Por una nueva organización del trabajo en México

La sociedad mexicana ha configurado en los últimos años una estructura del empleo segmentada en la que se observan realidades contrastantes y hasta ahora irreconciliables. Comienza a surgir un sector bastante dinámico, fundamentalmente dirigido o vinculado a las exportaciones en el que las relaciones laborales suelen ser flexibles y eficientes, las remuneraciones aumentan junto con la productividad y en el que los derechos laborales tienden a hacerse cumplir. Sin embargo, existe un sector de empresas fundamentalmente pequeñas y medianas, dirigido principalmente al mercado interno, en el que los procesos de trabajo suelen ser rígidos, las relaciones laborales son muy poco dinámicas y las remuneraciones, así como la productividad, se encuentran básicamente estancados frente a las propuestas sindicales obsoletas.

El problema del bajo empleo es sumamente complejo, entre otras cosas, por que el discurso social al respecto lo identifica como un problema fundamentalmente económico que se resuelve con una tasa elevada de crecimiento. Aunque esto último es vital, se pierde de vista un componente básico de la debilidad estructural del empleo que es, al mismo tiempo, la principal fuente de la desigualdad que aún padece la sociedad mexicana y que recae en la educación que recibe la gran mayoría de los mexicanos. Dada la deficiente formación de capital humano que prevalece en México, millones de personas acceden, con dificultad en el mejor de los casos, a los centros de trabajo menos desarrollados y sólo excepcionalmente llegan a formar parte del segmento dinámico y competitivo del mercado laboral.

Baste dar cuenta de que casi dos terceras partes de la población económicamente activa no percibe más de dos salarios mínimos y se desempeña en empleos inestables o incluso temporales por definición. Una consecuencia negativa adicional de este enorme segmento precario del empleo es que dentro de él no se reproduce aprendizaje o adiestramiento adecuado que permita a los individuos romper el círculo vicioso del trabajo poco productivo y mal remunerado.

Es pues necesario romper el círculo vicioso de la pobreza laboral desde su base estructural, que es fundamentalmente educativa y que no hace sino perpetrar y perpetuar la inequidad en la distribución del ingreso y condenar a muchos mexicanos a permanecer al margen de la economía formal y dinámica que empieza a abrirse paso en México. No existe una solución sencilla y de mediano plazo sobre la falta de empleo, los bajos salarios, la falta de capacitación y entrenamiento así como sobre el desarrollo que tienen frecuentemente las relaciones laborales entre empresarios y sindicatos.

Es por eso que se contemplan un conjunto de factores que hoy son parte del problema pero también de la solución.

La educación, es decir, la formación de capital humano en todos los niveles, el funcionamiento de los mercados de trabajo, el régimen laboral, y el tipo de sindicalismo y relaciones laborales que se han desarrollado en México.

Hasta ahora, no ha sido posible avanzar en un proyecto de reforma laboral que pase por la ley, se refleje en un consenso de fuerzas sociales y políticas y termine por contribuir a transformar el centro de trabajo. De hecho, el solo avance en la concepción de semejante reforma se ha visto francamente obstaculizado por las visiones encontradas que han mantenido los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones empresariales y el propio gobierno, no obstante el intento de este último por avanzar en el camino del consenso sobre los grandes temas del empleo, las relaciones laborales y las regulaciones que afectan su funcionamiento. Es además notable que en la raíz del problema laboral y del empleo no se haya mencionado el problema educativo y se pretendan grandes cambios sólo a través de modificaciones institucionales, Es necesario entonces el planteamiento de un conjunto de propuestas, generales y significativas, cuyo propósito sea transformar de manera profunda la organización del trabajo ofreciendo a los actores sociales y políticos la posibilidad de un acuerdo fundamental para hacer posible el desarrollo económico y el ejercicio de los derechos fundamentales de quienes trabajan en el contexto de una democracia. Los principales aspectos de una nueva organización del trabajo son los siguientes:

México requiere incrementos constantes en la productividad de la mano de obra que se correspondan con los incrementos en la productividad del capital. Esto se logra por varias vías: primero, garantizando incrementos reales en la formación(capacitación) de capital humano; segundo, generando una estructura de incentivos adecuada para hacer crecer el reentrenamiento de la mano de obra y su mejor aprovechamiento(bonos de productividad).

Se requieren mercados de trabajo más dinámicos a través de los cuales la circulación de la mano de obra sea más eficiente y las oportunidades de trabajo se multipliquen (agencias de colocación). Este objetivo puede beneficiarse de una reforma laboral que, entre otras cosas, vaya dirigida a flexibilizar los mercados de trabajo (costos por entrar, mantener y abandonar un empleo) sin menoscabo de los derechos fundamentales. Se requiere de un proceso de trabajo flexible y participativo que logre la mayor aportación de empleados y trabajadores como parte del proceso productivo así como la mayor apertura y colaboración de las empresas.

Ello exige avances en varios frentes: una normatividad laboral que permita a los protagonistas de la relación laboral acordar y en su caso negociar los cambios necesarios en el proceso productivo. Los sindicatos y las gerencias necesitan avanzar en el arte no sólo de la negociación y la cooperación sino de la comunicación sobre los factores más importantes del proceso de trabajo para incrementar la productividad y lograr la competitividad. Una agenda sindical que busque eficazmente vincular los aumentos en productividad con las formas de remuneración y promoción que pueden beneficiar a los afiliados.

Los temas anteriores muy difícilmente pueden proceder como objetivos de reforma si no forman parte de un amplio proceso de negociación y de formación de consensos a nivel Nacional. El cambio de fondo en la visión de los actores sociales y políticos acerca de la impostergable necesidad de avanzar hacia una nueva organización del trabajo en el sentido institucional, productivo y político se vuelve, pues, un primer paso cuya cristalización sin duda tiene la forma específica de un compromiso por la igualdad de oportunidades, la democracia y la productividad. Compromiso que comienza por la educación y que cristaliza en una organización del trabajo dinámica, participativa y eficiente.

 

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