un amor a prueba
Capítulo 1
Había seis mujeres desnudas en el campo de visión de Mark Feehily. Eran mujeres delgadas y atractivas, de largas piernas, suaves muslos y senos firmes.
Y en lo único en lo que podía pensar era en donde se había metido la séptima.
Miró su reloj, tamborileó con los dedos y apretó los dientes.
“¿Dónde está?” Murmuró por décima vez desde la media hora anterior.
¿Cómo iba a sacar las fotos para la nueva fragancia llamada Siete si sólo tenía seis mujeres?
“¿Podemos empezar?” Gimió una de las mujeres desnudas.
“Tengo frío.” Se quejó otra abrazándose.
“Y yo calor.” Ronroneó la tercera batiendo las pestañas en un intento evidente de ponerle a él caliente también.
Pero cualquier elevación de temperatura de su cuerpo tenía más que ver con la irritación que con cualquier intento de seducción de una mujer, pensó Mark. Para dejarlo claro, le frunció el ceño y al instante la chica se ocultó bajo un reflector para ocultar su mirada.
“Mark, tengo la nariz brillante.” Se quejó la otra después de mirarse en el espejo poniendo cara de conejo.
“No van a mirarte la nariz, cariño.” Estuvo tentado a decirle Mark. Pero él era un profesional. Aquello era arte, al menos bajo el aspecto comercial. Así que lo único que hizo fue avisar a Judi, la chica de maquillaje.
“Judi, empólvale la nariz."
Judi le empolvó la nariz junto con las mejillas de otra de las chicas. Sierra, la peluquera, agitó por centésima vez el pelo a todas.
Mark tamborileó los dedos y le gritó a Edith, la directora de estudio, que averiguara quien era la chica que faltaba.
Lo que quería decir era que quien era la culpable.
Si por el fuera, Mark prefería escoger a sus propias modelos, a las que conocía y sabía que eran de confianza, profesionales y puntuales.
Pero el no había elegido a ninguna de aquellas. Lo había hecho el cliente.
“Queremos un poco de todo.” Le había dicho el representante de publicidad por teléfono. “Todas guapas, por supuesto, pero no modelos típicas”
Mark había lanzado un gruñido, pero había entendido que era lo que quería el representante.
¡Siete! Según el guión que le habían dado, se suponía que el perfume tenía que atraer a todas las mujeres. Así, todas las mujeres, al menos las guapas, se sentirían representadas en el anuncio. En otras palabras, no querían modelos de pelo oscuro, con expresiones duras, pómulos salientes y labios abultados.
“Algunas altas y otras bajas. Pelos rizados y lisos. Y variedad de grupos étnicos. Algo osado y directo. Ya te las enviaremos.” Había dicho el representante.
A Mark le parecía bien. No le importaba a quien le enviaran siempre que pudiera llegar a tiempo.
Pero parecía que una de ellas no había podido.
Se paseó irritado. Las chicas también estaban impacientes y agitadas y el ambiente, que debía ser alegre, se estaba haciendo sombrío.
Y entonces, de repente, oyó a Edith decir:
“Sí, sí. Te está esperando. Entra directamente.”
La puerta se abrió. Despacio y con cautela.
No era para menos, pensó Mark.
“Ya era hora.” Gritó a la joven que apareció en el umbral. “Se suponía que ya debía estar aquí desde hace un buen rato.”
Ella parpadeó y sus ojos de un azul tan intenso que eran casi violetas se pusieron como platos. Mark sacudió la cabeza. Los idiotas de publicidad de nuevo. Sabían que las fotos iban a ser en blanco y negro, así que aquellos ojos se desperdiciarían.
“Mi avión se retrasó”
¿Avión? ¿Seria alguna famosa modelo de la costa oeste que el no conocía? ¿La ultima súper estrella de Los Ángeles?
Mark frunció el ceño y la estudio con más atención. Intentando averiguar que era lo que habrían visto en ella. Se suponía que al menos el era un experto en mujeres.
La miró más de cerca.
La señorita azul-violeta parecía una caricatura del modelo de chica americana de los cincuenta. Estaba en mitad de la veintena, un poco mayor del bomboncito del mes que normalmente le endosan. Tampoco era especialmente alta ni era usual en lo referente a las curvas. El había visto carreteras de Nebraska con más curvas que las modelos típicas. Esta parecía una mujer real por lo que se adivinaba bajo el camuflaje de su vestido camisero.
¿Quién diablos llevaba un vestido camisero en una profesión como aquella? ¿Quién se ponía un vestido camisero en Nueva York en estos tiempos? Con su pelo ondulado y rubio y labios jugosos, parecía una replica discreta de Marilyn Monroe.
Quizá fuera eso lo que habían visto en ella, el potencial de convertirse en algo más: con ponerse unas gotas de Siete una mujer podría convertirse de las siete virtudes en los siete pecados.
No era mala idea. Una sonrisa especuladora asomó a los labios de Mark. Podría hacer algo bueno con aquello.
“¿Cómo te llamas?” Preguntó.
“Chloe.”
La chica parpadeó con gesto de que el debería saberlo.
Mark arqueo las cejas ¿Iba a ser una de aquellas arrogantes? ¿Una de esas modelos, que hacían tres trabajos, quizá consiguieran alguna portada en alguna parte y esperaban que las conociera ya todo el mundo? Mark no soportaba a las prima donnas, incluso aunque sus aviones se retrasaran.
“Bueno, Chloe, ya que has llegado, desvístete y empecemos a trabajar.”
Los ojos azul violeta parecieron salírsele de las orbitas. Abrió la boca pero no dijo una sola palabra. Solo miro alucinada mientras se sonrojaba con violencia.
“No me dijeron… no me dijeron… esto.”
Chloe trago saliva y miro a su alrededor con frenesí parpadeando al ver una mujer desnuda tras otra.
Generalmente las modelos que llevaban un tiempo en la profesión se paseaban sin ninguna vergüenza sin siquiera una tirita encima. Todas habían visto a tanta gente desnuda que estaban demasiado maduras como para importarles. Pero, en ese momento, bajo la mirada alucinada de Chloe, Mark noto que el pudor iba en aumento. Al minuto siguiente todas saldrían corriendo en busca de su ropa.
Mark apretó los dientes antes de plantar una sonrisa en su cara.
“Bueno, supongo que puedes irte.” Dijo en tono almibarado mirándola a los ojos. “Puedes volver a tomar ese avión para volver a tu casa o hacer el trabajo para el que te han contratado.”
Hubo un silencio mortal. Ella pareció dejar de respirar antes de lanzar un gemido. Se humedeció el labio con la lengua con gesto de indecisión y Mark casi pudo leer un pánico fugaz en su expresión.
¡Dios bendito! ¿Qué les habría poseído para contratar a aquella?
Y entonces con un desesperado vaivén, ella asintió.
“¿Do… dónde me…me cambio?"
“Yo te enseñaré.” Sierra, la peluquera de pelo violeta, le sonrió para darle ánimos y señalo con los dedos cargados de anillos “Por ahí.”
Chloe trago saliva una vez más y dirigió una mirada de soslayo en dirección a los vestuarios en el otro extremo del estudio.
Mark hubiera jurado que había escuchado como le castañeteaban los dientes al pasar.
***
En los 3 años anteriores, Mark había fotografiado a muchas mujeres. A su cámara le gustaban. Trazaba sus líneas, sus curvas, sus sonrisas, sus pucheros. Y los transformaba en arte. Eso había convertido a Mark en uno de los fotógrafos mas cotizados del mundo de la publicidad. Y en el aspecto profesional estaba satisfecho.
Personalmente no podía importarle menos.
Solo se concentraba en la geometría de la lente y del cuerpo. Aquellas mujeres desnudas podrían haber sido igualmente viejos neumáticos u hojas otoñales. Para el todas ellas eran objetos intercambiables y había sido así durante años.
Hasta que Chloe salio del vestuario esa tarde. Chloe no era solo una curva o un ángulo, una luz o una sombra. Era una persona viva y respirando…
Y trémula.
Y lo volvió loco.
“De acuerdo. Adelante.” Dijo dirigiéndole apenas una mirada mientras se situaba entre las demás modelos. “En circulo ahora… muy bien… alcen los brazos, como alcanzando algo.”
Y los brazos de siete mujeres se alzaron sobre sus cabezas. Siete mujeres se estiraron como queriendo alcanzar algo.
Seis se movieron con suavidad, con gestos flotantes y cuerpos ondulados.
La séptima estaba temblando.
Mark bajo la cámara.
“Chloe. Estírate.”
Ella dirigió una fugaz mirada de desesperación y asintió. Se paso la lengua por los labios y se enderezo.
“Haz como que alcanzas algo.” Ordenó él.
Chloe lo hizo. Su pelo se agitó.
Y sus senos también.
Y a Mark se le secó la garganta y se le humedecieron las manos. El cuerpo se le puso duro como si fuera un adolescente, ¡por Dios bendito!
Él había visto cientos y miles de senos antes. Probablemente habría visto más senos de mujer en los tres años anteriores que la mayoría de los hombres en toda su vida.
Pero la mayoría de los senos que el había visto no se… se paso la lengua por los labios… bueno, no se agitaban.
Los otros miles de senos que el había fotografiado habían sido firmes, erectos y casi de plástico.
Los de Chloe eran más… voluptuosos.
Sin el vestido era una Marilyn desnuda. Mark cerró los ojos y aparto aquella idea de su mente. Pero al momento los abrió y su mirada se dirigió de forma inconsciente hacia ella.
“¡Alcanza algo!” Y cuando lo hizo y se bamboleó, el gruñó. “He dicho alcanzar, no embestir. Como si estuvieras buscando a tu amante.”
Todo el cuerpo de ella se sonrojó.
Mark bajo la cámara y parpadeó con incredulidad. Nunca había visto sonrojarse un cuerpo entero. Estaba sorprendido, intrigado y encantado.
Bueno no, no encantado. Eso era llevar las cosas demasiado lejos.
Mark Feehily no se dejaba encantar por las mujeres. No se había dejado desde…
Aparto aquella idea de la cabeza.
“Deja de temblar.” Le ordenó. “O tendré seis preciosas mujeres y un borrón.”
“Lo… lo siento.”
Pero seguía temblando.
Mark sacudió la cabeza y levantó la cámara de nuevo. Disparó. Se movió. Dirigió.
“Naden.” Les dijo. “Con movimientos suaves y lánguidos sobre la cabeza. Como si estuvieran en el agua.”
Ellas nadaron con brazadas suaves y se pusieron de puntillas. Flotaron.
Chloe se tambaleo.
Mark apretó los dientes.
Aparto la vista hacia las otras mujeres. Se movieron y Chloe entro en su campo de visión de nuevo. Se aclaro la garganta e intento buscar un ritmo.
“Veamos esos labios. Aprieten los labios. Besos. Quiero besos.”
Y que lo ahorcaran si Chloe no lo miró a el directamente con la cara y el cuerpo sonrojados y los labios besando.
Mark exclamó.
“No a mi, corazón.” Dijo con un tono de voz levemente estrangulado. “Quiero perfiles. Busca a tu amante. Porque tendrás un amante, ¿no?”
¡Wow! El sonrojo había vuelto con venganza. Una pena que el rollo no fuera a color. Había un resplandor rosado increíble.
Mark exhaló el aliento y se secó las palmas humedecidas en los pantalones. Dirigió la cámara a las siete mujeres. Concéntrate, maldita sea, se regaño a si mismo.
Y se estaba concentrando, ese era el problema.
“¡No te concentres en ella!” Pensó.
Intento no hacerlo. Se movió, se arrodillo e intento ignorar la insistencia de su cuerpo. Dirigió la cámara a las siete mujeres, pero sin remedio, el aparato encontraba a Chloe.
Intento recordar todas las poses que había planeado, pero tenía la mente en blanco. Bueno, no, no realmente en blanco. Definitivamente tenía muchas curvas en su mente. Y un cuerpo muy concreto.
Un cuerpo muy sexy.
Un cuerpo real. Al contrario de las otras seis, Chloe parecía responder a sus indicaciones con algo más que con los músculos. Era abierta y sin reservas. El decía amante y ella se sonrojaba. Decía beso y se notaba el anhelo en su expresión.
“Si” Dijo Mark. “Si... Así. Más. Dame más corazón.”
Todas lo miraron.
“Eh, corazones.” Se corrigió sonriéndole a todas.
Pero miraba a Chloe.
Ella se estremeció y sonrió. Sus senos se bambolearon.
Entonces se oyó una conmoción en la oficina exterior.
“¡No puede entrar ahí!” Era la voz de Edith. “¡Por supuesto que puedo! ¡Llego tarde!” contestó la otra voz.
Y entonces se abrió la puerta y Tasha, una top model con la que había trabajado muchas veces, irrumpió en la sala.
“¡Ah, Mark! Lo siento tanto. El taxi. ¡Se estropeó! El conductor. ¡Dijo que no podía ir sin pagar! ¡No llevar donde quiero ir! ¡No pago! ¡Entonces me agarró! ¡Grité que me estaba raptando! Dijo que lo estaba estafando. ¡Esos policías! ¡No me escucharon! Crees que harían caso a una chica bonita, ¿verdad? ¡Pues no! ¡Escucharon a un estúpido taxista!
Y mientras soltaba todo el monólogo, Tasha iba despojándose de la ropa. Primero el minúsculo top seguido del diminuto sujetador. Alzó un pie y salio una sandalia seguida de la otra. Se desabrochó entonces la minifalda y la deslizó por sus estrechas caderas y piernas largas como un árbol.
“¡Te digo que esa policía no sabe de nada!”
Para hacer hincapié en su declaración, se quitó las bragas y las tiró por los aires. Entonces alzó los brazos y le sonrió a Mark.
“Empezamos ya, ¿no? ¡Estoy lista!”
En el silencio que siguió, Mark mantuvo la boca cerrada.
Era consciente de Tasha, desnuda y magnífica en el centro de la habitación, rodeada de las demás mujeres.
Entonces deslizó la mirada despacio de un cuerpo a otro. De una cara a otra. Ellas lo miraron a él y después a las demás. Sus ojos parecían estar haciendo lo mismo que los de él.
Contar.
Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis…
Sus ojos se clavaron en Chloe. Trémula, bamboleante y sonriente. Siete.
Y Tasha hacía…
La número ocho.
¿Ocho?
“Espera un minuto. Aquí hay una equivocación. Si se supone que Tasha debe estar aquí…”
“¡Por supuesto que debo estar aquí!” Dijo ella.
Pero Mark prosiguió sin escucharla:
“Entonces hay alguien que no debe estar.”
Todas se volvieron al unísono a mirar a Chloe.
Ella cruzó los brazos sobre los senos y se ocultó detrás de una mesa. Su cara y todo su cuerpo estaban tan rojos como el pelo de Tasha. Si antes se había sonrojado, no era nada comparado con lo de ahora.
“¡Tu no eres modelo!”
Mark entrecerró los ojos y la miro con gesto acusador.
“¿Modelo? ¡Por supuesto que no!"
Aquello era lo último que esperaba oírle decir. Si se suponía que no debía estar allí, imaginaba que había intentado colarse para hacerse un nombre y aprovecharse. Ya le había pasado otras veces.
Frunció el ceño sorprendido de la inmediata negativa. Si no era modelo, ¿Qué estaba haciendo allí y por qué se había desnudado?
“¿Quién eres tú?”
“Ya te lo había dicho” Sonaba ya casi desesperada. “Soy Chloe. Chloe Madsen. Tu hermana me envió.”
“¿Sally? ¿Que Sally te ha enviado?”
Ella sacudió la cabeza. Tras sus brazos, también notó que sus senos se agitaban. Mark cerró los ojos.
Cuando los abrió fue para verla ponerse apresurada uno de las batas que había tiradas sobre la mesa.
“Sí, me envió Sally. Para trabajar para ti. Durante el verano. Para ser tu asistente."
“Asistente.” Repitió Mark como si no hubiera escuchado aquella palabra en su vida.
“Sí, me dijo que tú habías aceptado. ¿No es cierto?”
Mark apretó los dientes.
“Puede.”
“¿Sólo puede?”
“Supongo que debo hacerlo.” Murmuró él.
Pero sólo porque aceptaba cualquier cosa que Sally le pidiera. Le debía mucho a su hermana. Sus padres habían muerto cuando Sally tenía veinte años y ella prácticamente lo había criado abandonando la universidad para poder hacer un hogar para los dos. Y después había trabajado duro para mandarlo a él a la universidad. Lo había apoyado y había creído en él toda su vida.
Y Mark no podía negarse a nada de lo que le pidiera.
Pero a veces, cuando realmente no le apetecía hacer algo, se lo había dejado saber por el tono de voz y ella nunca lo había presionado.
Hasta ese momento.
Con furia creciente, aunque no sabía si estaba enfadado con Sally, con Chloe o consigo mismo, le gritó a Chloe.
“Si se supone que debes ser mi asistente, ¿Qué diablos haces quitándote la maldita ropa?”
“¡Me lo dijiste tú!”
¿Era así de fácil?, pensó estupefacto.
“¿O sea que si te encuentras a alguien por la calle y te dice que te quites la ropa, lo haces en el acto?”
“¡Por supuesto que no!” Su cara estaba ahora escarlata, notó Mark con satisfacción. “Pero cuando Sally me dijo que podía venir me recalcó que hiciera lo que me dijeras, que estaba obligada a hacer todo lo que me pidieras.”
Sus miradas se clavaron.
Pero ella no apartó la suya. Era valiente, tuvo que reconocer Mark.
Chloe estaba respirando con tanta agitación que casi podía ver sus senos alzarse por debajo de la suave tela de la toalla. Recordó como un fogonazo cómo eran desnudos.
Tan rubia como era, Chloe Madsen no tenía la piel de una rubia. Sus senos eran de un cálido color miel y los pezones de un rosa polvoriento.
“¿Por qué usas a esa chica?” La mirada de Tasha se deslizó de Mark a Chloe con gesto acusador. “¡No puedes usar a esa chica! ¡Yo soy la número siete!”
Se plantó las manos en las caderas y lo miró con furia.
“Tasha…” Empezó Mark para aplacarla.
Ella le tomó la cara entre las manos y le plantó un beso en la boca.
“Empezamos de nuevo, ¿verdad? Perdonas a Tasha por llegar tarde, ¿sí?”
“Sí.” Le respondió Mark de forma automática sin dejar de mirar a Chloe paralizado.
“¡Mark!”
Él ladeó la cabeza hacia ella.
“¿Eh!”
La modelo pateó el suelo con el pie desnudo.
“¿Empezamos ya?”
“Si, por supuesto.” Por fin Mark pudo apartar los ojos de Chloe Madsen. “De acuerdo. Tómenlo con tranquilidad. Ya saben lo que hay que hacer.” Les dijo a las demás modelos.
Todas empezaron a moverse en círculo de nuevo y Tasha se introdujo con facilidad en la formación sin que el cuerpo le temblara, notó Mark con satisfacción.
“¿Y qué pasa conmigo?” Preguntó Chloe. “¿Qué debo hacer ahora?”
Mark la miró una vez más. Su mente veía todo lo que la bata tapaba. El cuerpo se le endureció.
Por suerte también su resolución.
“Vete a casa.”
***
¿Irse a casa?
Nunca se atrevería a dar la cara en Sligo, Irlanda, de nuevo.
No después de haberse enfrentado a todo el mundo para irse a Nueva York.
Chloe se fue al pequeño vestuario y escuchó la seductora voz de Mark Feehily animando a las modelos a que se estiraran y nadaran. Igual que había hecho antes con ella.
¡Oh, Dios! Se apretó las mejillas con las manos e intentó no sonrojarse. Pero era mucho pedir. Tenía todo el cuerpo sonrojado y ardiente. Si los sofocos eran algo así, esperaba que no le llegara la menopausia nunca.
Aunque no creía llegar a tanto.
Antes se moriría de la vergüenza.
Se puso la ropa interior y se deslizó el vestido por la cabeza jadeando como si hubiera recorrido una maratón. Le temblaban tanto las manos que apenas pudo abrocharse el vestido. Se metió los pies en las sandalias y ni siquiera intentó retocarse la pintura de labios. Estaba segura que si lo hacía parecería una niña demente de tres años que se hubiera coloreado toda la boca.
Así que por fin terminó. Ya estaba vestida. Armada para enfrentarse al mundo.
Pero era incapaz de abandonar el vestuario.
No podía salir al estudio. No se atrevía a enfrentar a Mark Feehily de nuevo.
Se sentía mortificada.
Y él se pondría furioso.
¿Y por qué tenía que ponerse furioso?
¡Era ella la que se había quitado la ropa! ¡Él simplemente le había pedido que lo hiciera!
¿En qué habría estado pensando ella?
Bueno, la verdad era que no había pensado en nada. Eso era evidente. Si lo hubiera hecho, hubiera comprendido que un fotógrafo como Mark Feehily no tendría ningún interés en fotografiar a una tonta temblorosa de Irlanda, ¡por Dios bendito!
Pero en aquel momento, mientras le pedía que se desnudara, recordó que su hermana Sally le había dicho que Mark podría pedirle que se pusiera en el lugar de la modelo mientras él medía las luces y escogía los planos. Bueno, ella le había entendido mal, eso era todo.
“¡Y un cuerno!"
Se le escapó una leve risita.
La vergüenza la atenazaba, pero si era sincera, había una parte divertida en aquel suceso.
“¿Qué diablos diría Kian?”
Por supuesto, nunca lo sabría porque ella no pensaba contárselo nunca. Kian Egan, su novio, ya tenía bastante reparos contra el trabajo de verano que había aceptado en la gran ciudad perversa. Él seguía sin entender por qué necesitaba ir a Nueva York para nada.
“¿Nueva York? ¿Quieres ir a Nueva York? ¿Qué tiene que hacer allí para acabar corrompida?” Le había preguntado más de una vez.
“Es una ciudad maravillosa y fascinante. Hay muchas que ver y hacer y sólo quiero experimentarlas. No voy a corromperme.” Le había asegurado Chloe.
¡Y no lo había hecho! Pero aún así, él no necesitaba saber que se había paseado desnuda delante de su jefe.
¡Nadie iba a enterarse de aquello!
A menos que… tragó saliva. A menos que Mark Feehily se lo dijera. ¡Oh Dios, no!
“Besos, señoritas. Aprieten esos labios.” Le oyó decir.
Se tapó la cara con las manos al recordar cómo lo había mirado ella a los ojos y había apretado los labios. ¡Dios bendito! Quería morirse.
Entonces por fin escuchó:
“De acuerdo. Eso es todo. Muchas gracias. Creo que tenemos un material estupendo.”
Al instante oyó a todas las modelos ponerse a charlar y a la pelirroja que había llegado al final con su sensual acento extranjero: Mark esto, Mark aquello.
Y Mark respondía con naturalidad como si trabajara con mujeres desnudas todos los días de la semana.
Que por lo que Chloe sabía, era lo que hacía.
Escuchó el sonido de pisadas ahogadas al dirigirse las modelos a los vestuarios y una de ellas llamó a su puerta.
“No… estoy lista.” Consiguió decir Chloe.
Los dedos le temblaban menos, así que terminó de abrocharse el vestido hasta el cuello. Entonces se deslizó las palmas a ambos lados, se apretó el cinturón e inspiró con fuerza para calmarse.
Intentó parecer sensata y competente. Y lo parecía salvo por el sonrojo y el pelo agitado.
Tras la puerta podía escuchar a las otras chicas mientras se vestían. Se reían y charlaban, y abrían y cerraban a portazos.
“¡Adiós, Mark!”
“¡Hasta pronto!”
“Te quiero, Mark.”
Con un coro de animadas despedidas, fueron saliendo hasta que sólo quedó el silencio.
Y Mark Feehily.
Era el momento de la verdad. Y sólo tenía dos opciones: podía escabullirse fuera y no volver a dar la cara nunca para tomar el siguiente avión a Irlanda o podía enfrentarse al hombre al otro lado de la puerta, prometer que sería una buena ayudante y vivir el resto del verano en Nueva York.
Puesto así, no le quedaba elección.
Chloe quería aquel verano. Necesitaba aquel verano. Había trastocado tanto la vida de Kian como la suya propia por aquel verano. Era un viaje espiritual, le había dicho.
Kian no lo había entendido y quizá ella no debería haber esperado que lo hiciera. Pero si realmente creía en lo que le había contado, no podía volver a casa.
“Todavía no.”
Inspiró entonces con fuerza, cruzó los dedos y abrió la puerta.
***
“Te he conseguido una reserva de avión.” Anunció él con brusquedad en cuanto asomó por la puerta del estudio. “Sales a las seis y llegas a Dublín a las diez. Allí tienes que esperar el tren que te llevará directamente a Sligo. También puedes llamar a alguien para que vaya a buscarte.”
Mark le dirigió una rápida mirada antes de concentrarse en la pila de basura que había acumulado en su mesa durante tres años.
De repente le pareció imperativo ordenarlo.
Cuando ella no replicó, alzó la vista con cuidado de clavarla en su cara. Por desgracia, allí era donde estaban sus labios. Maldición.
Ella lo estaba mirando con gesto de preocupación.
“Lo pagaré yo.” Anunció con impaciencia al pensar que debía estar preocupada por el precio.
“No es… no es eso. Es que… no puedo irme a casa.”
“¿Qué?” Mark frunció el ceño. “¿Qué quieres con que no puedes irte a casa? ¡Por supuesto que puedes!”
Pero Chloe Madsen sólo sacudió la cabeza con énfasis.
“No, no puedo. Al menos hasta el quince de agosto.”
“¿Es que te han expulsado hasta el quince de agosto de Irlanda?”
“He dicho que volvería el quince de agosto.” Aseguró ella como si aquello fuera alguna explicación.
Y no lo era.
“¿Y qué? Llámalos y di que has cambiado de planes, que vuelves esta noche.”
Pero ella sacudió la cabeza.
“No puedo.”
Mark apretó la mandíbula.
“¿Por qué diablos no?”
Chloe Madsen retorció los dedos y lo miró. Sus ojos azul violeta parpadearon un instante.
“¡Deja de hacer eso!”
“¿Hacer que?”
Chloe parecía estupefacta.
“Llorar. No te atrevas a llorar.”
Ella alzó la barbilla.
“Yo no lloro nunca. Al menos no por un trabajo.”
Vaciló e inspiró con fuerza y sus senos se balancearon con morbidez.
Mark cerró los ojos: Entonces se dio la vuelta, se dirigió a la puerta y la abrió para que se fuera.
Edith, su directora de estudio, seguía sentada tras su mesa y Mark esperaba que su presencia animara a Chloe a terminar la discusión.
“Sé que me he puesto en ridículo esta tarde.” Dijo Chloe con voz suave pero firme. “Pero cuando hablamos del trabajo Sally y yo, le dije que estaba dispuesta a hacer todo lo que una asistente tuviera que hacer. Y, bueno, una de las cosas que ella me dijo que hacían era posar por las modelos mientras se medía la luz y el ángulo. Yo… no estaba pensando. Debería haber comprendido que no estabas sólo haciendo ajustes. Pero pensé que se esperaba de mí hacer eso. Y cuando me dijiste que si no lo hacía, podía volverme a mi casa… Bueno, tampoco podía hacer aquello.”
“¿Por qué no?”
Ella lo miró como si estuviera loco.
“¡Por que no podía! No después de organizar el lío que he montado y…”
Se detuvo y apretó los labios.
“¿Lío? ¿Qué tipo de lío?”
Pero ella no le respondió. Al final dijo:
“Mira, ha sido un error involuntario. Me siento como una idiota y debo haberlo parecido.”
No, había parecido… memorable. Mark no creía poder olvidar a Chloe Madsen nadando desnuda por su estudio mientras viviera, pero se imaginaba que ella no querría oírlo.
Chloe se mordió el labio.
“De verdad quiero hacer este trabajo. Por favor, no uses contra mí lo que he hecho.”
“No lo uso contra ti.” Dijo él con aspereza. “Pero no puedes quedarte.”
“Pero le dijiste a Sally…”
“No.” La corrigió él. “Sally me lo dijo a mí. Sally siempre me está diciendo que tengo que hacer y normalmente me entra por un oído y me sale por el otro, pero a veces le doy la razón.”
“Pues esta vez no deberías habérsela dado.” Dijo Chloe con cierta acidez.
“¡Nunca creía que te enviaría!”
“Bueno, pues lo ha hecho. Me aseguró que estabas de acuerdo y que me dejarías trabajar durante dos meses. No es para tanto.”
“¡Claro que es para tanto!”
Ella lo miró aturdida.
“¿Por qué?”
La inocencia de su pregunta lo detuvo en seco.
“Porque… porque…”
Porque no quería una asistente como ella, una ingenua de Irlanda, por Dios bendito. Nueva York era un lugar duro y una persona necesitaba ser sofisticada para sobrevivir. A Chloe se la comerían en pocos minutos.
“No funcionará.” Fue todo lo que dijo.
“¿Crees que no puedo hacerlo? Crees que soy una incompetente?”
Mark frunció el ceño.
“¡No, no es eso! Estoy seguro de que eres muy competente y…”
“¡Lo soy!”
“Y que podrías ser una buena asistente.”
“¡Lo seré!”
“¡Pero yo no quiero una asistente!”
“Necesitas una.” Intervino Edith.
Tanto Mark como Chloe se volvieron al unísono para mirar a la mujer mayor sentada tras la mesa de recepción. Ella esbozó un leve asentimiento a Chloe y una sonrisa benigna hacia Mark.
“¡Claro que necesitas una!”
“Tengo a… ¿Cómo se llama?” Casi nunca conseguía recordar sus nombres porque no duraban lo bastante como para que se los aprendiera. “Misty.”
“Y ya sabes lo fiable que es.”
Misty y sus antecesoras aparecían en todas formas, tamaños y colores. Y también llegaban de forma invariable con aros en la nariz, pelo de punta, mallas negras y muy poco cerebro.
Y Mark pensó que a Chloe la recordaría durante bastante tiempo.
“Vamos a necesitar a alguien de confianza.” Le recordó Edith. “Porque yo me voy con Georgia la próxima semana.”
Mark frunció el ceño. No quería pensar en aquello. Él confiaba en Edith para todo su negocio. Ella dirigía el estudio, mantenía a raya a los representantes de publicidad, trataba con las agencias, el servicio de hostelería y la legión de mensajeros que llamaban al timbre a mitad de su trabajo. Se había quedado alucinado cuando le dijo que estaría fuera un mes.
“¿Un mes?”
Nunca se había tomado más de una semana seguida en los dos años que llevaba con él.
“Un mes.” Dijo ella con firmeza. “Por lo menos. Necesito ayudar a Georgia con los bebés.”
Después de quince años de matrimonio sin hijos, la hija de Edith, Georgia, había tenido la desconsideración de elegir ese verano para tener trillizos.
“¿Tres?” Había preguntado Mark alucinado cuando Edith se lo había contado. “¿Qué problema hay con uno solo?”
“Aceptaremos todos los que lleguen.” Había dicho Edith entusiasmada.
Estaba por las nubes con la idea de irse a Carolina del Norte a ayudar a su hija con los bebés. De hecho, apenas podía esperar.
Mark había sido incapaz de decir que no. Sabía que ella dejaría el trabajo si lo hacía, así que había aceptado aunque le parecía que se había vuelto loco al hacerlo.
“Busca a alguien que ocupe tu puesto.” Le había dicho el día anterior, cuando ella le había preguntado si tenía a alguien en mente.
“Creo que Chloe lo hará bien.” Dijo Edith ahora.
“¿Qué?” Prácticamente gritó Mark.
Pero Edith sólo sonrió con su cara radiante de futura abuela.
“Parece sensata y responsable. Y si tu hermana confía en ella…”
“Mi hermana…”
“Es buena en juzgar el carácter de la gente.” Afirmó Edith con firmeza. “Si no te quiere como ayudante, puedes ser mi sustituta.” Le dijo a Chloe antes de mirar a Mark. “¿La quieres?”
¡Menuda desafortunada elección de palabras!
Mark sentía la lengua trabada. ¡No, maldita sea! No la quería. No la quería ver en su estudio todos los días, ni siquiera en la sala de recepción. Y no sólo porque su cuerpo tenía una reacción inconveniente hacia ella.
Pero sabía que estaba atrapado. Sally proponía y Edith disponía. Y él estaba atrapado en el medio.
Pero quería dejar una cosa clara. Se dio la vuelta hacía Chloe.
“¡No me haré responsable de ti!”
Ella lo miró asombrada.
“¡Por supuesto que no!”
Mark alzó un dedo señalándola.
“¡Ni te sacaré de líos ni protegeré tu inocencia de ninguna manera!”
“Nunca he pedido…”
Él agitó el dedo en el aire para dar más énfasis.
“Sólo quiero dejarlo claro. Si te quedas, será por tu propia cuenta.”
“¡Desde luego!” Aceptó ella antes de preguntar de forma casi beligerante. “¿Hay algo más?”
Él se dio vuelta con brusquedad.
“¡Sí! ¡Desde ahora ya te puedes dejar la maldita ropa puesta!”
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