Una reforma financiera mundial

 

La reforma de la arquitectura financiera mundial está ahora en el orden del día, pero en lugar de pensar sobre la arquitectura, deberíamos pensar en las personas para quienes la construimos.

Todo arquitecto que se precie de saber su oficio comienza por consultar al cliente e intenta comprender lo que desea y cómo vive. Es un proceso de colaboración. El diseño de la arquitectura financiera mundial no debería ser distinto. Pero debemos hacer una advertencia sobre el uso del lenguaje de la élite. La palabra "arquitectura" connota instituciones en lugar de relaciones, y podría limitar nuestra imaginación. En su lugar, deberíamos pensar sobre los valores que queremos expresar y promover. Sólo entonces deberíamos pensar sobre qué tipo de instituciones -ya sean locales, nacionales, regionales o mundiales- necesitamos para que hagan esa labor. Cuando las instituciones de Bretton Woods se fundaron hace más de 50 años, había una visión -aunque reflejo de las potencias dominantes-, pero no obstante una visión basada en valores compartidos de un mundo mejor.

La base de nuestro diseño debe ser aumentar la participación política, la democracia económica y la justicia social, reponiendo y sosteniendo al ambiente. Esto significa quitarle al Fondo Monetario Internacional (FMI) el poder asumido para imponer condiciones políticas a los gobiernos. Al menos, significaría permitir que los gobiernos establezcan todo tipo de barreras que crean necesarias para proteger sus economías nacionales de la impredecible economía mundial. También, significa reconocer que no hay una solución única -aunque a los defensores de la globalización económica les gustaría que la hubiera.

Evidentemente movida por el colapso financiero de Japón, Thailandia, Indonesia y República de Corea, Rusia, Brasil y México; Estados Unidos y Europa repentinamente se dieron cuenta de que hay una crisis, y que son parte de ella, y de que si que pensaban que estaban resolviendo los problemas, en realidad no lo están haciendo. La propuesta en la reciente sesión conjunta del FMI y el Banco Mundial para fortalecer el papel del Comité Interno del FMI -un grupo de 24 miembros que equivale a un Consejo de Directores y refleja la composición del Consejo Ejecutivo- tiene el propósito de hacer que el Fondo sea más directamente responsable de sus acciones ante los principales gobiernos accionistas.

Resulta interesante que la propuesta tuviera el apoyo del Director gerente del FMI, Michael Camdessus, él mismo un burócrata de la élite francesa, que quizá busque la manera de liberarse del Tesoro de Estados Unidos y salvar a su institución. Durante varias décadas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y Estados Unidos los guardianes del LIBERALISMO ECONOMICO consideraron a las economías de los tigres del Sudeste asiático como emblemáticas del buen desarrollo, un modelo de cómo hacer las cosas. Sin embargo vino la crisis en esos países y todo comenzó a descontrolarse. Incluso cuando el FMI aplicó el tratamiento ortodoxo, las recomendaciones habituales causaron mayores daños que los beneficios obtenidos. Se trata de la destrucción de un sueño -el sueño del crecimiento liderado por los movimientos especulativos, el libre comercio y la liberalización financiera-, en definitiva, del sueño de la globalización bursátil, que finalmente resquebrajó el consenso de Washington. ¿Cuál será la dirección ahora?

Eliminación del dinero volátil

El economista principal del Banco Mundial, Joseph Stiglitz pidió un consenso, el que lógicamente no puede estar basado en Estados Unidos. "Un principio del consenso emergente es la urgencia de un grado mayor de humildad... el franco reconocimiento de que no tenemos todas las respuestas..." dijo.

A pesar de la humildad, hay dos elementos que deben tener prioridad: la eliminación del dinero volátil así como asegurar que el consenso mas allá de Estados Unidos no refleje sólo la perspectiva de la élite, sino que garantice que se escuchen las voces ignoradas -las de las mujeres, los ancianos jubilados y pensionados, los campesinos, los empresarios, los trabajadores, los empleados de comercios y los pequeños comerciantes.

Se habla mucho de controlar el dinero volátil, pero tenemos que hacer mucho más que eso. Tenemos que eliminarlo y desacreditar la idea entera de que existe utilidad en la especulación. Los mercados financieros, como operan en la actualidad, tienen muy pocos fines útiles y no son, en su mayoría, productivos. No crean nada que se pueda comer o tener en la mano o vender o utilizar. No agregan nada al bien público y distorsionan nuestra comprensión colectiva de lo que es valioso y productivo. Y, como hemos visto con las fugas masivas de capitales que peregrinando de país en país en busca de ganancias especulativas, estuvieron al borde de causar un colapso, amenazando a todo el sistema financiero del mundo.

Una de las maneras de «controlar el dinero volátil» es redirigiéndolo a procesos productivos. Y aquí reside una de las mayores contradicciones del sistema económico actual: la acumulación masiva de finanzas y capital especulativo se debe a la superproducción -que es un concepto desconcertante si tomamos en cuenta que vivimos en un mundo donde cuatro quintos de la población lucha a diario con la pobreza. Sin embargo, es verdad. Las enormes ganancias de las compañías y los bancos transnacionales frecuentemente están dirigidas a acciones especulativas.

Pero el otro lado de la superproducción (OFERTA), la acción verdaderamente necesaria es la de incrementar la capacidad de compra de los consumidores del mundo. Una solución oportuna al problema de la superproducción es ampliar los mercados -o sea, vía más empleos poner más dinero en mano de la gente, para que pueda comprar los productos de consumo sencillos y básicos y mejorar su nivel de vida. Las buenas nuevas para Estados Unidos y Europa son que no hace falta que sean ellos los que carguen el peso de consumir la producción mundial por su cuenta. La redistribución de la riqueza y el poder adquisitivo de cuatro quintos del mundo a los que no se les da la posibilidad de salir de esta recesión le daría a la economía mundial un nuevo rumbo, atenuaría el problema de la superproducción y ofrecería todo tipo de procesos útiles para reciclar las ganancias. También tendría un efecto estabilizador en los mercados de capitales mundiales.

Que hacer

Pero la creación de esta demanda que es un imperativo impostergable exige reformas sociales significativas en términos de distribución de oportunidades, bienes e ingresos -implica reforma agraria, mejoras saláriales, aumentos en productividad laboral, capacitación, desarrollo tecnológico. La industrialización mediante la explotación de la mano de obra barata y los recursos naturales ya no es viable, ya que solo causa opresión, frustración y dependencia. Hemos llegado al punto en que el crecimiento económico sólo se puede lograr aumentando los mercados nacionales y, más importante aun, modificando nuestra definición de lo que es productivo para incluir a los bienes públicos, la cultura, el ambiente y la seguridad humana. Estamos en un momento de la historia en que la necesidad económica coincide con la justicia social.

 

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