Muestra La Condesa de Chinchón (31k) 216×144 mm.
Óleo sobre lienzo.
1800. Madrid. Colección de la familia de los duques de Sueca.
Título: La Condesa de Chinchón.

Este retrato de doña María Teresa de Borbón y Vallabriga es uno de los más excepcionales que hizo Goya y está considerado como una de sus obras maestras. Es la hija del infante don Luis de Borbón y de doña María Teresa de Villabriga, dama noble de origen aragonés con la que se casó el infante. Este matrimonio de desigual clase social, les exilió de la corte y no permitió que sus hijos fueran infantes de España ni llevaran el apellido Borbón.

Carlos IV se ocupó de que su prima tuviera un buen casamiento y en 1797 la ofreció al favorito,

Manuel Godoy, devolviéndola así la posición elevada dentro de la corte, que debía tener. El retrato está realizado tres años después de su matrimonio cuando esperaba a su primera hija, la infanta Carlota. En la correspondencia de la reina María Luisa de Parma con el favorito Godoy, aparecen referencias al encargo de este retrato, tal vez con motivo del embarazo de la condesa. Quizá intentan seguir la tradición de las reinas Habsburgo que solían encargar retratos oficiales cuando esperaban descendencia.

La felicidad del matrimonio de sus padres, a pesar de la renuncia que supuso para el infante, no se repitió en la condesa, ya que tuvo que soportar siempre la presencia de la amante de Godoy, Pepita Tudó, hasta llegar finalmente a la separación.

Goya tuvo oportunidad de retratar a la condesa en más ocasiones, en Arenas de San Pedro cuando era niña en 1783, María Teresa de Borbón y Vallabriga, Condesa de Chinchón, y en el retrato de grupo de La familia del Infante Don Luis.

Este retrato femenino es totalmente diferente a los que Goya había realizado con anterioridad, siempre en un espacio abierto, con la modelo de pie, vestida de negro y mirando al espectador; la condesa, por el contrario, aparece sentada con la mirada huidiza y en un espacio neutro. Este espacio vacío y desnudo de tonos oscuros, contribuye a aumentar el aire de timidez de la condesa.

El aspecto inocente y desvalido es una de las notas que hace de este retrato, uno de los más encantadores de Goya. Aparece la modelo con su vestido blanco de suaves telas y encajes en el bajo, y adornada su cabeza con espigas de trigo entre los rizos rubios, símbolo de la fecundidad.

Es el espacio indefinido y oscuro, el elemento que hace resaltar poderosamente la figura de la condesa, que recibe toda la luz d3sce la zona izquierda de cuadro, proyectando una ligera sombra sobre el suelo, que junto a la silla son las únicas referencias espaciales que encontramos. El uso de la luz y del color que hace Goya en esta obra, así como la suavidad de las pinceladas, dejan traslucir el afecto y ternura que el artista sentía por su joven modelo.

                   

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