Dios mío, ven en mi auxilio:
Señor, date prisa en socorrerme
Gloria al Padre y al Hijo y al espíritu Santo,
como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Benditos son los pies de los que llegan para anunciar
a paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de voz, grito del Verbo.
De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.
Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.
Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. Amén.
Ant. 1: Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Aleluya.
Salmo 115
Tenía fe, aun cuando dije:
iQué desgraciado soy!
Yo decía en mi apuro:
Los hombres son unos mentirosos.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, ]erusalén.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.: Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Aleluya.
Ant. 2: Si me conocieras a mí, conocerías también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Aleluya.
Salmo 125
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.
Hasta los gentiles decían:
El Señor ha estado grande con ellos.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.
Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas,
cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.: Si me conocieras a mí, conocerías también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Aleluya.
Ant. 3: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Aleluya.
Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que seamos santos
e irreprochables ante él por el amor.
Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.
Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterios de su voluntad.
Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de ¡a tierra.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.: Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Aleluya.
Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros, pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para le edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.
Contad a los pueblos
la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.
Contad a los pueblos
la gloria del Señor.
Aleluya, aleluya.
Sus maravillas a todas las naciones.
Aleluya, aleluya.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Contad a los pueblos
la gloria del Señor.
Aleluya, aleluya.
Ant.: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis y se realizará. Aleluya.
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant.: Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis y se realizará. Aleluya.
Hermanos, edificados en el cimiento de los apóstoles, oremos al Padre por su pueblo santo diciendo:
Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.
Padre santo, que quisiste que tu Hijo, resucitado de entre los muertos,
se manifestara en primer lugar a los apóstoles,
-haz que también nosotros seamos testigos de Cristo hasta los
confines del mundo.
Padre santo, que enviaste a tu Hijo al mundo para dar la Buena Noticia a
los pobres,
-haz que sepamos proclamar el Evangelio a todas las criaturas.
Tú que enviaste a tu Hijo a sembrar la semilla de la palabra,
-danos también a nosotros sembrar tu semilla con nuestro trabajo,
para que, alegres, demos fruto con nuestra perseverancia.
Tú que enviaste a tu Hijo para que reconcílíara el
mundo contigo,
-haz que también nosotros cooperemos a la reconciliación de
los hombres.
Tú que has sentado a tu Hijo a tu derecha, en el cielo,
-admite a los difuntos en tu reino de felicidad.
Señor, Dios nuestro, que nos alegras todos los años con la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, concédenos, por su intercesión, participar en la muerte y resurrección de tu Hijo, para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo vive y reina, en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén.
El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
Amén.
Regina caeli, laetare, alleluia,
quia quem meruisti portare, alleluia,
resurrexít sicut dixit, alleluia;
ora pro nobis Deum, alleluia.