Los cambios culturales y la globalización


En la sección anterior discutimos, que la globalización no es un fenómeno nuevo; remite a procesos inherentes a la evolución de la historia y a la del capitalismo y a sus contradicciones. Exhibe, en el período actual, una aceleración, un cambio en cantidad y calidad en su relación con el desarrollo de las fuerzas productivas, con el avance de las políticas neoliberales y sus mensajes ideológicos y, en particular, con el sorprendente progreso tecnológico en el plano de la comunicación y de la información. Tampoco son nuevas sus influencias culturales, hay un cambio en intensidad, relativa a la velocidad y eficacia con que se difunden los nuevos productos y los mensajes de los medios. Pero es aventurado sacar conclusiones fáciles acerca de las identidades y las culturas locales. La diversidad también cunde y se expande alimentada por el aumento de los contactos con lo diferente y por la mayor cantidad de ingredientes que la abundancia de información suministra.

La identidad social es un concepto que tiene un fuerte matiz relacionado, se actualiza y se refuerza en el contacto, en la comunicación, en el intercambio con lo otro, con lo diferente. Entra en acción cuando los códigos propios hacen crisis, encuentran su límite en el intento de comunicación. En tal sentido, si bien las identidades pueden ser sigilosamente sometidas a un proceso de generalización a través de la oferta universal de los mismos productos y los mismos mensajes, también se genera un movimiento contrario, una reacción afirmativa de la identidad local, vinculada con la mayor exposición a nuevos contactos.

En las ciudades modernas coexisten las manifestaciones locales con la “explosión internacional de una arquitectura financiera, informática y turística” cuya estética y funcionalidad se multiplica en expresiones semejantes a lo largo del planeta. En el lenguaje local de las ciudades, en su discurso expresivo, que revela su cultura e historia, se inserta el discurso universal y uniformado de las autopistas, aeropuertos, bancos, centros comerciales, un lenguaje compartido, pleno de modernidad y poco relacionado con las identidades locales.

También deben tenerse en cuenta los crecientes procesos de exclusión, los nuevos grupos de excluidos cada vez más numerosos que, además de los efectos que deriven de su agrupamiento en torno a demandas sociales, desarrollan nuevas formas culturales y articulan las identidades necesarias para sobrevivir en condiciones de carencia, privación y desigualdad.

El análisis sobre la llamada GLOBALIZACIÓN, incluyendo la que se orienta hacia su dimensión cultural, la que tiende muchas veces a establecer el orden existente y, al mismo tiempo, a no destacar las desigualdades, particularmente en el plano del dominio de las tecnologías de punta, en él poder militar, en los mercados financieros, en el control hegemónico de los medios de comunicación y en las normativas que regulan el aprovechamiento de los recursos naturales del planeta.

Tales contradicciones son propias de un nuevo orden, simbolizado por la caída del Muro de Berlín, que se caracteriza por una aceleración en la productividad económica, la implementación de nuevas tecnologías, la necesidad de formación, ordenamiento y control de nuevos mercados, el auge de las ideas neoliberales y la progresiva aplicación de éstas en un número creciente de naciones, tal vez como mecanismo que haga posible, no tanto el crecimiento económico, ni una mayor racionalidad en este plano y, mucho menos, un aumento del bienestar, sino, fundamentalmente, la reproducción del capitalismo en su etapa actual. Las políticas neoliberales estimularon la instalación de un marco legal que favoreciera y garantizara la circulación sin trabas de bienes y de capitales y propiciaron, con éxito, el retroceso del Estado de bienestar y la privatización de los servicios públicos, impulsando el retiro del Estado en beneficio de las empresas trasnacionales.

Las contradicciones principales de esta etapa, expuestas en forma sintética, se refieren a procesos no resueltos que contienen un gran potencial de conflictividad y de transformación social:

Contradicción entre la continuidad del Estado-nación y la trasnacionalización, sea bajo la forma de bloques de naciones o, sobre todo, por el gran protagonismo creciente de gigantescas empresas trasnacionales.

Contradicción entre racionalidad de los mercados y racionalidades locales. Las formas actuales de esta contradicción, inherentes al capitalismo, aparecen sobre todo en forma dramática en el creciente desempleo, en la masiva exclusión que crece rápidamente y ya alcanza, también, a los países más ricos, y que se expresa en la carencia de las seguridades económicas y de la dignidad social que confiere la posesión de un empleo, en la expansión de la pobreza, en la supresión progresiva de garantías públicas ante la vejez, la enfermedad, el desamparo, en la erosión y derrota de los movimientos obreros, en la desmovilización social y en el descrédito de los proyectos emancipatorios.

Contradicciones entre bloques de naciones: luchas por los mercados, disputas relacionadas con el control monopólico de materias primas y recursos escasos, con la hegemonía militar y el deterioro del medio ambiente.

Entre los efectos producidos por estas contradicciones se impone en la vida cotidiana el avance del desempleo, la pobreza y la inestabilidad laboral. La actual etapa de acumulación capitalista, cuyas condiciones técnicas, financieras e ideológicas dan lugar a la aceleración de la globalización, acarrean, aun en los países más avanzados, una profunda crisis en el sector asalariado.

Esta se expresa con el aumento del desempleo, limitaciones en la seguridad social, avance en la desprotección, pobreza y exclusión. La estabilidad laboral ha sido durante muchos años, en los países más industrializados, la base de la inserción social, el soporte de los lazos sociales y de un sistema de representaciones y de prácticas integrado en los códigos culturales que regían la vida cotidiana. La crisis en la estabilidad laboral, el desempleo o su amenaza, la creciente desprotección social, erosionan los modos de vida en que millones de individuos se ubican e identifican dentro de su medio social. Tal crisis impacta profundamente en la cultura. Se está planteando como problema, en países europeos, la necesidad de restaurar formas de dignidad que estén desvinculadas de los lugares sociales relacionados con el trabajo y la profesión, que tradicionalmente formaron parte de una noción de estabilidad e inclusión que abarca a la vivienda, la familia, el trato con los vecinos, el espacio ocupado en la comunidad.

Y qué decir de países que desde hace mucho cuentan con vastos sectores de la población que carecen de seguridad social y de toda garantía pública para su reproducción. Países de América latina, donde los empleos asalariados han sido siempre insuficientes, en los que una parte importante de la fuerza de trabajo ha debido encontrar formas de subsistencia y de reproducción en las márgenes de la modernidad económica. La pobreza, estructural, avanza y la progresiva adopción de recetas neoliberales ha aumentado la exclusión, acarreando nuevos miles de pobres que se suman en las estadísticas a las grandes poblaciones que desde siempre habían articulado estrategias económicas y culturales para sobrevivir. Estos nuevos pobres están en cierto modo en desventaja: no cuentan con los recursos culturales para sobrevivir en las condiciones vigentes de pobreza y de exclusión que los pobres estructurales en bastante grado ya han desarrollado.

 

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