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Conflicto de identidad y la modernidad
El tema de la IDENTIDAD es rico y complejo, los individuos están inmersos en una realidad social, su desarrollo personal no puede disociarse del intercambio con ella, su personalidad se va forjando en su participación, en las creencias, actitudes, comportamientos de los grupos a los que pertenece. Esa realidad colectiva consiste en un modo de sentir, comprender y actuar en el mundo y en formas de vida compartidas que se expresan en instituciones y comportamientos regulados; en suma en lo que entendemos por una cultura. El problema de identidad de los pueblos nos remite directamente a su cultura.
Para los antropólogos, la CULTURA es, en primer lugar, un todo integrado, una totalidad en la que se encuentran orgánicamente articuladas diferentes dimensiones de la vida social que hacen posible la identificación, la comunicación y la interacción entre los individuos. Santillán Güemes, en su obra "Culturas, creación del pueblo", define a la cultura como el cultivo de una forma integral de vida, es decir, aparece como el medio creado por la humanidad para entablar su diálogo con el universo.
El nuevo fenómeno de carácter internacional, GLOBALIZACIÓN tiene efectos opuestos al de la identidad, como los de homogeneización y fragmentación cultural; estos efectos han derrumbado las identidades tradicionales a través de los mecanismos de ruptura de fronteras y la transculturizacion. Debemos comprender que el proceso de globalización, al impulsar el movimiento de apertura hacia fuera de las fronteras nacionales, acelera las condiciones de movilidad y desarticulación. El proceso de apertura mundial de la cultura engendra, por lo tanto nuevos referentes de identidad.
La globalización impacta en los procesos de identidad de la gente porque pone delante de ella a otros individuos que actúan como modelos para parecerse o diferenciarse. Es decir que las nuevas sensibilidades, la crisis de los valores y creencias instituidos, el creciente individualismo y las transformaciones culturales de la sociedad contemporánea, plantean cuestiones cruciales que afectan tanto su dimensión ética como institucional, entre ellas, la necesidad de reconstruir la identidades colectivas.
La identidad no está dada de antemano, se construye, se aprende, evoluciona. No es algo que nace de una vez y para siempre. A primera vista, un grupo se manifiesta por el simple hecho de que sus miembros poseen en común unos símbolos, un territorio, una historia, etc.
Sin embargo, de cerca, la noción de identidad se vuelve más problemática; de hecho, la identidad connota una esencia, lo cual implica invariabilidad, homogeneidad, permanencia. Por identidad de un pueblo podemos entender lo que un sujeto se representa cuando se reconoce o reconoce a otra persona como miembro de esa comunidad. Se trata de una representación subjetiva, compartida por una mayoría de los miembros de un pueblo, que constituirían una sociedad. Las identidades son diferentes y desiguales, porque sus artífices, las instancias que las construyen, disfrutan de distintas posiciones de poder y legitimidad. El problema de la identidad ha sido quizás el problema esencial de nuestra cultura. La identidad es considerada como la faceta más importante de ciertas luchas tanto pacíficas como violentas. Ha estado presente ante el fenómeno de la modernidad y lo está ante la posmodernidad.
Mientras más rápidamente se descartan unos objetos y más rápida se sustituyen por las nuevas cosas, mayor es la dependencia de los mismos. Las cosas se convierten en "mercancías". Se deterioran principios y valores, virtudes e instituciones como la familia, el trabajo; y se valoriza la seducción, la simpatía, la espontaneidad. Junto con su gran atractivo, su velocidad, su animación y el incesante movimiento de gente, se vive la desintegración y la soledad. Como dice María Cristina Reigadas en su libro "Entre la norma y la forma de Cultura política hoy", el trastrocamiento y multiplicación de mundos diferentes, precarios, fragmentados, nos coloca ante la dificultad de incluir y elaborar la presencia y posicionamiento de lo otro bajo los modos habituales y propios de la modernidad. Cuando los ritmos de cambio se aceleran, es muy difícil establecer posiciones de identidad. Las identidades constituidas se deshacen: la crisis del individuo es crisis de identidad, afirma María Cristina Reigadas.
El ORDEN ECONÓMICO mundial exige homogeneizar patrones de consumo, y esto no se logra tan sólo mediante agresivas políticas económicas ni mediante propagandas publicitarias centradas en la oferta de los permanentemente renovados productos. Lo que se difunde es, ante todo, un modelo cultural que genere actitudes y motivaciones orientadas a adoptar nuevos estilos y formas de vida, más allá e independientemente de las formas concretas que unos y otros asuman; lo que se difunde es una suerte de "a priori" del consumo incesante y cambiante, que instala al ciudadano en el papel eminente de consumidor. De este modo, el deseo de comunidad y de participación se encarna en las comunidades interpretativas de consumidores que les dan identidades compartidas.
Nos vamos alejando de la época en que las identidades se definían por esencias históricas: ahora se configuran más bien en el consumo, depende de lo que uno posee o es capaz de llegar a apropiarse. Las transformaciones constantes en las tecnologías de producción, en el diseño de los objetos, en la comunicación, vuelven inestable a las identidades fijadas en repertorios de bienes exclusivos de una comunidad étnica o nacional.
Es decir, la globalización de la economía está definiendo una identidad más vinculada con los bienes a los que se accede que con el lugar donde se ha nacido. Como dice Villoro Luis en su obra "Estado plural y pluralidad de culturas", los pueblos que se encuentran sometidos a una relación de colonización, dependencia o marginación por otros países, se les hace imperante la búsqueda de su identidad.
La búsqueda de la identidad no está ligada necesariamente a situaciones de colonización o dependencia. También otras situaciones de disgregación social pueden dar lugar a un sentimiento de crisis de identidad.
En los nuevos procesos, se percibe una fragilidad en la identidad colectiva y personal, la misma está siendo amenazada por los procesos de internalización, por el despliegue de una cultura homogeneizadora que se impone a través de los medios de comunicación y busca, por lo tanto, un sistema de garantías que la reconforte, que le dé seguridad. No solo el nacionalismo exasperado es una respuesta frente a dichos procesos; el proteccionismo a la economía regional, la defensa de lo propio, la reivindicación de las identidades étnicas, son ejemplos de reacciones frente a la apertura de los modos de vida y la estandarización cultural del mundo. Se están produciendo fuertes cambios estructurales de descomposición y recomposición, creándose nuevas segmentaciones sociales y verdaderas subculturas, que fomentan la desintegración de las culturas locales.
La PRESERVACIÓN DE LA PROPIA IDENTIDAD es un elemento indispensable de la resistencia a ser absorbidos por una cultura dominante. Tiene que presentarse bajo la forma de una reafirmación, a veces excesiva, de la propia tradición cultural, de la lengua, de las costumbres.
La construcción de una identidad cultural debe entenderse como un proceso de lucha política entre facciones sociales, siempre provisional e incierto, que pasa por la defensa y construcción de espacios expresivos y reflexivos que den cabida a múltiples manifestaciones estéticas y sociales.
La representación de una identidad nacional o étnica puede no ser compartida por todos, corresponder a un proyecto de un grupo particular dentro de la sociedad y servir a sus intereses. Los pilares de la identidad son: conocer la historia propia, reconocer nuestros valores, practicar la autoestima y la dignidad. Solo los individuos y sociedades con identidad claramente definidos están llamados a los grandes estadios del desarrollo.
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