El desencanto en la política


Introducción

Actualmente, uno de los hechos de mayor trascendencia para las ciencias sociales es el desencanto de la sociedad acerca de la política. El tema de la política es difícil de plantearse en países donde la pobreza, la marginación y el analfabetismo son endémicos. Lo contemporáneo puede aparecer como un lujo exótico; más cuando la dependencia estructural de nuestros países está fuertemente agudizada por el problema de la deuda externa. Es necesario aclarar que los cuestionamientos sobre lo posmoderno en América Latina indican el abandono de la "teoría de la dependencia", (y más que la "teoría" misma, la crítica a esa dependencia) justo en el momento en que la relación de dependencia estructural resulta más contrastable.

Un fenómeno que caracteriza la situación política de varios países latinoamericanos es la falta de credibilidad. Ello puede afectar gravemente a los procesos de democratización al restarles legitimidad a las instituciones políticas. Por esta razón el desencanto suele ser valorado negativamente. El peligro de un desencanto con la democracia existe.

Al respecto se pueden encontrar dos posiciones más o menos generales:

a) La primera señala que la política tiende a desaparecer, al ser el mercado quien realiza la asignación de recursos y articulador de demandas y ofertas sociales.

b) En cuanto a la segunda dice que los espacios de la política han cambiado, cambiando a la vez su universo simbólico. La fuerte irrupción de la lógica de mercado (que nace con el capitalismo) ha hecho estragos en el sistema de organizaciones e instituciones políticas, en este caso, de la sociedad mexicana; haciendo incompatibles las posibilidades del sistema dirigido por el Estado con las necesidades de representación que necesita el ciudadano. Dicho de modo más sencillo, el ciudadano no ve al político como aquel que representa sus preferencias electorales.

El significado de la política

Es evidente que en las décadas 80-90's el eje de discusión ha cambiado, las expresiones culturales sostenidas por los distintos sectores de nuestras sociedades no son idénticas a las de décadas pasadas. Primero vino la oleada revolucionaria y luego las dictaduras militares; ahora asistimos a un momento donde esas experiencias han dejado sus consecuencias. La crítica de la cultura de militancia en las organizaciones populares y la revalorización de la democracia política y los derechos civiles, han establecido nuevos ejes políticos , los cuales, suponen una "secularización" de la política y un desencantamiento sobre los grandes modelos políticos.

El objetivo de los golpes militares en América Latina y África no fue sólo el derrocamiento de un determinado gobierno, sino más que eso: establecer la fundación de un nuevo orden a través de la implantación de un modelo económico totalmente distinto que en ese momento no se soñaba con que pudiera llegarse a implantar durante un gobierno democrático. Los intelectuales no luchaban en defensa de un proyecto, sino por el derecho a la vida de todos.

El desencanto en el ambiente intelectual

Aunque el marxismo influyera en el pensamiento económico y sociológico nunca alcanzó a tener arraigo duradero en Latinoamérica. Aunque se lo siga citando cotidianamente, el uso de Marx ha perdido su connotación casi religiosa de antaño. Ahora se critican aspectos centrales del marxismo y de una tradición política: una filosofía de la historia, a la idea de sujeto, al concepto de totalidad. Es una crítica que toma distancia, sin pretender elaborar un paradigma alternativo.

El momento actual es de cierto desencanto con la modernidad; que ha sido definida por Weber como "desencantamiento del mundo". Fórmula paradójica que hace recordar que el desencanto es más que una perdida de ilusiones, es la reinterpretación de los anhelos.

El desencanto con la modernización

En el clima político actual se evidencia un proceso de desencanto. Es notorio el desencanto de las izquierdas. Éstas ya no creen en el socialismo como meta predeterminada ni en la clase obrera como sujeto revolucionario - si alguna vez lo creyeron -.

Afirmar que la política ya no provoca pasiones, es una realidad. Aunque la política sigue estando en los medios, pero como noticia ocupa un lugar menos relevante que el de antes. Es decir, la importancia del discurso político - texto - ha desaparecido, privilegiando la importancia de lo visual.

En relación al proceso de modernización, su cumplimiento se refiere a la realización de la "última etapa" de la modernidad y la secularización y tecnificación que le serían inherentes, según la idea implícita de que hay "una" modernidad. Imponer ciertas normas "universales" de la racionalización hasta sus últimas consecuencias en lo económico, tecnológico, político y cultural. Por tanto, la modernización no pretende la "entrada a la modernidad", sino el cumplimiento de sus posibilidades máximas, el impulso para la realización de tales posibilidades en sociedades en que no se han dado, y donde hay evidentes obstáculos para ello.

Una primera dimensión del desencanto actual es la pérdida de fe en que exista una teoría que posea la clave para entender el proceso social en su totalidad. Nuestra época se caracteriza por un recelo frente a todo tipo de metadiscurso omnicompresivo. El rechazo a la Razón totalizante se apoya en la existencia de diversas racionalidades. Los distintos campos sociales se diferencian aceleradamente, cada cual desarrollándose de acuerdo a su lógica específica.

Para los iluministas la modernidad era concebida como una tensión entre diferenciación y unificación dentro de un proceso histórico que tiende a una armonía final. Hoy en día ha desaparecido el optimismo iluminista acerca de la convergencia de ciencia, moral y arte para lograr el control de las fuerzas naturales, el progreso social. La reconciliación de lo bueno, lo verdadero y lo bello aparece como una ilusión de la modernidad.

El desencantamiento con esa ilusión sería la posmodernidad -como corriente de pensamiento-: la diferenciación de las distintas racionalidades es vista como una escisión. La ruptura con la modernidad consistiría en rechazar la referencia a la totalidad. Sin embargo, tomar en cuenta ese desencanto siempre tiene dos caras: la perdida de una ilusión y por lo mismo, una resignificación de la realidad. Lo que trae esta dimensión constructiva del desencanto actual es el elogio a la heterogeneidad (cultural, política, etc..).

La "heterogeneidad estructural" de América Latina, más allá de haberla considerado por décadas un obstáculo al desarrollo, podría considerarse para fomentar una interacción mucho más densa que la que sostiene al Estado como homogeneizador de la sociedad, ya que en nuestros países ha desaparecido el halo metafísico que irradiaba el Estado, ya no es encarnación de la unidad nacional. El Estado actual se reduce al Poder Ejecutivo ("El Estado soy yo": Luis XIV). De imagen de colectividad, el estado pasa a ser una cierta unidad administrativa. En la medida que el estado deviene un "mercado político" de intereses particulares, a los ciudadanos les resulta difícil reconocer en el estado una "cosa publica". Aparece ahora guiado exclusivamente por una racionalidad instrumental de oferta/demanda. Es así que en ciertos sectores se da una "ausencia del Estado" que es imperativo solucionar con extrema urgencia.

El Estado, o mejor dicho quienes lo controlan, y la clase política no dan cuenta de los cambios producidos. Para saber lo que sus representados piensan, utilizan instrumentos de auscultación prefabricados y se aferran con todo a los resultados de las encuestas que encargan. Boudrillard habla del "encanto de los sondeos" que al ser indecidibles resulta suspicaz darle valor a los sondeos, ya que son una especie de veredicto de simulación. "Veredicto de simulación, de incredulidad, de descreimiento que se extiende actualmente a todo lo que nos llega por el canal de los media y de la información, en cierto modo por el canal de la ciencia. Ni la pantalla de TV si los sondeos representan nada. Es un error pensar que los sondeos puedan ser representativos de algo. El sistema electoral puede seguir pretendiéndose representativo porque pone en escena una dialéctica relativa de los representantes y de los representados. El sondeo no es del orden de la representación sino de la simulación, y es un total contrasentido aplicar la lógica de un sistema de representación.

Se confía generalmente en los resultados de las encuestas. Marcan tendencia. Sin embargo, "si se diera por supuesto que es posible acreditar la información de cualquier verdad, ahí comenzaría el drama. Pues el cliché ideal que obtendríamos de lo social equivaldría a absolvernos de su eventualidad dramática. Esta verdad significaría que lo social ha sido vencido por la técnica de lo social. Este es el objetivo diabólico de cualquier simulación. Allí comienza la tecnología blanda del exterminio". Los sondeos funcionaría al revés de su pretendido objetivo. Funcionan como espectáculo de la información, como burla de lo político y de la clase política.

Frecuentemente las demandas pueden ser absorbidas administrativamente por la burocracia estatal aún antes de entrar a la arena política. Un indicador de esto es la importancia que han cobrado los ministros.

Con lo cual el debate político/parlamentario, basado en lo lógica de la democracia aparece como un "teatro" frente al predominio absoluto de la racionalidad impuesta por la lógica de mercado: ganadores y perdedores. En una lógica basada en principios democráticos lo que se busca es el bien común, a través de una articulación colectiva de actores sociales. Lo contrario son los principios rectores de la lógica de mercado: sólo hay intercambio entre quienes tienen el poder y los recursos necesarios, el beneficio de uno implica la pérdida de otro, por lo cual es muy difícil que funcionen más que como unidades individuales.

Siendo esta forma de política racional/formal la manera actual emergente, hay que referir a ella el desencanto. No es un desencanto con la política como tal, sino como con determinadas formas tradicionales de hacer política y en concreto con una política incapaz de crear una identidad colectiva. (La política de estos tiempos tiene como referencia identidades acotadas -estudiantes, gremios, ecologistas, gays, etc.).

 

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