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Una nueva actitud hacia el trabajo en el mundo
Para gran parte del mundo, tener un empleo productivo, adecuadamente remunerado y razonablemente estable se ha transformado en un sueño.
En el Este y Sudeste asiático, incluyendo China, el empleo ha tenido un drástico crecimiento. No obstante, ha sido precario e insuficiente: una parte importante de los trabajadores percibe salarios con los que apenas puede sobrevivir. En las naciones relativamente ricas que pertenecen a la OCDE (Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos), hubo una recuperación del crecimiento económico, pero los puestos de trabajo crecen con menor velocidad que la producción. En Europa oriental, la rápida transformación económica eliminó muchos puestos de trabajo. Los subsidios para amortiguar el impacto de esta pérdida requieren de gastos gubernamentales, lo que contribuye al aumento de la inflación y hace a los nuevos pobres más pobres. Entre los ex integrantes de la Unión Soviética y los países de Europa oriental y central, la incidencia de la pobreza se duplicó y hasta triplicó en el período 1989–1995, mientras que una pequeña minoría se ha enriquecido fuertemente. Muchas personas fueron empujadas al sector informal con el achicamiento del Estado. En Hungría, por ejemplo, cerca del 22% de la fuerza de trabajo se ubicaba en el sector informal. Bajo estas condiciones, el crecimiento de una economía paralela sugiere el quiebre de las estructuras socioeconómicas y amenaza la cohesión social.
En América Latina, la composición y el tamaño de la fuerza de trabajo están cambiando. La edad de la población económicamente activa (PEA) ha aumentado, hay más mujeres en el mercado laboral y la migración hacia las áreas urbanas en búsqueda de trabajo continúa. Mientras tanto, los gobiernos han realizado recortes en el sector público, lo que resulta en un menor número de empleos en una región donde, además, los nuevos puestos surgen en el sector informal. Pero los gobiernos no pueden continuar contratando ni aumentar los salarios, y los programas de ajuste estructural han fracasado en el aumento del empleo.
El crecimiento de los desempleados es un fenómeno nuevo. Hace tres o cuatro décadas, el promedio de desempleo normal era el 3%. Actualmente, llega al 12%. Por otra parte, cada vez es más común observar, junto a los altos niveles de desempleo, bajos salarios. En el pasado, los economistas consideraban el desempleo como un problema temporal que sería resuelto por las fuerzas del mercado. No es el caso actual: las fuerzas del mercado están llevando a cortes permanentes en el número de puestos de trabajo.
Las recomendaciones sobre desempleo al gobierno apuntan, entre otras, a dos áreas: la vinculación del empleo con la integración social y la pobreza, y la necesidad de la estabilidad macroeconómica.
- Los gobiernos deben comprometerse a la plena utilización de los recursos humanos. El pleno empleo debe ser una meta central de todas las políticas económicas y sociales. La integración social y la erradicación de la pobreza dependen de la expansión de empleos productivos y bien remunerados.
- Los gobiernos deben intervenir en los mercados de trabajo para hacerlos más eficientes y responsables frente a las necesidades de la economía. Los trabajadores deben tener acceso a la protección social y a la educación básica.
- Los gobiernos deben explorar todas las alternativas para asegurar el pleno empleo con estabilidad macroeconómica; esto implica que el pleno empleo asuma prioridad como objetivo en la formulación de políticas.
En los años recientes, el desempleo emergió como uno de los principales temas de preocupación de los gobiernos del mundo. En los países industrializados, evoca profecías pesimistas sobre un futuro próximo donde decenas de millones de personas no encontrarán trabajo, la tecnología eliminará la necesidad del trabajo humano, las importaciones baratas reemplazarán los empleos domésticos, los sistemas de bienestar colapsarán bajo una carga intolerable, los niños tendrán menos oportunidades económicas que sus padres, una brecha creciente dividirá a ricos y pobres y tanto el mercado como los gobiernos serán menos capaces de hacer algo. En los países en desarrollo, dichas profecías llevan a un quebranto de las esperanzas en la lucha contra el hambre, la erradicación de la creciente pobreza rural y urbana y la reducción de la brecha que los separa del mundo próspero de Occidente. La misma mentalidad determinista que hasta hace unos años nos llevaba a pensar la guerra nuclear como inevitable, ahora lleva a muchos a pensar que el crecimiento del desempleo, la pobreza crónica y la alienación social también lo son. La aprehensión, no obstante, puede transformarse en realidad: la paz y la seguridad internacionales dependen de la promoción y manutención de la paz doméstica y entre las naciones, que a su vez depende de la gestión de los gobiernos para proveer alimentación y seguridad económica a sus pueblos.
El desempleo en los países industrializados está en su mayor nivel desde la Gran Depresión. La cifra oficial está en torno al 6,4% en los Estados Unidos, pero la cifra real, si se incluye a aquellos que ya no buscan trabajo (desocupados desalentados), estaría alrededor del 10%. Más de 35 millones de estadounidenses, lo que constituye el 14% de la población, viven con ingresos por debajo de la línea de pobreza, incluyendo el 30% de toda la población negra e hispánica. En Europa occidental, las cifras de desempleo son las más altas de los últimos 30 años. Se prevé que alcancen aproximadamente el 12%, lo que equivale a 18 millones de personas. El desempleo juvenil (16–19 años) en la Comunidad Europea está cercano al 20%, y cerca del 50% de los desempleados hace más de un año que está en esa situación.
En los países del Este europeo, los antiguos integrantes de la Unión Soviética, se pasó de 100 mil desempleados a comienzos de 1991 a más de 4 millones en marzo de 1992 y la cifra continúa creciendo desde entonces. Proyecciones recientes indicaban que los desocupados en Rusia podrían estar alcanzando los 15 millones de personas, el 18%, en el futuro próximo. Pero el problema más serio está en los países en desarrollo, donde las cifras de desempleo llegan al 40–50% en muchos de ellos. En América Latina, 192 millones de personas, que representan el 46% de la población, viven bajo la línea de pobreza, y el 22% de éstos está considerado en la extrema pobreza. El desempleo urbano es de alrededor del 8%, pero los puestos de trabajo en la industria descendieron un 17,5% durante los años 1980 y el número de trabajadores en el sector informal y de menores salarios se duplicó. A pesar de que el crecimiento de la población disminuyó, el 72% de crecimiento en la tasa de participación de las mujeres lleva a que la fuerza de trabajo continúe expandiéndose rápidamente. Esta región necesita duplicar el crecimiento de los empleos para crear 89 millones de nuevos puestos de trabajo, de manera de proveer oportunidades de pleno empleo a su gente.
La excepción, hasta la crisis de 1998, fueron los países de Asia y el Pacífico, que dieron importantes pasos en la generación de empleo durante los años 1980 y continuaron la expansión hasta el pasado año. Los países recientemente industrializados, como Hong Kong, República de Corea, Singapur y Taiwan, están enfrentando severas mermas, junto con Malasia, Tailandia e Indonesia, que van en la misma dirección. Otros países asiáticos continúan con el desafío de crear puestos de trabajo para todos. China creó 100 millones de nuevos puestos desde 1985, y continúa en crecimiento, pero el país aún tiene 130 millones de trabajadores rurales en una situación de alta inestabilidad. Los niveles de pobreza, la dinámica de la participación social, la situación de las mujeres, la fortaleza de la democracia, por nombrar algunos, son aspectos que hacen a la realidad social y que no son independientes del empleo.
El mayor acceso a la información y la libertad de expresión que caracteriza a las sociedades democráticas, junto con el crecimiento de las expectativas de la gente a mayores niveles económicos, se combinan para generar una poderosa presión social para proveer oportunidades económicas y libertades sociales a todos los ciudadanos. Si la mayor libertad y las mayores expectativas no son capaces de encontrar canales para su satisfacción, pueden llevar a un crecimiento de la frustración, la tensión y la violencia, lo que pone en peligro la prosperidad de aquellos que ocupan altos niveles y la estabilidad de la sociedad en su conjunto. Las democracias sólo pueden prosperar, y la revolución de expectativas crecientes puede satisfacerse pacíficamente, si existen oportunidades económicas para todos y todas. El reciente crecimiento de la derecha política, la intolerancia étnica y la oposición a la inmigración en Europa occidental, así como el alto nivel de criminalidad en Estados Unidos, son evidencias suficientes del impacto corrosivo que el desempleo puede tener, aun en democracias maduras.
La creación de puestos de trabajo no es una cuestión de posibilidades: es una cuestión de necesidad.. Cuando la guerra amenaza la frontera de una nación, cuando la tecnología amenaza el medioambiente, o el desempleo amenaza el bienestar de la gente y el tejido de su existencia social, hay una sola respuesta: la acción. La aceptación de las hambrunas, de la pobreza y del desempleo como resultados necesarios o inevitables de la vida económica no debe ser tolerada. Así como la libertad fue finalmente reconocida como un derecho inalienable de todos los seres humanos, estamos enfrentando el momento donde la sociedad debe reconocer y asegurar el derecho de todos los ciudadanos a empleos “Dignos”. “Trabajo para todos” es una meta alcanzable para todos los países industrializados, y para toda la humanidad a comienzos del siglo XXI. UN CAMBIO DE ACTITUD ES EL PRIMER REQUISITO PARA ESTE LOGRO.
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