2. DON JULI�N PATR�N AIRIARTE. 1869-1934
Nacido en Tol� en 1869, hijo de los descendientes de espa�oles Don Luis Felipe Patr�n Redondo y Do�a Leonor Airiarte. Con acendrada vocaci�n hacia los negocios, desde los 18 a�os Juli�n inici� y fue parte de la que ser�a una de las mas singulares y extraordinarias aventuras econ�micas y empresariales de la costa atl�ntica y del pa�s.
Figura 1. Don Juli�n Patr�n Airiarte. Tol�, 1869 � Panam�, 1934
Foto por cortes�a de Virginia Patr�n Pisarro
2.1  SEMBLANZA DE DON JULI�N

E
l escritor e historiador tolude�o Donaldo Bossa Herazo, quien conoci� y comparti� momentos gratos con Don Juli�n Patr�n Airiarte, cuenta que:

"Nuestros Patrones descienden de espa�oles avecindados en Italia y debieron desembarcar en nuestras costas a fines del siglo XVIII [...]. La hacienda de �Santa B�rbara de Cobe�a� es muy vieja [fue una hacienda de esclavos]. En 1634 fue del Escribano P�blico y de Gobernaci�n de Cartagena Don Francisco L�pez Nieto. Desde mucho antes de 1726 la posey� el Capit�n Don Manuel de Melida y Pueyo, quien en 1693 era miembro del Cabildo de Cartagena, y era nieto materno del escribano L�pez Nieto. Ignoro la fecha en que pas� a ser propiedad de la familia Sotomayor, pero ya el siglo pasado [XIX] la hacienda era llamada Los Sotomayores, hasta cuando una heredera, Do�a Maria Antonia Sotomayor, contrajo matrimonio con un Patr�n, cuyo nombre propio no he retenido. Cobe�a la integraban 24 caballer�as de tierra, algo mas de 10.000 hect�reas." 

Don Juan Patr�n Sotomayor, que desciende directamente de do�a Mar�a Antonia, a mediados del siglo XIX pose�a ya las tierras de Santa B�rbara de Cobe�a; su hijo Don Luis Felipe Patr�n Redondo, casado con Leonor Airiarte, tuvo dos hijos: Juli�n y Amira, que eran gemelos. Leonor falleci� tempranamente y siendo viudo Luis Felipe tuvo tres hijos mas: Clemente Patr�n Orozco en Pur�sima, Sergio Patr�n Luna en Sabaneta y Manuela Patr�n en Tol�. Mas adelante Luis Felipe se cas� en segundas nupcias con Elisa Gonz�lez, con quien tuvo dos hijas: Leonor Patr�n Gonz�lez (Nono) y Ana Luisa Patr�n Gonz�lez. Tales personas: Amira, Clemente, Sergio, Manuela, Leonor y Ana Luisa, fueron los seis hermanos de Don Juli�n.

Sobre la personalidad de Don Juli�n expresa Donaldo Bossa Herazo:

"Juli�n no era hombre de muchas palabras, mas bien con tendencia al aislamiento y dedicado a su trabajo. No era amigo de tragos ni de fiestas o parrandas; disfrutaba organizando o mas bien otorgando los toros para la centenaria �corraleja� anual de Tol�, celebrada el d�a del Santo Patrono Santiago el Mayor. [...] no fue el nunca sujeto jaranero ni amigo de comilonas y tragos. Todo lo contrario, muy parco, casi frugal. Y abstemio por a�adidura. Frecuentaba, por la muerte de un obispo, a Don Pepe Risco,  que era su vecino y pariente. Sus amigos fueron el doctor G�mez Recuero, su abogado; el doctor Carr�n, su m�dico; Don Carlos y Don Fernando V�lez, sus socios espor�dicos; Don Mariano de Lavalle, su cu�ado; Don Joaqu�n Pizarro, su suegro y Don Rafael Patr�n Grau su primo y su agente en Cartagena. Socarronamente parec�a darle muy poca importancia a eso de su fortuna. Me dijo en alguna ocasi�n:

� �Yo fuera realmente un hombre rico si recuperara lo que he pagado por fianzas de allegados m�os�.
� Y me solt� algunos nombres que no puedo repetir.

Si a un bolivarense del gran Bol�var, antes de ser descuartizado, y uso a prop�sito este t�rmino vacuno, le hubieran preguntado qui�n era el hombre mas rico del departamento, habr�a respondido sin vacilar: Don Juli�n Patr�n, anteponi�ndolo a Don Fernando V�lez, Don Arturo Garc�a o Don Samuel Martello, quienes eran mas ricos indudablemente. Pero a Don Juli�n, a�n desde cuando viv�a, lo empez� a envolver esa onda fant�stica, implacable y sin muchos miramientos por la verdad, que se llama la leyenda.

"La fortuna del se�or Patr�n A., es fruto de su propio esfuerzo personal. A pesar de su inmensa fortuna, su trato es afable y sin afectaci�n, lo que le ha valido, no solo el respeto, sino el cari�o y la adhesi�n de todas las gentes de la comarca. La Iglesia Parroquial le debe su reconstrucci�n. Los pobres y de una manera particular el se�or cura, encuentran en �l un verdadero amigo. El partido conservador lo cuenta en sus filas y le ha confiado all� su direcci�n. Hombres del temple del se�or Patr�n A. son un hermoso exponente de la comarca y de una raza."
Figura 2. Iglesia de San Francisco. Tol� , 1905
Figura 3. Iglesia de San Francisco con la torre y dos puertas laterales agregadas durante la reconstrucci�n realizada por 1930. Tol�, 1999
Pero a la febril actividad empresarial de Don Juli�n se sum� la que ser�a su mas notable adquisici�n, la hacienda Santa B�rbara de Cobe�a, (as�, con b labial y sin s), que fue recibida en herencia de su padre Don Luis Felipe Patr�n Redondo, quien la recibi� tambi�n del suyo, Don Juan Patr�n Sotomayor. Seg�n relatos del historiador Donaldo Bossa Herazo, cuando Don Juli�n Patr�n Airiarte recibi� la hacienda en herencia, esta "[...] no ten�a siembras ni ganado; tierras �nicamente, menos mal que sin colonos ni invasores, fen�meno social desconocido entonces�. 

Es evidente que la adquisici�n de Don Juli�n Patr�n, por herencia de sus padres, de la hacienda Santa B�rbara de Cobe�a fue muy importante, pero la incorporaci�n de las nuevas tierras aleda�as mediante compra sucesiva le llevar�an a ser el hombre mas rico de la regi�n, y el mas respetable, dado su car�cter apacible y su seriedad comercial y personal. Bien consciente de ello, no eran sin embargo sus pretensiones que se le reconociera como tal, de forma que viv�a serenamente su vida de trabajo y negocios alternado entre la apacible frescura de la Casa Grande de Madre de Dios en Cove�as y en su casa de Tol�, situada esta, como era de esperar para ese entonces, en una de las esquinas de la plaza, la Suroeste; casa que, despu�s de la muerte de su esposa Mercedes Pisarro en 1956, y hasta la fecha, ser�a propiedad de la familia del doctor C�sar Tous.

"Mi t�o Juli�n era gordito, de ojos azules. El era quien hac�a las fiestas de toros en Tol�, o mejor dicho, la mandaba hacer ya que pon�a los toros y hac�a construir la corraleja. Toda la cuadra frente al parque era de mi t�o Juli�n, incluyendo la casa que despu�s fue del Dr. Horacio Navarro y de su esposa Leonor Patr�n, hija de Juli�n, a quien �l se la dio; casi toda la cuadra donde ten�a la oficina mi t�o Juli�n tambi�n era de �l excepto la casa de mi t�o Clemente y la de Don Alberto G�mez Recuero, que era la de la esquina frente a la del Dr. Navarro, casa esa que se quem�. Al lado de la casa, donde ahora est� Bancolombia, mi t�o Juli�n ten�a una prolongaci�n y en ella un balc�n donde se sentaba a descansar y, en la �poca de toros, a ver la corraleja." 
Fotos por cortes�a de Sandra Mendoza Patr�n
Figura 4. Casa de Juli�n Patr�n. Tol�, 2003
Sobre la casa de don Juli�n, visitada en 1917, Robert Cunninghame Graham expresa:

"
La antigua y solariega casa de don Juli�n Patr�n estaba situada, con muchas comodidades, en una esquina de la plaza de Tol�. Era una de esas s�lidas casas coloniales que se encuentran con frecuencia en Colombia, con el talante de dignidad de las del viejo mundo. Su arquitectura no exhib�a ning�n rasgo especial, pero dejaba traslucir que hab�a sido construida para alg�n personaje y para que la viviera cualquiera, lo que caracteriza todas las casas espa�olas en Am�rica. Conforme el plan casi universal para casas de esa naturaleza, era baja  y larga, con paredes espaciosas que de un modo u otro le daban un aspecto conventual. El patio conduc�a a un jard�n y bajo una especie de p�rtico, sentado en una hamaca y sorbiendo el caf� negro endulzado con panela, que en Colombia toma todo el mundo, encontramos a don Juli�n Patr�n, esper�ndonos para darnos la bienvenida."

Y Donaldo Bossa Herazo indica:

"Hab�a olvidado referirme a las actividades pol�ticas, por darle un nombre, de Don Juli�n. Los conservadores en toda regi�n importante del pa�s ten�an uno o varios, muy pocos, jefes locales sobre los que descansaba la hegemon�a aqu� en Bol�var. El General Gonz�lez Porto en Corozal, los Mart�nez y el General Torralbo en Lorica, los Cabrales y el General L�zaro P�rez en Monter�a, los Burgos en Ci�naga de Oro, etc. El emirato de Don Juli�n lo integraban Tol�, San Onofre, Palmito, es decir la Provincia del Morrosquillo. El recibi� ese legado y lo mantuvo, sin perseguir a nadie ni mayores problemas, porque en verdad aquello no le quitaba el sue�o.

Don Juli�n me dijo una noche, sentados en la esquina del Resguardo y la Bodega, frente al mar, all� en mi pueblo:

� �Los conservadores de Tol� se acuerdan de mi cuando hay elecciones. Despu�s me entero de lo que pasa cuando los interesados est�n ya nombrados y posesionados�.

Era la persona m�s importante de Tol�, �claro!, pero ese papel lo asumi� sin vacuos alardes, sin molestar a ninguno. Cumpli� un encargado inherente a su posici�n personal, y lo cumpli� bien."


De paso por Tol� en 1917, al hablar sobre Don Juli�n, Cunninghame Graham agregar�a:

Don Juli�n se levant� y nos ofreci� su casa, viendo de refil�n la firma puesta al pie de la carta que le hab�amos llevado, �Cualquiera que mi buen amigo Eustaquio me recomiende, dijo, es bien llegado�. Dio unas palmadas y en seguida se present� una negrita con caf� y sabrosos biscochos, exactamente iguales a los que los moros ofrecen en ocasi�n similar en Marruecos, en una bandeja de plata.

Mi hospedero no era ciertamente un hombre com�n. Sus maneras aunque sin cumplidos, eran corteses y dignas de un hombre que ha pasado la mayor parte de su vida a caballo, porque, como los patriarcas antiguos, sus dehesas y sus reba�os eran su principal fuente de ingresos y su orgullo. Tenaz y de complexi�n vigorosa, con el rostro aceitunado, tostada la piel color claro por el sol y las vicisitudes, sus piernas un poco arqueadas por tanto cabalgar, su cabello espeso y gris, enteramente liso pero ligeramente crecido en el cuello, no le faltaba sino un casco sobre su cabeza para parecer un conquistador aut�ntico. Sus manos eran duras y bronceadas, sus pies peque�os  y bien formados, un poco cuadrados, como se ven frecuentemente en hombres de sangre espa�ola. Sus maneras, delicadas en extremo, eras las de quien estim�ndose a s� mismo, se considera igual a todos los hombres (no superior), y uno experimentaba que su cortes�a ten�a el justo origen de toda cortes�a; el innato respeto de s� mismo.


Don Juli�n era, sin duda, y al igual que sus hermanos Clemente y Sergio, un hombre culto; a pesar de la afirmaci�n de Donaldo Bossa Herazo en el sentido que �no se ocup� toda su vida sino de criar ganado�, nada mas que en referencia a su mas notable y fruct�fera actividad comercial, como resultado de sus frecuentes viajes al exterior, de su roce con la mas aquilatada sociedad bolivarense y de la lectura de la numerosa literatura que manten�a en su despacho de Tol�, ten�a  un acervo cultural que, con su car�cter apacible y reservado, no expresaba com�nmente.
Foto por cortes�a de Raquel Romero Sierra. Esta fotograf�a ha sido editada eliminando algunos elementos actuales para exponer mas fielmente la arquitectura sobreviviente de la casa. Edici�n fotogr�fica y nota del autor.
Un esbozo de ello lo relata Cunninghame Graham con ocasi�n de su visita a la Casa Grande de Madre de Dios, as�:

"Por varias horas permanecimos sentados y hablamos �tomando el fresco�; sin embargo yo no he olvidado enteramente lo que conversamos, aunque sin precisi�n. Imagino, como es usual en tales conversaciones y en semejantes lugares, que la conversaci�n vers�, no sobre la guerra o acerca de Par�s, Londres o Nueva York, sino sobre Colombia, Bogot�, el r�o Magdalena, los llanos allende los Andes que se extienden a lo largo del r�o Meta hacia el Orinoco; sobre culebras y boas constrictoras, suertes con el lazo y las distancias que los caballos pod�an cubrir en un d�a.

Cuando los hombres de las ciudades hablan con los que moran mas en contacto con la naturaleza, alrededor de una fogata, los menos avezados a las cosas del mundo siempre tienen muchas mas cosas que decir, porque hablan sin reservas de los diarios incidentes de sus vidas y porque los habitantes de las ciudades no tienen con frecuencia incidentes importantes para mencionar en la conversaci�n. Esta clase de personas nos dominan en los reinos del alumbrado el�ctrico; de las calles olorosas a petr�leo y a esti�rcol de caballo de la sutil disecci�n de nuestros m�viles; del por qu� y las causas y los detalles del �ltimo caso de divorcio; del estilo literario de Fulano de Tal; de si un pintor deber�a poner en un cuadro lo que ve o simplemente cubos de lo que ve; de la s�rdida rivalidad entre los pol�ticos y de toda la infinita e intrincada espiral de la vida en las urbes, que las vuelve tan ins�pidas como una revista de modas, re�idas con las praderas, los bosques v�rgenes o los desfiladeros de las monta�as. Los que los escuchasen no solo  no los entender�an sino que el errado hombre de cultura no podr�a por lo mismo afrentar con pl�ticas sobre futilezas a quienes han pasado su vida en la acci�n y enfrentados a los hechos.

As� sucedi� en la solitaria hacienda sobre el mar caribe. Nosotros vagamos con los conquistadores, r�o Magdalena arriba, nos fatigamos con ellos en los pantanos y en los helados pasos de los Andes en la marcha hacia Bogot�. Nos parec�a tan natural hablar de estas cosas, como lo es en Roma hablar de los C�sares. Bol�var, el mas interesante hombre que las Am�ricas haya producido y su fant�stica vida y extraordinaria carrera, aparecieron completamente naturales explicadas por don Juli�n Patr�n. Las diversas revoluciones, que ponen tan perplejos a los europeos, se tornan tan claras como el mediod�a y cuando las relatan hombres que han tomado parte en ellas, involuntariamente se pone uno de un lado o de otro y est� pendiente de las aventuras de alg�n desconocido general o de otro, como si las v�ctimas se contaran por miles en lugar de un record miserable de dos. Cuando nosotros habl�bamos, grandes murci�lagos se mec�an ocasionalmente en el aire, tan silenciosos como lechuzas y los monos chillones nos daban una serenata o celebraban un mitin sobre sus asuntos pol�ticos: no importa hasta que hora los colombianos se trasnochen hablando: al amanecer todos est�n en acci�n."


Como era de esperarse, Don Juli�n ten�a otras propiedades urbanas en Tol�. Una de ellas era la bodega de cocos y mercanc�a llamada La Bodeguita, situada frente a la playa, al lado de sus oficinas y en la proximidad del antiguo resguardo de rentas, para la �poca llamado Gendarmer�a, (declarando con su nombre su rancia estirpe francesa). La Bodeguita, estructura que ocupaba casi toda la cuadra frente al mar, construida con un alto pretil para permitir el trasiego de las mercanc�as al hombro de los peones, era administrada por Jos� Mar�a (Pepe) del Risco y all� se depositaban las mercanc�as que deb�an transportarse en las lanchas de Don Juli�n entre Tol� y Cartagena y viceversa.

�Casi todas nuestras preguntas sobre lo que ve�amos digno de atenci�n en Tol� obtuvieron despu�s iguales respuestas - son de don Juli�n Patr�n -. Suyo es el �nico muelle de atraque con que cuenta el puerto de Tol�. Contiguas al muelle est�n las oficinas y las extensas bodegas de carga, y en la plaza del pueblo se levanta el gracioso �Chalet� destinado a su residencia habitual�.
Fotograf�a tomada del �lbum de Cartagena de Indias, Op. Cit., p. 90.
Figura 5. Don Juli�n Patr�n en su oficina de Tol�.
La Historia de Cove�as
Presentaci�n, Contenido, Resumen, Dedicatoria y Agradecimientos, Introducci�n, Antecedentes, Don Julian Patr�n Airiarte, �poca de la Colombia Products Company, �poca de la Sagoc, Llegada del Turismo, �poca de Ecopetrol y Base Naval ARC Cove�as, Municipio de Cove�as, Ep�logo.
P�gina Principal de Gabriel Mor�
Presentaci�n, Contenido, Resumen, Dedicatoria y Agradecimientos, Introducci�n, Antecedentes, Don Julian Patr�n Airiarte, �poca de la Colombia Products Company, �poca de la Sagoc, Llegada del Turismo, �poca de Ecopetrol y Base Naval Cove�as, Municipio de Cove�as, Ep�logo.
P�gina Principal de Gabriel Mor�
Usted se encuentra en la p�gina de La Historia de Cove�as en la secci�n:
Don Juli�n Patr�n Airiarte.
Por favor, contin�e con el siguiente enlace:
(�poca de la Colombia Products Company) o seleccione la secci�n de su preferencia en la lista inferior o superior de enlaces.
En la esquina de la cuadra de La Bodeguita y diagonal a la Gendarmer�a, Don Juli�n ten�a sus oficinas de Tol�, en la casa que hoy (2003) es de su �nica hija sobreviviente, Virginia Patr�n Pisarro. Frente a esas oficinas, tambi�n en terrenos de su propiedad, Juli�n construy� el Hotel N��ez, edificaci�n de madera destinada a albergar los frecuentes visitantes que llegaban a Tol� a conocer o tratar asuntos de negocios con Don Juli�n.

�El Hotel N��ez era una construcci�n de madera como la del Resguardo de Rentas, pero de un solo piso; era bastante largo ocupando una gran parte de la cuadra hacia donde despu�s estuvo el Hotel Narza�.

�El Hotel N��ez fue construido por mi pap�, frente a la casa de dos pisos del Resguardo de Rentas (llamado Gendarmer�a). Construy� el Hotel porque quienes llegaban a Tol� a conocerlo, visitarlo o a hacer negocios con �l, quer�a alojarse en su casa as� que, ya con el hotel, mi pap� los enviaba para que all� se alojaran c�modamente, para �l y para ellos�.
Figura 6. Casa de Virginia Patr�n , donde su padre Juli�n ten�a las oficinas. Tol�, 2003
Figura 7. Resguardo de Rentas (Gendarmer�a), vista suroeste, frente al mar y diagonal a las oficinas de Don Juli�n Patr�n. Tol�, d�cada de 1950
Foto por cortes�a de Raquel Romero Sierra
Foto por cortes�a de Sandra Mendoza Patr�n
Figura 8. El Hotel N��ez. Despu�s de servir como primera sede del Colegio Santa Teresita, fue la casa de Amira Bustamante, nieta de Juli�n Patr�n
Foto por cortes�a de Gabriel Gonz�lez Bustamante
El Hotel N��ez era pr�cticamente una casa de hu�spedes o Club de Don Juli�n. All� concurrieron las mas altas personalidades que por esas �pocas llegaban o pasaban por Tol� y hac�an reuniones de negocios los empresarios de las mas aquilatada sociedad bolivarense; no era raro ver varios hu�spedes desafiantes del clima a la usanza de la �poca, ataviados con trajes de lino blanco, corbata o corbat�n, tomando vino franc�s y hablando ingl�s en los salones del hotel. All�, al igual que en su casa familiar de Tol�, con su esposa Mercedes, Don Juli�n atend�a a sus visitantes con la mas caballerosa cortes�a y se serv�an los manjares de la costa y de la cocina tolude�a en mesas con manteles de Damasco, cubiertos de plata, vajilla de fina porcelana y vinos de la mas rancia  procedencia (aunque los anfitriones eran abstemios).
Entre los personajes que visitaron o fueron hu�spedes de la casa de Don Juli�n y algunos del Hotel N��ez, se encuentran: en la �poca de los primeros negocios, Pedro Sondereguer, escritor, periodista y novelista oriundo de Villanueva, Guajira, hijo de padre franc�s; Mr. Robert B. Cunninghame Graham, (1852-1936), escritor ingles de origen escoc�s, muy ligado a Argentina y Colombia, cuyo nombre original fue Robert Bontine; miembro varias veces de la C�mara de los Comunes, radical y contestatario, amigo de George Bernard Shaw. Tanto Sondereger como Cunninghame destacaron en sus libros la personalidad y figura de Don Juli�n, mas Cunninghame Graham quien tuvo ocasi�n de tratarlo mas de cerca que Sondereger. Durante la �poca de la Colombia Products Co. fueron hu�spedes o visitantes del Hotel N��ez, adem�s de algunos de los socios de la empresa (Carlos y Fernando V�lez Danies), el abogado de Don Juli�n, Dr. J. A. G�mez Recuero; su m�dico, el sincelejano doctor Alfredo E. Carr�n; el ingl�s Mr. George Maynard Stainforth, representante de The International Products Co.; Cyrus French Wicker, secretario de la Colombia Products Co.; Earl H. Austin, jefe de Ingenieros e ingeniero residente; los ingenieros auxiliares: Archie  de Groot, (segundo jefe), Jack A. Arthur de Gattlinburg y don Antonio Bernal; August J. Durlacher, jefe de trabajadores; J. Santiago Conners, segundo jefe de trabajadores; Mr. T. Howard Barnes, ingeniero consultor y Dick Burton, Superintendente de construcci�n.

Despu�s de 1934, desaparecido Don Juli�n, no ten�a objeto la permanencia del Hotel N��ez por f�sica falta de hu�spedes (que solo eran sus invitados), por ello, a fines de los a�os 30 su viuda, la ni�a Merce - Mercedes Pisarro de Patr�n -, mujer de aquilatadas virtudes y gran coraz�n, vislumbr� la necesidad creciente que Tol� tuviera un colegio para ni�as que les diera la oportunidad de capacitarse y de servir a su familia y a la comunidad. Convoc� entonces la ni�a Merce a las monjas teresianas y convirti� el Hotel N��ez en la primera sede del colegio Santa Teresita, que funcion� en esa edificaci�n frente a la playa durante varios a�os. Con el tiempo el edificio se hizo peque�o para el colegio por lo que:
"La ni�a Merce trajo las monjas desde antes de 1940 para que instalaran el colegio Santa Teresita en Tol�, que funcion� primero en el Hotel N��ez y en 1942 debido a que esas instalaciones ya no eran suficientes ni adecuadas para el colegio, ella compr� a Don Pablo Olier la inmensa casa-almac�n que ten�a al lado de la iglesia y construy� all� el nuevo colegio de las Teresitas en el sitio y en las condiciones en que actualmente se encuentra.

Ella tambi�n le mandaba la comida a las monjas hasta cuando se pudieron instalar adecuadamente. Les mandaba leche - porque en casa de mi abuelo Juli�n y mi madrina Mercedes se vend�a leche  - pero a las monjas y a muchas otras personas se las regalaba, como tambi�n le regalaba muchas cosas a la gente. Realmente la venta de leche era como una distracci�n ya que a ella no le hac�a falta ese ingreso porque ten�an mucho dinero. Era una excelente persona que no ten�a reparos para ayudar a los dem�s. Mis hermanas Carmen y Roquelina Sierra Patr�n y Teresita Patr�n (hija de mi t�o Pedro Pablo Patr�n) fueron las primeras internas y las primeras alumnas matriculadas en el Colegio. La ni�a Merce era mi madrina de bautismo; tambi�n fue mi madrina del matrimonio en 1948 y muri� en 1956 de una enfermedad de los ri�ones."
Figura 9. Primeras alumnas internas del colegio Santa Teresita. Con ellas el padre Villanueva y la madre Genoveva. Tol�, d�cada de 1940
Figura 10. Grupo de estudiantes del colegio Santa Teresita. Tol�, d�cada de 1940
�Mi mam� Mercedes Pisarro de Patr�n le mandaba leche y, de vez en cuando, arroz con cangrejo a las monjas del colegio. Ella sab�a que no les gustaba el cangrejo pero se lo hac�a cocinar en el arroz de manera que no se percataran que clase de carne era la que conten�a; las monjas se lo com�an y le dec�an que el arroz estaba muy rico�.
Figura 11. Colegio Santa Teresita construido donde estaba la casa-almac�n de don Pablo Olier. Tol�, 2003.
Foto por cortes�a de Raquel Romero.
La habilidad y la visi�n de Juli�n para los negocios no re��a con su bonhom�a y altruismo. Con su propio peculio y sin el menor �nimo de lucro realiz� la reconstrucci�n total del colonial templo parroquial del pueblo y compr� e instal� en Tol� la primera planta el�ctrica que lleg� all�. Manten�a la planta y a su �nico empleado, quien era el mismo encargado de cobrar el servicio de alumbrado.
�Al lado del Resguardo de Rentas, frente a la playa y frente a las oficinas de mi t�o Juli�n, estaba la planta el�ctrica de Tol�. Esa planta era de �l; estaba en una casa de madera y techo de zinc. All� tambi�n se instal� el primer tel�fono de Tol��.

"La planta el�ctrica era manejada por un negro robusto, quien tambi�n era el que cobraba el servicio de alumbrado el�ctrico. Todas las casas de Tol� ten�an alumbrado el�ctrico y en cada una de las esquinas hab�a por lo menos un bombillo. Juli�n era el personaje mas importante de Tol� y sus alrededores, de esos  gamonales buena persona que buscaba el beneficio de la gente y no su lucro personal. Cuando el negro llegaba a decirle:

- Mire, Don Juli�n, fulano debe un centavo (o un centavo y medio, que era la tarifa de la energ�a el�ctrica); �que hago, le quito la luz?,
�l le respond�a:
- Mijo, si no ha pagado ser� porque no puede, �d�jale la luz!."
Don Juli�n hizo instalar por su cuenta los postes de energ�a y el cableado el�ctrico en todo el pueblo y en todas las casas. Habida cuenta de las dificultades y alto costo que representar�a para la gente la adquisici�n de electrodom�sticos como neveras, (rar�simas para la �poca), simult�neamente con la planta el�ctrica, dot� al pueblo de una planta de hielo, con la que buscaba que se mejorara la calidad de vida de los pobladores. As� se foment� la venta de bebidas frescas, las habituales chichas de arroz, ma�z y tamarindo, que eran elaboradas en las casas y vendidas en tiendas.

Las bebidas se conservaban fr�as dentro de ingeniosas �neveras� fabricadas en la costa; las mas elaboradas consist�an en cajones de madera, mas o menos del tama�o de los actuales congeladores horizontales, con su interior forrado en l�minas lisas de zinc. Eran surtidas con las correspondientes bebidas caseras embotelladas y tapadas con tapones de madera de balso o de corcho; entre las botellas se distribu�an grandes pedazos de hielo, los que recib�an una dosis generosa de afrecho de arroz para ayudar a mantener la refrigeraci�n.

En Tol�, como ocurriera mas adelante en muchos sitios de la costa norte de Colombia, los bloques de hielo procedentes de la planta de Don Juli�n y las neveras de madera y zinc no solamente hicieron historia sino que fomentaron el progreso individual y colectivo y permitieron el desarrollo de microempresas familiares, que entonces no se llamaban as�, pero que fueron el sustento de numerosas familias con la elaboraci�n de bebidas que se pod�an conservar fr�as por mas tiempo; y permitieron el agregado de los negocios de paletas y helados, estos hechos en m�quinas manuales, que eran una especie de baldes de madera con dos compartimientos: el central, donde estaban los ingredientes, dotado de una especie de molinillo para la rotaci�n de la mezcla, y el exterior, donde se pon�a hielo con sal para que no se descongelara; y tambi�n de los tradicionales raspaos de hielo con esencias dulces de diversos sabores, hechos primero a mano con un raspador y luego con una m�quina manual a modo de prensa con cuchillas en la base, que eran promovidos y vendidos en la calle en vasitos c�nicos de papel parafinado, hasta el d�a de hoy.

Durante casi cuarenta a�os, desde alrededor de 1915 y durante la existencia de Don Juli�n Patr�n (hasta su muerte en 1934) la planta el�ctrica se mantuvo en funcionamiento proporcionando al pueblo la electricidad que le era esquiva a muchos otros pueblos de la costa norte colombiana. Tambi�n se mantuvo la planta de hielo. Al fallecer Don Juli�n no hubo quien tomara las riendas ni de los negocios, ni menos a�n de un servicio tan poco lucrativo como lo eran la energ�a el�ctrica y la planta de hielo, por lo que ambas desaparecieron y Tol� debi� permanecer, pr�cticamente hasta los a�os cincuenta, sin energ�a el�ctrica debiendo volver a la iluminaci�n con lamparitas de gas (kerosene) y sin posibilidades inmediatas de mitigar el calor o la sed con refrescos fr�os de las neveras de madera, ni con paletas, helados ni raspaos. El hielo debi� ser entonces llevado en lanchas desde Cartagena, cubierto de afrecho para conservar los grandes bloques que segu�an desembarcando en La Bodeguita, ya de los herederos de Don Juli�n.

2.2 PRIMEROS NEGOCIOS

Las dif�ciles comunicaciones terrestres existentes, la precariedad de la comunicaci�n fluvial con el interior del pa�s, la existencia de variados productos agr�colas regionales y la disponibilidad de un mar sin l�mite, fueron entonces condiciones propicias para comerciar con mercader�as de uso com�n y de mas expedita consecuci�n en Col�n, Panam�, sitio a su vez importante para los mismos negocios de venta de productos de la costa colombiana.

Radicado desde temprana edad en Cartagena, los primeros pasos de Don Juli�n en la actividad comercial se iniciaron a sus 18 a�os con su primo y socio Mateo Sotomayor Patr�n, desde 1887, y se dirigieron a llevar �ame a Col�n, Panam�, en las entonces casi primitivas lanchas a vela (canoas o goletas) que, bordeando a pocos kil�metros de la costa, hac�an el viaje hasta Col�n en varios d�as. Y regresaban de all� con jab�n de pino, az�car, gas de alumbrado y caf�, productos que a su vez vend�a el joven Juli�n en Cartagena y en las entonces incipientes poblaciones de la costa colombiana del golfo de Morrosquillo. As� que los bolivarenses y coste�os en general tomaban caf� y consum�an el az�car llegados de Panam�, productos mas probablemente procedentes de Costa Rica hacia esa regi�n, para entonces todav�a parte de Colombia.

Una vez recibida la hacienda Santa B�rbara de Cobe�a, su herencia de veinticuatro caballer�as (alrededor de 10.000 hect�reas), se encontrar�a con una soleada playa de arena blanca salpicada de algas moradas, resguardada por miles de cocoteros, refugio de millones de cangrejos blancos y azules que pululaban en los manglares y en los esteros de agua salada dejados por la marea, bordeada por �rboles de uvita de playa, arbustos de icacos y matas de lirios blancos, tapizada a retazos por bejucos de verdolaga de flores moradas, extensas zonas del mangle legendario y el c�lido mar azul cristalino plet�rico de mojarras, lentos y gigantes caracoles rosados, veloces y escurridizas jaibas, langostas en sus v�rgenes bancos de coral, card�menes de anchoas, sardinas, rayas ocultas en la arena; aguas donde se ve�an retozar juguetones a numerosos bufeos y volar por los cielos, sin desazones, las tijeretas negras en veloz y preciso picado hacia sus presas; gaviotas pendencieras rapando las sardinas a  sus cong�neres; pel�canos grises adeptos a fingir que recog�an peces y la belleza natural del paisaje matinal y crepuscular sin fin; esos fueron los primeros testigos de los pensamientos visionarios de Don Juli�n Patr�n Airiarte.

Las canoas a vela llegaban a las poblaciones del litoral en b�squeda de alimentos, para reparaciones menores y resguardo contra el mal tiempo o el mar de leva. Tambi�n era frecuente encontrar nativos y visitantes que requer�an transporte para otros sitios. Si bien era exigua la poblaci�n, tambi�n era cierto que muchas personas, especialmente de las poblaciones costeras de lo que hoy (2003) son los Departamentos de C�rdoba y Sucre, requer�an de un medio de transporte frecuente y disponible para viajar por razones de negocios o de estudio entre sus pueblos de origen y Cartagena.

Habiendo conocido su ruta de trabajo por los continuos viajes en canoa hacia Panam�, Juli�n vio la oportunidad de prestar ese servicio de transporte mar�timo, de manera que organiz� otro transporte, un grupo de lanchas, adecuadas con bancas para los pasajeros, barandillas en los pasillos exteriores y siempre impulsadas sus velas  por el viento.
�Don Juli�n no se ocup� toda su vida, relativamente corta, sino a criar ganado. Al lado del gran negocio manej� una empresa de navegaci�n a vela entre Tol� y Cartagena, que hizo pr�spera por su tes�n y constancia. Una vez le pregunt� si eso era buen negocio. Me respondi�:
- Lo es, porque el combustible, que es el viento no cuesta nada�.
Fueron esas sus lanchas de pasajeros, cuyos nombres no parecen haber quedado en el recuerdo para la posteridad, las antecesoras de las otras, con otros due�os, que a�os despu�s, con motor y camarotes, saldr�an de Monter�a por el r�o Sin� pasaban por Cispata hacia Cove�as, Tol� y llegaban a Cartagena transportando mercanc�as y pasajeros en esa rica regi�n de la costa colombiana.
Mi abuelo ten�a canoas para cargar cocos, mercanc�as y ganado para llevar a Panam� y Cuba; tambi�n ten�a lanchas de pasajeros pero yo no las conoc�. Entre 1940 y 1943, cuando estudiaba en Cartagena, viaj�bamos con los dem�s estudiantes en las lanchas Rusara, Santamar�a y despu�s en la Monter�a y la Colombia. Esas no eran de mi abuelo Juli�n. Ten�an unas bancas de madera incomod�simas y unos camarotes para los tripulantes. Eran de motores y nosotros nos mare�bamos mucho durante el viaje, que duraba varias horas. Sal�an de Monter�a, bajando por el r�o Sin� pasaban por Lorica, San Bernardo del Viento, Cispat�, luego por Cove�as y despu�s por Tol�. En cada sitio se embarcaban los estudiantes para viajar a Cartagena; los de Monter�a se embarcaban all�, (entre ellos Judith S�nchez); los de Lorica y San Bernardo del Viento, (entre ellos Ignacia  - Nacha  - Vargas Lozano y Ana Elvira Olivares Prado), en Lorica; los de San Antero se sub�an en Cispat�, yo me embarcaba en Cove�as, y en Tol� los estudiantes de Tol�, Sincelejo, San Marcos, Ayapel y San Onofre, (Ana Elvia P�rez era de Sincelejo y Mary Espinosa Pupo era de Ayapel). La lancha Rusara, era la mas peque�a y ten�a unos pocos camarotes que casi no los usaban los pasajeros; el viaje en esta lancha era el peor porque era muy peque�a y se mov�a mucho; La Santamar�a era mas grande que la Rusara. Las otras lanchas, La Monter�a y La Colombia, que llegaron despu�s, eran realmente unos barcos grandes, cada una con tres o cuatro camarotes para unas veinte personas, pero solo algunos de los pasajeros los usaban para descansar un rato. La parte mas pesada del viaje  era cuando pas�bamos por la zona que llamaban Tigua, cerca de Cartagena, donde el mar era muy picado y casi todos los pasajeros se mareaban y vomitaban. Las lanchas ten�an cocina y comedor y nos daban almuerzo. De Monter�a sal�an alrededor de las 8 de la ma�ana y llegaban a Cove�as a las 10; a Cartagena lleg�bamos aproximadamente a las 4 de la tarde. En Cove�as las lanchas atracaban en el muelle que construy� la Colombia Products Co., en Tol� fondeaban lejos de la playa porque el muelle era muy peque�o y los pasajeros eran llevados en botes hasta las lanchas. En esas lanchas tambi�n llevaban carga y los pasajeros llevaban sus pertenencias en ba�les de madera ya que en esa �poca no hab�a maletas.
Don Juli�n, ejemplo de dedicaci�n y esfuerzo personal, durante muchos a�os de arduo trabajo tambi�n logro obtener una importante fortuna con el establecimiento de una empresa de transporte de carga de mercanc�as y productos de la regi�n con canoas a vela entre Tol� y Cartagena, las mismas que hac�an la traves�a hasta Panam� para llevar coco y copra y regresaban de all� con diversas mercanc�as. En esas lanchas transportaban desde Tol� los productos agr�colas tra�dos desde las poblaciones cercanas, (Cove�as, San Antero, Sincelejo, Toluviejo, San Onofre, entre otras), para abastecer los mercados de la creciente Cartagena y desde esta llevaban a la Provincia del Morrosquillo los art�culos manufacturados o importados requeridos en la regi�n.
Figura 12. Canoa de carga de dos m�stiles (Goleta) de Juli�n Patr�n Airiarte. Cove�as, 1920.
Foto por cortes�a de Muriel A. Keeler.
En el �lbum de Cartagena de Indias, 20 de enero de 1533 � 20 de enero de 1933, registro de los m�s destacados personajes, empresas y acontecimientos de la ciudad y del departamento de Bol�var, se comenta as� con respecto a esta actividad de Don Juli�n Patr�n:
"Varias son las l�neas de vapores que hacen la carrera entre Cartagena y los puertos del r�o Sin�, con primera escala en el de Tol�; pero adem�s de eso hay tambi�n para el transporte de carga una Empresa de navegaci�n directa entre Cartagena y Tol� que cuenta con cuatro goletas veleras de cuarenta toneladas cada una. Su propietario es el se�or Juli�n Patr�n A., acaudalado vecino de Tol�. Tol� es el puerto obligado para la exportaci�n e importaci�n de toda la extensa y rica regi�n de las sabanas de Bol�var."
Sobre los nombres, cantidad y destinaci�n de las goletas de Don Juli�n Patr�n, probablemente la versi�n mas ajustada a la realidad es la de su hija Roquelina, quien estuvo al lado de su padre y conoci� las naves de primera mano y que indica que para el transporte de cocos ten�a las siguientes tres canoas: La Amira, La Transacci�n y La Diamante; despu�s se agregar�a La Chiquimula, tambi�n como nave de carga, y fue esta la que sobrevivi� por mas tiempo. Que para el transporte de ganado ten�a los barcos: Culebro, Mil Cien y Ucayali, entre otros. As�, Don Juli�n ten�a por lo menos: cuatro canoas de cocos, los tres barcos ganaderos mencionados (probablemente eran mas de tres) y otras goletas para el transporte de mercanc�as y pasajeros. La actividad de transporte y comercializaci�n de mercanc�as y productos agr�colas en sus goletas fue el inicio de la construcci�n de la fortuna de Don Juli�n Patr�n.
2.3  EL NEGOCIO DE COCOS

La posibilidad m�s inmediata de explotaci�n de la reci�n recibida hacienda Santa B�rbara de Cobe�a, que estaba adem�s a la vista, era el negocio de cocos. En la importante extensi�n de playa, resguardada en la serenidad del c�lido mar del golfo de Morrosquillo, cuya mayor parte de extensi�n ser�a despu�s solo una fracci�n de la gran hacienda, el cocotero, su mayor y natural plantaci�n crec�a fructuoso y silvestre con miles de elegantes y apretujados �rboles. All� estableci� Don Juli�n Patr�n una casa de trabajo que llam� La Calzada, a un tercio del camino entre Cove�as y Punta de Piedra - su cuartel inicial -, en su finca costera de La Coquera, para la recolecci�n y procesamiento de los frutos, con lo cual inici� su negocio de exportaci�n de coco y copra  a Panam�, sitio ya asas conocido por �l. Con los r�ditos de su empresa de transporte y con los nuevos ingresos de la venta de coco y copra, Don Juli�n, avezado comerciante, comienza la adquisici�n de m�s tierras.
�A lo largo de la costa, en una extensi�n de diez kil�metros de longitud se extiende una hermosa y f�rtil plantaci�n de cocos. Las esbeltas palmeras de luengo talle y gracioso abanico se cimbreaban suavemente al favor de la brisa matutina. Preguntamos por su propietario y se nos dijo era el se�or Patr�n A. Esta coquera forma parte de la gran hacienda Franc�s y Guacamayos, de su propiedad�.
Figura 13. Casa de La Calzada, primera sede del negocio de cocos de Don Juli�n Patr�n. Cove�as, alrededor de 1935.
Foto por cortes�a de Carmen Sierra Patr�n.
Despu�s de sus actividades comerciales iniciadas en Cartagena en 1887, los mayores ingresos de Don Juli�n Patr�n provendr�an del negocio de exportaci�n de coco y copra hacia Panam�. Con esos nuevos ingresos comenz� la adquisici�n de las tierras aleda�as a la hacienda Santa B�rbara de Cobe�a, ya para entonces llamada simplemente Cove�as.

Don Juli�n compra las tierras de: San Jos�, Las Animas, Madre de Dios, San Jer�nimo del Monte, Macayepo, Alicante, Punta de Piedra, La Ci�naga de Leche, Las Galias, Loma Colorada, Buenos Aires, Torrente, La Esmeralda, El Para�so, Guacamayas, El Franc�s, El Ub�rrimo y Trementina; con lo cual extiende considerablemente sus terrenos hasta llegar a poseer alrededor de 20.000 hect�reas que comprend�an casi toda la extensi�n del Golfo de Morrosquillo bordeando la costa, desde Cispat�, pasando por El Bobo, Madre de Dios, Cove�as, Cove�itas, La Calzada, Puerto del Medio, Punta de Piedra, La Boca de la Ci�naga, Marta, Palo Blanco, Puerto Viejo, La Perdiz, Pechel�n, llegando a Tol� y mas all� del pueblo hasta la hacienda El Franc�s y desde la costa de Cove�as hacia adentro en confines de grandes extensiones de tierras continentales que incluyeron, entre otras, las tierras aleda�as a las poblaciones de Guayabal, Punta Seca, El Reparo, Mamey, Aserradero, Mocha Nariz, el Hueso, El Tigre, Sacana, por el sur hasta llegar a Momil y Pur�sima y los l�mites de Sabaneta, en lo que hoy es el Departamento de C�rdoba y por el Este hasta Palmito, en el hoy Departamento de Sucre. Fue entonces cuando Don Juli�n construy� la Casa Grande de Madre de Dios, en reemplazo de La Calzada; �sta continuar�a como uno de los centros de acopio de cocos.

LA CASA GRANDE DE MADRE DE DIOS

Madre de Dios, una de las haciendas incorporadas al haber de Don Juli�n Patr�n fue, despu�s de La Calzada, el asiento y sede de las actividades comerciales del visionario. En una punta de tierra a la orilla del mar en lo que hoy es Cove�as, en la playa mas bella, virgen y paradis�aca, construy� una casa con techo de palma y paredes de bahareque, la Casa Grande de Madre de Dios, donde estableci� su vivienda y fue sede de sus actividades comerciales y recreo para su familia. Los capataces, trabajadores de oficios varios y algunos de los vaqueros habitaban tambi�n en doce casas de palma y bahareque construidas en los alrededores de la Casa Grande en el complejo habitacional de Madre de Dios. La inusual altura de la Casa Grande de Madre de Dios, su techo de palma, blancas paredes de bahareque, puertas dobles con trancas interiores, los �rboles que en su derredor la prove�an de sombra y la proximidad de la brisa del mar, hac�an de la estancia un sitio de especial frescura y tranquilidad.
Figura 14. La Casa Grande de Madre de Dios. Cove�as, 1939.
Foto por cortes�a de Muriel A. Keeler.
Por el norte, de frente al mar un amplio corredor frontal con horcones de madera preside la entrada por la puerta principal a la sala comedor, estancia de grandes dimensiones con salida hacia la parte posterior por una puerta de dos hojas, igual a la de ingreso; en la sala-comedor, la mesa redonda y giratoria, raro y extraordinario mueble mandado a hacer por Don Juli�n, constitu�a la atracci�n de propios y extra�os.

A los lados de la casa las ampl�simas habitaciones est�n comunicadas entre si por puertas dobles. El corredor circunda la casa. Por la parte posterior y separada de la casa principal se encontraba una casa mas peque�a destinada a la cocina; a su lado y detr�s de ella otros �rboles de mango, cocoteros, n�speros, mamey, aguacate, guayaba y coloridas matas de bonche y veraneras contribu�an a refrescar y embellecer el paisaje tropical de la Casa Grande de Madre de Dios. Todo el conjunto en su parte posterior estaba lleno de cocoteros y �rboles frutales.

Con ocasi�n de su visita a Colombia y paso por Tol�, don
Robert Cunninghame Graham, por invitaci�n y en compa��a de Don Juli�n, tuvo oportunidad de viajar a caballo desde Tol� hasta Cove�as donde conoci� y pernoct� en la Casa Grande de Madre de Dios. El relato de su viaje a galope bordeando la costa del golfo es la siguiente:

"Tol� ciertamente no es mucho lo que depara al alcance del visitante de puntos de inter�s, por lo tanto, despu�s del almuerzo todos se retiraron a pasar la siesta en sus hamacas, hasta que refrescara bastante la tarde, para verificar a caballo una jornada de doce millas mas o menos, a lo largo de la playa, a fin de ver un puerto peque�o donde en tiempos anteriores embarcaban ganado para las Antillas y para los Estados Unidos. Nuestra ruta corr�a por la costa mar�tima, bordeada a veces por palmeras y de cuando en cuando por una floresta tan tupida que semejaba una muralla vegetal. Numerosos arroyitos descend�an de los montes hacia la playa, formando todos arenas movedizas, en las cuales los caballos se hund�an hasta arriba de las rodillas y cada regajo ten�a su banco de arena en miniatura que causaba un poco de marejada con menudas olas largas fluyendo regularmente hacia la playa. Por encima de la floresta sobresal�an �rboles altos, cubiertos con flores moradas, rojas o amarillas, mientras las lianas, abraz�ndolas como hiedras en sus repliegues, pugnaban por conseguir luz y los coronaban con manojos de grandes capullos florecidos y as� no era f�cil descubrir si las flores brotaban de los �rboles o de las par�sitas. Seguimos por una bah�a amplia y, aunque en una hora de viaje vimos el punto hacia el cual viaj�bamos, la puesta del sol se aproximaba, antes de que pas�ramos por Punta de Piedra y nos encontr�ramos dentro de una bah�a mas peque�a, abrigada por puntas de tierra que la hacen casi cerrada y serena como una laguna. Don Juli�n, quien hab�a cabalgado enhiesto y grave como una estatua, de pronto puso a andar su caballo a paso largo y se�alando con el foete una casa baja metida entre cocoteros, dijo:

- �Esa es la Hacienda de la Punta de Madre de Dios, mi casa y la de ustedes. Piquemos las bestias con las espuelas y apuremos, para tomar algo de agua de coco fresca antes de que se ponga el sol�.

Su airoso caballo tordo comenz� al instante un furioso �sobrepaso� tal, que tuvimos que galopar para mantenernos a su lado y con el calor y las salpicaduras de la marejada, al lado del cual trotamos tan pr�ximos que algunas veces lavaba las rodillas de las bestias, nosotros pudimos tambi�n habernos zambullido en el mar. (El �sobrepaso� es una marcha artificial usada y conocida por los jinetes de la Edad Media con ese nombre. En �l, el caballo trota con las patas traseras y galopa con las delanteras. Es sumamente c�modo y el caballo de don Juli�n pod�a recorrer nueve millas en una hora y mantenerlo todo el d�a [...]). Un �ltimo arroyo ten�amos que salvar antes de llegar a la casa. Para se�alar el vado, don Juli�n iba adelante, aguijoneando sin cesar con sus zapatos fuertes los ijares del caballo, porque el caballo pasero siempre debe conservar su paso. Afortunadamente el vado no era muy profundo y con brega a trav�s de la arena movediza salimos a terreno duro.  A un cuarto de milla de este lugar estaba la casa de la hacienda. Cabalgando hasta la puerta, encontramos al ocupante, tendido en su hamaca, de la cual se levant� perezosamente y, extendiendo su mano, dio la bienvenida a su patr�n y llam� a varios peones para que tomaran nuestros caballos. Entonces, con las �nfulas de un hombre que ordena un coctel, dijo:
- �Ustedes se tomar�n uno o dos cocos de agua despu�s de su viaje�.
Un muchacho ind�gena, a una se�al suya, subi� aprisa un cocotero elevado, con tan poco esfuerzo como si hubiera sido por una escalera y tir� algunos cocos al suelo. Uno de los peones los pelaba y abr�a en la mano, treta de prestidigitadores que ejecutaba con un machete como de tres pies de largo. Estaban tan frescos como si se hubieran producido debajo de la floresta y no los calentara todo el d�a el sol tropical.

La
mesa redonda del comedor de Don Juli�n Patr�n en la Casa Grande de Madre de Dios merece destacarse por su singularidad. Era un mueble circular hecho en madera de caoba, de aproximadamente dos metros de di�metro para ocho o mas personas; se sosten�a sobre un pie, grueso pedestal de caoba torneada con soportes laterales en su base, que le daban estabilidad; un orificio en el centro de la mesa albergaba un buje met�lico para recibir el eje de la otra plataforma de madera de unos 80 cent�metros de di�metro, suspendida a unos diez cent�metros de altura de la plataforma principal sobre la cual giraba. Sobre la plataforma superior se situaban las fuentes con las viandas y generalmente, adornos, candelabros y flores; los comensales, situados alrededor de la mesa redonda, que les permit�a estar en contacto visual con los dem�s y sentados  en sillas tambi�n de caoba, hac�an girar la plataforma superior para servirse los alimentos, sin necesidad de solicitar a los dem�s que les pasaran las fuentes.
Figura 15. Mesa redonda de pino canadiense, similar a la de Don Juli�n Patr�n.
Foto por cortes�a de Raquel Romero Sierra.
Habr�a de ser un verdadero espect�culo ver el comedor de Madre de Dios con su mesa redonda giratoria, mantel bordado y especialmente dise�ado para la plataforma principal, con orificio central, florero de decoraci�n en el centro de la secci�n superior; en esta, cubierta con tapete bordado, fuentes de porcelana alrededor del florero, platos de porcelana y cubiertos de plata; copas de plata y, como una suerte combinada de elegancia pr�ctica y buen gusto culinario coste�o, chicharr�n, servicios de queso coste�o, bollo limpio, de mazorca, de coco o el morado de pl�tano; yuca y suero para el desayuno y sancocho coste�o y arroz con coco para el almuerzo. En una de las esquinas de la sala-comedor, un tinajero de caoba, ricamente tallado, con entrepa�os para las copas de plata y los vasos y jarras de cristal, albergaba una gran tinaja de barro con tapa donde se depositaba el agua lluvia para el consumo de los hu�spedes, que se sacaba muy despacio con un largo cuchar�n de aluminio para no revolver el sedimento. Colgada sobre la mesa una gran l�mpara en un soporte circular de madera sosten�a varios quinqu�s de keroseno dispuestos para la iluminaci�n de las viandas y de los comensales; los caballeros, ataviados con vestidos de lino blanco almidonado, camisas blancas de seda  y corbatines de lazo; las damas, con trajes bordados de finos encajes y una flor de bonche decorando el cabello recogido con peinetas de carey.
"Como en un semic�rculo por la parte de atr�s y cerca de la playa por la parte derecha (oriental) de la Casa Grande, hab�a doce casas de menor tama�o que estaban destinadas, entre otras, para: la bodega de guardar cocos, la casa de los carpinteros (�Cardile� era uno de ellos), la casa del capataz (Catalino Monterroza) y otras a servir de habitaci�n para la servidumbre de la Casa Grande, los vaqueros y algunos de los peones de la hacienda. Los �rboles de mango, clem�n y matarrat�n, de sombra fresca, los arbustos de icaco y los palos de coco, estaban distribuidos alrededor de la casa."

En El Ranch�n, un kiosco de grandes dimensiones, de horcones y palma, que ten�a un horno de le�a, despu�s de sus labores de vaquer�a los vaqueros y peones descansaban, se refrescaban y tomaban un refrigerio con la brisa del mar de Madre de Dios.
Figura 16. Kiosco El Ranch�n. Cove�as, Madre de Dios, 1921
Foto por cortes�a de Muriel A. Keeler.
Fotograf�as por cortes�a de Carmen Sierra de Romero
Desde la Casa Grande de Madre de Dios, Don Juli�n dirig�a sus negocios de recolecci�n y mercadeo del coco, as� como el pastoreo y exportaci�n de ganado. La casa principal de Madre de Dios aun existe, fue comprada en 1938 por la compa��a Sagoc con ocasi�n de la adquisici�n de los terrenos para su instalaci�n. Desde antes de la Sagoc ya era residencia de Antonio Camacho y su familia, quienes continuaron viviendo en ella despu�s de su remodelaci�n y posteriormente la adquirieron por prescripci�n de dominio. As� que, desde hace mas de 50 a�os ha sido propiedad de la familia Camacho Navarro, quienes la han conservado casi tal cual era desde su reconstrucci�n realizada en 1939.
Sobre las propiedades de Don Juli�n y las coqueras, el padre Pedro Nolasco Donoso tambi�n agregar�a:

"La Hacienda Santa B�rbara de Cove�as, con una extensi�n de 10.000 hect�reas es igualmente propiedad suya. [...] En dicha hacienda, orlando el mar con un marco de m�vil y ondulante verdura, vemos nuevamente otra inmensa coquera de la misma extensi�n de la anterior, cuyos productos se destinan a la exportaci�n.
Entre las propiedades de menor extensi�n que posee as� mismo el se�or Patr�n A., anotamos las siguientes: San Jer�nimo del Monte, con 1.200 hect�reas; San Jos� de las Animas, con 1.200 hect�reas; Trementino con 2.000 hect�reas y Macayepo con 1.200 hect�reas."


De los terrenos del golfo de Morrosquillo, lo �nico que no pose�a Don Juli�n, pero que era propiedad de su hermano fue La Ensenada, terreno situado entre Punta de Piedra y La Boca de la Ci�naga.

"Los terrenos de la Ensenada  eran de Juan Patr�n Sotomayor (abuelo de Juli�n) quien la vendi� a Juli�n Sotomayor y este se la vendi� a mi pap�, Sergio Patr�n Luna.  Pap� siempre dec�a que mi t�o Juli�n era quien lo hab�a hecho a �l porque siempre le aconsejaba y le recomendaba realizar negocios y comprar propiedades y fue �l quien lo sac� de Sabaneta y lo orient� para que hiciera negocios y adquiriera tierras y ganados. Estando en Sabaneta, en 1934, mi t�o Juli�n le propuso a mi pap� que juntara unas cincuenta reses, que �l se las compraba para que adquiriera otra finca; cuando ya pap� ten�a las cincuenta reses le coment� a Juli�n y este mand� a sus hijos Juliancito y Luis Felipe a buscarlas. T�o Juli�n se enferm� y hubo que llevarlo a Panam� donde falleci� inesperadamente. Como en esos negocios no hab�a nada escrito, los hijos de mi t�o no le pagaron las reses a pap� ni le dieron la finca que hab�an pactado entre el y mi t�o Juli�n."

"El negocio de cocos consist�a en la recolecci�n de los frutos ca�dos en las inmensas extensiones de cocoteros entre Tol� y Cove�as, por la playa del Golfo de Morrosquillo, pelarlos, empacarlos y transportarlos en canoas para venderlos en Col�n, Panam�. Tambi�n se recog�an los cocos secos que se pelaban y abr�an para sacar la pulpa desecada (copra) y venderla  en Col�n, Panam� para la elaboraci�n de aceite de coco. Los peones, montados en las angarillas de los burros, recog�an los cocos con una garrocha y los depositaban en los jolones, cajones de madera amarrados a cada lado del burro, para luego llevar la carga hasta los pa�oles donde la almacenaban.

Mi abuelo Juli�n ten�a a lo largo de la playa, cada dos kil�metros, una casa destinada para que vivieran los peones que recog�an el coco. Cerca de cada casa hab�a otra, una especie de dep�sito que llamaban el "pa�ol", donde almacenaban el fruto recogido; en el pa�ol los peones los pelaban con una pinza especial parecida a dos cucharas unidas y con mangos de madera con las que le quitaban la concha r�pidamente; despu�s los guardaban en sacos de fique, cada uno de los cuales conten�a cien cocos. Llevaban los sacos en burros hasta el muelle peque�o de La Troja o hasta el muelle grande que estaba cerca de la Casa Grande de Madre de Dios o al de San Jos�. La Calzada era la mas grande de las casas de recolecci�n, en ella vivimos nosotros unos seis a�os. Ya pap� y mam� ten�an la finca �El Sol� y ten�an ganado pero en La Calzada ellos tambi�n recog�an coco y criaban cerdos. Los sitios donde hab�a casas y pa�oles para la cosecha eran: La Perdiz, Puerto Viejo, Palo Blanco, Marta, La Boca de la Ci�naga o Ci�naga de leche, Punta de Piedra, Puerto del Medio, La Calzada,  Cove�itas, La Troja, Madre de Dios, San Jos� y El Bobo. Las canoas que transportaban el coco eran tres: La Transacci�n. La Diamante y La Amira. Eran unas canoas inmensas de madera que ten�an dos velas. No hab�a motores en esa �poca."
Figura 17. Hacienda y coquera de Madre de Dios. De izquierda a derecha: bodega de guardar cocos, casa de los Carpinteros, casa del Capataz y detr�s de varios cocoteros, la Casa Grande. Madre de Dios, 1920
Figura 18. En primer plano, parte de la casa y el muelle de San Jos� y al fondo la casa y el muelle de El Bobo. Cove�as, 1920
Figura 19. La Boca de la Ci�naga. Tres canoas de Juli�n Patr�n est�n atracadas en la orilla. En la margen oriental un autom�vil Ford modelo T de 1923. Cove�as, 1924
Fotos por cortes�a de Muriel A. Keeler
"En Madre de Dios hab�a una bodega o pa�ol donde guardaban el coco sin pelar y tambi�n guardaban los �rboles (m�stiles o palos de las velas) de las canoas. La bodega ten�a una ventana peque�a por donde met�an el coco y la puerta de esa bodega solo se abr�a cada ocho d�as para pelar el coco que era recogido en Madre de Dios, (el que tra�an de los otros pa�oles estaba ya pelado y ensacado). En Cove�as los puertos para el embarque de coco eran: Madre de Dios, San Jos�, El Bobo y La Troja. San Jos� era una casa que quedaba cerca de Madre de Dios." [Un poco hacia el occidente de la Casa Grande de Madre de Dios].

El coco que hab�a sido recogido y ensacado era almacenado en Madre de Dios, San Jos�, en la Boca de la Ci�naga de Leche y en la casa de El Bobo; �sta �ltima estaba en la playa y ten�a su correspondiente muelle, en el sitio que mas tarde ser�a el Balneario C�rdoba de Marcelino Sotomayor. En la Boca de la Ci�naga las lanchas atracaban en la orilla cuando el caudal se hac�a de suficiente profundidad para que llegaran, porque en �poca de verano la boca de la ci�naga se cerraba y se pod�a pasar a pie por la arena de un lado a otro. En esos sitios se embarcaba el coco en las canoas que llegaban de la coquera de la Ci�naga, ya cargadas con el coco recogido de los pa�oles cercanos y se llevaba a Col�n, Panam�.
La actividad de explotaci�n de las coqueras mediante la recolecci�n de coco y copra para exportaci�n la mantendr�a como su principal fuente de ingresos por varios lustros, hasta alrededor de 1900 cuando, ya con mas tierras y ganados, fue superada por el negocio de crianza y exportaci�n de bovinos. Pero el negocio de los cocos continuar�a realiz�ndolo hasta sus �ltimos d�as.
2.4 EL NEGOCIO DE GANADO

El departamento de Bol�var era reconocido por su fortaleza en la ganader�a. Seg�n relata Donaldo Bossa Herazo:

"[...] los ganaderos bolivarenses pusieron a comer nuestra carne de res a Cuba, Santo Domingo, Guadalupe, Martinica, M�xico (�rea de influencia econ�mica y geogr�fica de Veracruz), zona del Canal, Antillas Holandesas, Venezuela y el Per�. Los titanes que forjaron aquel imperio se limitaban, simplemente, a criar ganado y exportarlo, embarc�ndolo por Amaya  (Cispata) habilitado como puerto de salida.

Se llamaban Carlos y Fernando V�lez Dan�es, Diego Mart�nez Lora y sus hijos los Mart�nez Recuero y los Mart�nez Sosa, los herederos del doctor Manuel Burgos, Arturo Garc�a, Joaqu�n Pisarro, Juli�n Patr�n, Samuel Martello, Anselmo Percy, Adolfo T�mara Herazo, Jos� de Jes�s P�rez, Joaqu�n Tovio, Pedro Herazo Jaraba, Pablo Barrasa, etc. Todav�a en la �poca de la Primera Guerra Mundial, D. Mariano de Lavalle, desde Tol�, exportaba carne salada a La Habana.
El famoso tasajo de los cubanos. La casa V�lez Dan�es & C�a. manten�a en la isla de Cuba, en terrenos propios o arrendados, m�s de sesenta mil reses.
[...] la econom�a del campo bolivarense, como la del resto del pa�s, era la continuaci�n del sistema colonial, ya que la rep�blica no nos trajo sino libertad pol�tica. Era la nuestra una econom�a rudimentaria de pastoreo. Una hacienda grande se manejaba con un capataz y dos vaqueros mal pagados y sin ninguna clase de prestaciones sociales.

Simult�neamente con la adquisici�n de tierras Don Juli�n fue abasteciendo sus fincas de ganado que, entre otras cosas, se reproduc�a r�pida y casi silvestremente; organiz� el cultivo de los pastos y los potreros para el pastoreo en un proceso de crecimiento acelerado que lo llev� a poseer, en su mejor momento, 40.000 cabezas de ganado. Para entonces Don Juli�n ya ten�a establecida su vivienda permanente en Tol�.

Mr. Earl H. Austin, que fue ingeniero residente de la construcci�n de la planta del Packing House de Cove�as, conoci� a Don Juli�n y fue su hu�sped en Tol�; en carta del 25 de marzo de 1962, ya retirado y viviendo en los Estados Unidos, comentar�a as� a su yerno Max E. Crawford sobre la posesi�n de ganados de Don Juli�n:

�Don Juli�n Patr�n posey� toda la tierra de Tol� a Cove�as a una profundidad de 21 kil�metros y siempre ten�a 40.000 cabezas de ganado en sus fincas de pastos. Don Juli�n siempre ten�a 15.000 vacas en el Ci�naga de Leche, su finca de pastos de cr�a�. 
La crianza y exportaci�n del ganado se convirti� entonces en su principal actividad que conserv� con notable �xito hasta su muerte en Panam� a los 65 a�os de edad (en 1934), por una falla cardiaca despu�s de una cirug�a de pr�stata.

Las fincas que ten�a destinadas para los pastos de ganado eran: Torrente (al sureste de Cove�as), Buenos Aires (al sureste de Torrente), La Esmeralda y La Ci�naga de Leche, en la parte media del golfo, de las cuales era administrador Domingo Torrente. Pero tambi�n ten�a ganado en sus haciendas de toda la regi�n: San Jos�, Las Animas, San Jer�nimo del Monte, Macayepo, Alicante, en Cove�as; Las Galias, Guacamayas, El Franc�s, El Ub�rrimo y Trementina, en Tol�; Loma Colorada (cerca del actual aeropuerto de Tol�, despu�s llamada �La Loma�) y El Para�so, al sureste de Aserradero, colindante con El Hueso.

�Dicha hacienda, adem�s de unas dos mil hect�reas de pastos naturales, comprende unas 1.800 hect�reas de pasto artificial o de cultivo, todos destinados a la ganader�a�.  

Las haciendas ganaderas estaban divididas en potreros en los que pastaba secuencialmente el ganado. En cada uno de los potreros ten�a casas para los cuidanderos y los vaqueros de manera que la gente de la regi�n, toda la cual trabajaba con �l, se encontraba dispersa por las m�ltiples casas de las haciendas  y unos pocos en las nacientes poblaciones donde los conglomerados humanos se iban asentando progresivamente. El ganado para la exportaci�n era llevado a los corrales de acopio cercanos a los peque�os muelles de embarque que ten�a en Cove�as: La Troja, Madre de Dios, San Jos�, El Bobo y a los corrales de la Ci�naga, donde eran embarcados en los barcos
Culebro, Mil Cien, Ucayali, entre otros, tambi�n de su propiedad y solo destinados para el transporte de ganado hacia el exterior. Uno de los mayores corrales era el de la Troja, en Cove�as; se encontraba situado en una extensa planicie muy cercana a la playa, sitio que a�os mas tarde ser�a utilizado como campo de b�isbol. Este lugar, por su extensi�n, facilidad de acceso y cercan�a al muelle era propicio para el acopio de las reses que deb�an ser exportadas.
Figura 20. Muelle de ganado en La Troja; dos balsas est�n cerca de la orilla y otra al final del muelle. Cove�as, 1919
Figura 21. Detalle del muelle de ganado en La Troja para destacar a los peones y su indumentaria de trabajo. Cove�as, 1919
Foto por cortes�a de Muriel A. Keeler
Fotos por cortes�a de Muriel A. Keeler
Durante su paso por Cove�as don Robert Cunninghame Graham realmente no tuvo ocasi�n de presenciar una carga de ganado; el relato que al respecto ofrece en su libro es el fruto de su experiencia en otras latitudes pero su descripci�n de las maniobras es esencialmente la misma que se realizaba para la �poca; sobre la actividad de carga del ganado Cunninghame Graham, describe:

"Nada mas primitivo puede verse en la manera de cargar un barco, excepto, quiz�, en alguna de las islas del pac�fico o en las costas ar�bigas. En la cabeza del muelle hay un corral para encerrar ganados, construido con varas de bamb�. Para cargar el barco emplean una esp�a, la cual fijan en derredor de una palmera, para mantenerlo estable. Los ganados los llevan directamente de los potreros a menos de una milla de distancia y los arrean por el muelle hacia bordo del buque. Si una res cae al agua, nada hasta tierra y la juntan con el ganado nuevamente. El novillo queda en la playa, �contenido� como se dice, por vaqueros montados a caballo y la escena entera, mont�s y curiosa, hace recordar a los bucaneros,  quienes probablemente embarcaban con frecuencia ganado en el mismo puerto para llevarlo a Cuba o mas lejos, al Maine, a alg�n escondite seguro, para salar o secar su carne al humo y al aire, de donde tomaron su nombre."

Y Roquelina, hija de Don Juli�n, cuenta que:

"En el muelle del embarcadero de ganado los animales eran subidos a los planchoncitos o balsas hechas de troncos de cocos; despu�s halaban esos planchoncitos hasta los barcos que estaban fondeados mas adentro del mar, porque las embarcaciones eran muy grandes y no pod�an llegar hasta los muelles. Eran varios los barcos de mi pap� que llevaban el ganado para el exterior desde antes de 1915; de ellos recuerdo los nombres de: Culebro, Mil cien y Ucayali y La Chiquimula, entre otros."

Los primeros muelles eran rudimentarios, estaban construidos con palos de mangle asegurados con tablas; el piso por donde transitaba el ganado era de piedras y tierra; por su escasa longitud no permit�an el  atraque de las naves; por ello, el ganado deb�a ser embarcado en balsas hechas con troncos de cocos que eran conducidas hasta mas adentro del mar donde el ganado se trasladaba a las canoas. Los muelles posteriores fueron hechos con mayor longitud para evitar el uso de balsas cuyo manejo complicaba el traslado del ganado. Por su parte, las balsas de troncos de cocos fueron reemplazadas progresivamente por bongos o planchones m�s livianos, con mayor facilidad de flotaci�n y con resguardos laterales mas altos para contener el ganado.
Figura 22. Reforzando el muelle de ganado de La Troja. Piso de rocas y tierra protegido a los lados con mangle y tablas. Cove�as, 1919
Figura 23. Momento de descanso de los peones. Cove�as, 1919
Fotos por cortes�a de Muriel A. Keeler
Figura 24. Muelle de ganado cerca de Madre de Dios, donde se construir�a el muelle principal de la Colombia Products Co. Un bongo o planch�n flota cerca de la punta del muelle. Cove�as, 1919
Foto por cortes�a de Muriel A. Keeler
Como se observa en las fotograf�as de la �poca (Figura 23), la indumentaria de trabajo de los peones era realmente simple. El uniforme consist�a en camisetas blancas o rosadas de algod�n con mangas tres cuartos (a�n en uso en los campos de la costa atl�ntica), o camisas del mismo material, pantal�n blanco, sombrero de felpa similar a un casco, solo propicio para protecci�n del sol pero seguramente muy calurosos; algunos llevaban calzado pero la mayor�a utilizaba las tradicionales abarcas �tres punt�, sandalia con suela de grueso cuero de ganado asegurada al pi� con cuerdas de cuero liso y trenzado. Aunque la vestimenta, por ser color claro y tipo de tela liviana era la mas apropiada para trabajar en el clima c�lido de la regi�n, es claro que no eran esos precisamente los tiempos de preocupaciones sobre la protecci�n de los trabajadores ni de reconocimiento y pr�ctica de su seguridad y salud laboral.

En contraste, y a pesar del clima, el d�a de pago era ocasi�n especial para vestir mejores prendas. Los vaqueros y peones, ataviados siempre con sombreros o gorras, llevaban sacos y pantalones de lino. Los ni�os acompa�antes, algunos  de los cuales tambi�n eran peones, llevaban pantal�n pescador ya que solo usar�an pantal�n largo al cumplir la mayor�a de edad. As� que los ni�os no vest�an como adultos pero si trabajaban como ellos.
Figura 25. D�a de pago. Los peones reciben su pago semanal. Cove�as, 1920. Los ni�os visten con pantal�n a media pierna y varios adultos con saco de lino blanco.
Foto por cortes�a de Muriel A. Keeler
En una regi�n con escasa poblaci�n, con una riqueza ganadera de la magnitud pose�da por Don Juli�n, seguramente no era posible que hubiera una demanda importante de consumo de carne ni el suficiente mercadeo que pudiera manejar 40.000 reses, lo que llevaba al riesgo de perder progresivamente ganado por envejecimiento o enfermedad y a decrecer el haber por f�sica imposibilidad de manejar tal cantidad.

Desde mucho antes de 1915, Don Juli�n Patr�n �estableci� contacto con Horacio Stevenson para negociar el ganado y exportarlo a Cuba, el que despu�s tambi�n pudo ser transportado en barcos de mayor tama�o hacia Buenaventura a trav�s del Canal de Panam�, inaugurado en 1914. Ya para esa �poca enviaba mil novecientas vacas semanalmente de Cove�as a la Zona de Canal Panam� y/o a La Habana, Cuba.   Aun con el inicio de esta actividad, la magnitud de la posesi�n crec�a mas r�pidamente que su salida, creando un complejo super�vit de cabezas de ganado, situaci�n a la que no eran ajenos los dem�s ganaderos del Departamento de Bol�var.

El ganado de Don Juli�n era fundamentalmente de la raza Ceb�, pero tambi�n ten�a ganado criollo de origen venezolano, al decir de Cunninghame Graham:

"[De piel] ordinaria, sus cuernos inmensos y en sus llanos nativos probablemente eran tan veloces de patas como los ant�lopes�, al decir de Cunninghame Graham, quien tambi�n agrega: [...] muchos de los cuadr�pedos eran de la raza extra�a y gibosa conocida como ceb�, que alcanzaban gran estatura [...]. El ganado era el mas manso que yo viera en pradera alguna, llegaba en l�neas largas y los vaqueros nunca fueron forzados a galopar o a gritar [...]. En consideraci�n  al largo tiempo que hab�a pasado sin una gota de lluvia, el ganado estaba en excelentes condiciones. Casi todo era del vivo color bayo del cervato o bayo y blanco [...]. Unos pocos ejemplares eran multicolores, pardos o negro y blanco. Y, sobre el ganado venezolano contin�a: Tra�dos por barcos desde Venezuela un a�o antes, no hab�an cebado bien todav�a [...].

De color rojo oscuro, muy altos en pie, Don Juli�n los se�alaba con orgullo cuando camin�bamos despacio a trav�s de los d�ciles ganados que se apartaban mec�nicamente a nuestro paso. Dijo que esos animales proven�an de un cruce de un toro ceb� que hab�a importado de la Isla de Jamaica. Ciertamente eran especimenes espl�ndidos, no solo por su tama�o y volumen, sino por su calidad. Un toro joven de solo tres a�os de edad, pesaba veinte quintales y, al parecer su padre era mas pesado. Don Juli�n explicaba con orgullo que esa raza era inmune a las garrapatas, alcanza gran porte y, como tuvo su origen en el tr�pico, est� poco sujeta a las enfermedades que atacan a las razas procedentes del norte. 

Despu�s de mucho andar para arriba y para abajo y cuando nos d�bamos por vencidos en la b�squeda, dimos con el �portento�, el viejo toro ceb� del cual don Juli�n hab�a hablado con tanta admiraci�n y respeto. Cuando mir� con ira a los vaqueros desde un matorral, bajo cuya sombra se defend�a en pie del sol, realmente pareci� portentoso y como un habitante de un mundo primitivo. Pardo oscuro, tan oscuro que en la sombra parec�a enteramente negro, sus enormes paletas y sus patas relativamente livianas, lo hac�an exactamente semejante a un b�falo. De unos seis a�os de edad, hab�a adquirido en la nuca y los hombros, como si estuvieran dentro de una armadura, tan espesamente ca�a la piel en pliegues sobre la papada, el aspecto que frecuentemente toman los toros cuando avanzan en edad. Su propietario calculaba que pesaba por lo menos veintid�s quintales [...], y yo creo que este aval�o era correcto. Pocos vaqueros en posesi�n de su juicio, a no ser que estuviesen montados sobre caballos excepcionalmente fuertes se habr�an arriesgado a enlazarlo, y a�n as� hubieran tenido una extraordinaria tarea. Nosotros no intentamos la aventura de enlazarlo, sino que prudencialmente pasamos a su derredor a poca distancia, con los ojos bien abiertos en previsi�n de una embestida repentina, cosa que, seg�n nos dijo don Juli�n, ten�a la propensi�n a ejecutar�.


Donaldo Bossa Herazo dice que la visita de don Robert B. Cunninghame Graham no ten�a como objeto explorar la posibilidad de establecer un Packing House en Colombia. Con respecto a ello, se�ala:

"Los gobiernos aliados, particularmente el Reino Unido, sospecharon que desde �El Inal�mbrico�  de Cartagena se suministraba informaci�n a los submarinos alemanes que merodeaban en el Caribe, torpedeando barcos mercantes.

Un buen d�a de 1916 lleg� de riguroso inc�gnito, a casa de la se�orita Camila Walters, cartagenera hija de Ingleses, Mr. Arthur E. W. Mason, [...]. Mr. Mason vino como alto funcionario de la Inteligencia de su patria, a averiguar lo que se pudiera sobre las actividades desarrolladas por �El Inal�mbrico�, con la cooperaci�n o no de colombianos german�filos. Aqu� permaneci� Mr. Mason como ocho o nueve meses y alg�n tiempo despu�s de su partida toc� tierra en nuestras playas Mr. Robert B. Cunninghame Graham [...]. Vino a lo mismo que hab�a venido Mr. Mason [...]. Don Roberto no pod�a venir a Cartagena de ocurtis, como dijo el gitano, y aqu� lleg� con el cuento de venir a estudiar nuestra ganader�a y la posibilidad de que nosotros vendi�ramos carne a los gobiernos aliados. Despu�s de escudri�ar lo de �El Inal�mbrico� decidi� conocer el r�o Sin�, y su regi�n, y con el cuento ya sabido del inter�s por nuestra ganader�a, al Sin� viaj� desembarcando en la vieja villa de Tol�, donde conoci� a Don Juli�n Patr�n, quien lo impresion� vivamente, porque en verdad Don Juli�n parec�a un personaje de los creados por Don Roberto en sus trabajos de literato. [...] con Don Juli�n se deslumbr�, y dej� sobre �l en su libro �Cartagena y las orillas del Sin�� editado en Londres en 1920 en ingl�s y dedicado a la se�orita Walters, simp�ticos, afectuosos y justos conceptos.

Habr� que advertir que tanto Don Juli�n como los Mart�nez, de Lorica; los Burgos, de Ci�naga de Oro y otros ganaderos sinuanos, creyeron que Don Roberto tenia entre manos el proyecto de un Packing house, lo que no era cierto ni Don Roberto dej� escapar sobre eso la menor alusi�n, como tampoco sobre la guerra, ni sobre la segura germanofilia de sus contertulios. El vino a lo de �El Inal�mbrico� y a calibrar la prepotencia de la influencia alemana en Cartagena y su zona hist�rica, o sea los departamentos de Bol�var y el Atl�ntico, lo que fue la antigua gobernaci�n de Cartagena de Indias de Don Pedro de Heredia.

Estas confidencias me las hizo una noche en Bogot�, en su casa, mi amiga Camila Walters, en 1940 o 1944, fallecida hace algunos a�os y a edad avanzad�sima. Todav�a para aquella fecha Camila hablaba con el mayor sigilo, como si la primera guerra no hubiera concluido un cuarto de siglo antes.

A pesar de lo dicho por Donaldo Bossa sobre la naturaleza de la visita, el mismo Cunninghame Graham hace varias referencias en su libro, que dan mejor luz sobre ello: una de ellas cuando expone sobre su parecer de las ventajas del ganado criollo en relaci�n con su inmunidad a las garrapatas, su adaptabilidad y su fuerte constituci�n, as� como su concepto que �la carne ceb� es ordinaria� y que �[...] considerar�a como un infortunio que la raza ceb� se propagara en Colombia�; all� agrega:
�Esto probablemente no importar�a mucho porque durante la �ltima guerra qued� demostrado que el feroz ganado de las pampas es tan apropiado para los packing-house como el de las mejores razas�

Otra de las alusiones de Don Roberto fue durante su visita con Don Juli�n a la poblaci�n de Palmito; all� tuvo la oportunidad de reunirse con varios personajes ganaderos de la localidad, invitados para el efecto:

"Don Juli�n presid�a la mesa con toda la majestuosidad de un conquistador. Seg�n es costumbre, varios �notables� de Palmito hab�an sido invitados para acompa�arnos. Como sab�an que el objeto de mi visita a Colombia era establecer un packing-house, si se probaba que eso era factible, y en su mayor�a eran ganaderos, la conversaci�n gir� acerca del lugar apropiado para instalarlo y las cantidades de ganado que eran obtenibles; sobre eso se divag�, por decirlo as�, en un sitio de belleza encantadora. Hab�a la sensaci�n de que el generoso coraz�n de la naci�n colombiana, suspiraba siempre por Inglaterra."

De la entrevista con los invitados en Palmito, Don Roberto describe uno de los discursos pronunciados:

"Usted, se�or, dijo un joven orador, encarna para nosotros la realizaci�n de nuestras esperanzas. Inglaterra un d�a nos envi� sus legiones para derramar su sangre por nuestra libertad, bajo las gloriosas banderas del Libertador [...]. El packing-house que Inglaterra va a fundar preparar� el camino para ensanchar la mutua estima entre nuestros pueblos. Nuestro f�rtil y prol�fico suelo tropical no necesita sino el fecundo influjo de capital [...]. de capital ingl�s [...]. Nuestros corazones son v�rgenes y de nuestro suelo virgen saldr� una ferviente y generosa respuesta. �Viva el packing-house!, �Vivan Inglaterra y la victoria de los aliados! [...]. �Viva la libertad!" 

Elocuencia y calor oratorio ante el cual Cunninghame ya habr�a comentado que:
�Todos estaban bien al corriente de la suerte cambiante de la guerra y todos eran partidarios de los aliados�. Expresi�n que probablemente confirma parte de lo dicho por Donaldo Bossa en el sentido que Cunninghame vendr�a tambi�n a evaluar lo de la germanofilia de sus contertulios.

El traductor del libro de Cuninghame Graham, don Remberto Burgos Puche, al referirse a este episodio anota:

"Inglaterra no instal� el packing-house de Cove�as, como lo esperaban los vecinos de Tol� y Palmito: pero poco despu�s de la visita de Cuninghame Graham, un grupo de capitalistas norteamericanos y colombianos, lo fund� en ese lugar y estuvo listo para funcionar en los comienzos de la d�cada de los a�os veinte; pero nunca se sacrificaron ganados all� ni para la exportaci�n ni para el consumo del pa�s. Los propietarios del packing-house prefirieron dedicarse al negocio de comprar y cebar ganados para exportarlos en pie. [Realmente los propietarios del packing-house, como veremos en extenso mas adelante, no �prefirieron� la exportaci�n de ganado en pie sino que, ante la falta de mercado externo para los productos del packing-house de Cove�as, se vieron forzados a continuar con esa actividad, que era la misma que ten�an desde finales del siglo XIX]. Hacia 1937, la South American Gulf Oil Company compr� todas las instalaciones y terrenos que la �Colombia Products Company� , as� se llamaba la empresa del packing-house, ten�a all� y ha convertido eso en lugar de exportaci�n de los hidrocarburos que explota en la regi�n petrolera del Catatumbo. En la hacienda �Ber�stegui�, por ejemplo, de que habla el autor de esta obra mas adelante, la Colombia Products Co. cebaba permanentemente hasta 25.000 novillos." 

As� que don Roberto finalmente si hab�a venido a ver la posibilidad de instalaci�n del packing-house, o por lo menos eso es lo que dice en su libro.

A su regreso de Palmito:

"Don Juli�n, a despecho de nuestros ruegos, anduvo con nosotros como media legua por el camino, sentado firme y semejante a la estatua del Comendador de la �pera. Le di las gracias y �l hizo la promesa de visitarnos en Inglaterra, en donde yo le asegur� que ten�a un servidor y una casa. De igual manera el puso su mansi�n de Tol� una vez mas enteramente a mis �rdenes y nos estrechamos las manos. Tan pronto como se cumpli� esta ceremonia pinch� con las espuelas su caballo, lo fren� e hizo empinar y, volteando en el aire, emprendi� de repente un r�pido sobrepaso por el sendero hacia la casa. A cincuenta yardas de distancia o as�, par� y grit�: �Adi�s don Roberto!, a lo cual contest�: �Adi�s don Juli�n, vaya con Dios!. El desapareci� dentro de la nube de polvo que ha envuelto a tantos amigos hospitalarios y buenos de Sur Am�rica, amigos algunas veces de un d�a o dos, pero inolvidables." 

Adem�s de Tol�, otros sitios cercanos en la distancia pero de dif�cil acceso por la inexistencia o precariedad de las v�as de comunicaci�n eran Palmito, San Antero, Lorica y Sincelejo, entonces en el Departamento de Bol�var, y Cartagena, la capital. En ellos Don Juli�n ten�a no solamente familiares suyos y de su esposa, Mercedes, sino entra�ables amigos, coincidentemente hombres de negocios y poderosos ganaderos con altas y similares visiones que Don Juli�n.
2.5 LA FAMILIA DE DON JULI�N 

LOS HERMANOS


Don
CLEMENTE PATR�N OROZCO fue gran hombre de bien, un ciudadano ejemplar, de gran cultura orientada hacia la jurisprudencia y poseedor de excelente y refinado trato personal. Viv�a en Tol� en una alta casa de palma situada en la proximidad de la plaza principal, con amplios corredores, cerca de las oficinas de su hermano Juli�n, en el sitio que hoy ocupa la empresa Telecom en esa ciudad. �Don Clemente Patr�n Orozco fue varias veces diputado a la asamblea departamental, primer prefecto de la Provincia del Morrosquillo - obra suya -, y alguna vez representante al Congreso Nacional�. 

Don
SERGIO PATR�N LUNA fue un verdadero patriarca de una gran familia de �Patrones�. Tambi�n hombre de ampl�sima cultura, de discreci�n y bonhom�a sin par, vivi� hasta avanzada edad en Tol�, en la calle principal, en uni�n de su esposa Salom� Navarro -la ni�a Salo- y de su extensa y distinguida descendencia. Suya fue la hacienda ganadera Pasatiempo, ahora de sus hijas; tambi�n los terrenos de La Ensenada, que legar�a a sus hijas a su fallecimiento. Al decir de Donaldo Bossa Herazo: �Don Sergio Patr�n Luna fue Alcalde, varias veces, de Tol�. Le toc� el 9 de Abril y con el concurso de liberales y conservadores dio el mas alto ejemplo de civismo al pa�s�. Fue, durante muchos a�os y hasta su muerte, corresponsal de excelencia en Tol� del diario El Espectador.

LEONOR PATR�N GONZ�LEZ DE MANOTAS, �fue una se�ora de gran belleza, de piel muy blanca y ojos azules;  estuvo casada con Ricardo Manotas, y vivi� hasta edad avanzada en Tol� de la iglesia hacia abajo. Ya anciana se fue a vivir a Lorica. Entre sus hijos estuvo Ligia Manotas Patr�n�.

ANA LUISA PATR�N GONZ�LEZ, viv�a en una de las casas de Juli�n en Tol�, casa que, a la muerte de Ana Luisa, pas� a ser de su hermano Clemente Patr�n Orozco.

AMIRA FRANCISCA PATR�N AIRIARTE, era la hermana gemela de Juli�n. �La hermana de mi t�o Juli�n, mi t�a Amira Francisca, se llamaba realmente Casimira. Viv�a diagonal a Juli�n, en la casa de la esquina de la cuadra de la iglesia. Ella se cas� con Mariano de Lavalle y su hija Carmen de Lavalle Patr�n se cas� con Julio Bustamante, de Cartagena con quien tuvo once hijos entre quienes est�n: Amira (Amirita), Marina, Carmen, Julio, Antonio�.  De Amira y su esposo Eduardo Gonz�lez es la extensa y distinguida descendencia de los once hermanos Gonz�lez Bustamante de Tol�.

MATRIMONIOS, UNIONES E HIJOS

Don Juli�n se cas� en primeras nupcias con Ana Luisa Pisarro Gonz�lez, hija de su amigo tolimense (de Ambalema), Joaqu�n Pisarro, ganadero y empresario del tabaco radicado en Ovejas, (hoy Sucre).  Ana Luisa falleci� tempranamente y con ella Don Juli�n no tuvo hijos. Juli�n se cas� entonces con la hermana de Ana Luisa, MERCEDES PIZARRO GONZ�LEZ, cari�osamente llamada la ni�a Merce y misia Merce, con quien tuvo la siguiente descendencia: Juli�n, que fue su primer hijo de su mismo nombre y quien muri� siendo ni�o; Luis Felipe, Leonor del Socorro, Pedro Pablo, Virginia y Juli�n Francisco.

�Como simp�tica an�cdota se registrar� que en 1889, cuando Cartagena celebr� el primer centenario del nacimiento del pr�cer doctor Jos� Fern�ndez de Madrid, una hija del se�or Pisarro, Mercedes, entonces una ni�a, represent� a Tal�a en el gran cuadro pl�stico de la Gloria, Cartagena, la Fama, Minerva y las Musas. A�os m�s tarde do�a Mercedes fue esposa de Don Juli�n Patr�n, de Tol��.

Dentro y fuera del matrimonio Don Juli�n Patr�n Airiarte fue muy prol�fico. Adem�s de los anteriores seis hijos, tuvo los ocho siguientes: Manuel Patr�n Toro, Rafael Patr�n del Toro, Roquelina Patr�n G�mez, Rafael Patr�n N��ez, Domingo Patr�n Buend�a, Lucila Patr�n, Jos� Francisco Patr�n Garc�a y Mar�a del Socorro Patr�n Mart�nez.

LUIS FELIPE PATR�N PISARRO, el mayor de los hijos de Don Juli�n, ayudaba a su padre en el manejo de algunos de los negocios o tareas de las grandes haciendas ganaderas, especialmente en la organizaci�n de los potreros y en el pago de los salarios a los peones. Luis Felipe, se cas� con Marina Isla Bula, con quien tuvo a Sonia del Socorro, casada a su vez con Jos� Mar�a del Risco Otero, a su vez hijo de Jos� Mar�a del Risco (administrador de las haciendas y de la Bodeguita de Don Juli�n Patr�n). Otra de las hijas de Luis Felipe por fuera del matrimonio fue Virginia Patr�n (�Vire chiquita� para distinguirla de Virginia Patr�n Pisarro, hija de Juli�n). Vire, mujer de personalidad afable, culta y bondadosa, vivi� en Tol� y estuvo casada con Don Miguel Gonz�lez con quien tuvo a sus dos hijos: Adolfo y �lvaro, �ste llamado cari�osamente �el mono Gonz�lez� personaje extrovertido muy apreciado en Tol� y sus alrededores, de gran vitalidad y carisma, heredero de la bonhom�a y don de gentes de sus dos padres; Alvaro tuvo y manej� una empresa pesquera en Tol� y muri� tr�gicamente siendo bastante joven.

LEONOR DEL SOCORRO PATR�N PISARRO fue la segunda hija de Don Juli�n; vivi� durante toda su juventud y la mayor parte de su vida adulta en Tol� y, en la madurez y vejez, en Cartagena. Leonor, para cuando se inici� la Colombia Products Co., tendr�a unos quince a�os; habiendo llegado a Cove�as esta empresa, e instalado all� el hospital, tambi�n lleg� un m�dico de la Universidad Nacional, el Dr. Horacio Navarro, quien se cas� con ella y tuvieron a sus hijos: Horacio, quien tambi�n fue m�dico y se suicid�; Mercedes Teresa y Dorila (que desde su adolescencia no quer�a que le dijeran Dorila sino Doris). Ellos viv�an en la gran casa de madera de alto corredor que Juli�n dio a su hija Leonor y a su esposo el Dr. Horacio Navarro en la esquina noroccidental del parque.
Figura 26. Casa de Leonor Patr�n Pisarro y de su esposo el Doctor Horacio Navarro. Tol�, 2003.
Foto por cortes�a de Raquel Romero.
(Esta fotograf�a ha sido editada eliminando algunos elementos actuales para exponer mas fielmente la arquitectura sobreviviente de la casa. Edici�n fotogr�fica y N. del A.)
Leonor, al igual que sus hermanos, solamente realiz� los estudios b�sicos (adem�s se cas� a los quince a�os) y, como era costumbre para las mujeres de la �poca, no se capacit� en arte u oficio alguno; ella y su esposo, el Dr. Navarro, vivieron en Tol� muchos a�os y despu�s se fueron a vivir a Cartagena, regresando por temporadas a Tol�. A pesar de que el Dr. Navarro era el m�dico que trataba a la familia, ellos viv�an retra�dos y casi ocultos en su casa; no fueron personas de trato afable ni lo que se dice, familiar. El era un m�dico de gran prestigio en toda la regi�n, muy reconocido por sus aciertos y su consultorio en Tol� era asiduamente visitado por los pacientes durante sus espor�dicas visitas. La preferencia que la gente observara hacia �l se derivaba - sin duda alguna - de su fama y prestigio bien logrados como m�dico, porque el consultorio instalado en su casa de Tol�, como espacio f�sico, era un despacho con presentaci�n deplorable: en una oficina oscura ten�a su escritorio; detr�s de �l una serie de estantes de madera llenos de libros viej�simos cubiertos de polvo, como si una mano amiga del orden y aseo nunca hubiera rondado por esos lares; la camilla de madera y tapiz de cuero estaba medianamente limpia a fuerza de pasar por ella la ropa de los pacientes; las telara�as abandonadas y empolvadas colgaban orondas en el techo del recinto y en el cable del bombillo central, mientras otras nuevas adornaban las esquinas del cuarto. Su trato con los pacientes era parco, mas bien brusco y bastante poco informativo; era de esas �pocas en la que el m�dico no le explicaba al paciente nada sobre su estado de salud, as� que el Dr. Navarro se limitaba a examinar al paciente y extenderle una f�rmula m�dica, pero cuando alg�n paciente sensato se inquietaba por su enfermedad y le preguntaba sobre ella, su enojo no se hac�a esperar y le soltaba algo como: Si no se cura con dos o tres f�rmulas de las m�as entonces es que es un c�ncer; con lo cual no solamente despachaba al paciente con mas incertidumbre y desaz�n de la que ya ten�a, sino que tambi�n se aseguraba de su regreso a las consultas subsiguientes; nunca cobraba las consultas m�dicas que le hac�a a los miembros de la familia pero a instancias de sus hijos, las hac�a anotar en un cuaderno de cuentas por cobrar que ten�a disponible para hacerlas efectivas meses o a�os despu�s, como en efecto lo hizo. Pero su alto prestigio profesional opacaba cualquier otra falencia o condici�n humana; de sus haza�as se cuenta que en una ocasi�n asisti� a lomo de mula hasta una apartada regi�n de las haciendas de Don Juli�n para atender a un joven gravemente enfermo; el diagn�stico: apendicitis aguda; el tratamiento: cirug�a inmediata. A falta de otra opci�n oper� al paciente en la misma casa con el instrumental esterilizado que llevaba, claramente en condiciones de dif�cil asepsia pero, providencialmente, con total �xito y recuperaci�n del joven enfermo.

PEDRO PABLO PATR�N PISARRO, el tercero de los hijos de Don Juli�n hered� una gran hacienda en Sabaneta y a�n en �pocas relativamente recientes (alrededor de 1960), se dec�a que ten�a alrededor de 10.000 reses. Hizo crecer sus haberes y los conserv� de forma razonable pero con la dificultad derivada de las p�rdidas por abigeato. Sus primeros hijos fueron: Felipe, alto, apuesto y reservado joven quien muri� a temprana edad despu�s de dos intentos de suicidio; Celedonio, y Teresita. Ya en edad madura Pedro Pablo se cas� con Juana Luna; de su uni�n son sus hijos: Pedro Segundo, Ofelia, Carmelo, Juli�n y Sergio.

VIRGINIA PATR�N PISARRO, nacida en 1915, la cuarta de las hijas de Don Juli�n y �nica sobreviviente (2003), estudi� en el Colegio Los �ngeles de Medell�n y ten�a 19 a�os cuando muri� su padre. Regres� entonces a Tol� al lado de la ni�a Merce para vivir con ella y acompa�arla. Cuenta que a su padre no le gustaba llevar a los hijos a las fincas, pero cuando iban a Cove�as disfrutaban paseando a caballo por los prados y potreros. Virginia era evidentemente una ni�a de casa; fuera de sus espor�dicas y fugaces visitas de paseo a Cove�as, no conoc�a los negocios ni las propiedades de su padre � asunto por dem�s vedado a las mujeres - , por lo que sus recuerdos de la �poca son pocos y fragmentarios. Se cas� con Alejandro Garc�a, ganadero de Sucre, con quien no tuvo hijos. Poseedora de una notable vitalidad f�sica y gran lucidez mental, vive en Tol� con una de sus sobrinas segundas y sobrinos-nietos terceros, en su casa esquinera que construy� frente al mar, al lado Este de la Bodeguita, en el mismo sitio donde tuvo su oficina Don Juli�n, diagonal a donde estuvo la Gendarmer�a o Resguardo de Aduanas y Rentas y al lado Oeste de lo que una vez fue el Hotel N��ez.

JULI�N FRANCISCO PATR�N PISARRO fue el quinto y �ltimo de los hijos leg�timos de Don Juli�n. Familiarmente llamado Juliancito, en vida de su padre le asist�a en algunas de las actividades de las haciendas, pero era el hijo jaranero, amigo de las fiestas y, especialmente del trago. Eran famosas sus correr�as a caballo por las diversas poblaciones a donde iba a hacer �negocios� de su padre; por supuesto, llevaba una considerable cantidad de dinero y tambi�n una banda de m�sicos a quienes, blandiendo la inefable botella de ron, acicateaba para que tocaran dici�ndoles: �Adelante camisola que poller�n va atr�s�. Entraba a las cantinas con la banda y con el caballo a beber, bailaba cumbias y porros sabaneros con billetes encendidos en la mano a modo de velas y repart�a ron a todos los parroquianos. A la muerte de su padre recibi� gran cantidad de tierras en herencia, desde Madre de Dios (y San Jos�) hasta Cispat�, y tambi�n las tierras entre la Boca de la Ci�naga y Tol�, todas ellas fueron r�pidamente vendidas y el dinero resultante gastado en las interminables farras que acostumbraba. En su vejez, alcoh�lico, sin tierras, ganados, propiedades ni dinero, fue acogido por su hermana Virginia hasta el fin de sus d�as. Virginia le proporcionaba vivienda y sustento pero no le patrocinaba el trago, por lo que Juliancito, con su peque�a estatura y sus piernas arqueadas, igual que las de Don Juli�n, se paseaba por Tol� pidiendo plata a sus conocidos y familiares para comprar �una botella de ron Blanco�. Juli�n Francisco no se cas� y tuvo dos hijos: Luis Francisco, quien muri� y Teresa, quien vive en Cartagena.

Aunque los hijos leg�timos de Don Juli�n no se caracterizaron por seguir las huellas de empresario de su padre ni se preocuparon por adquirir conocimientos o estudiar, seguramente por la existencia de la inmensa riqueza de su padre, en general fueron personas apreciadas por su car�cter bondadoso y su buen trato para con los allegados y con los empleados de Don Juli�n.

ROQUELINA PATR�N G�MEZ, -Mimi - (1900-1975), hija de Juli�n con Julia G�mez, una de las tres hijas mujeres de los ocho hijos naturales conocidos del hacendado, naci� en Tol� y fue la hija mas cercana y af�n a Don Juli�n Patr�n. Mimi era el apodo dado a Roquelina por uno de sus nietos y nombrarla por �l se restring�a casi al �mbito familiar.

Mimi fue un personaje bien conocido por su don de gentes, su generosidad, capacidad de trabajo  y su desprendimiento de los bienes materiales; cualidades que merecen destacarla como persona humana y tambi�n por los hechos de: haber sido la primera maestra de Cove�as y la persona que, mediante sus recuerdos y relatos fue la inspiradora de la construcci�n de esta Historia de Cove�as.

Menuda de estatura, morena, de modales suaves y delicados, entre sus cualidades estaban su personalidad culta y su acendrado altruismo, as� como su amor y dedicaci�n por los suyos y por los dem�s. Realiz� estudios primarios en la escuela de Tol� donde vivi� con su padre, la ni�a Merce y sus otros hermanos, mientras su madre, Julia G�mez viv�a a dos cuadras de la casa.

Roquelina se destac� desde temprana edad por sus habilidades manuales, especialmente por la costura. Dedicaba su tiempo libre para hacer los vestuarios de la iglesia de Tol� y la ropa de sus hermanos; sus realizaciones costureras destacaban por la finura de los acabados y la falta de visibilidad de las costuras. Las prendas que sufr�an alguna rotura recib�an sus especiales cuidados con un hilvanado hecho con tal destreza y detalle que el remiendo era absolutamente imperceptible. Mimi manejaba con especial destreza su m�quina de coser, con la que hac�a bordados y cos�a la ropa; era la �poca de las m�quinas Singer de pedal, con una sola aguja, volante inferior unido al superior con una cuerda de cuero, en las que solo las costureras expertas pod�an hacer los bordados, costuras y dem�s malabares que ahora hacen casi solas las m�quinas modernas computarizadas. Tambi�n era la �poca en que la ropa era almidonada y planchada con planchas de hierro macizo que se calentaban en grupo en los fogones de le�a. La labor requer�a de especial cuidado para no ensuciar nuevamente la ropa con carb�n, cenizas o tizne. A fines de los a�os 50 llegar�an unas planchas voluminosas, tambi�n de hierro, pero con un compartimiento donde se les echaba el carb�n encendido y un respiradero superior a modo de chimenea para escapar el humo. Estas planchas fueron pr�cticamente una noveler�a y quienes las adquirieron las abandonaron con la misma rapidez por su gran incomodidad, derivada del volumen y peso que ten�an, debiendo regresar enseguida a las viejas planchas de hierro macizo calentadas en los fogones de le�a.
Figura 27. Alumnas de la escuela de ni�as de Tol�. Roquelina Patr�n G�mez es la tercera de izquierda a derecha, fila superior. Tol�, 1907
Figura 28. Roquelina Patr�n G�mez y Carlos Sierra Monterroza. Cove�as, 1960
Foto por cortes�a de Carmen Sierra Patr�n.
Foto por cortes�a de Ana Sierra Patr�n.
Otra de las habilidades que Roquelina cultiv�, especialmente cuando fue a vivir en su finca El Sol, fue la culinaria, arte que desempe�aba en casa con especial dedicaci�n para sus allegados y amigos elaborando el delicioso sancocho con le�a, la carne asada o el viudo de carne salada, el arroz con coco, patacones, bollo limpio, de coco o de mazorca, el queso blandito hecho a mano con la leche de las vacas de El Sol, el suero coste�o casero y la chicha de arroz o de ma�z, batidas con molinillo, o el jugo del lim�n mandarina que ten�a en la huerta, de corozo, tamarindo, mam�n o de guayaba, como refresco.

Mimi vivi� en Tol� desde sus primeros a�os en casa y bajo los cuidados de su padre con quien, con ocasi�n de los inicios de la construcci�n del Packing House de Cove�as y sigui�ndole los pasos, se fue a vivir en la Casa Grande de Madre de Dios. Como lo hiciera su padre a�os atr�s, a los 18 a�os inici� su vida laboral; en 1918 trabaj� en la Colombia Products Co. elaborando la ropa del Hospital y, finalizado ese trabajo, debido a que tambi�n se hab�a orientado hacia la docencia desde su temprana edad fue la primera maestra de la escuela p�blica Cove�as, de la cual Roquelina fue directora y �nica profesora e impart�a educaci�n a los ni�os de la regi�n durante la construcci�n del Packing House entre 1919 y 1921 y en los a�os subsiguientes.

En mayo 4 de 1921, Roquelina fue nombrada oficialmente como maestra de la Escuela mediante la siguiente carta, cuyo contenido, breve, conciso pero con un delicioso estilo narrativo y manuscrito con una bell�sima caligraf�a merece destacarse como documento valioso por su estilo literario y su graf�a, que dice:
Rep�blica de Colombia
Departamento de Bol�var
Inspecci�n Local de I. P�blica

Tol�, Mayo 4 de 1924

Se�orita
Roquelina Patr�n
Cove�as

Pl�ceme comunicar a Ud. Que el Sr. Inspector Seccional por medio de un telegrama fechado ayer se sirve decirme que la Direcci�n General de Instrucci�n P�blica ha tenido a bien nombrar a Ud. Directora de la Escuela alternada de ese lugar. Si como es de esperar, Ud. acepta la designaci�n, espero se sirva tomar posesi�n ante el Sr. Prefecto de la Provincia para proceder cuanto antes a la instalaci�n de la referida Escuela.

De Ud. Atto. S.S. Juan Olier S.
En efecto Mimi tom� posesi�n de su cargo, pasando de trabajadora de la Colombia Products Co. a funcionaria de la Inspecci�n Local de Instrucci�n P�blica de Tol�. Posteriormente, en 1924, su nombramiento fue ratificado ya como Directora de la Escuela el 11 de diciembre de 1924 por la Direcci�n General de Instrucci�n P�blica del Departamento de Bol�var seg�n documento N� 99 que reza:
�Cartagena, 11 de diciembre de 1924. Se�orita Roquelina Patr�n. Tengo el honor de llevar a su conocimiento que, por Decreto N� 3953 la Gobernaci�n del Departamento ha tenido a bien nombrar a usted Directora de la escuela (ilegible)�.
Figura 29. C�dula Departamental N� 27 de Roquelina Patr�n, Directora de la Escuela P�blica de Cove�as. Tol�, enero de 1925
Foto del autor, del documento original cortes�a de Carmen Sierra Patr�n
Durante su trabajo como maestra y debido a que viv�a con su padre en Madre de Dios, donde ten�a todo lo necesario, le dijo que quer�a comprar un terreno que fuera de ella. Siendo hija natural Roquelina sab�a de los nulos derechos legales que tendr�a frente a una eventual falta de su padre, as� que deseaba tener sus propiedades adquiridas con sus propios recursos; convino entonces con Don Juli�n que le guardara el salario de maestra para ir amortizando hasta cuando tuviera suficiente para comprarle un terreno.

Ese fue el proceso de adquisici�n informal de El Sol, su finca de 30 hect�reas que fue pose�da por ella, su esposo e hijas desde mucho antes del inesperado fallecimiento de su padre en 1934; propiedad que no fue formalizada en vida de Don Juli�n. Debido a que las tierras fueron repartidas entre los hijos leg�timos y a que la mayor extensi�n en la cual estaba incluida El Sol se le otorg� a su hija leg�tima Virginia y �sta, conociendo los antecedentes, hizo escritura p�blica de cesi�n de tal terreno a su hermana.

La finca El Sol, de 30 hect�reas, situada despu�s de Punta Seca, fue donde vivi� Mimi hasta sus �ltimos a�os y donde cri� a sus hijas y a much�simos �ahijados�, hijos de gente de la regi�n, que conocedoras de su altruismo le ped�an el apadrinamiento.

Siendo maestra de la escuela, Roquelina conoci� a Carlos Sierra Monterrosa, natural de Palmito, con quien se cas�. Su t�o Clemente Patr�n, tambi�n su confidente, con ocasi�n de una consulta de Roquelina, le respondi� a su sobrina as�:

Tol�, 17 de Mayo de 1924
Se�orita
Roquelina Patr�n G.,
Madre de Dios

Querida Roque:
En correspondencia a tu muy grata cartita, que no tengo a la vista en este momento, y por medio de la cual me pides concepto en relaci�n con un pretendiente que tienes y que responde al nombre de Carlos Sierra, y quien por otra parte he podido comprender, no te es indiferente; me permito manifestarte con toda franqueza, que lo conozco, y que lo tengo en concepto de muchacho serio, trabajador y juicioso, solo que al tener simpat�as por �l, como lo creo, soy de la opini�n que debes comenzar por autorizarlo, para que al respecto se entienda con mi hermano Juli�n a quien avisar�s previamente.
Te abraza tu t�o que te quiere

Clemente Patr�n Orozco. 


Una vez casados Carlos y Roquelina, se fueron a El Sol donde volvi� a instalar su escuela, ahora privada pero gratuita. Mimi conoc�a como nadie a los habitantes de Punta Seca - poblaci�n aleda�a a su finca - y, si bien no era acaudalada y viv�a de los negocios de ganado de Carlos, de la moderada producci�n de sus vacas (unas 30 a 40 cuando mas) y de los productos de la tierra (yuca, �ame, arroz, ma�z, pl�tano, mango, guayaba, ciruelas, mam�n), conocedora de las carencias y necesidades de sus vecinos, compart�a con ellos todos sus haberes por lo que literalmente se sacaba el pan de la boca para darlo a los dem�s.
Figura 30. Casa de El Sol. La puerta de la derecha era la entrada a la tienda. Cove�as, El Sol, 1960
Figura 31. Cosecha de arroz de las plantaciones de El Sol. Alrededor de 1960
Foto por cortes�a de Ana Sierra Patr�n
Foto por cortes�a de Carmen Sierra Patr�n
A instancias de Roquelina, Carlos le puso una tienda le surt�a regularmente con v�veres y donde, en las diarias visitas de sus �ahijados�, se escuchaban conversaciones del siguiente tenor:

Ahijado: Buenos d�as madrina.
Mimi:
Buenos d�as mijo.
A:
Le manda decir  mi mam� que si le f�a una libra de arroz.
M:
Bueno mijo, y..., �con qu� va a hacer el arroz tu mam�?.
A:
Yo no s� madrina.
M:
Bueno, ll�vate este medio coco y este aceite. Mira, y �qu� mas van a comer?.
A:
Nada mas madrina.
M:
Bueno, ll�vate esta panela y estos pl�tanos......, y pasa por el corral para que te llenen de leche ese �chocorito�. 

La ollita o
�chocorito� como le llamaban, era llevada expresamente para la leche pero no era mencionada por el ahijado durante la conversaci�n, aunque s� era convenientemente puesta a la vista de Mimi esperando su habitual mandato de ir a llenarla de leche al corral.

Y as� sucesivamente se repet�a diariamente la visita de mas de cincuenta �ahijados�, otros que no lo eran pero que tambi�n le llamaban �madrina� y otros que le llamaban T�a Roque, a quienes Mimi aperaba con similares o mayores raciones �fiadas� que, obviamente, nunca fueron pagadas por los supuestos acreedores. Cuando se acababan las provisiones de la tienda ella acud�a a Carlos para que se la surtiera nuevamente ya que �todo estaba fiado�. La tienda la mantuvo hasta comienzos de la d�cada de 1960 cuando, ya por f�sica imposibilidad econ�mica y personal, debi� cerrarla.

"Mam� atend�a por la ma�ana la escuela que ten�a en El Sol, despu�s de despachar a los �ahijados� que ven�an con sus �chocoritos� a llevar la leche y las dem�s provisiones que ella les daba. All�, en la sala o en el corredor de la casa, recib�a entre 30 y 40 ni�os a quienes ense�aba en cartillas y pizarras que ella misma les compraba. Tambi�n les hac�a la ropa porque muchos de ellos llegaban sin camisa y con el �nico pantal�n muy sucio. Mam� aprovechaba la tela que le quedaba de la ropa que cos�a para pap� y para otras personas (gratis) y le hac�a la ropa a los ni�os de su escuela."
Figura 32. Roquelina Patr�n de Sierra en El Sol rodeada de sus alumnos y �ahijados�, con ocasi�n de una ceremonia religiosa. Cove�as, El Sol, 1950
Foto por cortes�a de Carmen Sierra Patr�n
Las hijas de Carlos y Roquelina fueron Ana, Carmen y Roquelina; iban a nacer a Palmito a la casa de los abuelos paternos Sime�n Sierra y Felipa Monterrosa (esta �ltima era t�a del padre Eladio Monterrosa, p�rroco de Sincelejo durante muchos a�os). Ana Sierra Patr�n, la mayor de las hijas, estudi� sus primeros a�os en Tol�, despu�s continu� en Sincelejo y, entre 1940 y 1943, estudi� Secretariado Comercial en el Instituto Comercial de Cartagena.

"Yo no estudi� en el colegio de las Teresitas porque cuando viv� en casa de mi abuelo y mi madrina en Tol�, entre 1933 y 1934, recib� clases de 2� y 3� de primaria de mi prima Isabel Alicia Patr�n, hija de mi t�o Clemente, en la escuela que ten�a en el patio de su casa; despu�s me mandaron a estudiar a Sincelejo, al Colegio de las Mercedes, para terminar primaria y luego me fui a estudiar Secretariado Comercial en el Instituto Comercial de Cartagena [de propiedad de Don Luis Delgado Paniza, entidad que despu�s se llamar�a Escolombias]."

Al terminar sus estudios Ana regres� a Cove�as y se vincul� laboralmente a la compa��a Sagoc donde permaneci� durante 27 a�os en los cargos de secretaria de la superintendencia y cajera; continu� con Ecopetrol entre 1976 y 1978 donde fue la Jefe del campo en Cove�as. Se cas� con Rafael Mor� Bonfante y sus hijos son: Rafael, Carlos y Gabriel.

Carmen, la segunda hija de Carlos y Roquelina, continu� estudiando en Tol� donde se recibi� como maestra en el Colegio de las Teresitas; trabaj� en Sagoc donde fue secretaria de la Superintendencia de Sagoc y manej� durante muchos a�os las comunicaciones con los barcos y aviones, as� como los documentos relacionados con el embarque de petr�leo; luego continu� en Ecopetrol en el mismo cargo hasta su jubilaci�n; se cas� con Washington Romero Paredes de Sincelejo, con quien tuvo a su hija Raquel.

La tercera hija de Carlos y Roquelina, con su mismo nombre: Roquelina, tambi�n estudi� en Cartagena Secretariado Comercial, con su esposo y primo V�ctor de la Ossa tuvo a sus hijos: V�ctor, Alberto, Judith, Carlos e Isabel.

Para esa �poca, d�cada de 1940, era realmente dif�cil que las personas estudiaran y se capacitaran pero, a�n viviendo en una regi�n donde la instrucci�n no era habitual, menos para las mujeres, Carlos y Roquelina siempre tuvieron en mente la necesidad que sus hijas recibieran la mejor educaci�n posible y se defendieran por s� solas en la vida, m�xime con el ejemplo a la vista de sus t�os, que hab�an heredado una cuantiosa  fortuna y no sab�an siquiera como manejarla. Ello los condujo a enviarlas a estudiar aunque fuera lejos de casa.

Carlos Sierra Monterrosa fue un trabajador incansable del campo en la actividad de cultivo y en negocios de crianza y compraventa de ganados. Poseedor de un extraordinario buen humor y de una risa estridente y contagiosa, gustaba hacerle bromas a todas las  personas con quienes trataba, incluyendo a sus hijas, nietos, yernos, y a su esposa Roquelina. Ten�a gran habilidad para ponerle apodos precisos a sus trabajadores y a casi todas las personas que conoc�a, excepto a sus familiares, (algunos apodos tan extra�os como Mochilanga, Frijolito, Cabeza de zoco, Tortolita, Cabeza de chorlito; y hasta a los animales eran objeto de sus extra�os vocablos, como la mula �cartula�, por tener deforme una de las orejas).

�A pap� todos en la regi�n lo quer�a mucho por su sencillez, su buen humor y su bondad; conoc�a a todas las personas y se paseaba por Punta Seca llamando a cada uno de los habitantes por su apodo (el que �l mismo les hab�a puesto) y as� como �l les manifestaba su aprecio, las personas le correspond�an. Los trabajadores que ten�a en la finca eran de Punta Seca�. 

Cuando sus nietos, en �poca de vacaciones escolares, iban de paseo a
El Sol les dec�a: �el que no trabaja no come�. Sentencia extensiva a sus amigos y que causaba gran angustia a Roquelina pero que para ellos era como un juego divertido que, a su vez, les ense�aba el valor del trabajo.

El abuelo proced�a a indicarles las tareas que deb�an cumplir: recoger tantas manos de arroz, tantas mazorcas de ma�z, desyerbar tal o cual sitio, traer agua del estanque, levantarse por la madrugada a orde�ar, etc�tera; labores que proced�an a realizar conjuntamente con los trabajadores de la finca, de manera diligente y completa, ya que �l mismo abuelo les fiscalizaba los resultados y no aceptaba que les dieran ayuda diferente a la de indicarles la manera correcta de hacer la cosecha o de orde�ar. As� mismo era deferente con ellos y dispon�a de los caballos y los aperos para que fueran a pasear despu�s de la jornada de trabajo. Tambi�n les instaba a realizar labores gratificantes, como la siembra de �rboles frutales, y cada uno de ellos plant� y cuid� durante a�os su propio �rbol de mango en la huerta de
El Sol.

Figura 33. Fin de semana en El Sol, 1964
Foto por cortes�a de Ana Sierra Patr�n
En la fotograf�a anterior se encuentran, en el corral de ganado: arriba, de izquierda a derecha: Jos� Luis y Carlos Jaimes, Rogelio Camacho, Gabriel y Rafael Mor�, Antonio Camacho Navarro, Carlos Mor�. Abajo; Ana Sierra Patr�n, Rafael Mor� Bonfante, Mayito Romero con su sobrina Alicia Margarita L�pez, Carlos Sierra Monterroza y frente a �l Beatriz Ram�rez Sierra y Judith Romero.

Aprovechando las dotes culinarias de Mimi, de sus correr�as de negocio de ganado por la regi�n, Carlos le tra�a los mas diversos especimenes animales (micos, babillas, loros, iguanas, icoteas, guartinajas, etc.), debidamente sacrificados, sin piel y descuartizados, para que no se evidenciara su origen y se los entregaba para que los cocinara y despu�s los ofrec�a a sus invitados, no pocos de los cuales corr�an a vomitar cuando, acabada la cena, Carlos les dec�a que clase de animal hab�an comido, mientras explotaba con su tormenta de risa en burla de sus comensales.

La fauna de la regi�n, adem�s de abundante, era muy variada: venados, conejos, guartinajas (guaguas o chig�iros), babillas, loros, iguanas, icoteas, armadillos, serpientes de variados colores y clases, garzas, t�rtolas, micos, tit�es y hasta tigres se encontraban f�cilmente hasta los a�os 50.

Los �nicos animales que Carlos no le tra�a a Roquelina eran las serpientes, a las cuales ella les ten�a especial aversi�n rayana en el p�nico, cosa extra�a para quien vivi� gran parte de su vida en el campo. Ante la presencia, a�n a la distancia de uno de tales reptiles, Mimi sucumb�a y perd�a el conocimiento. Era tal su terror a las serpientes que la sola visi�n de ellas en una fotograf�a o un grabado de un libro le hac�a perder el sentido.

Para 1938, Carlos, Roquelina y familia se fueron a vivir a La Calzada donde Carlos administraba el negocio de la recolecci�n de cocos y ten�a una cr�a de cerdos. Mientras tanto en El Sol dejaron unos cuidanderos. Permanecieron en La Calzada durante seis a�os y en 1944 regresaron a vivir en El Sol. Carlos falleci� de edad avanzada en Cove�as en 1973 y Roquelina muri� en Sincelejo en 1975.

A la muerte de Juli�n Patr�n (1934) tambi�n se acab� el negocio de venta de coco y copra a Panam�. En la coquera se continu� con el negocio de recolecci�n de los cocos, que entonces era de su viuda, la Nina Merce, para continuar empac�ndolos en sacos (costales) y venderlos por cientos a Tol�, San Antero, Palmito y Sabaneta, negocio menos complejo y tambi�n menos rentable que el de exportaci�n a Panam�; en La Calzada Carlos Sierra ten�a tambi�n cr�as de cerdo, eran restos de la gran cr�a que ten�a Don Juli�n y que sirvieron, por poco tiempo, para poner en funcionamiento la maquinaria del Packing House y extraer la manteca de cerdo, jamones y tocino.

2.6 LA HERENCIA DE DON JULI�N

De sus hijos se dice que no aprovecharon los haberes ni heredaron la habilidad empresarial ni el tes�n de Don Juli�n.
�Cuando nadie lo esperaba muri� a los 65 a�os de edad en Panam�. El imperio se derrumb�. Sus hijos varones no dieron la talla, y se salv� lo que heredaron sus hijas, muy bien casadas por cierto�.
Figura 34. Don Juli�n Patr�n Airiarte en sus �ltimos a�os de vida. Tol�, alrededor de 1933
Foto tomada de : BOSSA HERAZO, Donaldo. Don Juli�n Patr�n. En : El Universal Dominical, El Universal, Cartagena, Colombia : (5, Ago., 1990); p. 6.
Cuando muri� Juli�n Patr�n, las tierras fueron distribuidas as�:

Las de Leonor (con su esposo el Doctor Horacio Navarro), fueron 2.000 hect�reas constituidas por la finca de Alicante, desde Villeros hasta Punta de Piedra, incluyendo las tierras aleda�as a Guayabal.
Desde Guayabal hacia el sur (Punta Seca) y Torrente hasta Aserradero era de Virginia (con su esposo Alejandro (Alejo) Garc�a).
Pedro Pablo ten�a la tierra desde Aserradero hasta los l�mites de Sabaneta.
Juli�n, �Juliancito�, ten�a las tierras desde Madre de Dios (y San Jos�) hasta Cispat�, tambi�n ten�a tierras entre la Boca de la Ci�naga y Tol�.
Luis Felipe hered� alrededor de 1.000 hect�reas de las tierras de El Para�so, llegando a Sabaneta. 
La de Roquelina, comprada a Juli�n Patr�n (padre) eran las 30 hect�reas de El Sol.
La Ensenada hasta La Boca de la Ci�naga era de Sergio Patr�n Luna, tierra comprada a su sobrino Luis Felipe Patr�n.
La parte Cove�as donde se encontraban las 30 hect�reas del Packing House, que hab�an sido cedidas gratuitamente por Juli�n a la empresa Colombia Products Co. y 2.602 hect�reas mas, vendidas por �l a la misma empresa, para un total de 2.632 hect�reas, pasaron a ser propiedad, en 1938, de la empresa South American Gulf Oil Company � Sagoc - que instalar�a all� el terminal del oleoducto Petr�lea-Cove�as y el puerto mar�timo de exportaci�n petrolera.

La principal herencia que pudo haber dejado Don Juli�n a sus descendientes no fueron sus haberes sino su tes�n y constancia, su visi�n, su bonhom�a, y su don de gentes; porque sus bienes, por lo menos en t�rminos de administraci�n, en general fueron mal manejados por sus hijos y vendidos progresivamente hasta cuando se acab� el �ltimo metro de la tierra de Don Juli�n. Con la existencia de un padre con tanto dinero, bonach�n, desprendido y seguramente muy paternalista y poco exigente en cuanto a la disciplina y el estudio, los hijos varones, excepto Pedro Pablo, no aprendieron ni desarrollaron habilidades administrativas que les permitiera manejar los negocios dejados por su padre.

Los hijos varones leg�timos (Pedro Pablo, Luis Felipe y Juli�n) disfrutaron de su dinero viviendo bien, viajando al exterior y conociendo el mundo pero no conoc�an ni el proceso de la exportaci�n de cocos ni de ganado, ni los pormenores del funcionamiento de empresas como la Colombia Products Co., de la cual Don Juli�n era socio, ni manejaban la cr�a de ganado ni su comercializaci�n dentro del pa�s (exceptuando a Pedro Pablo). Las hijas mujeres leg�timas �muy bien casadas por cierto�, al decir de Donaldo Bossa, siendo solteras disfrutaron ampliamente de los bienes de Don Juli�n, vivieron bien, viajaron y conocieron parte importante del mundo posible en esa �poca. Leonor, casada desde los quince a�os, pudo conservar las tierras heredades durante muchos a�os y aumentar su caudal gracias a la habilidad emprendedora de su esposo, el Dr. Horacio Navarro. Virginia tambi�n conserv� y aument� sus bienes con la tutela de su esposo Alejandro Garc�a - Alejo - , hombre de amplia experiencia ganadera y h�bil comerciante. De los hijos de Don Juli�n solo Roquelina, la hija mas af�n a su padre, protegida y compa�era suya en Tol� y en la Casa Grande de Madre de Dios, se destac� no solo por el cuidado de sus haberes, que conserv� hasta su muerte, sino por su desarrollo personal y de su familia, por su altruismo sin l�mites.
Usted se encuentra en la p�gina de La Historia de Cove�as en la secci�n: Don Juli�n Patr�n Airiarte.
Por favor, contin�e con el siguiente enlace
(�poca de la Colombia Products Company) o seleccione la secci�n de su preferencia en la lista inferior o superior de enlaces.
Presentaci�n, Contenido, Resumen, Dedicatoria y Agradecimientos, Introducci�n, Antecedentes, Don Julian Patr�n Airiarte, �poca de la Colombia Products Company, �poca de la Sagoc, Llegada del Turismo, �poca de Ecopetrol y Base Naval Cove�as, Municipio de Cove�as, Ep�logo.
P�gina Principal de Gabriel Mor�
Presentaci�n, Contenido, Resumen, Dedicatoria y Agradecimientos, Introducci�n, Antecedentes, Don Julian Patr�n Airiarte, �poca de la Colombia Products Company, �poca de la Sagoc, Llegada del Turismo, �poca de Ecopetrol y Base Naval ARC Cove�as, Municipio de Cove�as, Ep�logo.

P�gina Principal de Gabriel Mor�
Usted se encuentra en la p�gina de La Historia de Cove�as en la secci�n:
Don Juli�n Patr�n Airiarte.
Por favor, contin�e con el siguiente enlace
(�poca de la Colombia Products Company) o seleccione la secci�n de su preferencia en la lista superior o inferior de enlaces.
Usted se encuentra en la p�gina de La Historia de Cove�as en la secci�n: Don Juli�n Patr�n Airiarte.
Por favor, contin�e con el siguiente enlace
(�poca de la Colombia Products Company) o seleccione la secci�n de su preferencia en la lista superior o inferior de enlaces.
Presentaci�n, Contenido, Resumen, Dedicatoria y Agradecimientos, Introducci�n, Antecedentes, Don Julian Patr�n Airiarte, �poca de la Colombia Products Company, �poca de la Sagoc, Llegada del Turismo, �poca de Ecopetrol y Base Naval Cove�as, Municipio de Cove�as, Ep�logo.
Usted se encuentra en la p�gina de La Historia de Cove�as en la secci�n: Don Juli�n Patr�n Airiarte.
Por favor, contin�e con el siguiente enlace
(�poca de la Colombia Products Company) o seleccione la secci�n de su preferencia en la lista superior o inferior de enlaces.
por Gabriel Mor� Sierra
Presentaci�n, Contenido, Resumen, Dedicatoria y Agradecimientos, Introducci�n, Antecedentes, Don Julian Patr�n Airiarte, �poca de la Colombia Products Company, �poca de la Sagoc, Llegada del Turismo, �poca de Ecopetrol y Base Naval ARC Cove�as, Municipio de Cove�as, Ep�logo.
P�gina Principal de Gabriel Mor�
[email protected] o [email protected]
Aviso sobre propiedad intelectual:
La informaci�n contenida en estas p�ginas est� protegida por las leyes de derechos de autor
"Derecho de Autor es la protecci�n que le otorga el Estado al creador de toda obra literaria o art�stica por el mero hecho de su creaci�n."

El autor expresa su voluntad e inter�s en autorizar a personas y entidades para que puedan hacer uso, mediante publicaci�n y/o difusi�n en sus propios medios locales, regionales, nacionales e internacionales; impresos, magn�ticos, electr�nicos, �pticos, audiovisuales, en red interna de Intranet y global de Internet, de la informaci�n aqu� contenida sobre la Historia de Cove�as,
citando la fuente de origen de la informaci�n. Deber� recordarse adem�s, que en el libro se citan otras numerosas fuentes bibliogr�ficas y documentales que tambi�n est�n protegidas por el derecho de autor. Si es pertinente podr� solicitarse la autorizaci�n escrita a trav�s de los correos electr�nicos: [email protected] o [email protected]
Hosted by www.Geocities.ws

1