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La
observación del sitio induce a proponer un papel
destacado al monumento, no tanto en la elegancia de sus
aparejos, que están hechos con piedra de campo unidas
con barro, o por sus paramentos, que debieron ser
cubiertos con estuco, sino por la forma y organización
de los diversos recintos que lo constituyen.
La
mayor parte de los edificios no tienen una función doméstica,
y en su mayoría, deben considerarse como estructuras
con función pública, aparentemente ceremonial. La
sección alta del sitio es casi estrictamente para este
uso, al igual que el Ushnu y el conjunto de la parte
baja. Es como un santuario cuyos ocupantes
debieron
ser más bien amautas o sacerdotes y escogidos al
servicio del culto. Cuando se llega a Choqekiraw, sea
desde el pueblo de Cachora, por el sur o desde cualquier
otro lugar, lo que destaca es una colina troncocónica,
con un amplio y plano espacio circular en la cúspide,
cuyas laderas han sido terraceadas, lo que le da un
perfil homogéneo. Este lugar ha sido llamado Ushnu,
nombre que tenían unos santuarios que se alzaban en
lugares visibles de los asentamientos incaicos más
importantes. Se construían a modo de plataformas
–generalmente piramidales o troncocónicas –para la
ejecución de rituales pro-piciatorios en los grandes
festivales del Tawantinsuyu. Eran parte del culto a las
montañas (los apu),artificialmente levantadas en las
plazas sagradas (wakaypata)frente a los espacios donde
se reunían los fieles para sus cultos y festejos.
Se
presume que el Inca o sus representantes y los
sacerdotes y otros notables ocupaban la cima. Visto como
lo vemos ahora, parece tratarse sólo de una colina cuya
parte más alta está rodeada de un muro que convierte
este espacio en una suerte de plaza circular.
Desde
allí se divisa todo el impresionante paisaje del
entorno, con el río Apurímac 1.500 metros abajo y las
enhiestas montañas de perfiles casi verticales que lo
rodean. Se ven también, al norte, los edificios que
constituyen el centro de Choqekiraw, que están a unos
40 metros más abajo y se inician a más de 100 metros
hacia el norte. Se baja hacia
ellos por un camino que rodea la colina y llega hasta el
«muro triunfal » de De Sartiges. Es en este punto
donde el Ushnu adquiere un carácter monumental, pues en
verdad ese «muro »es parte de una plataforma baja de
la colina que aparece como un vestíbulo para el
ascenso; se trata de un hermoso pórtico que está
frente a una plaza rectangular flanqueada por dos
laderas de gran pendiente que forman una suerte de
cuello de unión entre la colina y
la
ciudadela.
El
«muro triunfal »es una alegoría arquitectónica. Se
trata en realidad de un pórtico constituido por un
conjunto de nichos, de una o dos jambas, que juegan a
desnivel, tanto en profundidad como en altura; simulan
el frontis de un edificio complejo, con varias entradas,
aun cuando sólo una de ellas es un vano que conduce
hacia el Ushnu, en tanto que las demás son nichos
adheridos a la roca. De ese modo, todo el conjunto se
convierte en un solo muro. Por la entrada, que está al
este del pórtico, se accede a una plataforma angosta
donde hay un recinto cuadrangular al que le llaman «mirador
».Es el «vestíbulo »del Ushnu. La plaza que está al
norte del elegante pórtico «del triunfo » es también
un mirador, desde donde se aprecian las profundidades
del Apurímac y el entorno boscoso de las ruinas, al que
las descripciones de De Sartiges le dan la poesía que
merecen:«Desde Huadquiña hasta las ruinas de
Choquequirao no íbamos a encontrar más abrigo
que la bóveda de los bosques ni otro lugar de reposo
que el borde de los torrentes...donde...las lindas
mariposas azules, las serpientes doradas y las verdes
cotorras anuncian a los ojos encantados la región cálida
con su espléndida población de aves canoras y con
plumaje deslumbrador ».
Desde
esta plaza rectangular se ingresa, casi de modo
imperceptible, a una gran plaza pentagonal rodeada del
conjunto de edificios que se identifican como «El
Palacio ».
Un
grupo de tres cuartos está en el lado suroeste y una
larga «callanca »de cuatro puertas en el lado oeste.
Las tres casas están asociadas a una fuente hecha con
losas de piedra,
a
modo de baño, que está en el recinto del extremo sur y
que se alimenta de agua mediante una fina acequia que
conduce el líquido desde la parte alta de la ciudadela.
El edificio occidental, a modo de «callanca »,es en
realidad, el que da frente a la plaza y está hecho con
una cuidadosa arquitectura. Tiene cuatro entradas, que
están además intercaladas con nichos largos y
angostos; en el interior, todos los muros tienen nichos
de casi dos metros de alto –como si estuvieran
dispuestos para recibir a un numeroso grupo de personas
paradas dentro de ellos –que además tenían un
sistema de cierre que no estamos aún en condiciones de
entender. Todo esto es parte, obviamente, de un espacio
sacralizado, y más que palacio, el papel de este
edificio podría ser asumido como parte de un adoratorio
o templo, con ritos que no podemos describir por el
momento.
El
frente septentrional de la plaza da acceso a un edificio
que es, claramente, una casa de dos pisos. La entrada al
primer nivel se hacía desde la plaza por dos puertas,
mientras que para entrar al segundo piso se debía subir
a una plataforma lateral mediante una puerta que está
en el frente oeste. Un pasaje largo, al lado de la casa
dicha, conduce a otras dos casas parecidas que están
dispuestas de sur a norte. Esto sí parece un palacio,
con seis recintos en cada uno de los pisos, con un
acceso controlado desde el pasadizo. Está asociado,
finalmente, a una extensa «callanca » de seis
puertas,,que mira hacia el oriente con sus puertas
frente a una terraza de finos acabados. Anexos hay una
serie de pequeños cuartos que pueden ser considerados
de servicio. Todo esto está encima de un complejo de
andenerías organizadas de manera muy armoniosa y que
han sido parcialmente restauradas.
Si
bien es presumible que en el palacio viviera gente, nada
indica que fueran más de 20 o 30 personas, suponiendo
que vivieran 10 en cada casa y teniendo presente que los
segundos pisos eran usualmente markawasi, lugares
destinados a la conservación y cuidado de cosas tales
como
alimentos, ropa u otros bienes para el consumo o el
culto. En las casas que suponemos de servicio no es
presumible que hubiera más allá de 20 personas, dado
que aun suponiendo que dos o tres de los cuartos eran
para vivienda, no son suficientemente amplios como para
alojar a más personas. Tampoco hay espacios de vivienda
en la parte alta, donde todos los recintos son del tipo
de los edificios públicos
incaicos. Los hay, en cambio, en los terrenos
intermedios entre Hanan y Urin, donde varios cuartos
tienen todas las características de viviendas
organizadas en torno a patios y dispuestas en terrazas.
Sumados todos los edificios que se conocen en este
sector, queda claro que tampoco pudieron habitarlos más
de 60 personas, asumiendo que en cada casa se podían
alojar
hasta
cinco.
Todo
esto constituye el «sector bajo »(Urin)del conjunto.
Hay otro «arriba » (Hanan),donde nace la fina acequia
que lleva agua hasta la fuente de las tres casas. Hay
unas escaleras, parcialmente descubiertas, que conducen
hasta allá, casi 40 metros encima.
La
parte alta es netamente ceremonial, organizada en torno
a una plaza y con un gran recinto alargado con frente al
sur, en cuyo muro frontal hay cuatro grandes nichos.
Tiene una sola entrada desde la plaza y está conectado
con cuatro pequeños recintos alineados de
norte
a sur, accesibles también desde la plaza. Al frente, al
norte, hay unas estructuras que parecen tener funciones
litúrgicas.
Todo
eso es en la parte más alta, que está 100 metros
encima de la plaza de Urin. Unos 20 metros más abajo,
hay una serie de «callancas » alargadas, con sus múltiples
puertas, dispuestas sobre terrazas y con sus puertas mirando
al oriente. Hay cinco en la misma dirección y una
perpendicular. Hay quienes piensan que pudieron ser
lugares para alojar a numerosas personas, como las que
forman un ejército.
Eso
es lo nuclear, pero no es todo. Choqekiraw es un
asentamiento disperso, y aparte de unos pocos recintos
de piedra que aparecen en uno y otro lado de las laderas
que rodean al sitio, nada impide pensar que en medio del
bosque se escondan los cimientos o las simples huellas
de viviendas donde habitaran gentes del común en
condiciones de campamento o como eventuales visitantes.
En varios puntos hay obras de ingeniería hidráulica
muy cuidadosa, expresada en una red de acequias y una
extensa red de terrazas agrícolas dispersas en las
laderas hasta casi llegar al lecho del río Apurímac.
Los
datos arqueológicos son claros al indicar que ésta es
obra de los incas y que es parte de los proyectos urbanísticos
que tuvieron los gobernantes del Cusco en épocas
avanzadas de su gobierno. A diferencia de Machu Picchu,
que es de algún modo su par, no fue construido por
Pachacútec y, según parece, fue obra atribuible a su
sucesor, Tupac Inca Yupanqui,y tal vez incluso pudiera
ser posterior, de los tiempos de Wayna Qhapaq, que ya es
el siglo XVI.
Cuando
se examinan los restos de la cerámica hallados por los
arqueólogos, se aprecia que no es del estilo cusqueño tradicional
y que hay una fuerte impronta local que no se condice
con el carácter sagrado y público del sitio.Eso puede
permitir elucubrar en el sentido de que no es en nada
improbable que al menos una parte de la alfarería se
produjese
cuando
las relaciones con el Cusco ya no eran eficientes y había
que abastecerse de manufactura local. Esto podría haber
ocurrido después de 1536.Pero eso es sólo una
especulación.
De
otro lado está el hecho de que aun siendo un sitio muy
bello no se usaron los materiales usuales que empleaban
los cusqueños para sus palacios y templos. Esos eran
construidos con sillares bien tallados, que en más de
un caso mandaban llevar desde lugares muy lejanos,
cuando la materia prima era ausente. Aquí los
materiales de construcción son locales y no hay sillería.
Todo lo demás, en términos técnicos y artísticos,
corresponde a modelos incaicos de elite. Los paramentos
de los edificios estaban cubiertos con estuco de barro y
pintados, de la misma manera como eran los edificios que
Wayna Qhapaq mandó construir en Yucay para su hacienda.
Son
indicadores que, entre otros, señalan que estamos
frente a complejos incaicos diferentes, cuando los
comparamos con Pisaq, Machu Picchu u Ollantaytambo.
Seguramente cumplían funciones diferentes, pero también
fueron hechos por arquitectos diferentes que, si bien
seguían las mismas tradiciones, en cambio eran de otros
gustos y otras técnicas. Finalmente, debe mencionarse
que Choqekiraw da la sensación de haber sido un centro
urbano inconcluso, parte de un gran proyecto que quedó
sin terminar
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