Un Amor A Prueba

Capítulo 2

Por supuesto, Mark tenía que buscarle un sitio para quedarse. Sally le recordó que lo había prometido.

“¿Qué yo hice qué?” Gritó él.

Su hermana había llamado a última hora de la tarde para ver que tal iban las cosas, cómo estaba la querida Chloe y si se había organizado la estancia.

“Dijiste que le buscarías un sitio de alquiler.” Repitió Sally.

Mark estaba seguro de no haber dicho tal cosa.

“¿Qué yo he dicho que le buscaría un sitio de alquiler? ¿Con ésas palabras?”

“Bueno, no hace falta que te pongas como un abogado.” Refunfuñó su hermana. “Supongo que no fue exactamente con esas palabras. Yo te pregunté si podrías buscarle un sitio y me dijiste que suponías que sí.”

“Pero nunca pensé…”

No podía decirle que nunca había creído que seguiría adelante. Le debía demasiado y su hermana apenas le pedía nunca nada.

Sólo aquello. Sólo…

Chloe.

“Nada todavía.”

“¿Nada?”

Sally pareció horrorizada.

“Sí, pero ya buscaré algo.”

“No te arrepentirás.” Le dijo Sally con buen humor. “Estoy segura de que les irá bien a los dos. ¡Chloe estaba tan ansiosa por ir! Y es muy trabajadora, Mark. No hay nada que le puedas pedir en lo que no te pueda ayudar.”

“¡No me digas!” Replicó Mark con sequedad para no contarle lo que ya había hecho Chloe.

Su hermana quedaría alucinada. Diablos, si cada vez que lo pensaba también él quedaba alucinado. Pero no pensaba mencionarlo. Chloe Madsen, desnuda, era un recuerdo que no tenía intención de compartir con nadie.

“Ella misma es muy buena fotógrafa.” Prosiguió Sally. “Oh, no de tu clase, por supuesto cariño. Pero hace fotos maravillosas para La Gaceta.”

La Gaceta de Sligo era el periódico semanal local. Sally era la directora comercial, así que era allí donde se habían conocido. Las fotos que Mark recordaba del periódico eran de reinas de belleza locales, de fiestas de adolescentes, jugadores de fútbol del colegio, concursos de pesca y algunos paisajes de hectáreas y hectáreas de cultivos de maíz y soja.

“¿Y eso la ha inspirado para querer venirse a Nueva York?”

“No exactamente. Tuvo que ver con una monja, creo.”

“¿Una monja?”

“Para un artículo que escribió. Chloe, quiero decir. Debió inspirarle algo y ha estado muy inquieta decidiendo que quería hacer…”

¿Bailar desnuda?, pensó Mark con una sonrisa.

“Había dado clases en el jardín de infancia durante tres años antes de empezar a trabajar en el periódico.”

¿Jardín de infancia? ¿Había visto a una profesora de jardín de infancia desnuda?

Pero lo que era peor era que el recuerdo le despertaba todavía algo en el cuerpo. Al menos aquella profesión explicaba el vestido tan pudoroso que llevaba.

“Era maravillosa con los niños. También le encantaba el trabajo, pero acabó un poco inquieta. Pensó que quizá no fuera lo que quería hacer toda su vida, así que vino al  periódico el año pasado.”

“¿Y sigue sin estar satisfecha?”

“Bueno, no es que no esté satisfecha, pero ha vivido en Sligo toda la vida. Quería ver lo que está por detrás del horizonte.”

¡Más tonta ella!, pensó Mark.

“No será capaz de aguantar eso.” Dijo Mark sin rodeos. “Es demasiado ingenua. Demasiado inocente.”

“Bueno, te tiene a ti y…”

“¡Desde luego que no me tendrá a mí! Yo no soy Mary Poppins, ¿sabes?”

“Por supuesto que no.” Replicó Sally con rapidez. “Tampoco esperaba eso. De verdad que no. Sólo esperaba que le echaras un vistazo. Y ella está muy ansiosa por aprender todo lo que tengas que enseñarle.” ¡Oh, Dios, no digas eso!, pensó horrorizado. “Y como siempre pareces necesitar una nueva asistente. Ella es exactamente el tipo de chica con la que me gustaría que te…”

Sally se detuvo de forma abrupta y hubo un largo y embarazoso silencio. Uno que Mark esperaba que no rompiera porque sabía exactamente como terminaría su hermana su hermana.

El tipo de chica con la que me gustaría que te casaras.

No era un secreto que Sally quería verlo casado y de vuelta en Sligo. Eso era lo que siempre había esperado desde el verano en que había aceptado una beca de trabajo con el célebre fotógrafo Camilo Volante tres años atrás.

“Pero si la celebridad no te interesa.” Había dicho Sally sin entender por qué quería aceptar aquel trabajo.

“Pero la gente sí.”

Era la gente a quien él quería fotografiar. Trabajar para Camilo Volante le había parecido una oportunidad fantástica para aprender de uno de los mejores fotógrafos del mundo de la gente famosa. Después podría despegar de allí usando lo que hubiera aprendido y fotografiar lo que quisiera.

Aquél había sido su plan, al menos.

Pero la vida tenía una forma peculiar de trastocar los planes mejor concebidos. El trabajo de verano se había prolongado al otoño y después de eso… Bueno, las cosas habían cambiado y Mark ya no había vuelto.

No es que Sally no valorara su éxito como uno de los mejores fotógrafos de moda, pero nunca dudaba en preguntarle qué había pasado con su sueño de fotografiar a la gente de todos los estratos sociales. Y tampoco vacilaba en decirle lo estupendo que sería que encontrara a una chica encantadora, se casara con ella y volviera a Sligo a fotografiar a granjeros y reinas de belleza.

O quizá, sólo por esa vez, sí había vacilado.

“No estoy interesado.” Dijo Mark por si acaso.

“¿Interesado? Ah, ¿quieres decir en Chloe?.” Sally se rió con tensión. “Por supuesto que no. Y Chloe tampoco está interesada en ti. Va a casarse en septiembre.”

¿Casarse? ¿Chloe?

Mark se quedó un poco jadeante, como si alguien le hubiera dado un puñetazo. Eso le asombró. ¿Por qué debería importarle a él?

No le importaba.

Era sólo que su mente había evocado la imagen de una Chloe muy sonrojada, desnuda y trémula que no parecía la prometida de nadie.

“¿Y quien es el idiota que la ha dejado suelta en Nueva York?”

“Si estás preguntando quien es su novio, es Kian Egan. Es un joven muy agradable. ¿Te acuerdas de Kevin y Patricia Egan? ¿De la granja del norte del pueblo? Kian es su hijo.”

Mark recordaba vagamente el nombre.

“Había una chica de apellido Egan en mi clase.”

“Es Kathy, la hermana de Kian. Se casó y se fue a vivir a Dublín, pero se separó hace dos y volvió aquí con los niños. Hasta hace un par de meses ha estado viviendo en una casa móvil en la granja, que era donde Kian y Chloe iban a vivir. Ésa es la razón por la que no se casaron hace dos años.”

“¿Llevan comprometidos tres años?”

“No, creo que cinco.”

“¿Cinco?”

“Pero estoy hablando sin saber, así que no debería estar chismeando. Te dejaré ya, cariño. Sólo mantenme informada. Y si quieres saber algo más acerca de Chloe y Kian, estoy segura que a ella le encantará contártelo. Sólo pregúntale.”

¡Que lo ahorcaran si pensaba preguntarle nada!

***

Chloe imaginaba que debería sentirse culpable.

Sabia que Mark Feehily no quería que trabajara para él, pero ella había organizado tal revuelo para irse de casa que ya no podía volver y decirle a Kian que había cambiado de idea.

Su novio querría saber por que.

Y como ella era incapaz de mentir, tendría que contarle su equivocación y el ridículo en que se había puesto.

Y eso no pensaba hacerlo de ninguna manera.

Así que se quedaba.

Horas más tarde, en la habitación del hotel donde Mark la había empaquetado sin ceremonia, apretó la cara contra el cristal de la ventana intentando ver el Empire State.

En ese momento sonó el teléfono.

Sabía que era Kian. Lo había llamado en cuanto había legado a la habitación olvidándose de la diferencia horaria y de que estaría durmiendo. Le había dejado un mensaje con el número de teléfono pidiendo que la llamara.

“¡Hola! ¿Estás ya satisfecha?”

Chloe casi sonrió.

“No del todo. ¿Cómo estas tú?”

Estaba bien, por supuesto. Si lo acababa de dejar sólo dieciséis horas antes. Pero su novio le contó todo lo que había hecho ese día, como estaba el tiempo, las vacas y la cena que había tomado en casa de sus padres.

“Mamá me invitó a cenar. Creo que quería comprobar si aparecía solo y si realmente te habías ido. No puede creer que estés haciendo esto.”

La mayoría de la gente del pueblo no podía.

Los habitantes de Sligo no sentían ninguna gana de pasar un verano en Nueva York. Todos pensaban que se había vuelto loca.

Y Chloe había dejado de intentar explicarles nada, excepto a Kian.

Necesitaba que él la entendiera y había pensado que lo haría. Ellos dos habían crecido juntos, habían jugado desde niños, habían ido a la misma escuela y habían empezado a salir en serio cuando los demás sólo jugueteaban.

Chloe había supuesto siempre que estaban destinados el uno para el otro. Desde luego, no había nada de Kian que ella no supiera.

Y nada que él no supiera de ella, excepto que había bailado desnuda esa tarde.

“¿Estás contenta?”

“Hasta ahora sí.”

“¿Es todo lo que esperabas?”

“La verdad es que más.”

¡Y no sabía él cuanto más!

“¿Dónde te alojas? ¿Cómo es el sitio?”

Ella le explicó como era el hotel.

“Respetable.” Había dicho Mark. “Y seguro.” Recordó como se le había contraído el músculo de la mandíbula. “Me gustaría que tuvieran cierre por fuera también las habitaciones.” Había murmurado.

Chloe no estaba segura de lo que había querido decir con aquello, pero no lo había preguntado.

Kian estaba sorprendido.

“Pensé que ibas a alquilar un apartamento.”

“Esto es sólo temporal. Él no ha encontrado un sitio todavía.”

Lo que no le contó fue lo que había insistido Mark en que volviera a casa.

“¡No te quedarás con él!”

“¡Por supuesto que no!”

Mark Feehily deseaba menos que se quedara en su casa de lo que lo deseaba Kian.

“No puedo permitirme pagar un hotel.” Había protestado ella.

“Pero yo sí.”

Así que se había plantado delante del mostrador de recepción y había pagado una noche.

Chloe había intentado buscar su tarjeta de crédito.

“¡Una noche puedo pagármela yo!”

Pero él no le había hecho ni caso. La había registrado, le había pasado las maletas al botones, le había dado la propina y le había dicho que esperaba que recuperara la razón al día siguiente y se fuera a su casa. Entonces había dado la vuelta en dirección a la puerta.

“¡Espera!” Le había llamado Chloe. “¿A qué hora empezamos mañana?”

Él se había dado la vuelta y la había mirado durante un largo momento. Entonces había enarcado la comisura del labio y había dicho:

“La primera sesión es a las nueve.”

“Mañana encontraré un sitio.” Le dijo a Kian volviendo a la conversación. “Después del trabajo.”

“Un sitio seguro.” Le aleccionó Kian.

“Por supuesto.”

“Te extraño.”

“Yo también te extraño, pero estaré de vuelta en case antes de que te enteres.”

“Me enteraré.” Refunfuñó él. “Todavía quedan sesenta y un días más.”

Los había contado, comprendió Chloe con sensación de culpabilidad. Bueno, ella también los había contado, pero con anticipación, no con enojo.

“Comparado con toda la vida, sesenta y un días no es tanto tiempo.” Dijo con suavidad. “Y en cuento vuelva a casa, me tendrás para siempre.”

Y eso era verdad. Chloe había tenido a Kian en su vida durante tanto tiempo, que casi no concebía la existencia sin él. Quizá fuera eso lo que estuviera intentando averiguar.

“La hermana Carmela tiene toda la culpa.”

“No ha sido sólo la hermana Carmela.”

Pero Kian no estaba convencido.

Y tenía razón en que había sido la hermana Carmela, la abadesa del monasterio de Sligo, la que le había metido la idea en la cabeza.

Chloe había entrevistado a la monja un mes atrás para el periódico. Se habían caído bien al instante y en el curso de la conversación, la hermana Carmela le había contado el viaje espiritual que había realizado antes de llegar a su puesto de abadesa.

Había llegado a la abadía nada más de salir de la universidad, con el entusiasmo e idealismo de la juventud intactos.

“Me encantó.” Le contó con los ojos castaños chispeantes. “Me sentí al instante como en mi casa. Más viva. Centrada. Como si fuera el sitio al que siempre hubiera estado destinada. Y todo transcurrió con suavidad hasta que se acercó el día de mis votos. Entonces empecé a sentirme muy inquieta y nerviosa. ¿Y si estaba equivocada? ¿Y si sólo lo estaba haciendo porque me resultaba muy fácil? ¿Quizá demasiado fácil?”

Chloe, que se estaba sintiendo igual los últimos meses, se inclinó y preguntó con ansiedad.

“¿Y cómo lo superó?”

“No lo hice.” Le dijo la abadesa con una sonrisa. “Me fui.”

“¿Que se fue?”

Chloe soltó el bolígrafo y la miró para saber si estaba bromeando.

“No podía quedarme. No hasta que estuviera segura. Así que decidí poner a prueba mi vocación, salir, vivir en el mundo real una temporada y ver si era allí donde pertenecía. Y eso hice.”

Chloe sonrió.

“Y cuando lo conoció, ¿no le gustó?”

La hermana Carmela sacudió la cabeza.

“Al contrario, me gustó mucho. Era maravilloso y tuve mucho éxito bajo la perspectiva del mundo real. Pero al final supe que no era lo adecuado para mí. Vi que por mucho éxito que tuviera, pertenecía aquí. Y entonces regresé.”

Tenía sentido.

Mientras le contaba su vida monástica, la hermana bien podría haber estado hablando de la misma vida de Chloe.

Ella había empezado a sentirse igual de insegura e inquieta al acercarse la fecha de la boda con Kian. Cierto que todavía le faltaban cuatro meses, pero había noches en las que no podía dormir. No dejaba de pensar en el resto de su vida… y preguntarse si iba a ser algo diferente de lo que ella conocía.

Ella y Kian llevaban tanto tiempo juntos y parecían encajar tan bien como el monasterio y la hermana Carmela. Y eso la ponía nerviosa.

“Estás buscándote problemas.” Había dicho Kian.

Pero Chloe no estaba tan segura. Estaba buscando una prueba. Necesitaba ver como era el mundo tras las colinas onduladas y los riachuelos al norte, donde se había criado. Sligo era maravilloso, pero quizá, como la hermana Carmela, estuviera eligiendo el camino más fácil.

Quizá ella debería irse también.

“¡Desde luego, no quince años!” Había exclamado Kian cuando le había contado cuánto tiempo había estado la hermana fuera.

“¡Por supuesto que no! Un par de meses. Eso es todo. ¿Qué te parece?”

“Pienso que es una locura.” Había dicho Kian con su acostumbrada sinceridad. “¿Qué hay ahí afuera que no haya aquí? Aparte de crimen, pobreza, suciedad y aire contaminado, quiero decir.”

Kian sabía que eso era en cierto grado lo tenían en Irlanda, pero sacaba los argumentos de toda la población que se sentía superior a los neoyorquinos.

Pero al final la había apoyado y le había dicho a sus padres que si Chloe sentía que tenía que hacerlo, entonces debía hacerlo. Y a los padres de ella que no le importaba esperar para casarse. Al fin y al cabo ya habían esperado otras veces.

“Volveré en agosto.” Les había recordado ella a todos.

“Y me dejas a mí con todo el trabajo.” Se había quejado su madre.

Pero Chloe sabía que, secretamente, su madre estaba encantada. Ella tenía mucho más interés que su hija en organizar una boda memorable.

“Me llevaré la agenda conmigo. Organizaré lo de las flores y el servicio de restaurante.” Prometió Chloe. “Y mandaré las invitaciones desde allí.”

Y se había llevado su agenda. Pero esa noche no estaba trabajando con la lista de flores ni de invitados. Esa noche estaba contemplando transfigurada el horizonte de Nueva York y de vez en cuando tenía que pellizcarse para saber que no estaba soñando.

Iba a ser maravilloso. La experiencia. El trabajo. Haría un buen trabajo, a eso estaba decidida. A pesar del desastroso y humillante comienzo, salvaría el trabajo. Y volvería en paz a casa; habiendo visto las luces y la gran ciudad, estaría preparada para sentar cabeza con Kian.

Como la hermana Carmela conocería el gran mundo y volvería a casa.

Cerró los ojos entonces y pensó en Irlanda. Pensó en lo verde que era la hierba y lo azul del cielo. Pensó en Kian: fuerte, equilibrado y dependiente Kian.

Era todo lo que siempre había buscado en un hombre.

Pero justo antes de quedarse dormida se encontró esperando que, cuando se acercara desnuda a él en su noche de boda, la mirara con la misma intensidad con la que la había mirado Mark Feehily.

***

¡Era como si Sally hubiera hecho un pacto con el Altísimo!

Bueno, admitió Mark, quizá lo hubiera hecho. Ella siempre estaba ayudando a los demás. Quizá fuera por eso por lo que todo lo relacionado con Chloe estuviera saliendo a pies juntillas.

Acababa de estar junto a la mesa de Edith diciéndole que si quería que Chloe la sustituyera tendría que buscarle un sitio para quedarse cuando la puerta se había abierto y había aparecido Sierra, la estilista.

“¿Se queda?” Sierra pareció encantada. “¿La amiga de tu hermana? ¡Estás de broma!”

“Ya me gustaría. No quiere irse.”

Sierra abrió mucho los ojos.

“¿Sólo te ha echado un vistazo y ya ha decidido que no puede vivir sin ti?”

Sierra trabajaba a menudo con Mark y sabía como las mujeres se rendían a sus pies. Y también lo que a él le irritaba eso.

“Tiene novio.”

Sierra parpadeó con sorpresa.

“Podrías desbancarlo.”

“¡No tengo el mínimo interés!”

El tono de su voz hizo que la estilista diera un paso atrás. Entonces se encogió de nuevo de hombros.

“Tú nunca lo tienes, ¿verdad?”

“No.” Aseguró él con firmeza. “No lo tengo.”

“Bueno, ¿cuándo comienza a trabajar?”

Mark se encogió de hombros.

“Le dije que empezábamos a las nueve, así que a ver si aparece. Quizá haya recuperado la razón y haya decidido volver a su casa.”

En ese momento se abrió la puerta.

“¿Quién? ¿Yo?” Preguntó Chloe.

Mark lanzó un gemido. En parte porque siguiera en la ciudad y en parte porque estaba tan dulce, inocente y deliciosa como el día anterior.

También parecía fresca y descansada, mucho más que él. Y aunque tenía las mejillas sonrosadas, el color parecía más de salud que de vergüenza. Parecía que se muriera de ganas de empezar a trabajar.

“Todavía no te he encontrado un sitio para quedarte.” Dijo Mark para disuadirla.

“Mi hermana necesita que alguien se quede en su casa.” Intervino Sierra.

Tanto Chloe como Mark se dieron vuelta para mirarla.

Sierra se encogió de hombros.

“Si necesitas un sitio donde quedarte, puedes hacerlo en casa de mi hermana. Le van a remodelar el apartamento este verano. Van a hacer mucha obra y ella va a estar fuera, en los Hamptons, pero el otro día me dijo que le gustaría que alguien echara un vistazo a las cosas, estar allí cuando aparezcan los pintores y ese tipo de cosas.”

A Chloe se le iluminaron los ojos.

“¡Fantástico!”

“Espera un minuto.” Objetó Mark.

Todos lo miraron. Él abrió la boca de nuevo y la cerró. ¿Qué iba a decir? ¿Qué no creía que el apartamento de la hermana de la estilista de pelo morado fuera apropiado para una profesora de jardín de infancia?

“Mi hermana no se parece a mí.” Pareció leerle el pensamiento Sierra. “Lucy es… normal.”

“No me refería a eso.” Se encogió de hombros con irritación. “Bien, pregúntale a tu hermana y ahórrame el problema. Yo tengo trabajo que hacer.”

Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y se dio la vuelta hacia el estudio.

Unos pasos se apresuraron a sus espaldas.

“Espérame.” Dijo Chloe un poco jadeante.

Pero él no quería tenerla al lado en ese momento. Era demasiado consciente de su presencia.

“Vete a ayudar a Edith. Cuando llegue Misty que pase a ayudarme a mí.”

Mark se dio la vuelta el tiempo suficiente como para ver una mueca de decepción en su cara y apretó la mandíbula. Que le hubiera dicho que ayudar a Edith no era lo mismo que echarla a la calle.

La puerta exterior se abrió y comenzaron a aparecer las primeras modelos.

“¡Hola, Mark!”

“¡Hola, precioso!”

Mark les dirigió miradas radiantes antes de volver a fruncir el ceño hacia Chloe.

“Vete.” Dijo. “¿No has aceptado cumplir lo que te ordenara?”

Ella se sonrojó levemente, suspiró y se fue.

Mark se dio la vuelta para cargar un rollo y Sierra empezó a trabajar en el pelo de una rubia. Tras la puerta pudo escuchar a Edith hablando con Chloe acerca de la planificación.

“Déjame tomar algunas notas.” Dijo Chloe.

Mark asintió satisfecho. Si tenía que estar allí, el mejor sitio era al lado de Edith.

Ya sólo faltaba que apareciera Misty.

Necesitaba que le colocara los focos y los reflectores mientras Sierra terminaba con el pelo de las modelos. Y después necesitaría que le fuera cambiando las luces mientras disparaba.

Se puso a leer las notas que le había enviado la agencia y tomó algunas propias. Empezó a instalar el equipo él mismo cuando Edith asomó la cabeza por la puerta.

“Acaba de llamar Misty. No puede venir hoy. Parece que sus planetas no tienen la alineación correcta.”

Mark quedó sorprendido.

Edith se encogió de hombros con una leve sonrisa.

“Parece que es muy sensible a este tipo de cosas.”

Mark le lanzó una mirada glacial.

“Es una lástima.” Dijo Edith con la misma sonrisa. “Te vendría bien un poco de ayuda.”

Mark pudo ver a Chloe sentada ante la mesa hablando por teléfono con alguien y tomando unas notas con atención mientras se mordía el labio inferior. Mark la miró y después a Edith. Maldición, ¿es que iba a hacerle suplicar?

“Podría mandar a Chloe para ayudarte cuando termine de hablar por teléfono.” Se aventuró su directora después de un momento.

“Hazlo.”

Chloe apareció a los cinco minutos.

“¿Qué puedo hacer?” Preguntó con ansiedad.

“Coloca esos allí.” Mark señaló los reflectores y le indicó donde.

Chloe se puso a trabajar en el acto.

Mark estaba acostumbrado a las chicas del tipo Misty, a las que tenía que indicar cada paso del camino. Pero Chloe no era así. En cuanto le decía lo que tenía que hacer lo hacía y la siguiente vez que necesitaba lo mismo, ella casi se anticipaba a sus deseos. Y sin decir una palabra. Sólo trabajaba.

Mark estaba sorprendido.

Y cuando terminaron y las modelos se hubieron ido, sólo entonces lo miró con una sonrisa radiante.

“¡Fue divertido!”

“Sí.” Refunfuñó Mark. “Toma.” Le pasó la cámara. “¿Sabes cargarla?”

Con gesto solemne y casi reverente, Chloe la tomó de sus manos. Mientras él observaba, cargó la película.

“Ése es otro de tus cometidos.” Le dijo.

Justo cuando Chloe se la estaba devolviendo, entró Sierra.

“He llamado a mi hermana. Chloe puede venir esta tarde a las siete.”

“Allí estaremos.” Dijo Mark.

Las dos mujeres lo miraron asombradas y él frunció el ceño.

“Sally querría asegurarse de que es el sitio adecuado para ella. No me miren así. Es mi hermana. ¡Tampoco es que me pida tanto!”

“Bien.” Asintió Sierra con prudencia.

Chloe le dirigió una innecesaria sonrisa radiante.

“Gracias.”

“No me des las gracias. Vamos a trabajar.”

***

Naturalmente, Chloe pensó que el apartamento de Lucy era maravilloso. Un día en compañía de aquella chica le había demostrado sus peores temores: lo encontraba todo maravilloso.

“Es que todo es tan… tan vivo” Había comentado en el taxi. “¡Mira!” Señaló a un hombre con sombrero de copa en una esquina tocando un enorme piano. “Adonde quiera que mires, nunca sabes lo que puedes encontrar.”

“Eso no quiere decir que sea necesariamente bueno.” Masculló Mark.

Pero a Chloe no le había apagado el entusiasmo. También le encantó el barrio donde vivía Lucy. Estaba en el Uper West Side, a no muchas manzanas de su propio apartamento en Central Park West. No era un mal vecindario, confirió. Aunque no exactamente Sligo.

Sin embargo, se reservó el juicio hasta el punto de decir:

“Soy yo el que decidirá si está bien. Si no lo está, no te quedas.” Dijo justo al salir del taxi.

“¿Qué?”

Chloe lo miró sorprendida.

Él agarró sus maletas y señaló la casa de piedra marrón cuya dirección les había dado Sierra.

“Ya me escuchaste.”

La hermana de Sierra, Lucy, era normal. Incluso atractiva con el tipo de una modelo y el pelo castaño y largo. Tenía las uñas rojas, no negras y aparte unos discretos aros en las orejas, no tenía señales de anillados por el cuerpo.

Y no era que Sierra las tuviera, pero Mark sospechaba que sus inclinaciones iban por aquella estética.

Lucy los condujo escaleras arriba.

“Yo vivo en el segundo piso. Llevamos de obras desde que me trasladé a vivir aquí esta primavera. El edificio era una ruina cuando yo compré mi casa. La pared se caía a trozos, el papel pintado estaba pelado y los techos a pedazos. Pero ahora lo han dejado en los cimientos y se supone que los albañiles llegarán a finales de esta semana.”

El apartamento daba al sur. Era, según Lucy, como una cueva. No había muebles en el salón aparte de la televisión, el equipo de video y un futon con una manta india muy colorida y montones de cojines. La cocina era igualmente espartana.

“La cocina es de gas.” Les explicó Sally. “Funciona. El agua también. La nevera está conectada. Hay un aparato de luz ahí en el techo. En cuanto hayan emplastecido aquí, llegarán los carpinteros para poner los armarios de la cocina. Puede que tengan que desconectar las cosas brevemente, pero, en conjunto, no creo que tengas ningún problema.”

Chloe se fijó en todo sin hablar. Sin embargo, Mark tenía cientos de preguntas.

¿Estaban aquellos trabajadores autorizados? ¿Eran responsables? ¿Tenían antecedentes policiales?

“Lo siguiente que querrás saber son sus expedientes de colegio.” Dijo Chloe irritada.

“Nunca se tiene demasiado cuidado.”

“Estoy segura de que son de confianza.” Dijo Lucy mientras los conducía al dormitorio que también necesitaba reparaciones.

Había una cama tamaño matrimonial en el centro de la habitación y parecía demasiado grande para una persona sola, pensó Mark con nerviosismo. ¿La convencería algún hombre para compartirla con él? ¿Iría su novio el granjero a pasar algún fin de semana con ella?

¿Y a él que le importaba?

“Los albañiles y el carpintero han trabajado todos en el apartamento de abajo.” Prosiguió Lucy. “Lo terminaron esta primavera y les quedó maravilloso. Le diré a Bryan que te lo enseñe.”

“¿Bryan? ¿Quién es ese?” Quiso saber Mark.

“Mi vecino.” Dijo Lucy señalando abajo. “Compramos las casas al mismo tiempo. Él tiene los dos pisos de abajo. Parece un desperdicio cuando está soltero y apenas pasa suficiente tiempo en casa como para disfrutarla.” Sacudió la cabeza. “Es bombero y viaja por todo el mundo a apagar incendios. Pozos de petróleo, desastres naturales y cosas así.”

Mark vio como Chloe abría cada vez más los ojos y le hubiera gustado que Lucy se hubiera guardado para sí misma los detalles relevantes

“¿Qué día recogen la basura?” Preguntó. “¿Qué hay de la basura reciclable? ¿Va a inspeccionar alguien todo este trabajo de reparaciones? Chloe no será responsable de ello.”

“He hecho una lista.” Lucy hizo un gesto hacia unos papeles en el bloc de la cocina. “Lo he apuntado todo con fechas. No es gran cosa.”

Mark gruñó. Para ella era muy fácil decirlo. ¡Por algo se iba a los Hamptons! Pero sería Chloe la que se quedaría allí. ¿Y si eran todos unos asesinos o violadores?

Bueno, eso no podía preguntarlo.

Pero Chloe no parecía tener los mismos reparos que él. Agarró la lista y sonrió de forma cándida.

“No hay problema. Suena divertido.” Miró a Mark con los ojos brillantes. “Así tendré una auténtica experiencia de la vida de Nueva York.”

Lucy lanzó una carcajada.

“Eso es seguro.”

“Chloe tiene un trabajo.” Le recordó Mark. “No podrá estar aquí todo el tiempo.”

“¡No tendrá que estar! Bryan puede dejarlos entrar.”

“Pensé que estaba siempre de viaje por todo el mundo.”

Lucy agitó las manos.

“¡Oh, ya sabes cómo son esos trabajos! Cuando está en el país, apenas sale del piso de abajo. Estará en casa durante las próximas seis semanas. Seguro que lo conocerás un día de estos.” Le dijo a Chloe con un gesto de complicidad. “¡Está como un tren!”

Mark apretó los dientes.

“Ella está comprometida.”

Lucy sonrió con ansiedad un minuto antes de relajarse.

“Bueno.” Le dijo animada a Chloe. “A nadie se hace daño con mirar, ¿no crees?”

La dos compartieron una carcajada conspiratoria. Cuando Chloe lo miró, Mark tenía el ceño fruncido y ella le puso el mismo gesto.

“No estoy seguro de que deba tener una llave.” Protestó él.

Pero Chloe lo interrumpió.

“Pienso que es muy amable de tu parte.” Le dijo a Lucy como si él no estuviera presente. “Y estaré encantada de abrirle a los albañiles o a quien haga falta. Estoy segura que estaré muy a gusto aquí.”

“Yo también.” Dijo Lucy ignorándolo también. “Y me sentiré mucha más tranquila sabiendo que habrá alguien viviendo aquí.”

Las dos se estrecharon las manos entre sonrisas y Mark las miró con irritación.

Entonces Chloe se dio la vuelta hacia él.

“Bueno.” Dijo apresurada. “Gracias por traerme hasta aquí. Has sido muy amable, pero no quiero robarte más tiempo. Ya sé que estás siempre muy ocupado.”

Y se lo quedó mirando como si quisiera que se marchara.

Mark no se movió durante más tiempo del que le hubiera gustado admitir. ¿Lo estaba echando?

“La verdad es que sí estoy muy ocupado.” Dijo echando un vistazo a su reloj. “Tengo una cita y no quiero tenerla esperando.”

Entonces les dirigió una orgullosa mirada masculina y se encaminó a la puerta.

“Mañana estarás en el estudio a las nueve de la mañana.”

Chloe parpadeó de la sorpresa.

“¡Por supuesto!”

Mark abrió la puerta y se detuvo de nuevo.

“Puedes tomar el tren número nueve mañana. Sube en la setenta y nueve y sales en la dieciocho.”

“De acuerdo.”

Mark se detuvo de nuevo después de abrir la puerta.

“¿Sabes usar el metro?”

“Por supuesto.”

Pero Chloe tragó saliva con nerviosismo antes de esbozar una sonrisa.

“Iré a recogerte. Sólo por esta vez. Espérame en la estación a las ocho y media.”

“Yo le enseñaré los transbordos.” Dijo Lucy animada. “No te preocupes por eso. Tú vete a tu trabajo, que ella aparecerá puntual”

“Eso es.” Dijo Chloe. “Lucy me lo enseñará.”

Entonces las dos sonrieron como si hubieran hecho un frente unido.

Sin embargo, Mark siguió sin moverse.

“¿Tu cita?” Le recordó Chloe.

Mark exhaló el aliento de forma audible.

“¿Qué? ¡Ah, sí!”

Salió por la puerta, vaciló un segundo más, sacudió la cabeza y empezó a bajar las escaleras. Entonces escuchó cerrarse la puerta en el rellano superior.

¿Era así como se sentían las madres el primer día que dejaban a sus hijos en el colegio?

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