consolación. Por eso es conveniente no modificar las decisiones tomadas en la última consolación hasta que se vea claro el cambio de rumbo necesario.
Dado que en la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación, así como es en instar más en la oración, meditación, en mucho examinar y en alargarnos en algún modo conveniente de hacer penitencia.
No se trata aquí de salir de la desolación por un esfuerzo voluntarista, sino, más bien, de evitar cierto síndrome de abandonismo que, como una borrachera, nos envuelve cuando las cosas no las vemos demasiado claras, o las fuerzas flaquean, o el camino se hace tortuoso. Afirmándonos en la apertura a Dios, en la confianza que ponemos en su gracia, pronto nos daremos cuenta que el poder negativo que nos obstaculiza es menor de lo que pensábamos.
El que está en desolación, considere cómo el Señor le ha dexado en prueba en sus potencias naturales, para que resista a las varias agitaciones y tentaciones del enemigo; pues puede con ei auxilio divino, el qual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta...
En la desolación, aunque no lo sintamos, no estamos abandonados por Dios. El poder de su Espíritu no se identifica con el grado de consuelo que tenemos. El Señor sigue estando con nosotros y permite esa situación para ponemos a prueba, o para purificamos. La referencia a la última regla sobre la desolación es necesaria.
El que está en desolación, trabaxe de estar en paciencia, que es contraria a las vexaciones que le vienen, y piense que será presto consolado...
Si uno pone los medios que están en su mano, la desolación no dura siempre. Si mantenemos una espera activa y humilde, Dios retornará a llenarnos de sus consuelos.
Tres causas principales son por que nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros exercicios spirituales, y así por nuestras faltas se alexa la consolación spiritual de nosotros; la segunda, por probarnos para quanto somos, y en quanto nos alargamos en su servicio y alabanza, sin tanto estipendio de consolaciones y crescidas gracias; la tercera, por darnos vera noticia y cognoscimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crescida, amor intenso, lágrimas ni otra alguna consolación spiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Senor...
Cuando nos hacemos expertos en la acción de Dios, aprendemos que todo es tiempo de gracia, que Dios no está ausente en la desolación como pensamos. La desolación es lenguaje de Dios, principalmente una llamada a la conversión. Tenemos que interpretar positivamente la desolación si la queremos integrar. Hay dos fuentes fundamentales de la desolación: nuestra falta de compromiso con nuestra vida de fe y la misma dinámica de progreso de la misma fe. En esta regla las identifica con tres motivos:
Después de unas normas para cumplir en desolación, S. Ignacio nos quiere aclarar cómo es el modo del enemigo, para que estemos preparados y sepamos comprender sus embates. Se refieren a las personas que se lanzan en el camino de Cristo. Son imágenes que parten de la misma vida de S. Ignacio, mujeriego y soldado antes de su conversión. Es importante de estas reglas resaltar la actitud con la que superaremos la tentación.
La táctica de la fuerza aparente
El enemigo se hace como muger en ser flaco de fuerza y fuerte de grado; porque así como es proprio de la muger, cuando riñe con algún varón, perder ánimo, dando huida cuando el hombre le muestra mucho rostro; y por el contrario, si el varón empieza a huir perdiendo ánimo, la ira, venganza y ferocidad de la muger es muy crescida y tan sin mesura; de la misma manera es propio del enemigo enflaquecerse y perder ánimo, dando huida sus tentaciones quando la persona que se exercita en cosas spirituales pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo haciendo el oppósito per diametrum; y por el contrario, si la persona que se exercita comienza a tener temor y perder ánimo en sufrir las tentaciones, no hay bestia tan fiera sobre la faz de la tierra como el enemigo de la natura humana, en prosecución de su dañada intención con tan crecida malicia [3251.
Ya se ha reflejado en las reglas anteriores que la fuerza del enemigo es el engaño, el ponermos las cosas dificiles. Basta con hacerle frente con presencia de ánimo para que su fuerza se revele mucho más exigua. La invitación del Señor es a la valentía, a ser firmes, a confiar en la fuerza de Dios.
La táctica de la clandestinidad
Assimismo se hace como vano enamorado en querer ser secreto y no descubierto; porque así como el hombre vano, que hablando a mala parte requiere a una hija de un buen padre, o a una muger de buen marido, quiere que sus palabras y suasiones sean secretas; y el contrario le displace mucho, quando la hija al padre o la muger al marido descubre sus vanas palabras y intención depravada, porque fácilmente collige que no podrá salir con la impresa comenzada: de la misma manera, quando el enemigo de la natura humana trae sus astucias y suasiones a la ánima justa, quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas quando las descubre a su buen confessor o a otra persona spiritual, que conozca sus engaños y malicias, mucho le pesa: porque collige que no podrá salir con su malicia comenzada, en ser descubiertos sus engaños manifiestos [326].
El enemigo, además de padre de la mentira, es el habitante de la noche. Con su invitación al secreto pretende liarme y que no pueda salir de mi enredo. La mediación de una persona experta rápidamente supera la dificultad. El hecho de tener que comunicarnos ayuda a desdramatizar y a objetivar mis situaciones. Es una invitación la transparencia.
La táctica del punto débil
Assimismo se hace como un caudillo, para vencer y robar lo que desea; porque así como un capitán y caudillo del campo, asentando su real y mirando las fuerzas o disposición de un castillo, le combate por la parte más flaca; de la misma manera el enemigo de la natura humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes theologales, cardinales y morales; y por donde nos halla más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos[327].
Todos tenemos nuestro punto débil que nos da especial guerra. Hay que prestar vigilancia a ese aspecto, sabiendo que podemos vemos desbordados en ese punto, como una brecha en la muralla. No es cuestión de obsesionarse, sino de vivir atentos a ciertas cosas de nuestra vida y ser prudentes.
Sorprende la parquedad de las reglas referidas a la consolación:
El que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces [323]
No significa relativizar o negar la consolación, como quien no se cree que Dios le pueda amar y llenar de gozo. Hay que aprender a dejarse amar por Dios y saber vivir con humildad y gratuidad sus dones. Pero en ese momento sepa cada cual que de las luces y energías, de los consuelos de esta hora vivirá en los momentos de desolación. Conviene hacer acopio de fuerzas para entonces.
El que está consolado procure humillarse y baxarse quanto puede, pensando quán poco es en el tiempo de la desolación sin tal gracia y consolación... [324]
La tentación en la consolación es la suficiencia, la vanidad y el orgullo, el creemos, a menudo inconscientemente, que lo gozamos por nuestros méritos y valores. La consolación es de Dios, que lo otorga gratuitamente, sin que alcancemos a entender por qué. Ya sabemos además la miseria que somos cuando estamos desolados. Conviene no querer comerse el mundo.